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Mostrando entradas con la etiqueta Epifanía. Mostrar todas las entradas
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6 de enero de 2020
¡Quién fuera Rey en este día!
¡QUIEN FUERA REY EN ESTE DIA!
Y ante el REY DE REYES, alabar y bendecir la grandeza
de un Dios, que sin necesidad de tanto, tan en el llano ha caído
Y, dejar detrás de mí, palacios e imperios
tronos y vasallos, dominaciones y castillos
para postrarme ante Aquel que sólo tiene
el amor como almena
la pequeñez como defensa indefensa
y, como siervos y guardianes
un José y María que, sólo saben mirar,
contemplar y emocionarse ante el Misterio.
Pastores que, sorprendidos por tal mensaje,
dejaron tierras y ganados y marcharon a adorarle.
¡QUIEN FUERA MELCHOR!
Y decirte que, como Rey, mereces ya no sólo el oro
sino que toda rodilla se doble ante el AMOR
¡QUIEN FUERA GASPAR!
Y perfumar, con el incienso, al que siendo hombre
es Dios y hombre a la vez
o que, el aroma se desparramase por todos los valles
donde los hombres todavía desconocen la noticia de tu Nacimiento
¡QUIEN FUERA BALTASAR!
Para ofrendarte, además de cómo Rey y Dios,
la debilidad de lo que somos y que Tú compartes: nuestra humanidad
Te doy gracias, Señor,
porque –sin ser rey- he visto una estrella.
Una estrella que, en la noche oscura,
me ha invitado a seguirle, incluso en las horas amargas,
y, sus destellos, han hablado a mi corazón,
despertando mis sentimientos y mi curiosidad.
Una estrella que ha hecho posible el que yo, hombre y débil,
me postre ante Ti con la misma fe y con la misma emoción
de aquellos Reyes Magos.
Haz Señor, que después de haberte contemplado y rezado
Después de haberte ofrecido mi pobreza
vuelva a mi hogar con la firme promesa
de que tu nombre sea conocido, amado y publicado
por todos los confines de la tierra.
¡Gracias, Señor! ¡Gracias, mi Rey!
6 de enero de 2019
La fe les puso en camino
LA FE LES PUSO EN CAMINO
Por Javier Leoz
1.- Que el Nacimiento de Cristo fue dócil y silencioso, todos lo sabemos. Dios así lo quiso y en propias carnes lo vivieron como nadie Jesús, José y María.
La estrella, inquieta, aguda, inteligente y protectora, no dejó de destellar radiante y divina luz para señalar la Gloria de Dios que emergía en una pobre gruta
Los pastores, aun en su pobreza, se convirtieron en millonarios acaudalados por un amor de Dios que recompensaba con creces fríos, soledades e indigencias.
Y para que no faltara nada, para enriquecer y engrandecer el Misterio, en el silencio y en medio de dunas y de desiertos, tres coronas sobre tres sienes destellaban y avanzaban en el horizonte. ¡Tres reyes en movimiento! ¡Tres reyes que, atesorándolo todo, intuían que carecían de lo más importante!
Hoy, en esta fiesta de Epifanía, los Magos se convierten en antenas por las que Dios, pasa a ser conocido y recibido, revelado y manifestado a todos los pueblos.
Me gusta expresar, y lo digo una vez más, que los Reyes Magos el gigantesco pergamino real con el que Dios se hizo anunciar, a pesar de su humildad, a todo hombre.
Conducidos por la estrella, tentados por Herodes y mil circunstancias, sus reinos, tronos y riquezas no fueron obstáculo alguno para alcanzar la meta deseada: ¿Dónde está el Rey de los Judíos? ¡Hemos visto su estrella y venimos adorarle!
2. En esta noche, los sueños y las aspiraciones de miles de niños habrán sido cumplidos por la presencia de unos Magos que, dejando año tras año palacios y comodidades, se cuelan por balcones y ventanas para traer sus presentes.
Pero ¿qué obsequio es el más caro, el más codiciado y guardado por los Reyes Magos? ¿Qué regalo, con disgusto de estos regios personajes, queda con frecuencia y en abundancia en los almacenes de sus reinos?
¿Queréis saberlo? ¡El regalo de la fe! ¡El regalo de la esperanza! ¡El regalo del amor a Dios! ¡Cuántos regalos que nadie y muy pocos piden o pedimos!
El resplandor de los Magos fue la estrella; el premio fue contemplar cara a cara al Señor; el detalle, ofrecerle sus sagrados dones en incienso, oro y mirra…y el compromiso como heraldos de lo que vieron y oyeron, fue –una vez en sus respectivos reinos- dirigir el afecto y el vasallaje de sus paisanos al REY DE REYES.
Que nosotros, como los Reyes, nos movamos por aquello que merezca la pena. Que solicitemos de su magnanimidad obsequios que nos hagan ricos por dentro y no juguetees en manos de muchos por fuera. Uno de ellos, y permitidme que os lo diga con total franqueza, es el de manifestar públicamente, sin miedo ni vergüenza lo que sentimos por Cristo. Lo que apreciamos a Jesús. Lo que queremos a nuestra Iglesia.
Ellos ofrecieron sus cofres a rebosar de oro, incienso y mirra. Todos tenemos un gran cofre en el interior de cada uno. ¡Volquémoslo sobre Belén! Un corazón que se ha dado de frente con la Navidad, como ocurrió con los Reyes, se da, se ofrece, se entrega, se vacía, se postra.
Hermanos; niños, jóvenes, padres y mayores… ¡me gustan estos Reyes en movimiento! Fueron soñadores, idealistas, aventureros, emprendedores. No repararon en lo que dejaban atrás. Ante Herodes se mostraron valientes y decididos y…cuando se percataron de la estrella… no dudaron en creer que era cosa de Dios y, como niños, corrieron –no sé si en camello o dromedario- al encuentro del que era un Niño-Dios.
Bienvenidos sean estos regios personajes que, después de emprender su aventura y de regresar a sus respectivos dominios, nos hacen caer en la cuenta que, después de las navidades, hemos de retornar a nuestras vidas por caminos opuestos a la apatía, la vergüenza, la falta de fe, el pesimismo, el poderío, el orgullo o el cansancio.
Organicemos entre todos, Iglesia, Papa, Obispos, sacerdotes, laicos, religiosos, niños y mayores, colegios y cristianos de todo el mundo una gran manifestación. ¡Dios ha hablado por Jesús! ¡Que nadie apague su voz! ¡Seamos, también nosotros, pancarta de lo que en estos días ha ocurrido en Belén! ¡Ha bajado el amor de Dios y…ha de marchar y multiplicarse con nosotros en nuestros pequeños o grandes reinos! Que en este Año Santo de la Fe, como os Magos, nos pongamos en camino, sigamos la estrella, descubramos lo que se encuentra debajo del pesebre y demos testimonio del Verbo Encarnado. ¿Os parece ese un buen regalo con motivo de este Año de la Fe? Comencemos a desenvolverlo.
6 de enero de 2017
El Rastro luminoso de le Estrella sigue brillando
EL RASTRO LUMINOSO DE LA ESTRELLA SIGUE BRILLANDO…
Por Antonio García-Moreno
1.- LA BRILLANTE LUZ DIVINA.- "Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti" (Is 60, 1) Uno de los elementos naturales que sirven en el lenguaje bíblico para hablar de la grandeza divina es el de la luz. Así dice San Pablo que Dios habita en una luz inmarcesible. San Juan por su parte al referirse al Verbo dice que era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. También al hablar de los santos en el Cielo se dice de ellos que son luceros que brillan en la noche como las chispas de un cañaveral. Para quienes hemos dedicado nuestra vida a la enseñanza es consolador saber que, -como dice Dn 12, 3-, brillarán con esplendor en el Cielo quienes enseñaron la justicia a otros.
En el sermón de la montaña Jesús dice que somos la luz del mundo y hemos de estar sobre el candelero para alumbrar a los de la casa. De tal manera ha de lucir nuestra luz ante los hombres que, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos... Esa luz divina de la que participamos no podemos apagarla, sino que hemos de reflejarla e iluminar a otros.
2.- EL DON COMPARTIDO. -"Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro" (Ef 3, 2). San Pablo reconoce que cuanto tiene le ha sido otorgado por la liberalidad divina. Nunca estima que tenga algo por mérito propio. Reconocerá sí que ha procurado responder a las gracias recibidas, e incluso dirá que no las ha recibido en vano. Pero nunca presume de cosa alguna como propia. Él se reconoce débil e incapaz de superar por sí sólo las dificultades. Sin embargo, afirma convencido que todo lo puede en Aquel que le conforta.
Y al mismo tiempo comprende que cuanto ha recibido no es para su bien personal, algo para su propio provecho, sino unos dones que ha de comunicar a los demás, haciéndoles partícipes de ese cúmulo de gracias divinas... En definitiva, todo don nos viene de Dios y no sólo para nuestro provecho. Así, al ser dadivoso con los demás, seremos como Cristo mismo, una epifanía, una manifestación, del amor del Padre.
2.- TRAS EL RASTRO DE UNA ESTRELLA. "Jesús nació en Belén de Judá en tiempo del rey Herodes..." (Mt 2, 1) Cuando nace el Niño Jesús, a Herodes sólo le quedaban unos cuatro años de vida. Ante esas circunstancias las intrigas palaciegas se multiplicaban. Su mismo hijo Arquelao forma parte de una conspiración que, descubierta por su padre, le costó no sólo el trono sino también la vida. Por eso la presencia de unos extranjeros preguntando por el rey de los judíos que acababa de nacer, produce una gran consternación en la corte real.
Por qué temes Herodes, no te arrebatará un reinado terreno el que viene a dar el Reino de los cielos. Así dice un himno de la liturgia del día... Trató de engañar a los ilustres visitantes. Pero su astucia y su maldad no sirvió de nada. Y los Reyes Magos se volvieron por otro camino, llenos de gozo por haber visto al Rey del mundo, recostado en el regazo de una joven madre llamada María. El rastro luminoso de la estrella sigue brillando. Mas sólo los humildes y sencillos pueden verlo y seguirlo.
El Señor da a conocer su salvación en todo el orbe de la tierra
EL SEÑOR DA A CONOCER SU SALVACIÓN EN TODO EL ORBE DE LA TIERRA
La providencia misericordiosa de Dios, cuando dispuso socorrer en la plenitud de los tiempos al mundo que perecía, determinó salvar a todos los hombres en Cristo.
Ellos forman la incontable descendencia prometida en otro tiempo a Abraham, descendencia que había de ser engendrada no según la carne, sino por la fecundidad de la fe, y que por esto fue comparada a la multitud de las estrellas, para que la esperanza del padre de todas las gentes tuviera por objeto no una progenie terrena, sino celestial.
Entre, entre en la familia de los patriarcas la totalidad de los gentiles, y reciban los hijos de la promesa la bendición de la descendencia de Abraham, a la que han renunciado los hijos según la carne. En la persona de los tres magos adoren todos los pueblos al Autor del universo; y sea Dios conocido no sólo en Judea, sino en todo el orbe, a fin de que en todas partes su fama sea grande en Israel.
Adoctrinados, amadísimos hermanos, por estos misterios de la gracia divina, celebremos, llenos de gozo espiritual, el día de nuestras primicias y el comienzo de la vocación de los gentiles, dando gracias a Dios misericordioso que, como dice el Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido; porque, como había profetizado Isaías, el pueblo de los gentiles que caminaba en tinieblas vio una grande luz; sobre los que habitaban en tierra de sombras brilló un intenso resplandor. De ellos dice el mismo profeta, dirigiéndose al Señor: Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.
Éste es el día que Abraham contempló y saltó de gozo, al reconocer a los hijos de su fe que habían de ser bendecidos en su descendencia, que es Cristo; y, al contemplar de antemano que había de ser por su fe padre de todas las gentes, dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, que lo había prometido, tenía también poder para cumplirlo.
Éste es el día que cantó el salmista, cuando dijo: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor, bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia.
Sabemos que estas predicciones empezaron a cumplirse desde que la estrella hizo salir de su lejano país a los tres magos, para que conocieran y adoraran al Rey de cielo y tierra. Su docilidad es para nosotros un ejemplo que nos exhorta a todos a que sigamos, según nuestra capacidad, las invitaciones de la gracia, que nos lleva a Cristo.
Todos, amadísimos hermanos, debéis emularos en este empeño, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega por la integridad de la fe y por las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Dios Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
De los Sermones de san León Magno, papa
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