31 de marzo de 2022

Santo Evangelio 31 de Marzo 2022

  


Texto del Evangelio (Jn 5,31-47):

 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».



«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido»


Rev. D. Miquel MASATS i Roca

(Girona, España)

Hoy, el Evangelio nos enseña cómo Jesús hace frente a la siguiente objeción: según se lee en Dt 19,15, para que un testimonio tenga valor es necesario que proceda de dos o tres testigos. Jesús alega a favor suyo el testimonio de Juan el Bautista, el testimonio del Padre —que se manifiesta en los milagros obrados por Él— y, finalmente, el testimonio de las Escrituras.

Jesucristo echa en cara a los que le escuchan tres impedimentos que tienen para reconocerle como al Mesías Hijo de Dios: la falta de amor a Dios; la ausencia de rectitud de intención —buscan sólo la gloria humana— y que interpretan las Escrituras interesadamente.

El Santo Padre San Juan Pablo II nos escribía: «A la contemplación del rostro de Cristo tan sólo se llega escuchando en el Espíritu la voz del Padre, ya que nadie conoce al Hijo fuera del Padre (cf. Mt 11,27). Así, pues, se necesita la revelación del Altísimo. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse en actitud de escuchar».

Por esto, hay que tener en cuenta que, para confesar a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios, no es suficiente con las pruebas externas que se nos proponen; es muy importante la rectitud en la voluntad, es decir, las buenas disposiciones.

En este tiempo de Cuaresma, intensificando las obras de penitencia que facilitan la renovación interior, mejoraremos nuestras disposiciones para contemplar el verdadero rostro de Cristo. Por esto, san Josemaría nos dice: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios...—Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!».

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San Renovato (Renato), obispo emeritense, confesor 31 de Marzo

  


San Renovato (Renato), obispo emeritense, confesor 31 de Marzo

(† 633)


El obispo Renovato cierra la época gloriosa de santidad y esplendor emeritense: fue un varón ecuánime, justo e ingenioso. Maestro acabado por su doctrina y ejemplaridad de vida.

Después de gobernar la Iglesia durante muchos años murió en la paz de Dios.

Su cuerpo, junto con los de sus obispos predecesores (Masona e Inocente), descansan sepultados con los mayores honores en una misma cripta, no lejos del altar de la santa virgen Eulalia. Ante sus sepulcros se dieron continuos signos de protección; de aquí que su culto se iniciara por asentimiento o aclamación de la iglesia local en la liturgia, al uso de la época.

Su fiesta se celebra el 31 de Marzo.

Es el último biografiado por el autor de las "Vitas" que dice: ´El santo Renato, hombre adornado de todas las virtudes; godo de origen, nacido de rancia prosapia e insigne por el lustre de su familia. Era esbelto de cuerpo, de distinguidos modales, de singular estatura... era mayor aún por dentro su hermosura, inundado en la posesión del Espíritu Santoª.

Antes había sido abad del monasterio de Cauliana. Se distinguió en las artes y en las ciencias eclesiásticas, especialmente en las Sagradas Escrituras. Su agudo ingenio le hizo maestro de no pocos discípulos.

Su cuerpo fue sepultado en Mérida, en la cripta de la Iglesia martirial de Santa Eulalia.

Fuente: Mercaba org.

Beato Amadeo de Saboya 31 de marzo

 



 Beato Amadeo de Saboya  31 de marzo

(† 1472)

 

El Beato Amadeo de Saboya fue el noveno de este nombre y el tercer duque de aquel Estado; vivió treinta y siete años (1435-1472); reinó solamente siete (1465-1472); y fue inscrito en el catálogo de los bienaventurados dos siglos más tarde bajo el pontificado del Beato Inocencio XI.

La Saboya fue siempre uno de los lugares más bellos de la región alpina; situada en el centro de Europa, en territorio francés, al occidente de la cadena de los Alpes, guarda dentro de sí las cumbres más elevadas desde el Monte Blanco hasta el monte Thabor. La magnificencia de sus costas, la grandiosidad de su paisaje, su infinita variedad, los contrastes de color y de vida, la melancólica belleza de las ruinas de castillos y monasterios, ofrecen un espectáculo estupendo, que arrebata la admiración. Sus habitantes son conocidos por la bondad de su carácter y por la sencillez de sus costumbres; defendidos del influjo y contacto con otras gentes por la aspereza de sus montañas, han sabido conservar sus primitivas tradiciones. El saboyano es fuerte y alegre; tiene pocas necesidades y sabe desde antiguo solucionárselas por sí mismo; es además religioso y amante de sus instituciones. Cada uno de los siete valles principales de las tierras saboyanas tiene su propia fisonomía en tipos y maneras, hablándose por este motivo de los "siete países saboyanos", variedades de un mismo tipo social montañés.

La casa de Saboya es una de las familias más antiguas e ilustres, que han reinado en Europa casi hasta nuestros días. Parece ser que su fundador fue Humberto I Blancamano, descendiente de la casa de Sajonia, que vivió en los años 985 al 1048; prestó buenos servicios al rey de Arles Rodolfo III, y al emperador Conrado el "Sálico", recibiendo en recompensa numerosas tierras y privilegios. A través de los siglos el Estado saboyano fue ensanchando sus límites geográficos; las guerras entre los señores feudales, las alianzas, las capitulaciones matrimoniales y las herencias de nobles, fueron abriendo camino al esplendor de la casa de Saboya. En el siglo XV, durante el largo gobierno de Amadeo VIII, los dominios saboyanos alcanzaron la máxima extensión, comprendiendo entre otros territorios la Saboya, el Piamonte y el País de Vaud. Aunque se había avanzado notablemente en el sentido de sustituir el antiguo régimen feudal por un Estado moderno, sin embargo, aún no había desaparecido la organización feudal, que se desarrolló más en la Saboya que en el Piamonte, con grandes y poderosas casas señoriales, afincadas en los cerrados valles alpinos con escasos centros urbanos.

Amadeo VIII de Saboya, de sobrenombre "el Pacífico", consiguió en 1416 del emperador Segismundo la transformación del condado en ducado, recibiendo la solemne investidura. Destacaron en este príncipe sus inquietudes espirituales y su amor por la vida ascética, llegando a crear en la corte un acentuado ambiente de religiosidad, dentro del cual discurrieron los primeros años de vida de su nieto el Beato Amadeo IX de Saboya. Amadeo VIII "el Pacífico", después de haber llevado su casa a una altura jamás soñada en tiempos atrás, se dedicó a dejar el gobierno en manos de su hijo Luis II de Saboya y a retirarse a la vida eremítica con algunos de sus mejores amigos y fieles consejeros; fundó la Orden Militar de San Mauricio, a la que señaló como residencia un nuevo monasterio levantado por su mandato en Ripaglia, cerca de Tournon, y entró en el retiro con sus amigos el día 16 de octubre de 1434, vistiendo todos una túnica y capucha grises, llevando como distintivo un cinturón dorado y una cruz también dorada sobre el pecho. La decisión del duque de Saboya causó honda impresión en Europa, y llamó la atención de los Padres del concilio de Basilea, quienes, después de haber depuesto al papa de Roma Eugenio IV, lo eligieron como sucesor de San Pedro. El duque aceptó la tiara y fue consagrado y coronado el 24 de julio de 1440 con el nombre de Félix V; nueve años más tarde, en bien de la paz de la lglesia, el antipapa Félix renunció al papado en el concilio de Lausana de 1449; el nuevo pontífice Nicolás V lo preconizó cardenal obispo de Saboya y delegado apostólico en Saboya y parte de Suiza; murió en 1451 y sus huesos hallaron descanso en un magnífico monumento erigido en su nombre en la catedral de Turín.

Su nieto, el Beato Amadeo IX de Saboya, nació en Tournon el 1 de febrero de 1435, habiendo sido el hijo primogénito de Luis II de Saboya y de Ana de Lusiñán, hija del rey de Chipre. La dulcedumbre del lago de Ginebra, al pie de cuyas colinas se alza el pequeño pueblo de Tournon, comunicó al joven Amadeo su encanto y su poesía, y las cimas nevadas del San Bernardo Y del Monte Blanco infundieron en su alma el amor por todo lo cándido y puro. Sus cristianos padres lo educaron en el santo temor de Dios, juntamente con sus otros diecisiete hermanos. Muy pronto se manifestaron en el príncipe los piadosos sentimientos y una natural inclinación hacia la virtud; de niño, cuando jugaba y paseaba por los jardines de su palacio, gustaba de hincarse de rodillas y elevar sus manos y sus ojos al cielo, dirigiendo a Dios fervorosas jaculatorias; de joven, se apartaba del fastuoso brillo de la corte, prefiriendo la conversación con los pastores y la meditación en la pasión de Jesucristo, arrasándosele los ojos de lágrimas al contemplar el crucifijo. Su semblante siempre risueño, sus maneras apacibles, su estilo a la vez humano y majestuoso, le hicieron muy pronto dueño de todos los corazones. El Beato Amadeo de Saboya tuvo desde los primeros años de su juventud aquella dulzura, aquel encanto e irresistible simpatía que desprende la santidad verdadera; sin votos de religión, sin hábitos sacerdotales, en medio del bullicio de una corte europea del medievo, supo llevar a la práctica aquel mandamiento de Jesucristo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto"; porque la santidad puede y debe hacerse en todos los lugares y tiempos, y en todos los modos de vida, acomodando nuestra voluntad a la voluntad de Dios y guardando sus santos preceptos.

Después del tratado de Cleppié (1453), a los diecisiete años de edad, Amadeo IX de Saboya contrajo matrimonio con Violante de Valois, también conocida con el nombre de Yolanda de Saboya, hija del rey de Francia Carlos VII y hermana del más tarde también rey de Francia Luis XI, de la cual estaba prometido desde la cuna (1436). Fue Violante una mujer afectuosa, fiel y amante de su casa y familia; ambos esposos estuvieron desde un principio muy unidos, no sólo en la comunidad de vida, sino principalmente en la rectitud de conciencia y en idénticos sentimientos. La castidad matrimonial fue fecunda, habiendo nacido del amor conyugal nueve hijos, a los que sus padres supieron legar, además de los bienes de fortuna, su religión y virtud; una de sus hijas subió a los altares con el nombre de Beata Luisa de Saboya, la cual, muerto su marido, se encerró en un convento de clarisas, siendo autorizado su culto por el papa Gregorio XVI.

En el año 1465 el Beato Amadeo IX de Saboya sucedió a su padre en el trono, y con este motivo las virtudes que adornaron al príncipe alcanzaron mayor brillo con la diadema. Desde un primer momento, sabedor de que toda autoridad y poder viene de Dios, se esforzó en imponer en la corte sus piadosas tendencias, volviendo la vida cortesana a lograr el mismo o mayor nivel de religiosidad que tuvo en los tiempos de su abuelo Amadeo VIII "el Pacífico". El ejemplo de los príncipes es siempre poderoso y eficaz en la mejoría de las costumbres; el modo de vida del Beato Amadeo de Saboya impuso en todos sus vasallos un sello tan fuerte de honradez, que por mucho tiempo se vio el vicio desamparado en todos sus Estados. La falta de compostura en el templo, el hablar con menosprecio de la religión, las conversaciones licenciosas en la corte, eran motivo suficiente para incurrir en la desgracia del príncipe, quien siempre se mostró resoluto e intransigente cuando estuvieron por medio los intereses de Dios. Fue norma constante en su vida de gobierno el anteponer el servicio de Dios a todas las restantes cosas. No hubo a la sazón corte más brillante ni mejor arreglada en toda Europa; reinando la paz y la justicia con todos sus derechos, y extendiéndose la vigilancia del príncipe a todos sus Estados con segura política interior.

Argumento singular de santidad en el Beato Amadeo de Saboya fue su amor a los pobres; teniendo delante de los ojos aquellas palabras de Jesucristo: "Lo que hiciereis con los necesitados, conmigo lo hacéis", solía repetir, para justificar sus afanes en favor de los desvalidos: "Me conduelo tanto de los pobres, que al verlos no puedo contenerlas lágrimas. Si no amase a los pobres, me parecería que no amaba a Dios". Empleó mucha parte de sus riquezas en fundar hospitales y en dotar los ya existentes con mayores rentas, conservándose todavía en el Piamonte y en la Saboya numerosos vestigios de la magnificencia del caritativo príncipe. Con su propia mano atendía a los necesitados, gozando al distribuirles personalmente las limosnas, visitaba a los enfermos en sus humildes viviendas, socorriéndoles con tanto cariño y solicitud, que alguno de ellos llegó a decir, que sólo por haber sido asistido por el santo duque bendecía la hora en que Dios le había postrado en el lecho víctima de penosa enfermedad; llamábanle el padre de los necesitados, y a su palacio, el jardín de los pobres.

La tradición nos ha conservado una simpática anécdota, que nos descubre hasta dónde llegó la caridad del corazón del Beato Amadeo de Saboya. En cierta ocasión, habiéndole preguntado un embajador de un príncipe extranjero si tenía jauría de perros y si le gustaba la caza como entretenimiento, el duque le contestó: "Tengo otros entretenimientos, en los que me ocupo con mayor placer; deseo que vea el señor embajador con sus propios ojos el, objeto de mis distracciones". Seguidamente el príncipe abrió el balcón de la sala, descubriéndose un gran patio, en el cual iban y tornaban numerosos criados atendiendo y dando de comer a más de quinientos pobres. "Ved ahí señor embajador, mis divertimientos, con los que intento conseguir el reino de los cielos". El embajador intentó diplomáticamente censurar la conducta del santo duque, y le dijo: "Muchas gentes se echan a mendigar por pereza y holgazanería". A lo que respondió el caritativo príncipe: "No permita el cielo que entre yo a investigar con demasiada curiosidad la condición de los pobres que acuden a mi puerta; porque si el Señor mirase de igual manera nuestras acciones, nos hallaría con mucha frecuencia faltos de rectitud". Replicó el embajador: "Si todos los príncipes fuesen de semejante parecer, sus súbditos buscarían más la pobreza que la riqueza". A lo que contestó el Beato Amadeo, de Saboya: "¡Felices los Estados en los que el apego a las riquezas se viera por siempre desterrado! ¿Qué produce el amor desordenado de los bienes materiales, sino orgullo, insolencia, injusticia y robos? Por el contrario, la pobreza tiene un cortejo formado por las más bellas virtudes". Añadió el embajador: "En verdad que vuestra ciencia, en relación con los restantes príncipes de este mundo, es totalmente distinta; porque en todas partes es mejor ser rico que pobre, pero en vuestros Estados los pobres son los preferidos". Continuó el santo duque: "Así lo he aprendido de Jesucristo. Mis soldados me defienden de los hombres; pero los pobres me defienden delante de Dios". Ningún otro príncipe rayó a tanta altura en el ejercicio de la caridad; un día sus ministros le advirtieron que el tesoro se hallaba exhausto a causa de tantas limosnas, y el santo no dudó un momento en entregarles el rico collar de la orden militar que llevaba sobre su pecho, para remediar las necesidades más urgentes de los pobres que acudían a su palacio. Fue siempre clemente y compasivo, sin que estas cualidades le desviaran en ningún caso de la justicia, que administraba con entera rectitud.

Pero quiso Dios probar su virtud con diferentes y graves adversidades, purificando el alma de su siervo como oro en crisol, para que resplandeciera mayormente su santidad. Porque la virtud tanto más vale, cuanto mayor esfuerzo significa; por ello la santidad es patrimonio de almas heroicas, aunque ayudadas siempre de la gracia divina. Durante toda la vida se vio el Beato Amadeo de Saboya atormentado por frecuentes ataques de epilepsia; esta enfermedad, tan sensible como vergonzosa por los impropios movimientos que causan las contorsiones, le sirvió para ejercitarse en la paciencia cristiana, aceptando con alegría la voluntad del cielo. Solía repetir: "Nada más útil para los grandes y poderosos, que las dolencias habituales, que les sirven de freno para reprimir la vivacidad de las pasiones y templan las dulzuras de esta vida con una amargura saludable". Por razón de esta dolencia, los enfermos atacados de epilepsia vienen acudiendo en sus súplicas al Beato Amadeo de Saboya, desde el momento de su muerte, como a especial abogado, encontrando eficaz ayuda y remedio para su mal.

Otra fuente de numerosos sinsabores y grandes amarguras para el Beato Amadeo de Saboya fue la defensa de sus Estados, en tiempos en que la ambición de los príncipes multiplicaba las guerras. Rico de virtudes personales, pero pobre de salud, el santo duque hubiera abdicado si la duquesa Yolanda, mujer de gran energía, no se lo hubiera impedido, para asegurar la sucesión de sus hijos, ocupándose ésta directamente del gobierno de Estado por encomienda de su esposo. Conocedores de esta situación de aparente debilidad, algunos príncipes de los Estados colindantes intentaron incrementar sus dominios a costa de la casa de Saboya, e incluso algún familiar del santo duque pretendió destronarlo para ceñirse la corona ducal; unos y otros tropezaron con la entereza del Beato Amadeo de Saboya en la defensa de sus derechos, quien supo poner remedio pacífico a violentas situaciones con la magnanimidad de su corazón. Concedió inmediatamente la libertad al duque Galeazzo María Sforcia, tan pronto como supo que sus soldados lo habían arrestado, sorprendiéndolo al atravesar disfrazado las tierras de Saboya, cuando regresaba desde Francia a sus Estados; sin embargo, no pudo conseguir la amistad del duque, desde antiguo enemigo de la casa de Saboya. Años más tarde, cuando el marqués de Monferrato rechazó el derecho del Beato Amadeo IX de Saboya al homenaje, reclamado en conformidad con el tratado de 1412, dando con ello origen a la guerra en el Piamonte, el duque de Milán, Galeazzo María Sforcia, intervino a favor del marqués; la duquesa Yolanda se alió con Borgoña y Venecia, nombró capitán general de sus tropas a Felipe de Bressa, hermano del duque de Saboya, y logró ayuda de su hermano Luis XI de Francia; mas otra vez el bondadoso corazón del Beato Amadeo se interpuso a favor del duque de Milán, firmó con él nuevos tratados, le dio como esposa a su hermana menor Bona de Saboya, logrando una paz definitiva en 1468. Felipe de Bressa, de carácter levantisco e inquieto, apoyado por el duque de Borgoña, intentó apoderarse del Estado, asediando a Montmélian en 1471, donde se encontraba la corte; pero tan sólo pudo hacer prisionero a su hermano Amadeo, mientras Yolanda se refugiaba en Grenoble, salvando a sus hijos en Francia; la intervención de Luis XI de Francia y la presión diplomática de Milán y Suiza hicieron el acuerdo; Felipe de Bressa dejó que Amadeo retornase con su mujer, devolvió las fortalezas, y obtuvo para sí la lugartenencia por benigna concesión de su hermano ya enfermo de muerte. Yolanda de Saboya condujo ahora al príncipe al Piamonte, estableciéndose en la ciudad de Verceli, en otros tiempos de la corona de Saboya, pero a la sazón en poder del duque de Milán, amparándose en la protección del duque.

Rodeado de tantas desventuras, el Beato Amadeo de Saboya fortalecía la entereza de su carácter y la bondad de su corazón con los consuelos de la religión; muchas veces fue a pie, acompañado de su esposa, a Chambery, para tributar culto al Santo Sudario, que se venera en aquella ciudad; fue muy devoto de la Santísima Virgen, a la que llamaba su Señora y a la que honraba con frecuentes devociones; hizo a Roma de incógnito una visita, encontrando en aquellos santos lugares paz para su alma e incremento de su piedad, dejando en la iglesia de San Pedro y en otras de la Ciudad Eterna ricos presentes.

Consumido, en fin, a violencias de tantos rigores, conociendo cercano su acabamiento, llamó a su presencia a los principales señores de su corte, nombró regente de sus Estados a la duquesa, su mujer, fiel compañera, e hizo testamento político con estas palabras: "Mucho os recomiendo a los pobres, derramad sobre ellos liberalmente vuestras limosnas, y el Señor derramará abundantemente sobre vosotros sus bendiciones; haced justicia a todos sin acepción de personas; aplicad todos vuestros esfuerzos para que florezca la religión y para que Dios sea servido". Este fue su testamento, y también el programa de su política durante los pocos años de su reinado. Murió en Verceli en el año 1472 en el día 31 de marzo, fecha en que la Iglesia celebra su fiesta. La noticia de su muerte puso fin a las procesiones públicas rogativas, llevando el luto a todos los lugares de la Saboya y el Piamonte. Fue sepultado en la románica iglesia de San Eusebio de Verceli, debajo de las gradas del altar mayor, confirmando el cielo con numerosos milagros la fama de santidad que ya en vida gozaba Amadeo IX de Saboya.

Su compaisano San Francisco de Sales un siglo más tarde, haciendo viaje a Roma, quiso pasar por Verceli, para rezar delante de las reliquias del siervo de Dios Amadeo, encontrando alegría para su alma en la iglesia de San Eusebio; y testigo del vivo culto popular, alimentado con los muchos prodigios acaecidos junto a su sepulcro, rogó al papa Paulo V que fuese canónicamente reconocido; pero fue otro siglo después cuando el papa Beato Inocencio XI concedió a Amadeo IX de Saboya los honores de la beatificación, y dio licencia para que se rezase oficio y se dijese misa en su honra dentro de los dominios del duque de Saboya y dentro de Roma en la iglesia de la nación. En el largo espacio de cinco siglos no se ha entibiado la devoción de los pueblos hacia el santo duque, existiendo en la actualidad en casi todos los lugares del antiguo ducado de Saboya numerosos testimonios del culto popular.

Uno de sus sucesores, Carlos Manuel I (1580-1630), durante su reinado mandó acuñar algunas monedas de plata con la efigie del Beato Amadeo, rodeada de la siguiente inscripción: "Bendice a tu descendencia"; el pueblo llamó a las monedas mayores de nueve florines "Beatos Amadeos", y a las monedas más pequeñas de tres florines simplemente "beatas", nombre que sirvió durante mucho tiempo para designar en general a todas las monedas de plata de pequeño tamaño en los países de Europa.

DOROTEO FERNÁNDEZ RUÍZ

Amós, profeta 31 de marzo

 



Amós, profeta 31 de marzo

(s. VIII a.C.)


 Amós era pastor de Tecoa, al límite del desierto de Judá. No era miembro de los clubs de profetas de Israel; ninguna escuela profética. Simplemente Dios le llama, sacándolo de sus labores pastoriles y lo manda a profetizar a Israel.

El marco en que desempeña su ministerio profético está situado junto al santuario de Betel.

Y la época particular de su función para ´hablar en nombre de otroª -en este caso, de Dios- es en el reinado de Jeroboán II (783-743 a. C.). Es uno de los momentos gloriosos del pueblo de Israel consideradas las cosas desde el punto de vista humano; se vive en paz y tranquilidad, el Reino del Norte se extiende y enriquece hasta el punto que el lujo de los grandes y poderosos es un insulto para la miseria en que está el pueblo. Incluso el esplendor del culto -con inusitado boato- encubre la ausencia de una religión verdadera.

Con un estilo sencillo y tan rudo como cabe esperar de un pastor que pasa su vida entre los animales que cuida en soledad, condena la vida corrompida de las ciudades, se indigna por las desigualdades sociales que claman al cielo como grita una injusticia y protesta por la falsa seguridad depositada por sus contemporáneos en los ritos religiosos que están vacíos porque no llevan a compromisos personales. Dios castigará a los poderosos -clase dirigente- de Samaría que pecan maltratando a los pequeños del pueblo. Critica las idolatrías, violencias, injusticias, disolución y universal corrupción en la que está sumido el rebaño elegido.

Por primera vez emplea dos expresiones que luego serán utilizadas ampliamente en la literatura profética posterior. Habla del ´día de Yahwéhª, cargado de acentos terribles, para designar el momento en que Dios tomará justas decisiones reivindicativas; en medio de tinieblas, Yahwéh castigará a Israel por sus maldades, utilizando a un pueblo que en la mente del profeta Amós es Asiria sin llegar a mencionar su nombre. Otra expresión novedosa es ´el restoª, término con el que se quiere designar a una porción de israelitas fieles al yawismo puro en quienes reposará la esperanza de una perspectiva de salvación posterior.

Desde siempre ambicionó el hombre las riquezas para poseer, el poder para dominar a los demás y la gloria para alimentar su soberbia; esto trae como directa consecuencia el oscurecimiento y eclipse de Dios. Amós, profeta, dijo en su nombre que Él mira y valora lo de "dentro". Cumplió con valentía el encargo dificultoso de hablar claro y sin tapujos para clarificar actitudes, aunque le llevaran a sufrir las acusaciones de Amasías, sacerdote de Betel, y la persecución de su hijo Ozías.

¿Verdad que a pesar de tantos años aún no se aprendió la lección?


 

30 de marzo de 2022

Santo Evangelio 30 de Marzo 2022

  


Texto del Evangelio (Jn 5,17-30):

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

»En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».



«En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna»


Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas

(Girona, España)

Hoy, el Evangelio nos habla de la respuesta que Jesús dio a algunos que veían mal que Él hubiese curado a un paralítico en sábado. Jesucristo aprovecha estas críticas para manifestar su condición de Hijo de Dios y, por tanto, Señor del sábado. Unas palabras que serán motivo de la sentencia condenatoria el día del juicio en casa de Caifás. En efecto, cuando Jesús se reconoció Hijo de Dios, el gran sacerdote exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué os parece?» (Mt 26,65).

Muchas veces, Jesús había hecho referencias al Padre, pero siempre marcando una distinción: la Paternidad de Dios es diferente si se trata de Cristo o de los hombres. Y los judíos que le escuchaban le entendían muy bien: no era Hijo de Dios como los otros, sino que la filiación que reclama para Él mismo es una filiación natural. Jesús afirma que su naturaleza y la del Padre son iguales, aun siendo personas distintas. Manifiesta de esta manera su divinidad. Es éste un fragmento del Evangelio muy interesante de cara a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Entre las cosas que hoy dice el Señor hay algunas que hacen especial referencia a todos aquellos que a lo largo de la historia creerán en Él: escuchar y creer a Jesús es tener ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Ciertamente, no es todavía la vida definitiva, pero ya es participar de la promesa. Conviene que lo tengamos muy presente, y que hagamos el esfuerzo de escuchar la palabra de Jesús, como lo que realmente es: la Palabra de Dios que salva. La lectura y la meditación del Evangelio ha de formar parte de nuestras prácticas religiosas habituales. En las páginas reveladas oiremos las palabras de Jesús, palabras inmortales que nos abren las puertas de la vida eterna. En fin, como enseñaba san Efrén, la Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida.


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Beata María de la Encanación 30 de Abril

  


Beata María de la Encanación 30 de Abril

 († 1618)


Es la Beata María de la Encarnación un alma de Dios, verdaderamente atrayente, que supo buscarse los caminos de la santidad tanto en la vida del mundo como en el silencio y recogimiento del claustro.

 Nace en París, año de 1565, de nobles y piadosos padres, Nicolás Aurillot, señor de Champlastreus, y María l'Huillier, recibiendo en el bautismo el nombre de Bárbara. Hija de la esperanza y de la oración, cuando sus padres estaban ya sin hijos, es consagrada desde niña a Nuestra Señora, prometen vestirla de blanco hasta la edad de siete años y la ofrecen como voto de acción de gracias en una iglesia, dedicada a la Santísima Virgen.

 Educada en este ambiente de piedad, Bárbara crece en amor y devoción, y a los doce años entra de pupila en el monasterio de Santa Clara de Longchamps, donde recibe por primera vez al Señor, empezando a mirar ya desde pequeña con desprecio las cosas del mundo. El Señor, sin embargo, quería hacer de ella la mujer fuerte, santa en medio de su sencillez de mujer, de madre y de esposa.

 A los catorce años sale del monasterio y, a instancias de sus padres, pronto empieza a seguir la vida de sociedad, mezclada entre las jóvenes de su tiempo. Serena, con una piedad honda y reposada, pasa por la vida como quien se ha entregado por entero a Dios. No le preocupan las diversiones ni los consuelos humanos. Su madre, preocupada por lo que ella creía desviación de una piedad exagerada, trata al principio de convencerla con suaves razones para que alterne y se divierta como las otras, pero choca con la decisión inquebrantable de su hija. En seguida usa con ella de una guerra fría, en la que tanto había de padecer el alma sensible y delicada de Bárbara. Todo lo sufre ella por amor y, a pesar de las privaciones injustificadas que su madre le impone, sigue manifestándole siempre un profundo respeto y obediencia.

 Cuando llega el tiempo de tomar estado, Bárbara escoge decididamente el camino del claustro, pero sus padres se muestran en todo punto intransigentes, ya que no se resignan a perder, así de joven, a su hija. Para desviarla de su vocación le proponen un ventajoso partido, y a base de argucias y de amenazas logran que, al fin, consienta nuestra Beata en casarse con el contador Acaria, señor de Montdbrand y de Rucenay, caballero, por su parte, de buenas prendas personales, noble y cristiano.

 Pero el Señor no se había olvidado de su sierva, y en la compañía de su esposo sigue Bárbara su vida de casada con la misma devoción y piedad de antes. Su hogar vive de Dios, y es ella la primera en dar ejemplo de sencillez y de caridad para con todos, y especialmente con la servidumbre. Había entre ella, precisamente, una criada, que había recibido Bárbara a su salida del convento, Andrea Levoiz, un alma todo piedad y dada por completo al servicio divino. Las dos se ayudan mutuamente, hacen juntas sus devociones, se llevan cuenta de sus faltas y se animan para más adelantar en la perfección. Ante Andrea cae postrada nuestra Beata el mismo día de su boda, pidiéndole perdón entre amargas lágrimas por todas las ofensas que contra ella pudiera haber cometido. La sirvienta, considerándola ya señora de casa, no quiere oírla y solamente cede cuando la misma Bárbara reiteradamente se lo suplica.

 Ambas se dedican a la educación cristiana de los hijos que Dios había concedido al matrimonio. Seis fueron éstos, que son consagrados al Señor desde su nacimiento, y de ellos las tres hijas se habían de dedicar a Él enteramente, como su madre, en la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas.

 Por este tiempo se iba a operar una nueva transformación en el alma de la joven esposa, que de ahora en adelante no vivirá sino solamente para la gloria de Dios y para el silencio recogido de la oración. Dios la quiso probar como a su madre Santa Teresa, y para ello utiliza los malos servicios de una amiga vana y casquivana, que poco a poco se fue introduciendo en la vida de Bárbara. Esta, a más de sus conversaciones ligeras, la va iniciando en lecturas más o menos profanas, que llegaron a turbar un tanto el alma serena de nuestra Beata, y hasta a dejarla en ocasiones fría e indiferente en sus prácticas de piedad. Su mismo esposo se da cuenta y quiere sustraerla del peligro, dándole libros más acomodados y haciéndole ver el peligro a que tales amistades la iban llevando. Bárbara entra en razón y, al fin, un día encuentra una de esas luces que a veces manda Dios a sus siervos y que sirven de base para un cambio total en la vida. Fueron aquellas palabras de San Agustín, que en cierta ocasión vinieron a caer, casi al azar, ante sus ojos: "Muy codicioso es el corazón que no se contenta con Dios". Bárbara piensa, se recrimina a sí misma, llora lo que de desviación pudo haber en su conducta con el Señor, y se entrega ya desde ahora por entero.

 Eran los días en que por Francia, y sobre todo en París, iba haciéndose tema de admiración y de gran simpatía la reforma carmelitana que había extendido Santa Teresa por España, y los escritos de la Santa eran lectura escogida de almas selectas y apostólicas. En París, en concreto, el celo de don Juan de Quintanadueñas y de otros varones devotos hacen que estos escritos se vayan extendiendo cada vez más. Entre los que más entusiasmados están con la idea se cuentan el prior de la Cartuja, el señor De Brétigny, Gallemant, el apostólico Bérulle, Duval y, unida al grupo y casi animadora de él, la esposa del contador Acaria, Bárbara de Aurillot. Al principio, a ésta no le acaban de convencer los escritos de la Santa, pero Dios la había ya escogido de antemano para su obra. Para ello, en 1601, tiene una aparición de Santa Teresa, donde le da a conocer el espíritu de su reforma y la anima para que trabaje y para que, por medio de ella, se pueda introducir en Francia. Bárbara da en seguida cuenta del suceso a su confesor, el mismo prior de la Cartuja, a quien le parece ser todo verdadero. Con esta ocasión todo el grupo se reúne varías veces en la Cartuja, con el propósito de poner en ejecución la voz del cielo, que hablaba por aquella alma santa.

 Bárbara desde este momento ha entrado a formar parte, y a veces como directora, de un gran movimiento apostólico, que ha de cristalizar al fin con la introducción de la reforma carmelitana en varios lugares de Francia, hasta que ella misma, como corona de todos sus sacrificios se consagre a Dios con las primeras carmelitas reformadas francesas, La obra, sin embargo, no se presenta tan fácil, y la sierva de Dios ha de sufrir tanto de unos como de otros, empezando por su mismo esposo, a quien no le agrada que Bárbara se dé tan de lleno al apostolado y a la virtud. Ella hace todo lo posible por atraérsele, usando siempre con él de sumisión y de obediencia rendida. Cuéntase que una vez, estando ya a punto de comulgar, dijéronla que la avisaba su esposo, y entonces, dejando la comunión, salió corriendo para atender a su llamada y obedecerle. Cuando le ve encarcelado en las guerras calvinistas, Bárbara no se separa de él y comparte sus penalidades, hasta que, por fin, logra que le pongan en libertad. Su esposo muere pronto, y desde entonces nada impedirá a nuestra Beata dedicarse a la primera ilusión que tuvo cuando joven.

 Mientras la idea de la reforma va cobrando de vez en vez más entusiasmo, madame de Acaria, Quintanadueñas y Brétigny hacen propaganda y obtienen del papa Clemente VIII las bulas necesarias para las nuevas fundaciones. Los primeros intentos se frustran, pero una nueva revelación de Santa Teresa a nuestra Beata en 1602, y la ayuda que les prestan personajes notables, dan un nuevo impulso a la idea. Entre otros interviene con gran eficacia el mismo San Francisco de Sales. Todos piden al padre general de España que les vaya preparando un número escogido de carmelitas reformadas para que estén dispuestas a pasar a Francia. Una comisión, con Bérulle a la cabeza, se decide a venir a Salamanca y al fin se decide que un grupo de monjas, entre ellas las Beatas Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé, se preparen para el viaje de fundación. En 1604 entraban en París y el mismo día fueron a San Dionisio, donde les estaban esperando, a la entrada del puente de Nuestra Señora, las carrozas de la duquesa de Lonqueville, de su hermana la princesa de Estatuteville, de madame Acarie con sus tres hijas y de otras señoras. De esta manera, con sencillez y piedad carmelitanas, entran todos en el primer convento de monjas carmelitas reformadas de Francia, Nuestra Señora de los Campos, cantando con emoción inolvidable el salmo Laudate Dominum omnes gentes.

 Dado el primer paso, nuestra Beata se dispone a fomentar las fundaciones en diversas ciudades como en Pontoise en 1605 y en Tours en 1608, ayudándose a veces de sus parientes y preparando ella misma las novicias que habían de poblar aquellos "palomarcitos". La primera, en la diócesis de Versalles, iba a ser su preferida, santuario venerado, por otra parte, de la Orden de Francia, que iba a recoger el último suspiro de Bárbara, convertida ya en carmelita, y donde se conservan todavía sus venerados restos y los recuerdos de sus mortificaciones y penitencias. A esta fundación se entregó con todas sus energías, ayudada de sus hijas, y no descansó hasta que quedó inaugurada ante la presencia de la Beata Ana de Jesús, siendo la primera priora la otra Beata y apóstol del Carmelo, la madre Ana de San Bartolomé.

 En estas andanzas apostólicas estaba la viuda de Acaria cuando vio con toda claridad que también el Señor le pedía a ella que diera el último paso hacia una consagración definitiva y total en la Orden del Carmelo, que tanto le entusiasmara. Para ello pide consejo, arregla el futuro de sus hijos y, habiendo hecho un largo retiro espiritual en el monasterio de Nuestra Señora de los Campos, pide con toda humildad le sea concedida la gracia de poder vestir el hábito de profesa. Entonces recuerda que, estando en la iglesia de San Nicolás, en la Lorena, había tenido una visión de Santa Teresa, donde le indicaba que con el tiempo también ella habría de entrar en uno de sus conventos, aunque fuera de humilde lega. Y así fue, siendo al fin recibida en el convento de Amiéns, para lo que deja París en Miércoles de Ceniza del año 1614. Dispensada del tiempo del postulantado, el 7 de abril del mismo año viste el hábito de profesa, escogiendo como nombre el de María de la Encarnación. Desde ahora toda su ilusión ha de ser el pasar escondida y en silencio, guardando con toda puntualidad y obediencia las reglas. Dios, como ya lo hiciera otras veces en el siglo, la había de regalar con todas las dulzuras de la vida espiritual y pronto sus hermanas serían testigos de los éxtasis a que el Señor la elevaba, significando con ello la vida de amor y de entrega en que vivía su sierva. Para las monjitas, María de la Encarnación es como una niña llena de sencillez y de candor, con la alegría de las almas que parece que ya no viven en el mundo y que esperan únicamente el encuentro definitivo con el Señor.

 Pronto habían de realizarse sus deseos, pero no sin pasar antes por la prueba del dolor. Cuando llegaba el tiempo de su profesión cae enferma, y a tanto llega su gravedad, que la han de administrar los últimos sacramentos, quedando después sumida en un profundo éxtasis. Al recobrar los sentidos las hermanas que la rodean escuchan de sus labios cosas maravillosas que les decía de Dios, de la Virgen y de Santa Teresa, y al fin les ruega que recen por la Iglesia católica. Sin desaparecer la gravedad, llega el 8 de abril de 1615, en que le tocaba hacer la profesión, y, no queriendo retrasarla, enferma como estaba, se hace llevar en una camilla a un oratorio, que estaba enfrente del altar mayor, donde, con la solemnidad acostumbrada en la Orden, hace ante todas su profesión religiosa.

 Acabado el acto, se pasa todo el día cantando las alabanzas del Señor y repitiendo como fuera de sí aquel versículo: Misericordias Domini in aeternunm cantabo. Reclama de todas su ayuda para que, juntas, den gracias a Dios por el beneficio que con ella había usado, mientras les repite toda sumida en emoción y lágrimas- "¡Oh mi Dios, qué gracia me habéis hecho, qué misericordia!". Su hija mayor, sor María de Jesús, no se apartaba del lecho de su madre, pero cuando ésta la veía llorar le decía como reconviniéndola: "¿Y tú lloras? ¿Este es el amor que me tienes? ¿Sientes que yo pueda tener mi bien, mi único bien?”. Su lecho de dolor se convierte en maravillosa cátedra, donde a todas se les habla de obediencia, de la vanidad de las cosas de la tierra, de la alegría de vivir con Dios, del cielo.

 Pasada la primera prueba, y ya convalecida, es llevada a su querido convento de Pontoise, donde al año siguiente enferma de nuevo y donde se prepara, en medio de sufrimientos, al encuentro con el Esposo. La madre priora le pregunta en una ocasión si había tenido alguna revelación de cuándo y cómo moriría. "No, madre mía —le responde la Beata—, yo no deseo tener revelaciones. Ruego a Dios que no me las conceda ni me haga saber el tiempo y la hora de mi muerte; sólo deseo que me asista en aquel momento con su gracia y su misericordia". Pronto empeora y le dan de nuevo el Viático. Como vieran inminente su muerte, le preguntan las hermanas que qué gracia iba a pedir en el cielo por ellas. "Suplicaré a Dios —les decía— que las intenciones de Jesucristo tengan en todas un pleno cumplimiento." Como se acercara ya el momento, la priora le ruega que bendiga a todas, y ella lo hace, habiéndoles pedido primero perdón de sus faltas y de sus malos ejemplos. Era el Jueves Santo cuando recibe otra vez al Señor y, al preguntarle que si muere con gusto, les responde con toda sencillez: "Hermanas, no quiero vivir ni morir: sólo quiero lo que quiera Dios, y nada más".

 En esta alternativa vivió todavía hasta el miércoles de Pascua, cuando, después de un éxtasis prolongado, y en el momento mismo en que estaba recibiendo el sacramento de la extremaunción, entrega su alma sencilla y delicada al Señor. Minutos antes le había preguntado la priora qué había pensado durante el tiempo en que había estado en éxtasis. "En Dios, madre mía", le respondió.

 Y éstas fueron sus últimas palabras. Era el 16 de abril del año 1618.

 Pronto la fama de su santidad se extendió entre los fieles, y sus restos fueron cuidadosamente conservados en su querido convento de Pontoise. María de la Encarnación formaba el trío, con Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé, de las grandes monjas carmelitas que implantaron la reforma en Francia. La memoria de su vida había quedado impresa en sus hermanas de hábito y pronto empezaron a menudear los milagros. El más célebre, y que sirvió de base para la causa de la beatificación, fue el operado en 1783 en la joven Felipa, que ante tal prodigio entra muy pronto en el convento de carmelitas de Compiégne, donde había de pasar los horrores de la Revolución francesa, y, siendo testigo del martirio de sus hermanas, iba a convertirse más tarde en cronista de aquellas heroínas del Señor.

 Durante la misma Revolución, y como premio a tantas virtudes, era solemnemente beatificada por el papa Pío VI, el 24 de mayo de 1791, la sencilla y delicada madame Acarie, que quiso llevar como religiosa el nombre de María de la Encarnación.


 FRANCISCO MAR

San Juan Climaco 30 de Marzo

  


San Juan Climaco 30 de Marzo

(† 600)


El monte Sinaí, de tantos recuerdos bíblicos, forma un macizo de cumbres y valles pedregosos y resecos sin apenas vegetación. Cuando lo visitó la monja Eteria, nuestra peregrina, el Sinaí estaba poblado de monjes. Eteria vio varios monasterios, capillas custodiadas por monjes, cuevas en las que moraban anacoretas "y una iglesia en la cabeza del valle; delante de la iglesia hay un amenísimo huerto con agua abundante, en el cual está la zarza; muy cerca se enseña el lugar donde se hallaba el santo Moisés cuando le dijo Dios: Desata la correa de tu calzado".

Aún se conserva el monasterio de El-Arbain o de los Cuarenta Mártires, llamado así porque, a fines del siglo IV, los beduinos asesinaron en aquel lugar a cuarenta monjes. Mas la iglesia de que nos habla Eteria es, sin duda, la que hizo edificar Santa Elena en el siglo IV y que, en 527, fortificó el emperador Justiniano, lo mismo que al monasterio que está junto a ella, Dicho monasterio se llama de Santa Catalina, puesto que guarda las reliquias de la santa alejandrina desde hace muchos siglos. Justiniano fortificó también otros monasterios sinaítas para proteger a los monjes de las incursiones de los beduinos de los desiertos cercanos.

El monasterio de Santa Catalina, única que ha mantenido la vida monacal en aquellos parajes agrestes, está situado a más de dos mil metros al pie del Djebel-Musa o monte de Moisés. De la parte trasera del monasterio arranca un caminito escarpado, con peldaños labrados en la roca (tres mil en total) que lleva a la cumbre. Vive en él una comunidad de monjes ortodoxos griegos y guarda una famosa biblioteca con 500 manuscritos antiguos. En el siglo pasado fue descubierto en ella el Códice Sinaítico, del siglo IV, con todo el Nuevo Testamento y la mayor parte de la versión griega del Antiguo, Dicho códice fue regalado al zar de Rusia, el cual compensó al monasterio con 9.000 rublos. Estuvo depositado en la Biblioteca de Leningrado hasta 1933, en cuya fecha lo adquirió el Museo Británico por 100.000 libras esterlinas.

El recuerdo de Moisés y de Elías, a quienes había hablado Dios en aquel monte, atrajo desde los primeros tiempos a muchos anacoretas. Después de la legislación que Justiniano dio a los monjes, éstos vivían en recintos cerrados y sólo se permitía la vida solitaria dentro de la clausura. Cada monasterio se regía a su modo, sin regla común; mas todas estaban inspiradas en los preceptos que San Basilio había dado a los monjes. Los divinos oficios duraban seis horas. El resto del día lo ocupaban en el trabajo manual y en el estudio. Se tejían sus propios vestidos: túnica burda de pelo de cabra o de borra, ceñidor, manto y sandalias. Preparaban pergaminos, transcribían e iluminaban códices. Comían una sola vez al día y practicaban extremado ayuno en Cuaresma y Adviento, La caridad en forma de hospitalidad era característica de los monjes. junto a cada monasterio estaba la hospedería para peregrinos y viajeros.

En este ambiente discurrió la vida de San Juan Clímaco, el más popular de los escritores ascéticos de aquellos siglos, debido a su única obra Escala del paraíso. Los pocos datos biográficos que han llegado a nosotros los sabemos principalmente por el monje Daniel, el cual vivía en el monasterio cercano de Raytún, situado hacia el mar Rojo. Daniel los redactó poco después de la muerte del Santo para encabezar el libro de éste.

Juan Clímaco vivió en la segunda mitad del siglo VI y la primera mitad del VII. Era muy joven cuando un buen día se presentó al monasterio del Sinaí dispuesto a consagrarse a Dios. Ni los bienes de su casa, que eran muchos, ni la educación distinguida que había recibido, ni un porvenir halagador fueron obstáculo para emprender una vida humilde y austera. Todo lo fue olvidando heroicamente bajo las instrucciones de un excelente religioso llamado Martirio, y después de tres años de noviciado —el tiempo que preceptuaba la regla— entró en la comunidad de monjes. Desde el primer momento, la obediencia y el estudio fueron su divisa. Daniel afirma escuetamente que era monje sumiso e instruido en letras.

Unos años después había muerto el monje Martirio y nuestro Santo se retiró al extremo del monte a unos cien metros de una ermita. Allí vivía más cerca de Dios en un antro angosto o celda natural, la cual fue testigo, durante muchos años, de sus prolongadas oraciones, contemplaciones, penitencias y lágrimas. Allí aprendió lo que años después aconsejaría al abad de Raytún en una carta que se ha conservado: "Entre todas las ofrendas que podemos hacer a Dios, la más agradable a sus ojos es indiscutiblemente la santificación del alma por medio de la penitencia y de la caridad". Allí venció al demonio de la gula, comiendo poco; al mismo tiempo que dominaba la vanagloria, comiendo de todo lo que permitía la regla monástica, pues sabía que las extremadas abstinencias fueron motivo de ostentación en otros monjes. Pasó cuarenta años ajeno a la desidia, dado al estudio y al trabajo, larga la oración y breve el sueño, parco en el comer y benigno con los visitantes molestos.

Al principio vivió completamente aislado; mas corrió la fama de su erudición y santidad, y varias personas iban a él en busca de consejo. Juan las instruía con toda caridad; porque, como dejó escrito, "quien con sus enseñanzas puede contribuir a la salvación de sus hermanos y no les reparte con plenitud de caridad la ciencia que haya recibido, tendrá el castigo del que oculta el talento debajo del celemín". No faltaron envidiosos que le tildaron de charlatán por lo cual él mismo se impuso la penitencia de no enseñar con palabras sino con obras de penitencia, dulzura y modestia. Ello duró hasta que los mismos que le habían difamado fueron a rogarle que renovara sus divinas instrucciones. No estuvo a refugio de las tentaciones, sino que pasó momentos de tristeza y desaliento con ganas de echarlo todo a rodar. Pero se tranquilizaba luego, pensando en que agradaba a Jesucristo y que muchos habían llegado a la santidad por aquel camino.

Cuando murió el abad de Monte Sinaí, los monjes fueron en busca de Juan y le rogaron que aceptara el cargo de sucesor. El Santo opuso excusas y resistencias, pero los monjes no cejaron hasta que aceptó y se fue al monasterio con ellos. No se habían equivocado: Juan desempeñó el cargo con sabiduría, bondad de carácter y vida ejemplar.

Siendo abad, redactó, o terminó por lo menos, Escala del paraíso, fruto de su larga experiencia ascética. Se compone de treinta grados, que son otros tantos capítulos en donde el Santo explica, en forma de aforismos y sentencias, las virtudes del monje y los vicios que deberá vencer. El estilo es muy sencillo y claro; al alcance de todos. Se sirve de ejemplos vividos en los monasterios. Así nos dice que, edificándole la virtud del monje cocinero, le preguntó una vez cómo podía andar recogido en todo momento con una ocupación tan material. El cocinero le respondió: "Cuando sirvo a los monjes me imagino que sirvo al mismo Dios en la persona de sus servidores, y el fuego de la cocina me recuerda las llamas que abrasarán a los pecadores eternamente".

Los primeros grados de Escala del paraíso son: la renuncia a la vida del mundo, a los afectos terrenos, al afecto de los parientes, la obediencia, la penitencia, el pensamiento de la muerte y el don de lágrimas o, como él dice, la tristeza que nos causa alegría. "Carísimos amigos —escribe el Santo—, en la hora de la muerte, el juez soberano no nos echará en cara el no haber obrado milagros, o no haber sabido sutilizar en materias elevadas de teología, como tampoco el no haber llegado a un elevado grado de contemplación, sino de no haber llorado nuestros pecados de modo que mereciésemos el perdón". Los grados siguientes son: la dulzura que triunfa de la cólera, olvido de las injurias, huir de la maledicencia, pues ésta reseca la virtud de la caridad; amor al silencio, porque el mucho hablar lleva a la vanagloria; huir de la mentira, que es un acto de hipocresía; combatir el fastidio y la pereza, puesto que esta última destruye por sí sola todas las virtudes; practicar la templanza, porque el golosinear es una hipocresía del estómago, el cual dice que se va a saciar con aquello y no se sacia. Contentando la intemperancia, viene la impureza; de aquí que el grado siguiente sea el amor a la castidad. La castidad —dice— es un don de Dios, y para obtenerlo conviene recurrir a EI, pues a la naturaleza no la podemos vencer con sólo nuestras fuerzas. Siguen los grados que tratan de la pobreza, virtud opuesta a la avaricia, del endurecimiento del corazón, que es la muerte del alma, del sueño, del canto de los salmos, de las vigilias, de la timidez afeminada, de la vanagloria, del orgullo y de la blasfemia. Luego, las virtudes típicamente contemplativas: dulzura del alma, humildad, vida interior, paz del alma, oración y recogimiento. El último grado del libro está dedicado a las virtudes teologales.

Movido de la caridad operante, hizo edificar una hospedería para peregrinos a poca distancia del monasterio. Enterado de ello el papa San Gregorio el Grande, quiso ayudarle enviándole una cantidad junto con una carta, que se ha conservado, en la que se recomienda a sus oraciones.

Murió con la misma simplicidad que había vivido. Su Escala del paraíso se hizo pronto famosa. El libro fue copiado y leído en todos los monasterios, se tradujo al latín y el autor fue siempre conocido con el sobrenombre de Clímaco, del griego clymax, que significa "escalera". También le llamaron Juan el Escolástico, apelativo que solo se daba a personas de muchos conocimientos. Juan Clímaco es uno de los Santos Padres de la Iglesia griega.


JUAN FERRANDO ROIG


 

San Pedro Regalado 30 de marzo

  


San Pedro Regalado 30 de marzo

(† 1456)

Un día del verano de 1493 la pacífica villa de Aranda de Duero hallábase agitada por una algazara y regocijo difícilmente descriptibles. Labriegos y pastores, hidalgos vestidos de fiesta, hombres y mujeres humildes del campo castellano, afluían a ella de todos los contornos para dirigirse desde allí al convento de La Aguilera. Ello era debido a que la reina Isabel se dirigía a visitar el sepulcro de San Pedro Regalado. A su incomparable majestad de reina católica, uníase en este momento la satisfacción de ser ya señora de una España totalmente redimida. Granada acababa de ser incorporada a la corona de Castilla. El milagro de América había conmovido al mundo desde sus cimientos. Por los caminos de España corrían vientos de grandeza.

Aquel día la nación entera, representada en su reina, iba a postrarse de rodillas ante la tumba del humilde franciscano muerto treinta y siete años antes. Cuando Isabel entró en la iglesia, se volvió hacia las damas de su séquito y dijo: "Pisad despacio, que debajo de estas losas descansan los huesos de un santo".

¿Cómo era posible que, en tan corto espacio de tiempo, el que allí reposaba hubiese adquirido una fama de santidad tan grande? No es difícil contestar a esta pregunta. San Pedro Regalado es uno de esos seres afortunados, innumerables dentro del catolicismo, que responden con ejemplar disposición a un designio providencial. Nació en Valladolid, en 1390, en la famosa calle de Las Platerías, que aún hoy conserva su nombre y el antiguo rango que tuvo en la corte de España. A los trece años ingresó en el convento de franciscanos, el cual no era entonces precisamente un modelo de observancia. Estamos en una época en que la disciplina y costumbres de religiosos y sacerdotes habían llegado a un grado de relajación que hoy nos resulta inconcebible. Causas muy diversas habían producido aquella situación, que los historiadores se complacen en pintar con los colores más negros. A las naturales consecuencias del cisma de Occidente se había unido la gran peste de Europa, que dejó despoblados los conventos. Para llenarlos de nuevo, fueron admitidas gentes sin preparación ninguna, deseosas únicamente de colmar sus ambiciones al amparo de las inmunidades del claustro.

No faltaban quienes se dolían en lo más hondo de su alma de aquel estado de cosas. Y precisamente un franciscano que vivía en el convento de La Salceda, por tierras de Guadalajara, se decidió a reñir la única batalla que podía resultar victoriosa, la de la renovación profunda de la vida monástica. Era fray Pedro de Villacreces, también de origen vallisoletano, el cual tenía fama de santo en los conventos de la Orden. Un día, cuando menos lo esperaban los religiosos del de San Francisco de Valladolid, el anciano Víllacreces se les entró por las puertas causando una profunda impresión. ¿A qué venía fray Pedro?, comenzaron a comentar en corrillos los reverendos moradores de la casa.

Contrastaba con la de muchos de ellos la espiritualizada figura de Víllacreces, era alto, de una delgadez ascética, de ojos negros y vivísimos, manso como, un hilo de agua, ardiente como un rayo de sol. En íntimo consorcio se habían juntado en él la reciedumbre del hombre de Castilla y la amorosa suavidad del Poverello de Asís. ¿Que a qué venía fray Pedro? Pronto vieron satisfecha su curiosidad cuando supieron que con las debidas autorizaciones salió una mañana del convento, en dirección a un lugar cercano a Osma. No iba solo, Le acompañaba fray Pedro Regalado. Este, de quince años, Villacreces, de más de sesenta. Les unía un mismo espíritu: afán de santidad. El viejo formaría al joven. Algún castellano que a aquellas horas pasaba por las calle estrechas de Valladolid, pudo ver a los dos religiosos avanzar sin más provisiones que un báculo y un breviario. Camino largo, mendigando de puerta en puerta. Jornadas a pleno sol y, a ratos, a la luz de la luna, hasta que llegaron por fin a La Aguilera, donde el obispo de Osma había autorizado a Villacreces para fundar allí un humilde convento. Y empieza la nueva historia.

La Aguilera iba a ser un foco de restauración de la vida religiosa franciscana en su más auténtica pureza. Con algunos otros religiosos que pronto se le unieron, y sobre todo con los jovencitos a quienes él pudo formar desde el primer momento, Villacreces lograría hacer del naciente eremitorio una fidelísima reproducción de la austeridad impresionante que San Francisco de Asís vivió en los "primitivos tugurios" de Rivotorto y La Porciúncula. Bajo la mano del mismo, fray Pedro Regalado fue recorriendo los humildísimos cargos propios de la vida de un convento pobre en que las almas santas suelen dar pasos de gigante en su camino hacia Dios. Limosnero por los pueblos vecinos, sacristán, ayudante de la cocina, encargado de atender a los pobres que llamaban a las puertas del convento... Así vivió durante once años, hasta 1415, fecha en que Villacreces se trasladó de nuevo a la provincia de Valladolid para fundar otra casa de recolección en El Abrojo, término de Laguna de Duero, Con él llevó al Regalado para que fuese maestro de novicios, aun cuando no tenía más de veinticinco años, y sólo tres de sacerdocio.

A partir de este momento, la vida de fray Pedro Regalado es una continua entrega a las más heroicas virtudes. No conoce límites para sus penitencias, y pide a los novicios el cumplimiento exactísimo, por amor, de todas las exigencias de la regla. A veces sale a predicar por los pueblos cercanos, Tudela de Duero, las dos Quintanillas, Matapozuelos, Portillo, y sabe dar a su predicación un tono de tan encendido amor a las almas, que las gentes le siguen por los caminos deseosas de confiarle sus cuitas de toda índole. Pronto empieza a hablarse de milagros múltiples realizados por su mano.

Muerto el padre Villacreces en 1422, y tras algún breve interregno, los religiosos de ambas casas, La Aguilera y El Abrojo, le eligen prelado o vicario, confiando así a su esfuerzo la tarea de continuar el propósito reformador que había guiado al que las fundara. Nadie más indicado que él para lograrlo plenamente. Por ambas Castillas se extendió rápidamente su fama, y los buenos hijos de la Iglesia, testigos involuntarios de las profundas perturbaciones de su época, contemplan con creciente admiración aquellas casas de la reforma, llamadas Domus Dei la de la Aguilera y Scala Coeli la del Abrojo, a las que pronto seguirían otras hasta hacer "las siete de la fama" —así las llamaron en antiguos documentos—, las cuales vinieron a ser anticipados y eficacísimos focos de la renovación más tarde iniciada con carácter general por el cardenal Cisneros, Es ésta, sin duda, la gloria más insigne de San Pedro Regalado y de su maestro, el padre Villacreces: haberse adelantado ofreciendo un ejemplo vivo y estimulante a la reforma que más tarde emprende la Orden del Cister, y que después extiende a toda España el gran cardenal regente de Castilla,

Vicario, pues, de ambos conventos, distribuía el Regalado alternativamente su vida entre uno y otro, hasta que decidió morar habitualmente y durante la mayor parte del año en La Aguilera, lugar más propicio para el retiro y la contemplación a que deseaba entregarse. La casa de El Abrojo, por su proximidad a Valladolid, era frecuentemente visitada incluso por personajes de la Corte, que acudían en demanda de sus consejos. Alguna vez pudo verse allí al entonces omnipotente favorito don Alvaro de Luna y al propio rey don Juan II de Castilla. El consiguiente ruido que tales visitas producían no agradaba a quien tenía como suprema ambición de su alma la unión con Dios y la más estrecha penitencia, para poder ser el orientador vivo de la deseada reforma.

Nada perdonó para conseguirlo. Las célebres constituciones de que San Francisco de Asís dotó a su predilecta casa de la Porciúncula, completadas en cuanto a su aplicación con minuciosas y detalladas normas que Villacreces había añadido como natural derivación de aquellas en el ambiente del momento, fueron fidelísimamente observadas. Doce horas diarias de oración mental y vocal repartidas entre el día y la noche, trabajos manuales en el campo para ayudar a los labradores y así obtener alguna limosna, prohibición absoluta de almacenar provisiones fuera de las que exigía el sustento diario de la comunidad, celdas y habitaciones del convento "abyectísimas y vilísisimas", silencio casi continuo, negativa terminante a recibir dinero ni siquiera como estipendio por la misa u otras funciones litúrgicas... tal era el género de vida de aquellas casas.

En cuanto a su formación científica, San Pedro Regalado se distinguió también como maestro de espíritus y predicador elocuente, aunque, más que por el aparato doctrinal, por la fuerza de la santidad vivida y el calor de sus exhortaciones. No eran las suyas casas de estudio; su fundador, Villacreces, quiso hombres penitentes, no estudiantes. De sí mismo decía: "Recibí en Salamanca grado de maestro, que no merezco, empero más aprehendí en la cella llorando en tinibia que en Salamanca, Tolosa e París estudiando a la candela. Guay de mí, que estudiamos por nuestras ciencias, e somos curiosos en los pecados e defectos agenos e olvidamos los nuestros. Mas quería ser una vejezuela simple con caridad e amor de Dios e del prójimo, que la Teología de San Agustín e del Doctor Surtil Scoto."

En el último período de su vida, años de 1445 al 56, el Regalado vive ya sumergido plenamente en el océano sin limites de la contemplación divina. Sin abandonar nunca sus rigurosas prácticas ascéticas, ayuno diario, total abstinencia de carne, intensa flagelación corporal, se ve favorecido y goza de extraordinarios dones místicos. Su piedad tiene tres vertientes principales: la Eucaristía, la devoción a la Santísima Virgen y el recuerdo de la pasión del Señor. Particularmente esta última le atraía con fuerza irresistible. Muchas noches, en el cerro del Aguila, próximo al convento, se le podía ver practicando el ejercicio del Viacrucis con una pesada cruz de madera sobre sus hombros, soga al cuello y corona de espinas en su frente.

La Virgen María, siempre tan amada en la Orden franciscana, se llevó también el corazón del gran penitente, y ella anda mezclada en uno de los más famosos milagros de su vida, recogido por cierto en el proceso de canonización. En la madrugada de un 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, hallábase rezando maitines en el convento del Abrojo, y sintió especial deseo de venerar a María en la iglesia de La Aguilera, a ochenta kilómetros de distancia, la cual había consagrado él a este dulce misterio. Y al instante fue transportado por los aires en brazos de los ángeles, guiado por una estrella que representaba a la Madre del cielo, Satisfecho su piadoso deseo, fue igualmente devuelto al Abrojo sin que los frailes hubiesen advertido su ausencia. Este prodigio es el que ha servido para inspirar la iconografía del Santo.

Murió el Regalado en 1456. La fama de taumaturgo que le había acompañado en vida creció con su muerte. En su sepulcro se obraron maravillas tantas que los frailes se vieron obligados —dice el historiador D'Ocampo— a no admitir nuevas relaciones. No sólo el pueblo humilde y sencillo, y en ocasiones crédulo, sino lo más conspicuo y representativo de la vida española de nuestros grandes siglos, veneró con fervor extraordinario la memoria del gran hijo de San Francisco de Asís. Obispos y nobles, militares y embajadores de países extranjeros, incluso nuncios y enviados del Romano Pontífice, acudieron a La Aguilera atraídos por la poderosa influencia que ejercía en toda España el humilde convento, gracias a este insigne varón de Dios y a otros que le siguieron después por idéntico camino de virtud y penitencia. Allí estuvo, en las postrimerías de su vida, el cardenal Cisneros. Allí también, el emperador Carlos, cuyo concepto de la casa era tan elevado que se le atribuye haber dicho que, al salir de Aranda hacia La Aguilera, debía el visitante ir con la cabeza descubierta. De igual modo, don Juan de Austria, Felipe II, y los demás reyes de España.

Fue canonizado en 1746 por Benedicto XIV, y ese mismo año fue declarado patrono de Valladolid y de su diócesis.


MARCELO GONZÁLEZ

29 de marzo de 2022

Santo Evangelio 29 de Marzo 2022

 



 Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16):

 Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.



«Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’»


Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch

(Salt, Girona, España)

Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender.

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.


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Eustasio de Luxeüil, abad 29 de marzo

 


Eustasio de Luxeüil, abad 29 de marzo

(† 625)


Nació Eustasio pasada la segunda mitad del siglo VI, en Borgoña.

Fue discípulo de san Columbano, monje irlandés que pasó a las Galias buscando esconderse en la soledad y que recorrió el Vosga, el Franco-Condado y llegó hasta Italia. Fundó el monasterio de Luxeüil a cuya sombra nacieron los célebres conventos de Remiremont, Jumieges, Saint-Omer, foteines etc.

Eustasio tiene unos deseos grandes de encontrar el lugar adecuado para la oración y la penitencia. Entra en Luxeüil y es uno de sus primeros monjes. Allí lleva una vida a semejanza de los monjes del desierto de oriente.

Columbano se ve forzado a condenar los graves errores de la reina Bruneguilda y de su nieto rey de Borgoña. Con esta actitud, por otra parte inevitable en quien se preocupa por los intereses de la Iglesia, desaparece la calma que hasta el momento disfrutaban los monjes. Eustasio considera oportuno en esa situación autodesterrarse a Austrasia, reino fundado el 511, en el periodo merovingio, a la muerte de Clodoveo y cuyo primer rey fue Tierry, donde reina Teodoberto, el hermano de Tierry. Allí se le reúne el abad Columbano. Predican por el Rhin, río arriba, bordeando el lago Constanza, hasta llegar a tierras suizas.

Columbano envía a Eustasio al monasterio de Luxeüil después de nombrarle abad. Es en este momento -con nuevas responsabilidades- cuando la vida de Eustasio cobra dimensiones de madurez humana y sobrenatural insospechadas. Arrecia en la oración y en la penitencia; trata con caridad exquisita a los monjes, es afable y recto; su ejemplo de hombre de Dios cunde hasta el extremo de reunir en torno a él dentro del monasterio a más de seiscientos varones de cuyos nombres hay constancia en los fastos de la iglesia. Y el influjo espiritual del monasterio salta los muros del recinto monacal; ahora son las tierras de Alemania las que se benefician de él prometiéndose una época altamente evangelizadora.

Pero han pasado cosas en el monasterio de Luxeüil mientras duraba la predicción por Alemania. Un monje llamado Agreste o Agrestino que fue secretario del rey Tierry ha provocado la relajación y la ruina de la disciplina. Orgulloso y lleno de envidia, piensa y dice que él mismo es capaz de realizar idéntica labor apostólica que la que está realizando su abad; por eso abandona el retiro del que estaba aburrido hacía tiempo y donde ya se encontraba tedioso; ha salido dispuesto a evangelizar paganos, pero no consigue los esperados triunfos de conversión. Y es que no depende de las cualidades personales ni del saber humano la conversión de la gente; ha de ser la gracia del Espíritu Santo quien mueva las inteligencias y voluntades de los hombres y esto ordinariamente ha querido ligarlo el Señor a la santidad de quien predica. En este caso, el fruto de su misionar tarda en llegar y con despecho se precipita Agreste en el cisma.

Eustasio quiere recuperarlo, pero se topa con el espíritu terco, inquieto y sedicioso de Agreste que ha empeorado por los fracasos recientes y está dispuesto a aniquilar el monasterio. Aquí interviene Eustasio con un feliz desenlace porque llega a convencer a los obispos reunidos haciéndoles ver que estaban equivocados por la sola y unilateral información que les había llegado de parte de Agreste.

Restablecida la paz monacal, la unidad de dirección y la disciplina, cobra nuevamente el monasterio su perdida prestancia.

Sus grandes méritos se acrecentaron en la última enfermedad, con un mes entero de increíbles sufrimientos, que consumen su cuerpo sexagenario el 29 de marzo del año 625.

Autor: Archidiócesis de Madrid



28 de marzo de 2022

Santo Evangelio 28 de Marzo 2022

  


Texto del Evangelio (Jn 4,43-54):

 En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.



«Jesús partió de Samaría para Galilea»


Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero

(Viladecans, Barcelona, España)

Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde había realizado el conocido milagro de la conversión del agua en vino. Ahora, en esta ocasión, hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Aunque el primero fue espectacular, éste es —sin duda— más valioso, porque no es algo material lo que se soluciona con el milagro, sino que se trata de la vida de una persona.

Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: «Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’» (Jn 4,49.50).

Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.


La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar».