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25 de diciembre de 2021

La Verdad brota de la Tierra y la Justicia mira desde el Cielo

 



La Verdad brota de la Tierra y la Justicia mira desde el Cielo

Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.

Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte.

Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal.

Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención. y así —como dice la Escritura— «el que se gloria que se gloríe en el Señor.»

La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino en el Señor.

Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de buena voluntad, unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad. Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros. Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.

¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.

Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios.


De los Sermones de san Agustín, obispo

(Sermón 185: PL 38, 997-999)

21 de diciembre de 2021

El mundo entero espera la respuesta de María



 El mundo entero espera la respuesta  de María


Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta: ya es tiempo de que vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, condenados a muerte por una sentencia divina, esperamos, Señora, tu palabra de misericordia.

En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Todos fuimos creados por la Palabra eterna de Dios, pero ahora nos vemos condenados a muerte; si tú das una breve respuesta, seremos renovados y llamados nuevamente a la vida.

Virgen llena de bondad, te lo pide el desconsolado Adán, arrojado del paraíso con toda su descendencia. Te lo pide Abraham, te lo pide David. También te lo piden ardientemente los otros patriarcas, tus antepasados, que habitan en la región de la sombra de muerte. Lo espera todo el mundo, postrado a tus pies.

Y no sin razón, ya que de tu respuesta depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza.

Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Di una palabra y recibe al que es la Palabra, pronuncia tu palabra humana y concibe al que es la Palabra divina, profiere una palabra transitoria y recibe en tu seno al que es la Palabra eterna.

¿Por qué tardas?, ¿por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal olvide ahora la prudencia. Virgen prudente, no temas en este caso la presunción, porque, si bien es amable el pudor en el silencio, ahora es más necesario que en tus palabras resplandezca la misericordia.

Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. Aquí está —dice la Virgen— la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.De las Homilías de san Bernardo, abad, Sobre las excelencias de la Virgen Madre

(Homilía 4, 8-9: Opera omnia, edición cisterciense 4 [1966], 53-54)


13 de diciembre de 2021

Juan era la voz, Cristo La Palabra

 



JUAN ERA LA VOZ, CRISTO LA PALABRA

Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio.

Suprime la palabra, y ¿qué es la voz? Donde falta la idea no hay más que un sonido. La voz sin la palabra entra en el oído, pero no llega al corazón.

Observemos el desarrollo interior de nuestras ideas. Mientras reflexiono sobre lo que voy a decir, la palabra está dentro de mí; pero, si quiero hablar contigo, busco el modo de hacer llegar a tu corazón lo que ya está en el mío.

Al buscar cómo hacerla llegar a ti, cómo introducir en tu corazón esta palabra interior mía, recurro a la voz y con su ayuda te hablo. El sonido de la voz conduce a tu espíritu la inteligencia de una idea mía, y cuando el sonido vocal te ha llevado a la comprensión de la idea, se desvanece y pasa, pero la idea que te trasmitió permanece en ti sin haber dejado de estar en mí.

Y una vez que el sonido ha servido como puente a la palabra desde mi espíritu al tuyo ¿no parece decirte: Es preciso que él crezca y que yo disminuya? Y una vez que ha cumplido su oficio y desaparece ¿no es como si te dijera: Mi alegría ahora rebasa todo límite? Apoderémonos de la palabra, hagámosla entrar en lo más íntimo de nuestro corazón, no dejemos que se esfume.

¿Quieres ver cómo la voz pasa y la divinidad de la Palabra permanece? ¿Dónde está ahora el bautismo de Juan? Él cumplió su oficio y desapareció. Pero el bautismo de Cristo permanece. Todos creemos en Cristo y esperamos de él la salvación; esto es lo que dijo la voz.

Y como es difícil discernir entre la Palabra y la voz, los hombres creyeron que Juan era Cristo. Tomaron a la voz por la Palabra. Pero Juan se reconoció como la voz para no usurparle los derechos a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Le preguntaron: ¿Qué dices de tu persona? Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor.» La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino del Señor, como si dijera: «Soy la voz cuyo sonido no hace sino introducir la Palabra en el corazón; pero, si no le preparáis el camino, la Palabra no vendrá adonde yo quiero que ella entre.»

¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Rogad insistentemente»? ¿Qué significa: Preparad el camino, sino: «Sed humildes en vuestros pensamientos»? Imitad el ejemplo de humildad del Bautista. Lo toman por Cristo, pero él dice que no es lo que ellos piensan ni se adjudica el honor que erróneamente le atribuyen.

Si hubiera dicho: «Soy Cristo», con cuánta facilidad lo hubieran creído, ya que lo pensaban de él sin haberlo dicho. No lo dijo: reconoció lo que era, hizo ver la diferencia entre Cristo y él, y se humilló.

Vio dónde estaba la salvación, comprendió que él era sólo una antorcha y temió ser apagado por el viento de la soberbia.

De los Sermones de san Agustín, obispo.

(Sermón 293, 3: PL 38, 1328-1329)


12 de diciembre de 2021

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?



¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Decimos que  eres el esperado
pero  ¡esperamos a tantos y tantas cosas!
Decimos que  haces ver a los ciegos,
pero nos  cuesta tanto mirar por tus ojos
Decimos que  haces andar a los paralíticos,
pero se nos  hace tan difícil caminar por tus senderos!


¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Vienes a limpiar  nuestras conciencias,
y nos  preferimos caminar en el fango
Sales a  nuestro encuentro para darnos vida,
y abrazamos  las cuerdas que nos llevan a la muerte
Te adelantas  para enseñarnos el camino de la paz,
y somos  pregoneros de malos augurios.


¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Porque  tenemos miedo a cansarnos
Porque, a  nuestro paso, sale el desánimo
Porque, en  la soledad, otros dioses vencen y se imponen
Porque, las  falsas promesas, se hacen grandes cuando Tú no estás


¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Como Juan, queremos  saberlo, Señor
Como Juan,  quisiéramos preparar tu llegada, Señor
Como Juan,  aún en la cárcel 
en la que a  veces se convierte el mundo
levantamos  nuestra cabeza porque queremos que Tú nos liberes


¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Si eres la  alegría, infunde a nuestros corazones júbilo
Si eres  salud, inyéctanos tu fuerza y tu salvación
Si eres fe,  aumenta nuestro deseo de seguirte
Si eres  amor, derrámalo en nuestras manos
para, luego,  poder ofrecerlo a nuestros hermanos.


¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Quien quiera  que seas…sólo sé que el mundo te necesita
Que el mundo  requiere de un Niño que le devuelva la alegría
Que la  tierra, con tu Nacimiento, recobrará la paz y la esperanza
Por eso,  Señor, porque sabemos quién eres Tú…
Ven y no  tardes en llegar…Señor¡¡

6 de diciembre de 2021

Una voz clama en el desierto

 


UNA VOZ CLAMA EN EL DESIERTO

De los Comentarios de Eusebio de Cesarea, obispo, sobre el profeta Isaías

(Cap. 40: PG 24, 366-367)


Una voz clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas para nuestro Dios.» El profeta afirma claramente que no es en Jerusalén, sino en el desierto, donde se cumplirá esta profecía, es decir, la manifestación de la gloria del Señor y el anuncio de la salvación de Dios a todos los hombres.

Estas cosas se cumplieron en la historia y a la letra cuando Juan Bautista predicó la venida salvadora de Dios en el desierto del Jordán, donde se reveló la salvación de Dios. Porque Cristo se manifestó y su gloria se hizo patente a todos cuando, en su bautismo, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo, descendiendo en forma de paloma, permaneció sobre él y se oyó la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo muy amado, escuchadlo.

Estas cosas se dijeron porque Dios iba a venir a un desierto que había estado siempre cerrado e inaccesible: todas las naciones estaban privadas del conocimiento de Dios, y los justos y los profetas evitaban el trato con ellas. Por eso aquella voz manda preparar un camino a la Palabra de Dios y enderezar las sendas, para que cuando llegue nuestro Dios pueda avanzar sin obstáculos. Preparad el camino del Señor: este camino es la proclamación de la Buena Noticia que trae a todos un nuevo consuelo, que desea ardientemente hacer llegar a todos los hombres el conocimiento de la salvación de Dios.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén. Estas palabras que acabamos de citar están cuidadosamente ordenadas y hacen una oportuna mención de los evangelistas: después de haber hablado de la voz que clama en el desierto, anuncian la llegada de Dios a los hombres. A la profecía sobre Juan Bautista sigue muy lógicamente la mención de los evangelistas.

¿Cuál es esta Sión sino la que antes fue llamada Jerusalén? Pues también aquélla era un monte, como dice la Escritura: El monte Sión donde pusiste tu morada, y el Apóstol: Os habéis acercado al monte de Sión. ¿No aludirá acaso al coro de los apóstoles, elegidos de entre aquel primer pueblo de la circuncisión?

Es esta Sión y Jerusalén la que ha recibido la salvación de Dios y que ha sido edificada sobre el monte de Dios, es decir, sobre el Verbo unigénito. Y es a ésta a quien Dios manda subir al monte alto y anunciar la palabra de la salvación. ¿Quién es el que lleva la Buena Noticia sino el coro de los que proclaman el Evangelio? ¿Qué significa llevar la Buena Noticia? Predicar a todos los hombres, y en primer lugar a las ciudades de Judá, la venida de Cristo a la tierra.


1 de diciembre de 2021

Pregúntale a Cristo qué te sugiere para vivir el Adviento


Pregúntale a Cristo qué te sugiere para vivir el Adviento
Reflexiones Adviento y Navidad

Para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.vivir el Adviento.

Por: Padre Luis María Etcheverry Boneo | Fuente: Catholic.net 


Si todo fin y todo comienzo de año debe ser siempre, para las personas serias, responsables, un momento de balance: de mirar al pasado y a la vez al futuro, de sacar experiencia de lo ocurrido para asegurar un mejor rendimiento del porvenir, esto debe ocurrir de un modo mucho más particular y más exigente cuando se trata del fin y del comienzo del año eclesiástico y, por lo tanto, en relación con lo que más importa que es nuestra vida espiritual.

El año eclesiástico comienza con el Adviento, es decir, con la preparación para el nuevo nacimiento de Jesucristo en la Iglesia y en nuestras almas.

El Adviento, en la liturgia de la Iglesia, no sólo es una preparación para la conmemoración y para el nacimiento místico de Jesucristo en Navidad; no sólo mira a ese fin práctico, sino que -en esa actitud de la Iglesia de renovar cada año los misterios relativos al ciclo humano de la vida de Jesús- quiere comenzar con un signo de la larga expectación de la humanidad con respecto a la venida del Mesías anunciado.

Durante un mes vamos a renovar místicamente ese período de la historia de la humanidad que transcurre desde el pecado del primer hombre hasta la llegada visible del Redentor a este mundo.

Por eso es comprensible que la Iglesia asuma, en su liturgia de este tiempo, abundantes textos del Antiguo Testamento y sobre todo un espíritu tomado de la imagen de la tierra, por una parte seca, árida, sedienta de lluvia, y por otra, bien preparada para recibir en su seno la buena semilla en el momento de la siembra que espera le ha de llegar. Así como todo el tiempo del trabajo de la tierra previo a la siembra, está destinado a asegurar que cuando venga la semilla no encuentre ningún obstáculo a su supervivencia y a su desarrollo: a su germinación, al producir la planta, las flores, los frutos (es decir, una expansión total de esa vida latente que traía la semilla), así también todo el Antiguo Testamento, y el Adviento para nosotros, debe ser un trabajo de arada, de rastreo, de preparación de la tierra.

¿Para qué se ara? Primero para matar todos los yuyos, es decir, todas las plantas, todas las vidas que puedan entrar en competencia con la vida de la semilla y llevarse para ellas los frutos, las sales, las riquezas de la tierra; se requiere que cuando venga la semilla, nada en el seno de la tierra pueda disputarle la posesión de los alimentos.

Y se rastrea, en segundo lugar, para romper todos los cascotes y sacar todas las piedras y consecuentemente todos los huecos que haya entre cascote y cascote, lo cual, de no hacerse, haría que la semilla quede sin entrar en la tierra o al lanzar una raíz no pueda ella expandirla y se vea impedida de germinar o, en todo caso, limitada en su crecimiento.

¿Y para qué se riega, cuando se puede, la tierra? O ¿por qué clama la tierra que venga el agua del cielo, si el hombre no puede proporcionársela? Para que esa agua, además de incorporarse a la semilla y enriquecerla por sí misma, se convierta en el vehículo por el cual las sales y los elementos vitales que la tierra contiene se pongan al alcance y puedan entrar en contacto con la planta e introducirse dentro de ella y así enriquecerla, fortificarla, hacerla desarrollar y alcanzar todo lo apetecido.

La literatura del Antiguo Testamento está embebida en esta semejanza de la tierra que se trabaja y de la tierra que clama por la lluvia para que venga esa semilla a traer su vida. Y la liturgia de este Tiempo nos trae, con esta misma comparación, toda la fuerza de su sugerencia y de su sacramentalidad para que trabajemos nuestra alma, de tal manera que, en el Adviento quitemos todo lo que en nosotros pueda oponerse al nacimiento o a la futura expansión de Jesús con su vida, cuando llegue una vez más, en Navidad.

Que no quede ningún sector de nuestra persona: ni la inteligencia, ni la voluntad, ni el corazón, ni la sensibilidad, invadido por cualquier semilla que impida la entrada de Jesucristo con su vida, en ese sector.

Y que no haya en nosotros ningún cascote, ninguna costra, nada que, aunque no sea usufructuado por alguna otra vida, u otra semilla, o por algún otro organismo, sin embargo esté cerrado como un caparazón, a la penetración de Jesucristo cuando venga a nuestra alma místicamente el día de Navidad.

Y que, por otra parte, no falte el agua de la gracia que consigamos a fuerza de pedirla, a fuerza de clamar como clama la tierra -simbólicamente- cuando está seca; la gracia que merezcamos con nuestras oraciones y nuestras buenas obras, y que dentro de nosotros disponga todo lo necesario para que la vida de Jesús, el mundo de sus sugerencias mentales, de sus ilustraciones a la inteligencia, de sus mociones a la voluntad, de sus sentimientos para nuestro corazón, todo eso encuentre el vehículo apropiado, la tierra blanda, permeable, para que la haga llegar hasta todos los límites y dimensiones de nuestra persona.

Tengámoslo, entonces, muy en cuenta: se trata de quitar lo que pueda disputarle al Señor la posesión de nuestra persona; se trata de romper cualquier caparazón que nos cierre, que impida, que encallezca nuestra alma a la acción del Señor; se trata de ablandarla y de vehiculizarla toda, con la lluvia de la gracia que merezcamos y obtengamos por medio de la oración, y de las buenas obras ofrecidas con ese objeto.

La perspectiva de un nuevo nacimiento del Señor, en nosotros y en el mundo tan necesitado de Él, tiene que ser objeto de una preocupación, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que estén polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Señor venga lo más plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

Y si esto vale siempre, se hace más exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirtúa precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ¡Qué necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jesús venga a nosotros con renovada fuerza el día de Navidad y, a través nuestro, sobre las personas que están cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

Quedémonos en espíritu de oración, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran según las intenciones y los deseos del mismo Señor.

El Adviento es una época muy linda del año. Después de las fiestas de Navidad y de Pascua, quizá es la más linda, porque es una época de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es más lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todavía no había venido, en cambio nosotros sabemos que el Señor ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho más apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

Por otra parte, esa presencia del Señor en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jesús, amándolo y tratándolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho más dulce, mucho más suave, mucho más seguro, mucho más esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegría de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.

Quedémonos, pues, unidos con Jesús, conversemos sobre estos temas, preguntémosle qué nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo más conducente para obtener la plenitud de Navidad que Él sin duda quiere darnos.


23 de diciembre de 2019

¡Danos tu confianza, María!



¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARIA!

Para que Dios nazca en  nosotros sin pedir nada a cambio
y, sea nuestro corazón,
una cálida cuna donde Jesús  encuentre cobijo y consuelo.

¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARIA!
Para que, en estas horas de  santa tensión,
donde el cielo y la tierra  juegan a juntarse
podamos también nosotros  hambrear
el manjar de Amor que se sirve  en Belén.


¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARIA!
Queremos que, Tú, seas una  puerta
por la que podamos entrar
y disfrutar del Misterio de  Dios humanado.
Una puerta que, cuando se abra  desde fuera
entendamos y comprendamos
que es Dios quien lo hace desde  dentro
que es Dios quien tira desde  el cielo.


¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARIA!

Para que no vacilemos ni en el  amor ni en la fe
Para que nos pongamos en  camino hacia Aquel que viene
Para que seamos heraldos de la  Buena Noticia
Para que, el Niño que quiere  salir de tus entrañas,
encuentre aquí y ahora
hermanos que le amen, le  ayuden y le sigan


¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARIA!
Para que Dios esté pronto con  nosotros
Para que nosotros, pronto  estemos con El
Para que creamos, aun sin ver
Para que aún sin ver, creamos  por encima de todo


¡DÁNOS TU CONFIANZA, MARÍA!
Sólo así, podremos vivir,  celebrar
cantar y festejar el encanto  de la Navidad.

22 de diciembre de 2019

La confianza de San José en Dios nos abrió las puertas de la Navidad



LA CONFIANZA DE SAN JOSÉ EN DIOS NOS ABRIÓ LAS PUERTAS DE LA NAVIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- José, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Cada vez que leemos este relato evangélico, según san Mateo, nos admiramos de la conducta de san José y de la inmensa confianza que tenía en Dios. Porque confiaba en la inmensa bondad de Dios, y en la total inocencia de su mujer, María, fue capaz de decidir en contra de la ley judaica, que mandaba apedrear a las adúlteras. Dios, por supuesto, no le defraudó. Esto debe hacernos pensar a nosotros, en este cuarto domingo de Adviento, en la necesidad que tenemos nosotros, los cristianos, de confiar siempre en Dios, aunque a veces nos parezca imposible que lo que le pedimos a Dios se cumpla. Nuestra confianza en Dios, cuando le pedimos algo, no nos libra, por supuesto, de poner de nuestra parte todo lo que podamos para que se realicen nuestros deseos. A Dios rogando y con el mazo dando. Nuestra confianza en Dios, que siempre debe ser ilimitada, no nos exime nunca de hacer todo lo que podamos para que la voluntad de Dios se cumpla. Para esto también es necesario que actuemos siempre con total sinceridad y buena voluntad. No dejemos de hacer nunca un buen examen de conciencia, para descubrir la voluntad de Dios. Por naturaleza somos egoístas y es fácil que creamos siempre que la voluntad de Dios coincide con nuestra voluntad. Una madre, por ejemplo, siempre tenderá a creer que Dios siempre le concederá a sus hijos todo lo que ella le pide, porque cree que es lo mejor para ellos. Sólo Dios conoce el presente y el futuro de las personas, cosa que nosotros ignoramos. Nosotros, ni siquiera podemos estar seguros de que lo mejor para las personas que queremos es lo que creemos nosotros. Sólo Dios ve el corazón y sólo él sabe dónde está la bondad o la maldad de todas las personas, cosa que nosotros no sabemos. En fin, confiemos siempre en Dios, como hizo san José, aunque a veces no veamos motivos suficientes para creer que lo mejor puede ser algo muy distinto de lo que nosotros quisiéramos que ocurriera.

2.- En aquellos días el Señor le habló a Ajaz y le dijo: Pide un signo al Señor, tu Dios. Respondió Ajaz: No lo pido, no quiero tentar al Señor. Entonces dijo Isaías: el Señor, por su cuenta os dará un signo. Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. La exégesis bíblica nos dice que la virgen a la que se refiere el profeta Isaías en este texto no es la Virgen María, ni el niño que dio a luz no fue Jesús de Nazaret. Pero este texto, tan citado, del profeta Isaías, nos puede servir a nosotros para alegrarnos del nacimiento del niño Jesús, en el que Dios se encarnó, que nació en el portal de Belén, y que vino para salvarnos de todos nuestros pecados. Alegrémonos y demos gracias a Dios, en este cuarto domingo de Adviento, porque Dios viene en esta Navidad en la forma de un niño, pobre y humilde. Hagamos hoy nosotros el propósito de ser en nuestra vida humildes y pobres en el espíritu, estando siempre dispuestos a ofrecernos a Dios, para ayudar y salvar al prójimo de sus males, en la medida en que nosotros mejor podamos. Que nuestra familia y todas las personas con las que convivamos vean en nosotros personas humildes y generosas, con ganas de ayudar, como humildes discípulos del niño que viene esta Navidad a salvarnos a todos.

3.- Por Jesús hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles; entre ellos os encontráis también vosotros, llamados por Jesucristo. Según san Pablo, si la Iglesia de Jesús no es misionera no es Iglesia de Jesús. Todos nosotros podemos y debemos sentirnos misioneros ante las demás personas con las que convivimos, dando ejemplo de vida cristiana, sencilla, alegre, humilde y generosa, en nuestra vida diaria y, de un modo especial, en los días de esta Navidad.

3 de diciembre de 2019

Sobre el tiempo de Adviento


SOBRE EL TIEMPO DE ADVIENTO

Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para libramos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducimos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.

Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo
(Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)

4 de noviembre de 2019

No tengan miedo de la ternura Reflexiones Adviento



No tengan miedo de la ternura
Reflexiones Adviento
La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación.

Por: SS Francisco | Fuente: Catholic.net 


Fragmento de la entrevista con papa Francisco sobre la Navidad, martes, 10 de diciembre

Navidad...es el encuentro con Jesús.

Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha guiado, lo ha custodiado, ha prometido que le estará siempre cerca. En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía de la mano como un papá con su hijo.

Esto es hermoso. La Navidad es el encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena, pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz. Recuerdo una vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo.

¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy?
Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con nosotros, nos dice dos cosas.

La primera: tengan esperanza. Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas.

Segunda: no tengan miedo de la ternura. Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia.

Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar. Tal vez por esto, viendo hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos, es decir los más indefensos. En mi vida como sacerdote, yendo a la parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios tiene por nosotros.











24 de diciembre de 2018

La Verdad brota de la tierra y la justicia mira desde el Cielo



LA VERDAD BROTA DE LA TIERRA Y LA JUSTICIA MIRA DESDE EL CIELO 

Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre. 

Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte. 

Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal. 

Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención. y así -como dice la Escritura- «el que se gloría que se gloríe en el Señor.» 

La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del cielo. 

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por ello el que se gloría que se gloríe no en sí mismo, sino en el Señor. 

Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. 

¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de buena voluntad, unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad. Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros. Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. 

¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios. 

Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios.


De los Sermones de san Agustín, obispo
(Sermón 185: PL 38, 997-999) 

23 de diciembre de 2018

La generosidad y la humildad de María e Isabel


LA GENEROSIDAD Y LA HUMILDAD DE MARÍA E ISABEL

Por Gabriel González del Estal

1.- María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

Prescindiendo ahora de la mayor o menor historicidad que puedan tener los Evangelios de la infancia de Jesús, lo cierto es que este relato evangélico según san Lucas está lleno de encanto. Tanto María como su prima Isabel demuestran aquí mucha generosidad y mucha humildad. María, en cuanto se entera de que su prima Isabel está embarazada se pone en camino de prisa. Tuvo que ser un camino largo y complicado para ella que también estaba embarazada. Caminar a través de una montaña, en aquél tiempo, tenía que ser difícil y complicado para cualquiera, pero más para una mujer embarazada. Bueno, lo importante ahora es que la generosidad de María sea un maravilloso ejemplo de generosidad para nosotros. Dentro de nuestra familia, entre nuestros amigos, en la sociedad en la que vivimos, los cristianos debemos distinguirnos siempre por nuestra actitud de ayuda pronta y solícita para cualquiera que nos necesite. El egoísmo humano es siempre causa de muchos males entre nosotros. Si las personas sustituyéramos el egoísmo por la generosidad, el mundo sería mucho mejor y desaparecerían muchísimas desigualdades e injusticias que padecemos. Los cristianos, los discípulos de Jesús, el hijo de María, debemos pasar por la vida predicando y sembrando generosidad y ausencia de egoísmo. Sobre la humildad de María no necesito yo insistir aquí, porque ella siempre se consideró “la esclava del Señor”.

También debemos tener en cuenta, en este relato de Lucas, la grandeza de ánimo y la humildad de Isabel. La humildad, bien entendida, es una virtud cristiana maravillosa. La persona humilde no es egoísta y es sumamente generosa, porque vive siempre pensando en cómo ayudar a los demás. De este relato evangélico de Lucas tratemos de aprender de la generosidad y de la humildad de María e Isabel. Son dos virtudes totalmente necesarias para un cristiano, para un hermano de Jesús y para un hijo de María.

2.- Esto dice el Señor: Y tú, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar a Israel. En esta profecía del profeta Miqueas podemos encontrar la importancia que tiene para Dios la teología de lo pequeño. Belén era una ciudad pequeña, de pastores, de gente sencilla, cerca de Jerusalén, la gran ciudad, y, sin embargo, Dios eligió a la pequeña Belén para que en ella naciera el rey David. Lo importante muchas veces, decimos nosotros, está en los pequeños detalles: saludar con simpatía, ayudar en algo a alguien que está necesitado, ser bueno en casa, cumplir con naturalidad con nuestros deberes de cada día, y otras cosas por el estilo. Ante Dios todos somos pequeños, pequeñísimos. Y, sin embargo, por nosotros y por nuestra salvación nació el Señor. Preparémonos para la Navidad tratando de ser buenos y delicados en las pequeñas cosas que tenemos que hacer cada día.

3.- Al entrar Cristo en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios, ni ofrendas… Entonces, yo dije he aquí que vengo para hacer tu voluntad. Pues, la mejor manera que tenemos nosotros los cristianos, en este Adviento, ya cerca de la Natividad del Señor, es intentar hacer en cada momento la voluntad de Dios.

22 de diciembre de 2018

Magnificat





MAGNIFICAT 

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.»

«El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la grandeza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús, es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.» 

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios, diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. 

Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos. Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia. Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.

Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.

Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida en cuenta para la justificación. 

Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice: Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la promesa.

Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida, que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.


Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas 
(Libro 1, 46-55: CCL 120, 37-39) 

19 de diciembre de 2018

El designio de la Encarnación Redentora

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EL DESIGNIO DE LA ENCARNACIÓN REDENTORA

La gloria del hombre es Dios. El beneficiario de la actividad de Dios, de toda su sabiduría y poder, es el hombre. 

Y de la misma forma que la habilidad del médico se manifiesta en los enfermos, así Dios se manifiesta en los hombres. Por eso dice san Pablo: Dios encerró a todos los hombres en la desobediencia, para usar con todos ellos de misericordia. En estas palabras el Apóstol se refiere al hombre que, por desobedecer a Dios, perdió la inmortalidad, pero que alcanzó luego la misericordia, recibiendo la gracia de adopción por el Hijo de Dios.

El hombre que, sin orgullo ni presunción, piensa rectamente de la verdadera gloria de las creaturas y de la de aquel que las creó -es decir, de Dios todopoderoso que da a todos el ser- y permanece en el amor, en la sumisión y en la acción de gracias a Dios recibirá de él una gran gloria y crecerá en ella en la medida en que se asemeje al que por él murió. 

El Hijo de Dios se sometió a una existencia semejante a la de la carne de pecado para condenar el pecado y, una vez condenado, expulsarlo fuera de la carne. Asumió la carne para incitar al hombre a hacerse semejante a él y para proponerle a Dios como modelo a quien imitar. Le impuso la obediencia al Padre para que llegara a ver a Dios, dándole así el poder de alcanzar al Padre. El Verbo de Dios que habitó en el hombre se hizo también Hijo del hombre, para que el hombre se habituara a percibir a Dios y Dios a vivir en el hombre, conforme a la voluntad del Padre. 

Por eso, pues, aquel que es la señal de nuestra salvación, el Emmanuel nacido de la Virgen, nos fue dado por el mismo Señor, porque era el mismo Señor quien salvaba a los que por sí mismos no podían alcanzar la salvación; por eso Pablo proclama la debilidad del hombre, diciendo: Ya sé que en mí, es decir, dentro de mi estado puramente natural, no habita lo bueno; así indica que nuestra salvación no proviene de nosotros, sino de Dios. y añade también: ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Y luego, para aclarar quién lo libra, afirma que esta liberación es obra de la gracia de Jesucristo nuestro Señor. 

También Isaías dice lo mismo: Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.» Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona y os salvará. Esto lo dice para significar que por nosotros mismos no podemos alcanzar la salvación, sino que ésta es consecuencia de la ayuda de Dios.


Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
(Libro 3, 20, 2-3: SC 34, 342-344) 

17 de diciembre de 2018

El misterios de nuestra reconciliación




EL MISTERIO DE NUESTRA RECONCILIACIÓN

De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.

Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.

Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.

El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban. Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana.

Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.

Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.

El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual.

Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.


De las Cartas de san León Magno, papa
(Carta 31, 2-3: PL 54, 791-793)

16 de diciembre de 2018

La alegría por la llegada del Señor

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LA ALEGRÍA POR LA LLEGADA DEL SEÑOR

Por Francisco Javier Colomina Campos

Nos encontramos en el ecuador el Adviento. Este tercer domingo es conocido como el domingo gaudete, esto es, el domingo de la alegría. En este camino de esperanza y de preparación para la Navidad, la Iglesia nos muestra hoy en la liturgia . Seguimos además acompañados por Juan el Bautista, continuando este domingo la lectura del Evangelio del domingo pasado.

1. “Estad siempre alegres en el Señor”. Esta llamada a la alegría llena la liturgia de este domingo gaudete. Ya en la primea lectura, del profeta Sofonías, escuchamos una esperanzadora invitación a estar alegres. Sofonías se dirige a la ciudad de Jerusalén, la hija de Sión, que ha vivido un tiempo de castigo y de penuria. Pero ahora le llama a llenarse de alegría, pues el Señor está en medio de ella, Él es su rey, la protege, y por eso ya no tiene nada que temer. La alegría es doble: por un lado la de Jerusalén, pues Dios está con ella, y por otro lado la alegría del mismo Dios que ama a Jerusalén y se alegra como en día de fiesta. Esta misma llamada a la alegría la encontramos en la segunda lectura, en la que Pablo exhorta a los filipenses a estar siempre alegres en el Señor, pues Él está cerca. Esta cercanía del Señor trae tranquilidad, pues ya nada nos debe preocupar ya que Dios nos escucha siempre, y trae también la paz. También nosotros, que estamos preparando la venida del Señor, hemos de vivir alegres, pues Dios nos trae la salvación, la paz, y ya no hemos de temer nada. Nosotros, que estamos preparando el camino al Señor en este Adviento, hemos de vivir y contagiar esta alegría por la cercanía de Dios con nosotros.

2. “¿Qué hemos de hacer?”. En el Evangelio de este domingo, continuación del Evangelio del domingo pasado, varias personas le preguntan al Bautista qué han de hacer. Juan está llamando a la conversión para preparar la venida del Mesías. Y los que le escuchan le preguntan qué han de hacer para preparar ese camino al Señor. Con la sencillez propia del Bautista, éste responde a cada pregunta explicando en qué consiste la conversión. En primer lugar es la gente que acude a bautizarse la que le pregunta a Juan el Bautista “¿entonces, que hacemos?”. La respuesta es compartir: aquellos que tienen que compartan con quienes no tienen. En definitiva, se trata de dejarnos un poco a nosotros mismos para darnos a los demás. A continuación se acercan los publicanos y también preguntan a Juan qué han de hacer, a lo que Juan responde: “no exijáis más de lo establecido”. Es la justicia lo que pide Juan. Mientras que a los que venían a bautizarse con espíritu de conversión Juan les pide la misericordia y la solidaridad compartiendo sus bienes, a los publicanos les pide que comiencen practicando la justicia, no exigiendo a los demás más de lo que es debido. Finalmente se acercan unos soldados preguntando también qué han de hacer, a lo que Juan responde que no hagan extorsión, que no se aprovechen de su estatus, sino que se contenten con la paga. En definitiva, a aquellos que tienen interés por convertirse y le preguntan a Juan qué han de hacer para ello, éste les responde con cosas concretas, según la situación de cada uno. Hoy, también nosotros, que deseamos convertirnos para preparar el camino al Señor, le preguntamos a Jesús qué hemos de hacer. Cada uno de nosotros escuchamos qué quiere Dios de nosotros. Él no nos pide cosas abstractas, sino más bien concretas, adaptadas a nuestra vida. ¿Qué tengo que hacer yo? Es una buena pregunta que podemos hacernos en este domingo.

3. “Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo”. Juan el Bautista es sólo el precursor. Él no es el mesías, y cuando algunos le toman como tal, Juan deja claro que él no lo es, que el Mesías viene detrás de él. El bautismo de Juan era un bautismo de conversión, un bautismo simbólico, con agua que simboliza la pureza y la limpieza. Pero anuncia que el Mesías, que vendrá después, bautizará con fuego. También el fuego es símbolo de purificación, pues el oro, por ejemplo, es acrisolado a fuego. El fuego es así símbolo del Espíritu Santo, que purifica nuestros corazones, que los llena de fuerza en el seguimiento del Señor. Incluso el Bautista añade que el Mesías tiene en la mano la horca, una herramienta que se utilizaba en las labores agrícolas para aventar el trigo en la era, separando así el trigo de la paja. Es decir, el Mesías viene a recoger el fruto, el buen trigo, quemando en nosotros todo aquello que no sirve.

En este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, vivamos el gozo de la cercanía del Señor que viene a salvarnos. Pero que esta alegría sea no una alegría fugaz y superficial, sino una alegría en el Señor, pues Dios viene a nosotros, a traernos la paz y la confianza en Él. Preparemos esta venida del Señor dejando atrás todo aquello que es paja en nuestra vida, para sacar a relucir el buen fruto que Dios espera de nosotros.

9 de diciembre de 2018

La figura de Juan el Bautista

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LA FIGURA DE JUAN EL BAUTISTA

Por Francisco Javier Colomina Campos

En este segundo domingo de Adviento irrumpe con fuerza la figura de Juan el Bautista, que aparecerá tanto en este segundo domingo como en el tercer domingo de Adviento. El Bautista, junto con el profeta Isaías y con María, cuya Concepción Inmaculada celebrábamos ayer, son los personajes que de modo particular nos acompañan en este tiempo de Adviento.

1. “Vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto”. El evangelista san Lucas, después del Evangelio de la infancia de Jesús que corresponde a los dos primeros capítulos, comienza el tercero introduciendo la figura del Bautista. Comienza san Lucas este relato con una solemne introducción histórica, detallando minuciosamente el momento exacto de la historia en el que aparece Juan. Esto nos indica dos cosas. Por un lado la historicidad de la persona del Bautista, y por lo tanto de Jesús, pues podemos señalar el momento exacto en el que aparece en la historia siguiendo los períodos de gobierno de las distintas autoridades que describe Lucas. Por otro lado, el Evangelista nos hace ver la diferencia entre los distintos gobernantes, tanto romanos como judíos, que vivían rodeados de lujo y de poder, con la sencillez de Juan el Bautista. Éste aparece con humildad en el desierto, que es el lugar del silencio, y precisamente por esto es también el lugar donde se escucha la palabra de Dios. Es curioso que el Evangelio no presenta a Juan como el protagonista, el que tiene la iniciativa, sino que en primer lugar está la palabra de Dios que viene sobre Juan. Es por tanto Dios quien tiene la iniciativa. Él es quien desea llevar adelante su proyecto de salvación para los hombres, por eso es Él quien llama a Juan, le envía su palabra, para que predique la conversión.

2. “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. En el desierto Juan el Bautista predica un bautismo de conversión. Es la primera llamada que Dios hace a los hombres: volver de nuevo el corazón hacia Dios para que perdone nuestros pecados. Lucas descubre en la persona del Bautista la imagen del profeta Isaías de la voz que grita en el desierto (Is 40, 3-5). Esta imagen se encuentra al comienzo del conocido como “segundo Isaías”, un texto lleno de alegría y de consuelo para Israel. Isaías escribe a Israel que se encuentra en el destierro. En medio de su tristeza resuena una voz de esperanza que llama a preparar en el desierto un camino al Señor, un camino llano y recto. Quizá se refiere Isaías al camino por el que Israel ha de volver a Jerusalén tras el destierro de Babilonia. Lucas, al citar este texto veterotestamentario, lo reinterpreta invitando a preparar el camino para que Dios venga a nosotros. Allanar los senderos, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale… se refiere a sacar de nuestra vida y de nuestro mundo todos aquellos obstáculos que impiden a Dios llegar a nosotros, como nuestros egoísmos, el odio, la injusticia, la pereza… El Adviento es por tanto un tiempo para preparar nuestro corazón y limpiarlo de toda suciedad para que Dios pueda venir de nuevo a nosotros.

3. “Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables”. Pero ¿cómo preparar ese camino al Señor? San Pablo, en la segunda lectura, nos da la clave al exhortar a los Filipenses a que esta comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Se trata por tanto de vivir desde el amor, conociendo y apreciando cada día más los valores que Dios quiere de nosotros, llevándolos a la práctica. Así es como el Señor quiere que preparemos la venida de Cristo, llegando a ese día “limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia”. Ésta es por tanto la conversión del corazón a la que invitaba Juan el Bautista cuando predicaba en el desierto. Esto es preparar el camino el Señor.

Sigamos avanzando por este tiempo de Adviento con el corazón alegre, lleno de esperanza, y poniéndonos en marcha para preparar el camino a Dios que viene. Que cuando llegue ese día nos encuentre bien dispuestos, abajando nuestro orgullo, enderezando el camino de nuestra vida, viviendo los valores que Jesús nos enseña. Con la ayuda de María Inmaculada, limpiemos también nosotros nuestro corazón.

5 de diciembre de 2018

Vendrá a nosotros el Verbo de Dios




VENDRÁ A NOSOTROS EL VERBO DE DIOS

Conocemos tres venidas del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera el Señor se manifestó en la tierra y vivió entre los hombres, cuando -como él mismo dice- lo vieron y lo odiaron. En la última contemplarán todos la salvación que Dios nos envía y mirarán a quien traspasaron. La venida intermedia es oculta, sólo la ven los elegidos, en sí mismos, y gracias a ella reciben la salvación. En la primera el Señor vino revestido de la debilidad de la carne; en esta venida intermedia viene espiritualmente, manifestando la fuerza de su gracia; en la última vendrá en el esplendor de su gloria.

Esta venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo.

Pero, para que no pienses que estas cosas que decimos sobre la venida intermedia son invención nuestra, oye al mismo Señor: El que me ama guardará mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a fijar en él nuestra morada. He leído también en otra parte: El que teme al Señor obrará bien. Pero veo que se dice aún algo más acerca del que ama a Dios y guarda su palabra. ¿Dónde debe guardarla? No hay duda que en el corazón, como dice el profeta: En mi corazón escondo tus consignas, así no pecaré contra ti.

Conserva tú también la palabra de Dios, porque son dichosos los que la conservan. Que ella entre hasta lo más íntimo de tu alma, que penetre tus afectos y hasta tus mismas costumbres. Come lo bueno, y tu alma se deleitará como si comiera un alimento sabroso. No te olvides de comer tu pan, no sea que se seque tu corazón; antes bien sacia tu alma con este manjar delicioso.

Si guardas así la palabra de Dios es indudable que Dios te guardará a ti. Vendrá a ti el Hijo con el Padre, vendrá el gran profeta que renovará a Jerusalén, y él hará nuevas todas las cosas. Gracias a esta venida, nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y, así como el primer Adán irrumpió en todo el hombre y lo llenó y envolvió por completo, así ahora lo poseerá totalmente Cristo, que lo ha creado y redimido y que también un día lo glorificará.


De los Sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 5, En el Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966] , 188-190)

2 de diciembre de 2018

¡VEN SEÑOR JESÚS!

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¡VEN SEÑOR JESÚS!

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Comienza un año litúrgico. El Evangelio de San Lucas enlaza con el del domingo pasado y que nos sitúa el inicio del Reino de Jesucristo. Hay mensaje escatológico en las palabras de Jesús. Anuncia un final de un mundo. Pero la apertura de otro más venturoso con su segunda llegada, con la Parusía. No es fácil dejar de pensar –muchas veces, muchos días— en esa Segunda Venida y no tanto por ningún principio finalista, milenarista o mágico. Solo porque es difícil no tener ganas de ver al Señor. Sin más. Son entrañables los testimonios de San Pablo cuando creía que la llegada del Jesús acontecería antes de su muerta y da cumplida explicación del salto necesario para acompañar al Señor Jesús ya desde ese momento.

2.- Si por un lado es completamente absurdo estar esperando al adviento de los últimos días como única razón para vivir o esperar --algunos grupos basan sus creencias en fundamentalmente la divinización de esos momentos--, no lo es tanto considerar que sería imposible, porque está anunciado y a algunos los tocará vivir esos días difíciles; pero, para gozar de esa idea, hay que trabajar con alegría a todas las horas, asegurar que el mundo no se está acabando y comprender que los adoradores de lo apocalíptico no van por buen camino. Alguien los ha engañado. Amanece todas las mañanas y el fresco de las primeras horas es el mensaje de la oferta que Dios hace cotidianamente a los hombres. En su trabajo, en el servicio a los demás, en la esperanza y en la alegría está el mejor seguimiento de Cristo. Y hablamos de esto porque abundan, en los últimos tiempos, los mensajes de algunos finalistas sin causa, ni conocimiento.

3. - Sin embargo, todos deseamos la venida del Señor Jesús. Ahora, al iniciar el Adviento le esperamos como Niño, que viene a salvarnos. Pero tenemos además la esperanza de su Segunda Venida. No sabemos cuándo será, pero tampoco nos importa. Mientras tanto –como decía— hay mucho trabajo en la tierra y con los hermanos. Me parece muy útil y conveniente recitar aquí uno de los himnos más bellos de la liturgia cristiana.

¡Marana tha!

¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,

la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: "¡Ven,  Señor!"

Quien lo oiga, diga: "¡Ven, Señor!"

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,

que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.

¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

4.- ¡Marana tha! La frase aramea se repite en la cristiandad desde los tiempos inmediatamente posteriores a la Ascensión a los cielos de Jesús. No ha cambiado. ¡Ven, Señor Jesús! Le esperamos, aunque siempre estamos con él. Día a día, en la Eucaristía. Hora a hora en la oración. El ambiente de este Primer Domingo de Adviento ya nos anuncia su venida. Pero será, como decía su Segunda Venida, la que esperamos, llena de Majestad y Gloria. Y en la que se condensan todas nuestras esperanzas. La primera, su Nacimiento en Belén, sus consecuencias cotidianas, están junto a nosotros y en nuestras manos. No podríamos vivir nuestro camino de cristianos si Él no estuviera cerca y sintiéramos su presencia. El Adviento significa venida, advenimiento. Permítasenos la licencia: Jesús llega cada Navidad "un poco más" a nuestras vidas. No podemos desaprovechar la ocasión.

Y así, aprovechemos, pues, este Primer Domingo de Adviento para limpiar nuestro corazón y para poner más calor en nuestra alma. Esperamos a un Niño que cambiará nuestras vidas. Te Esperamos. Marana Tha. Ven Señor Jesús.

24 de diciembre de 2017

La grandeza y el esplendor de la encarnación


LA GRANDEZA Y EL ESPLENDOR DE LA ENCARNACIÓN

Por Antonio García-Moreno

1.- LA MÁS ALEGRE ESPERANZA.- David no era más que un muchacho, el menor de sus hermanos, el zagal que acompañaba a los pastores de los rebaños de su padre. Cuando Samuel recibió la orden de ungir a un nuevo rey, no se pudo imaginar que el elegido sería aquel imberbe, cuya única arma era una honda. El Señor quiso demostrar una vez más que él no mira a las apariencias sino al corazón, al interior del hombre. Por otra parte, con esa elección inesperada nos enseña que en definitiva es él quien vence y triunfa por medio de su elegido, mero instrumento en sus divinas manos.

Por eso Natán, después de muchos años, le recuerda al rey David lo humilde de sus orígenes y que es a Dios a quien debía su poder. Con ello previene al rey de Israel contra el orgullo y la soberbia, le exhorta a no presumir de nada, pues todo lo que tiene lo ha recibido del Señor... Una lección importante que cada uno de nosotros hemos de aprender y practicar. Porque en muchas ocasiones el éxito se nos sube a la cabeza y nos llenamos de vanidad. Presumimos como si el mérito fuera exclusivamente nuestro y, lo que es peor, despreciamos a los demás considerándonos superiores a ellos, olvidando que si Dios nos abandonara estaríamos más bajo que cualquier otro.

David, como todos los reyes de la tierra, sabía que a su muerte el trono que ocupaba podría ser ocupado por cualquiera. Él vio como la dinastía de Saúl desapareció al morir éste. Lo mismo podría ocurrir, tarde o temprano, con su reinado. Pero Dios le había mirado con una predilección particular. Del linaje David, por designio divino, habría de nacer el Rey de Israel por antonomasia, el Ungido de Yahvé, el Mesías, el Redentor y Salvador del mundo.

Estas palabras, con la promesa de la supervivencia de su dinastía, resuenan en el mensaje del arcángel san Gabriel. En efecto, en su embajada a Santa María le anuncia que de sus entrañas nacerá el Hijo del Altísimo, el cual se sentará sobre el trono de su padre David y su reinado durará por siempre. Con ello se cumplen en Jesús las promesas, en él se realiza la más preciosa esperanza de Israel, el anhelo más íntimo y recóndito de los hombres, la salvación de la Humanidad. Al releer estas palabras, la Iglesia se hace caja de resonancia del mensaje divino y nos anuncia la más alegre esperanza: la llegada del Mesías que viene hasta nosotros para culminar nuestra redención.

2.- COMO LOS NIÑOS.- Los hebreos habían imaginado de muchas formas la llegada del Mesías. Algunos pensaron que llegaría de modo apoteósico, descendiendo desde lo alto hasta el atrio del Templo, ante la expectación y el asombro de todo el pueblo allí reunido. Nadie había imaginado que su venida ocurriría en el silencio y en el anonimato. Mucho menos pudieron pensar que nacería de una joven y humilde virgen de Nazaret.

Toda la grandeza y el esplendor de la Encarnación permanecieron velados en el seno inmaculado de María. Desde que ella dijo que sí a la embajada de San Gabriel, el Verbo se hizo carne y comenzó a habitar entre nosotros, para gozo y esperanza de la Humanidad. Fue uno de los momentos cruciales de la Historia, un hecho que constituye una verdad fundamental de nuestra fe.

El nuevo Pueblo de Dios, la gente sencilla y buena ha comprendido la trascendencia de ese momento y lo ha plasmado en una devoción multisecular, que aún hoy sigue vigente entre nosotros: el rezo del Ángelus. Un breve alto en el camino de cada jornada, para recordar y agradecer vivamente que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y esté cerca de todos nosotros.

La Virgen se llenó de temor al oír el saludo del arcángel, no comprendía, tanta era su humildad, que la hubiera llamado la llena-de-gracia y bendita, además, entre todas las mujeres, la más agraciada. Pero el mensajero de Dios la tranquiliza y le explica que ha sido elegida para ser madre, sin dejar de ser virgen, del Hijo del Altísimo, al que pondrá por nombre Jesús, que quiere decir Salvador.

Silencio de Nazaret que preludia la noche --esta noche-- de Belén. Sencillez y escondimiento de la actuación divina que ha de frenar nuestras ansias de aparentar y de lucir. María y José, dos almas gemelas en la humildad y en la docilidad a los planes de Dios, son los primeros que recibieron la magnífica noticia. Luego serán los pastores de los campos belemnitas. Después los magos de Oriente que seguían con abnegación y tenacidad el rastro de una estrella. Más tarde Simeón y Ana, dos ancianos que son como niños, según diría Jesús de los que entrarán en el Reino.

La Navidad es tiempo propicio para crecer en sencillez y humildad, para hacernos pequeños y dignos del agrado de Dios. Son días de recuerdos y de dulces nostalgias, días para sentirse mejores, más cerca los unos de los otros. Días de paz para nuestro agitado mundo, paz del Cielo para los hombres de la tierra. “¡Oh Rey de las naciones y deseado de los pueblos, piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre al que formaste del barro de la tierra!”