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16 de abril de 2022

Acompañar a María

 




 Hoy, propiamente, no hay “evangelio” para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio en mayúscula (la Buena Nueva), porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva.

Hoy, la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su Pasión y su Muerte. No celebramos la Eucaristía hasta que haya terminado el día, hasta mañana, que comenzará con la Solemne Vigilia de la resurrección. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la Reserva Eucarística en el sagrario. Hay sólo el recuerdo y el signo de su “amor hasta el extremo”, la Santa Cruz que adoramos devotamente.

Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Es también la tristeza de la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la Luz y la Vida.

Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de Laudes: «Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (cf. Flp 2,8-9).

Hoy, el fiel cristiano escucha la Homilía Antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura: «Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo».

Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la Resurrección y para celebrar y proclamar —cuando se acabe este día triste— con la otra madre, la Santa Iglesia: ¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado! (cf. Mt 28,6).


25 de marzo de 2022

La Anunciación del Señor 25 de Marzo

  


La Anunciación del Señor 25 de Marzo


¿Cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel? ¿Cómo fue aquella aurora resplandeciente para los hombres? ¿Cómo vino el sol tan callandito y se hizo de día sin que los hombres lo supieran? ¿Cómo fue Gabriel?

¿Imagináis? Es verdad que en los pintores del Renacimiento, como en el veneciano Pennacchi, vemos a María reclinada sobre silla de oro, vestida de seda y de brocado, en estancia lujosa a cuyo fondo se desvanece una perspectiva urbana de pináculo y perros fugitivos. Gabriel, en estos cuadros, despliega la gloria de sus alas, llenando la estancia mientras están frescas las azucenas del búcaro, que —como en casi todas las catedrales españolas—, son el símbolo de la pureza de María y el recuerdo cristiano de este momento. Gabriel abre su mensaje, sobre la filacteria, donde caracteres aún góticos dejan ante nuestros ojos las palabras mágicas: "Ave María, gratia plena...".

Pero ¿fue así de veras? Lástima que la ley mosaica prohibiese pintar y esculpir imágenes, lo que ha hecho imposible la existencia de una iconografía contemporánea de nuestra Madre. ¡Si ni siquiera tenemos el rostro de María! En las catacumbas de Priscila, de principios del siglo II, está la más antigua imagen de María. Pero en tal estado que apenas si se advierte la figura de María sentada, con el Niño en brazos, morena la piel, las líneas suaves y las cejas pobladas.

En las mismas catacumbas está también la primitiva representación del gran momento. Y censurada por San Juan Crisóstomo, a quien no gustaba que el ángel fuese sustituido por un joven, porque tal restaba sobrenaturalidad a la escena. Un curioso libro del padre Interiam de Ayala, publicado en 1730, señala otros errores, como el herético de Valentino, en el que un cuerpecillo baja al seno de María en el raudal de luz celeste, y critica los fondos de palacios suntuosos, las vestiduras sacerdotales o la avanzada edad del ángel, así como la falta de equilibrio religioso o de dignidades en la escena.

Buscad, si queréis, en la historia de la pintura, de la escultura, de la miniatura... En los museos de antiguas ropas sacras y en las colecciones de miniaturas. En todo tiempo, y sobre todo durante el gótico y el románico, la Anunciación es el tema más querido de los artistas. Desde las grutas de Brudisi, del siglo XII, hasta hoy. Llenando el cántaro en la fuente, como en el díptico de Bugatti, o con anteojos y rezando el rosario, que pone a la Señora un pintor andaluz. En las planas y devotas pinturas del Giotto y Fra Angélico, de fray Lippi, de Cosa, de Ferrer Bassa, de Van Eyck...

Pero más nos gustan esas devotas y simples Anunciaciones que en los retablos levantinos anónimos, en los pórticos de las catedrales, en los remates de las columnas de los claustros, reviven la gran escena con la simplicidad admirable de una devoción fervorosa.

Pero... ¿cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel?

Bien sabemos que no había reclinatorios de oro, sino esterillas para el suelo, el suelo de tierra apisonada, endurecida, si acaso con algunas losas de piedra. Bien sabemos que no había estancias lujosas, sino una habitación interna, sin luz, o acaso el patio interior de la casa de Moría, con un brocal para el pozo, una parra para el sol y un poyo de piedra para el cansancio. Bien sabemos que no había perspectiva de pináculos y torres, ni senderos floridos de setos, sino, en todo caso, la sencilla visión de una callecita aldeana, con gallinas picoteando al sol, balidos lejanos, niños jugando en la tierra, el paso alegre de unas muchachas o el cansino y lento caminar de unos bueyes camino de la fuente comunal.

"El ángel entró a donde ella estaba...".

Sí. María estaba en su estancia, seguramente ese cuartito escaso de luz donde resplandecería misteriosamente la figura de Gabriel, correo de Dios. Como varón, igual que se presentó a Daniel en Babilonia. Su luz, sin duda, hizo ver a María, junto a las palabras, que aquél era un enviado de lo Alto.

María tenía su corazón lleno de la esperanza del Mesías. Había decidido consagrarse a la oración. Dar a Dios su virginidad total a cambio de que Yahveh apresurase el envío del que habría de redimir a los hombres. ¡Los hombres! ¡Qué triste y larga historia de caídas, de cobardías, de suciedad, de blasfemias, de idolatría, de pecado, de lodo, de pobre miseria humana! Desde el día triste en que Adán y Eva pierden el favor del Creador, los hombres esperan que una mujer quebrante la cabeza de la serpiente. Los profetas han ido trayendo retazos de esperanza. Han indicado dónde nacerá y de quién, de qué familia, y cómo ha de morir, y cómo han de jugarse los hombres sus vestidos. La esperanza del mundo ha ido haciéndose más intensa, más dolorosa, a medida que los hombres mismos han ido cayendo cada vez más abajo por el camino abrupto de las cobardías y las traiciones a la Ley.

Sobre este mundo corrupto, en cada generación un puñado de hombres buenos montan la guardia de la esperanza. Muchos morirán sin ver el gran día. Pocos podrán tener la suerte de Simeón, a quien el Espíritu ha revelado que no morirá antes de haber visto al Ungido del Señor. Pero la esperanza se ha conservado intacta, de corazón en corazón, como en relevos, hasta llegar a este día. La Doncella piensa en los libros, medita los salmos de su antecesor, el profeta y rey David, madura su corazón en lenta espera. María no espera al Salvador como a caudillo político, a cabeza de rebelión contra Roma. No ve en él, simplemente, un mejorador de la existencia humana del pueblo elegido. Sabe que esta salvación ha de ser total, definitiva, eterna. Zacarías, Ana la profetisa, Simeón, han tenido indicaciones de que el tiempo está ya cercano. Y María, que nace limpia de pecado, elegida ya desde siempre por la voluntad del Padre, está siendo cultivada por Dios mismo en esta ansia de ser mediadora, de ser holocausto, de ser tierra madre donde la semilla de Dios ha de germinar, para que crezca Jesús-Arbol, a cuya sombra el mundo tendrá sentido y la Redención pesará sobre sus secas ramas en forma de cruz. Dios mismo es quien hace nacer en el corazón de María la decisión de consagrarse. De ser santa, tabernáculo, primera custodia que mostrará a los hombres la redondez blanca de Cristo.

¿Imagináis, pues, con qué mesurada ansiedad estaría María dispuesta para algún desconocido signo que le mostrase, al fin, la voluntad de Yahveh? ¡Cómo sería remanso, para que en aguas plácidas se reflejase complacido el rostro del Padre! ¡Cómo sería silencio, para que la voz esperada resonase claramente! ¡Cómo sería "sí" para ayudar al Padre en la gran redención de los hombres!

María, llena de suspiros.

Pero un rosal necesita apoyo. Necesita muro que le guarde de los vientos, de la cellisca y de la nieve. Hacía falta el muro. Hacía falta José. María y José se desposan. José será la sombra ancha y fuerte que necesitarán María y Jesús. Ambos, José y María, han decidido vivir juntos su vida de virginidad. Dice Williams que "la vida oculta de Jesús influía ya de antemano en María y José". Y así, tras la apariencia ordinaria de unos desposorios vulgares, se escondía nada menos que la preparación del hogar de Jesús,

Es en este momento —sexto mes tras la noticia de la concepción de Isabel— cuando Gabriel es enviado por el Señor "a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una Virgen que estaba desposada con un varón llamado José, de la casa de David". Es ahora cuando María está en su cuarto, recogida en silencio y soledad, como un álamo suspirante de pájaros. Y Gabriel, hecho ascua de luz, delante de la doncella, da sus palabras de fuego y de sonrisa.

¿Cómo fue, María? ¿Cómo fue, Gabriel?

Vendría el ángel vestido de impaciencia. Traía, como flechas en aljaba, las palabras de Dios que disparar al corazón esperante de María. Vendría vestido de prisa y con el vestido rojo del amor. Con la sonrisa misma del Padre: "ve a Ella y sonríele de esta manera." ¿Verdad que podemos pensar, enamoradamente, en cómo el Padre instruiría a Gabriel, en cómo le enseñaría a decir las tremendas palabras del saludo, de la felicitación, de la promesa y de la responsabilidad?

"¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!"

Tú ya sabes, María, que eres llena de gracia. Es el tuyo, Señora, un conocimiento exacto, rotundo, sin pizca de vanidad humana, con plena conciencia de lo que eres. Tú ya sabes que el Señor está contigo, porque seguro que has venido sintiendo estos años su presencia, porque de algún modo Él tiene que haber estado en contacto contigo, aunque sólo sea convirtiendo tu oración en misterioso diálogo. Tú ya sabes que eres la única criatura a quien Dios pueda saludar así, porque, desde Adán, ningún ser humano ha estado lleno de gracia y ha poseído al Señor comoTú.

"Ella se turbó por tal lenguaje y consideraba qué podía significar aquel saludo..."

No era, no, un susto de los sentidos. Era ya el presentimiento del gran momento. María se sabe de Dios, pero ¿qué es lo que habrá de exigirla? ¿Cuál será su voluntad? Ni aun María, criatura del Padre desde su concepción sin pecado, es capaz de imaginar los planes de Dios. Por esto se turba María; esta es la dirección del "consideraba". Pensar en qué manera, Señora, vas a ser utilizada para la Redención, es algo, sin duda, esperado y, sin embargo, capaz de turbar incluso esta alma tuya, que no ha de sentir nunca las oleadas de los hombres. Pero he aquí que ya está el Padre previniendo con exquisito, con delicado amor, el pasmo de María:

"No temas, porque has hallado gracia delante de Dios."

No temas, Señora. ¿Recuerdas ahora las palabras de Isaías?

"El pueblo que andaba entre tinieblas y sombras de muerte ve una luz potente. A los que moraban en el país de oscuridades de muerte les brilla una luz. Tú multiplicas el pueblo y aumentas su alegría... Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío..."

María, absorta, tiene ya su corazón en calma. Sabe que es Yahveh mismo quien habla por boca del ángel, y que sus palabras están anunciando su destino, están diciéndole lo que se espera de Ella. Aún antes de que el ángel termine de hablar, María está diciendo que "si" con los ritmos de su corazón. Pero Gabriel sigue:

"Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin."

Este es el momento, el gran momento por el que han suspirado los siglos. Las profecías ya tienen sentido y las Palabras empiezan a encajar en sus sitios como ladrillos de un muro. La esperanza misma tiene nombre. Se llama Jesús y viene por los caminos de María, doncella de Nazareth.

Fuera de esta estancia, ya comprendéis, todo sigue igual. Las gallinas siguen picoteando al sol, jugando los niños en los charquitos de la calle, lejanos los hombres negados al misterio, encerrados, bobos ellos, en su prisa, su olvido, su risa y su ignorancia. No ha pasado nada fuera de esta estancia. No ha habido lluvia de estrellas, ni se ha incendiado una zarza, ni el sol ha girado en sí mismo, ni se ha eclipsado la luz. Los hombres, bobos ellos, no saben que la Luz ha venido a este mundo. Que la Luz está ya en este mundo, aunque este mundo no la conocerá sino demasiado tarde para advertirla en sí misma.

Pero aún María querrá allanar los caminos. Y pregunta a Yahveh mismo, a través de Gabriel, con la sencilla admiración de su pureza:

—¿Cómo se efectuará esto, pues yo no conozco varón?"

—"El Espíritu Santo descenderá sobre ti —dice el ángel, explicando lección de teología, aunque casi no hace falta— y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el mes sexto para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles."

María quiere saber. Saber cómo vendrá a Ella este Hijo misterioso. No es duda del poder omnímodo de Yahveh. Es el deseo, como dice algún comentarista, "de instrucción más precisa".

Y entonces María dice su palabra. Para los tiempos de los tiempos, esta será "la palabra" de María. Esta será la palabra que simbolice la aceptación gozosa de la voluntad de Dios: "Hágase." Es el "sí" de la Señora, el "sí" que el mundo espera anhelosamente en medio de su desconocimiento. Los justos que esperan resurrección al paraíso, los hombres de las generaciones precedentes, contienen un momento el aliento para escuchar la voz sencilla y cálida de María, la voz que va a allanar de veras los caminos de Dios:

—"¡He aquí la esclava del Señor! ¡Hágase en mí según tu palabra"

A la gozosa hora del mediodía, cuando huele a pan caliente y horneado, cuando los niños gritan a la salida de los colegios; cuando los bronces de los relojes dan la letanía de las horas; cuando el sol está más arriba, millones de hombres, a lo largo de los siglos, van a repetir en la emocionante plegaria del Angelus las palabras de María. Dios mismo no ha querido forzar las cosas. ¿No ven los fatalistas, los deterministas, los que pretenden negar la libertad humana, que Dios mismo necesita el "sí" del hombre para hacer su obra sin violentarle? ¿No ve el gran respeto del Padre por sus criaturas, cuando hasta su enviado espera la aceptación de esa muchacha de Nazareth para redimir al mundo? En aquel momento, María, con su "hágase", se abre como camino para que las cosas tengan sentido. Para que el hombre pueda reconciliarse con la herencia perdida y la historia se parta en dos.

"Hágase". La misteriosa palabra de María en la Anunciación.


JOSÉ MARÍA PÉREZ LOZANO

11 de febrero de 2021

LA APARICIÓN DE LA VIRGEN EN LOURDES 11 de febrero

  


LA APARICIÓN DE LA VIRGEN EN LOURDES 11 de febrero

En 1858 Lourdes era un pueblecito desconocido, de unas cuatro mil almas. Simple capital de partido judicial, tenía su juzgado de paz, su tribunal correccional y hasta un pequeño destacamento de gendarmería. Esto y un mercado bastante concurrido era lo único que le daba un poco de superioridad sobre los demás pueblecillos de los alrededores, perdidos, como él, en las estribaciones de los Pirineos.

Poco tiempo antes, un célebre escritor, Taine, garabateó en su cuaderno de viaje esta apresurada nota: "Cerca de Lourdes, las colinas se vuelven rasas y el paisaje se entristece. Lourdes no es más que un amasijo de tejados sucios, de una melancolía plúmbea, amontonados junto al camino". Fue injusto. Hoy admiramos en Lourdes algo que no ha podido cambiar desde entonces; la belleza de su paisaje. El jugoso verde de las orillas del Gave, las perspectivas maravillosas de los Pirineos nevados, la airosa construcción del castillo dominando toda la villa... y hasta las callejuelas, empinadas algunas de ellas, no exentas de una cierta gracia pirenáica.

Si el paisaje no ha cambiado, la población en cambio se ha transformado por completo. El pueblecillo, entonces ignorado, es hoy conocido en todo el mundo. Sin sombra de duda se puede asegurar que Lourdes es, de toda Europa, el punto por el que pasan un mayor número de personas. Es cierto que otros le superan en cuanto al arte de retenerlas mucho tiempo. El flujo y reflujo de Lourdes durante la época de las peregrinaciones no conoce descanso y es algo único e impresionante. De aquí el nacimiento de una nueva ciudad, la de los hoteles y las tiendas de recuerdos, que han venido a erigirse y casi a eclipsar a la antigua.

¿Qué ha ocurrido?

Algo increíble. Y, sobre todo, inesperado. Podemos conocerlo hasta en sus más insignificantes detalles. Una literatura inmensa, una legión de investigadores, una serie de procesos cuidadosamente elaborados, nos permiten hoy saber cómo era el Lourdes de 1858, cuántos habitantes tenía, en qué se ocupaban, qué actitud tomaron ante los acontecimientos, qué periódicos se leían, qué cartas escribieron. Recientes están los descubrimientos de documentación que han acabado de arrojar completa luz sobre todo lo relacionado con las apariciones. No creemos que haya habido acontecimiento histórico sobre el que se conserve una documentación contemporánea tan abundante y tan exhaustiva.

La historia la conoce todo el mundo. Había en Lourdes una pobre niña, analfabeta, que por su rudeza no había podido aprender el catecismo ni estaba aún en condiciones de hacer su primera comunión. Ni siquiera sabia hablar francés, y tenía que expresarse en el dialecto de la región. Era hija de padres pobrísimos, que atravesaban por aquellos días una situación de auténtica miseria. Pero, aunque pobre en las cosas materiales, era riquísima en las del espíritu, buena, humilde, caritativa, pura y, sobre todo, sincera. El testimonio de cuantos convivieron con ella a lo largo de su existencia es terminante sobre este punto: antes y después de las apariciones María Bernarda Soubirous, que así se llamaba la niña, había dicho siempre la verdad con la sinceridad más plena.

Un 11 de febrero, cuando ella llevaba escasamente quince días en Lourdes, a su regreso de Bartres, donde había estado haciendo de pastorcita, salió en busca de leña y de huesos, en compañía de una hermana suya y de una amiguita. Estaba en una pequeña isla, formada Por el Gave y el canal que en él desembocaba. Sus compañeras la habían dejado sola. Era el mediodía. Oyó un fragor como de tempestad, dirigió su vista hacia una concavidad que había en la roca por encima de ella, y la encontró ocupada por una jovencita de su misma estatura, de rostro angelical, vestida de blanco, ceñida por una banda azul, cubierta con un velo, que tenia un hermoso rosario entre las manos.

Había comenzado una serie de dieciocho apariciones que se sucederían durante los días siguientes, con algunos intervalos, hasta terminar el 16 de julio. Durante esa temporada, las autoridades estarían alerta, el pueblo dividido, el clero en un silencio total y más bien reticente. Sospechas, que humanamente podían considerarse fundadas, habrían de envolver a la niña. Era mucha la miseria que había en casa de los Soubirous para que se pudiera excluir la hipótesis de que acaso se estuviese buscando una solución a tan trágica coyuntura económica.

María Bernarda sufrió con paz celestial y sin inmutarse toda clase de pruebas. Ya sea el procurador imperial, ya el comisario de policía, ya el párroco, ya los visitantes..., a todos contestará con absoluta serenidad y paz, repitiendo exactamente las mismas expresiones. En vano los visitantes buscarán con habilidad la manera de sorprender su buena fe. Ella se mantendrá firme, dando testimonio de la verdad de lo que ha visto. Cuando los alrededores de la gruta estén rebosantes de público y la aparición no se produzca, ella dirá con toda sinceridad que nada ha visto. Cuando le amenacen para que calle, ella continuará diciendo siempre que ha sido verdad la aparición. Será testigo de la verdad, sin conocer un instante de vacilación, ni un desfallecimiento.

El párroco ha pedido una señal del cielo: quisiera que floreciese el rosal que está junto a la gruta. La aparición no ha querido que fuese así. Pero se va a producir un acontecimiento con el que nadie contaba. A lo largo de una aparición extraña, que decepciona al público, mientras Bernardita prueba unas hierbas no comestibles y araña la tierra, ésta se abre bajo sus dedos y brota una fuente. El público se marcha decepcionado. Hay críticas. Más de uno siente vacilar sus anteriores convicciones, favorables a la aparición. Y, sin embargo, aquel jueves, 25 de febrero, será decisivo en la historia de Lourdes. La fuente continuará brotando, para no secarse ya jamás. Muy pronto ese agua comienza a ser instrumento de maravillosas curaciones. Y el rumor de esas curaciones empezará a atraer las muchedumbres a Lourdes, que tampoco faltarán ya jamás.

La aparición ha dado a la niña un encargo concreto: decir al clero que han de edificar una capilla, y que se ha de ir allí en procesión. El cura de Lourdes se ha mostrado severo. No puede creer en semejante encargo, sin más ni más. Por otra parte, la aparición no ha dicho todavía su nombre. Es lo menos que puede exigírsele.

Y un día, el de la Anunciación, lo dice: "Yo soy la Inmaculada Concepción". La niña no sabe lo que significa aquello. Es más, las primeras veces que cuenta lo que ha ocurrido, pronuncia mal la palabra "Concepción", hasta que las hermanas del hospicio de Lourdes la corrigen y la enseñan a decirlo bien. No importa. Esta misma ignorancia suya será una de las pruebas de que no se trata de nada que haya sido fingido. Ahora ya se sabe quién se aparece: la Santísima Virgen, a quien poco tiempo antes el Papa ha declarado solemnemente libre del pecado original desde el mismo instante de su concepción.

La serie de apariciones se va a cerrar rápidamente. El 7 de abril, doce días después de la Anunciación, tiene lugar la decimoséptima aparición, y el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, la decimoctava. Bernardita no volverá a ver a la Santísima Virgen mientras esté en la tierra.

El demonio no podía contemplar lo que estaba sucediendo sin intentar algo por desacreditarlo. Ya en una de las primeras apariciones, exactamente en la cuarta, unos diabólicos aullidos fueron apagados instantáneamente por una mirada severa de la Santísima Virgen. Era sólo el comienzo. Poco tiempo después, una epidemia de visionarios se produce en la pequeña ciudad pirenáica. Ahora son unas mujeres que dicen haber visto extrañas apariciones; luego unos niños momentáneamente delirantes y posesos; más tarde extravagantes hombres, que aparecen como portadores de extraños mensajes, y tienen que ser retirados por alucinados. Es cierto que nunca tan sacrílegas mascaradas llegan a poder utilizar la misma gruta. Pero sus alrededores son manchados con esta clase de manifestaciones. Es notable: el contraste con la serena majestad, con la humildad y dulzura de Bernardita es tal, que puede decirse que esta clase de manifestaciones, lejos de servir para oscurecer su gloria, sirvió, por contraste, para enaltecerla más y más. La diferencia entre la única vidente verdadera y las burdas falsificaciones diabólicas, apareció siempre manifiesta y clara.

Con todo, no iba a ser fácil la realización de lo que la Virgen había pedido. Durante no poco tiempo la gruta misma iba a estar cerrada, y el acceso a la misma prohibido. Se conserva todavía el cuaderno en el que el guarda jurado fue apuntando, con pintoresca ortografía, los nombres de los contraventores. Un día fue la señora del almirante Bruat, aya de los hijos del emperador. El mismo día, Luis Veuillot, el temible polemista. Estas visitas producen una cierta emoción en la ciudad. Hasta que, por orden del emperador Napoleón III, desaparecen las barreras y se decreta de nuevo que el acceso a la gruta es enteramente libre. Fue un día de inmensa alegría en Lourdes.

Pero ¿hasta qué punto se podía hablar de apariciones verdaderas? El obispo de Tarbes había mantenido hasta entonces una actitud sumamente prudente. Casi al mismo tiempo que se decretaba la libertad para ir a la gruta, monseñor Laurence daba, por su parte, otro decreto constituyendo una comisión de información sobre los hechos ocurridos en Massabielle. Y la comisión comenzaba inmediatamente, de manera concienzuda, sus informaciones. Estas habrían de tardar más de dos años. Por fin, entregaba sus conclusiones al señor obispo. Este quiso presidir personalmente la sesión final, que tuvo lugar en la sacristía de Lourdes.

La asamblea era impresionante. En torno al señor obispo, todas las personalidades que formaban parte de la comisión. En medio, Bernardita, tocada con su capuchón, calzada con zuecos, hablaba con absoluta sencillez, pero con una autoridad sorprendente. Sobre todo, como siempre solía ocurrir, cuando llegó el momento en que reprodujo el gesto de la Virgen, juntó sus manos, alzó su mirada y dijo: "Yo soy la Inmaculada Concepción", y pareció envuelta de una gracia tan celestial, que un escalofrío circuló por toda la reunión. El anciano obispo sintió cómo se le humedecían las mejillas, y dos gruesas lágrimas resbalaron por su rostro. Apenas salió la niña, exclamó movido por la emoción: "¿Han visto ustedes esta niña?"

Sólo faltaba proclamar la verdad. El sábado 18 de enero de 1862 el obispo firmaba la "Carta pastoral con el juicio sobre la aparición que tuvo lugar en la gruta de Lourdes". Después de haber expuesto los antecedentes, declaraba con toda solemnidad: 'Juzgamos que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, se apareció realmente a Bernardetta Soubirous el 11 de febrero de 1858 y días siguientes, en número de dieciocho veces, en la gruta de Massabielle, cerca de la ciudad de Lourdes; que tal aparición contiene todas las características de la verdad y que los fieles pueden creerla por cierto... Para conformarnos con la voluntad de la Santísima Virgen, repetidas veces manifestada en su aparición, nos proponemos levantar un santuario en los terrenos de la gruta".

Las dificultades no iban a ser, sin embargo, pequeñas. Unas veces nacerían del criterio restrictivo del ministerio de cultos, que había de dar su autorización para el nuevo santuario. Otras serían minúsculas cuestiones locales, como un pleito que hoy se nos antoja ridículo, entre el cabildo de Tarbes y la prefectura a propósito de la construcción de unos almacenes y unas cuadras en terreno de ésta, otras veces se mezclarían miras puramente humanas en lo que debiera ser única y exclusivamente sobrenatural. No importa: pese a tantas dificultades, el santuario de Lourdes habría de ser un hecho, y rápidamente, Massabielle cambiaría de fisonomía: ya el 22 de enero de 1862 escribía el párroco al señor obispo que Ia nivelación del terreno le da un aspecto grandioso". El arquitecto diocesano concibió un proyecto atrevido, que en un principio se creyó irrealizable: dar por corona gigantesca a la roca de la aparición un edificio que armonizase con el círculo de las graciosas colinas y cuya flecha ostentaría la cruz a una altura de cien metros sobre el nivel del Gave. De esta forma la gruta continuaría de la misma manera que cuando la consagraron las visiones de Bernardetta, abierta siempre sobre el río y su murmullo, bajo el cielo azul y las estrellas. No a todos gustó este proyecto, y se conserva la airada carta de un cura español al obispo de Tarbes, amenazándole con toda suerte de castigos del cielo si se llegaba a realizar. Pero a pesar de todo fue el que se llevó a cabo, y hoy los peregrinos agradecen tan feliz idea.

El 14 de octubre de 1862 se dio el primer golpe de pico para poner los cimientos de la futura capilla. Entre los sesenta obreros que trabajaban, se contaba Francisco Soubirous, padre de Bernardita, orgulloso de cooperar, desde puesto tan humilde, a tan grandiosa obra. El 4 de abril de 1864 se colocaba la estatua que todos los peregrinos conocen, en la gruta. Rápidamente Lourdes fue tomando el aspecto que hoy presenta. El 19 de mayo de 1866, vigilia de Pentecostés, quedaba consagrada la cripta, que había de ser el cimiento de la futura capilla. Su inauguración quedó señalada para dos días después, lunes de Pentecostés, en presencia de una inmensa multitud. Todavía pudo asistir a ella Bernardita. Pero le costaba reconocer el terreno. Estaba todo muy cambiado.

En 1873 se inician las grandes peregrinaciones francesas. En 1876 es solemnemente consagrada la basílica y coronada la estatua de la Virgen. Los veinticinco años de las apariciones se celebran con afluencia de una inmensa multitud, y colocando la primera piedra de la iglesia del Rosario, para suplir la insuficiencia, de la primitiva basílica. Seis años más tarde era inaugurada esta iglesia, que fue solemnemente consagrada en 1901. Todavía con la marcha del tiempo habría de resultar insuficiente, y el 25 de marzo de 1958, el cardenal Roncalli, futuro papa Juan XXIII, consagraba una nueva y más inmensa basílica subterránea, dedicada a San Pío X.

No todas estas construcciones llenan por completo las exigencias del buen gusto. Lourdes es, en su aspecto artístico, fruto de una época de indecisión estilística. Aún sin admitir la tesis extrema de Huysmans, que sostiene que el mal gusto es la venganza que el demonio se ha tomado por el triunfo de la Santísima Virgen, sí que hay que reconocer que tiene una parte de razón. Pero no importa mucho. Es más, creo que todos los peregrinos protestarían si la fisonomía de Lourdes se alterara. Hay un algo maravilloso que flota en el ambiente, que penetra hasta lo más profundo del alma y que hace que Lourdes sea un sitio único para saciar la devoción cristiana.

Y en primer lugar, como lugar de oración. La ciudad, con sus tiendas de recuerdos, sus hoteles y fondas, suele causar una impresión desagradable al peregrino. Una multitud tan inmensa exige todo eso. Pero desilusiona un poco ese contraste entre la finalidad espiritual del viaje y estas exigencias de la naturaleza humana. Todo cesa, sin embargo, desde el momento en que se entra en el dominio de la gruta. Hay un ambiente sobrenatural de oración, de silencio, de recogimiento. Los hombres descubiertos, las mujeres como en la iglesia, y dominando todo el rumor de los cánticos que brotan de las iglesias o de la gruta.

Al llegar a ésta, se olvida todo. No cabe más que dejarse envolver por el silencio, apenas turbado por el rumor del río y el paso de los trenes que ponen como una nota lejana de recuerdo, de que todavía existe un mundo que se afana y corre. Allí todo es calma. La muchedumbre, de rodillas, en silencio, ora sin cansarse.

Sin embargo, no todo es paz y calma. Las peregrinaciones se suceden, ateniéndose todas a un mismo reglamento. Entran en la ciudad, se dirigen a la gruta, se lee allí la sencilla narración de las apariciones. Se realizan una serie de actos piadosos, misas cantadas, de comunión, vía crucis, etcétera, para partir después y dejar su sitio a otras que le seguirán. Todo en medio de un orden admirable.

Hay, sin embargo, todos los días dos actos cumbres, a los que concurren todas las peregrinaciones presentes en la ciudad: la procesión con el Santísimo y la de las antorchas.

Exactamente a las cuatro de la tarde se pone en marcha la procesión con el Santísimo. Avanza triunfal la Custodia, entre las filas de los peregrinos. Llega a la explanada y allí es esperada por la multitud de los enfermos. Es necesario haber contemplado aquel espectáculo para captar toda su significación.

El Señor ha entrado en la plaza y, oculto bajo las especies eucarísticas, comienza a recorrer las filas de camillas y carritos en que se encuentran los enfermos. Y una voz se alza penetrante, llena de vibración y energía: "¡Señor, creemos en ti!" La muchedumbre contesta al unísono: "¡Señor, creemos en ti!"

Son miles y miles de gargantas, Toda una generación trabajada por la escuela laica, acosada por unas costumbres corruptoras, influenciada por un ambiente de escepticismo... hace el acto de fe más emocionante, más lleno de sentido que puede imaginarse. Las lágrimas pugnan por salir, mientras las invocaciones, de evangélicas resonancias, se van sucediendo. Hace más de mil novecientos años que salieron de otros labios. Ahora, el mismo Señor, oculto bajo las especies eucarísticas, vuelve a escucharlas: "¡Señor, si quieres, puedes curarme!" "¡Señor, que vea "¡Señor, aquel que Tú amas, está enfermo!"

Por la noche, en cambio, el espectáculo es diferente. Los treinta, cuarenta o cincuenta mil peregrinos presentes en la ciudad, cantan acompasadamente la melodía sencilla, monótona, sin especial valor, pero devotísima del Ave, recorriendo un largo trayecto por todo el dominio de la gruta. Al final van agrupándose, ordenadamente, en la gran plaza, que se transforma en ascua de oro y de fuego, ante la confluencia de tantos miles de antorchas. Y entonces surge potente, arrollador, el canto del Credo. Venidos de los puntos más diversos del orbe, cantan, sin embargo, al unísono todos los peregrinos, proclamando a una voz su única fe. Espectáculo maravilloso y conmovedor.

Hay que decir algo, sin embargo; otro espectáculo, también consustancial con Lourdes: el de los enfermos. Sacudidos por un viaje interminable, heridos de muerte por sus enfermedades, incómodamente instalados en sus carritos..., son ellos los sembradores de una suavísima sensación de paz y consuelo. La tienen ellos, y la van derramando por doquier a su paso. Cada uno de ellos, cada mirada enfebrecida, cada llaga purulenta, cada mano retorcida, inflamada y monstruosa, va dejando en el alma del peregrino una gota de la más sobrehumana y deleitosa paz. Es ésta una de las grandes paradojas de Lourdes. Uno de sus milagros permanentes.

De vez en cuando, sin someterse a ley alguna, se produce el milagro. Unas veces ante la gruta, otras durante la procesión del Santísimo, otras en el viaje de vuelta. No hay ley alguna, lo repetimos. En medio de la multitud o lejos de ella, en Lourdes, o a muchos kilómetros de allí, la Santísima Virgen viene operando maravillas a centenares, a millares. Algunas de ellas llegan a comprobarse científicamente, con un rigor que no deja nada que desear. Otras, no. El alivio que ha recibido el enfermo, o su curación, no podrán comprobarse, porque no había lesión orgánica, o por falta de datos previos, pero eso no importará nada: quien recibió el beneficio disfrutará de él. De vez en cuando, en una prosa helada, que en su misma frialdad es el mejor argumento de la veracidad del hecho, Le Journal de la Grotte dará la noticia de que en esta o aquella diócesis se ha reconocido canónicamente la realidad de un milagro. Pero el más colosal milagro es el que todos los días se realiza en Lourdes: el de que una inmensa multitud de enfermos que ha peregrinado allí pidiendo su salud, se retire consolada, alegre, con dulce resignación. Y el de que la multitud que le rodea, en contacto permanente con el dolor, viendo con sus propios ojos aquel espectáculo de sufrimiento que presentan los enfermos, no haga de Lourdes una ciudad triste, sino todo lo contrario. Todos los peregrinos os dirán que Lourdes es una ciudad en la que ellos han pasado días de paz, de bienestar, de profunda e íntima alegría.

No ha faltado el sello oficial de la Iglesia. En 1869, Pío IX, por un breve de 4 de septiembre, proclamaba la luminosa evidencia de los hechos. León XIII autorizó un oficio especial y una misa en memoria de la aparición, que San Pío X, su sucesor, extendió por decreto de 13 de noviembre de 1907 a la Iglesia universal. Todos los Romanos Pontífices han rivalizado en dar muestras de benevolencia a este santuario mariano, Es digna de destacarse la preciosa encíclica Le pélerinage, de Pío XII, con motivo del grandioso centenario de las apariciones. Con tales testimonios de la Iglesia, el fiel cristiano puede invocar con seguridad a la Virgen de Lourdes y descansar tranquilo en su maternal regazo. Ella visitó la tierra y se digno alegrarla con su presencia. La Iglesia de una parte, y los continuos milagros de otra, nos lo aseguran así.


LAMBERTO DE ECHEVERR

15 de agosto de 2020

La Asunción de la Santísima Virgen al Cielo 15 de Agosto



La Asunción de la Santísima
 Virgen al Cielo

15 de Agosto

  
« Hoy María Virgen subió 
a los cielos: alegraos 
porque con Cristo reina 
para siempre. »



Es el grito de la Liturgia y de la fe cristiana, dos veces milenaria.

La que fue Madre de Dios e Inmaculada desde su Concepción, con convenía, no podía, sufrir la corrupción del sepulcro. Su santa dormición fue un deliquio místico de amor entrañable a su Dios, y enseguida un raudo vuelo de paloma a lo más encumbrado de los cielos, cortejada por los coros angélicos.

Desde su exaltado sitial queda entronizada como Reina de todos los Santos, con la correspondiente « omnipotencia suplicante». Subió hasta la diestra de su Hijo benditísimo para preceder en la gloria a sus hijos adoptivo, que son casi legión, que son casi infinitos. Por todos se interesa, como madre e intercesora, la « llena de gracia», la « más bendita de todas las mujeres».

Y el papa Pío XII, cediendo a su personal creencia y filial devoción y respondiendo también al unánime voto de toda la cristiandad, define Dogma de fe cristiana esa Asunción de María a los cielos en su cuerpo y alma, para gloria de tan excelsa Señora y esperanza de sus hijos militantes en la tierra.

El 1 de noviembre del Año Santo y Jubilar de 1950 presenció la acogedora plaza de San Pedro el acto más apoteósico que jamás pudo contemplarse en el mundo ante el medio millón personas de toda raza y país que a la voz del Sumo Pontífice Romano aclamaron a la Reina Asunta a los cielos e imploraron juntos su maternal protección sobre este mundo sufriente.

María Asunta a los cielos es la gloriosa Mujer del Apocalipsis; es la Hija del Rey, ricamente engalanada; es la triunfadora del Dragón infernal; la nueva Judit; la niña preferida de Dios, que le rinde por tantas gracias un Magnificat de gratitud. Y al ascender la Madre, provoca a volar a sus hijos de la tierra, que le piden resucitar con Cristo y compartir luego con la Madre su gloria en el empíreo.

Reina y Madre santísima, segura de tí misma, muéstrate solícita por los tuyos, que sufrimos continua lucha y continua tempestad. Tu fiesta culminará en ocho días con la celebración de tu fiesta con el título de Reina. Esto nos pone de manifiesto tu perfecta y total glorificación junto a tu Hijo, Rey y Señor de todo el universo.

Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,

Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, ella, al aceptar tu Palabra, con limpio corazón, mereció concebirla en su seno virginal, y al dar a luz a su Hijo, preparó el nacimiento de la Iglesia.

Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de su amor divino, tomó como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo.

Ella, en la espera pentecostal del Espíritu, al unir sus oraciones a las de los discípulos, se convirtió en el modelo de la Iglesia suplicante.

Desde su asunción a los cielos, acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

8 de diciembre de 2019

La Inmaculada, Patrona de España



LA INMACULADA, PATRONA DE ESPAÑA

Por Francisco Javier Colomina Campos

En este segundo domingo de Adviento coincide la celebración de la solemnidad de la Inmaculada concepción de la Bienaventurada Virgen María. Por ser patrona de España, esta solemnidad prevalece sobre el segundo domingo de Adviento. Por ello, las lecturas de este domingo son las propias de la solemnidad de la Inmaculada, aunque se toma la segunda lectura del domingo segundo de Adviento.

1. Purísima había de ser. Era necesario, y así lo quiso Dios, que el vientre en el que se iba a encarnar para hacerse hombre fuera un vientre puro, casto, inmaculado. Así reza el prefacio de la Misa de hoy: “Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo”. Esto es lo que celebramos en la solemnidad de hoy, que María, una criatura como nosotros, fue preservada del pecado original. En la primera lectura de este día escuchamos el relato del libro del Génesis que nos narra el pecado de nuestros primeros padres. Fue una desobediencia a Dios por parte de Adán y Eva, que no conformándose con ser humanos quisieron ser “como Dios”. Engañados por el Tentador, comieron del fruto que Dios les había prohibido. Pero Dios no se conformó con la desobediencia del ser humano y, por ello, quiso hacerse hombre, uno más como nosotros, para librarnos del pecado. Si por la desobediencia de una mujer, Eva, entró el pecado en el mundo, por la obediencia de otra Mujer, María, entró en el mundo el Salvador, Jesucristo, Dios que bajó a la tierra hecho hombre, como celebraremos en la Navidad. Y así, el seno inmaculado de María, sin mancha de pecado original, trajo al mundo a Dios mismo que deseaba hacerse hombre para salvar al hombre.

2. María, causa de nuestra esperanza. En María vemos cumplidas las promesas de Dios. En la segunda lectura de hoy, que es la segunda lectura que corresponde al segundo domingo de Adviento, escuchamos cómo san Pablo recuerda a los romanos que Dios siempre cumple sus promesas, y esa es nuestra esperanza. La promesa de un Mesías Salvador se cumple en el seno inmaculado de María. Al mirar hoy a María, en este tiempo de Adviento, nuestro corazón se llena de esperanza. Dios no nos abandona nunca. Él es fiel. Por ello, como María, también nosotros hemos de poner nuestra confianza en la palabra de Dios. Ella acogió con corazón sencillo y humilde la palabra de Dios, como hemos escuchado en el Evangelio: “Hágase en mí según tu palabra”. La fiesta de hoy es una invitación para cada uno de nosotros a cumplir siempre lo que Dios quiere de nosotros, a poner nuestra vida en sus manos. Así, Dios podrá cumplir en nosotros sus promesas. Y como María, que fue concebida sin pecado original, goza ya de la eterna bienaventuranza del cielo, también nosotros, con Ella, podremos un día alcanzar aquello que Dios nos ha prometido.

3. María, mujer del Adviento. El tiempo de Adviento en el que nos encontramos es sin duda el tiempo de la esperanza. Nos preparamos con gozo a la celebración del nacimiento del Niño Dios, y reavivamos también la espera de la venida de Cristo, que volverá triunfante, para llevarnos con Él a la gloria del cielo, conde estaremos para siempre junto a María, la llena de gracia. Por esto, este tiempo de Adviento, esperamos junto a María. Ella nos acompaña en este camino del Adviento. Con Ella esperamos el nacimiento de su Hijo. Con Ella preparamos la venida del Señor. Con ella nos mantenemos en vela.

Que María, la Virgen Inmaculada, interceda por cada uno de nosotros. Ella acogió la palabra de Dios, pues sabía que Él siempre cumple sus promesas. Con Ella también nosotros esperamos el cumplimiento de la palabra de Dios en nosotros. Sin miedos, sin tristezas, miramos a María y le pedimos que nos acompañe y que interceda por cada uno de nosotros. Con Ella repetimos a Dios llenos de confianza: “Hágase en mí según tu palabra”.

24 de septiembre de 2019

María, Madre nuestra



MARÍA, MADRE NUESTRA

Acudamos a la que es su esposa, su madre, su perfecta esclava. Todo esto es María.

Pero, ¿qué haremos en su presencia? ¿Qué presentes le ofreceremos? ¡Ojalá pudiéramos, por lo menos, devolverle lo que le debemos en justicia! Le debemos honor, servicio, amor, alabanza. Le debemos honor, porque es madre de nuestro Señor. Pues el que no honra a la madre, sin duda deshonra al hijo. Y la Escritura dice: Honra a tu padre y a tu madre.

¿Qué más diremos, hermanos? ¿No es ella nuestra madre? Ciertamente, hermanos, es realmente madre nuestra, ya que por ella hemos nacido, no para el mundo, sino para Dios.

Nos hallábamos todos, como creéis y sabéis, en la muerte, en la caducidad, en las tinieblas, en la miseria. En la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en la caducidad, porque estábamos sometidos a la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y así estábamos totalmente perdidos.

Mas, por María, hemos nacido mucho mejor que por Eva, por el hecho de haber nacido de ella Cristo. En vez de la caducidad hemos recobrado la novedad, en vez de la corrupción la incorrupción, en vez de las tinieblas la luz.

Ella es madre nuestra, madre de nuestra vida, de nuestra incorrupción, de nuestra luz. Dice el Apóstol, refiriéndose a nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.

Ella, pues, por ser madre de Cristo, es madre de nuestra sabiduría, de nuestra justicia, de nuestra santificación, de nuestra redención. Por ello es más madre nuestra que la misma madre carnal, ya que nuestro nacimiento de ella es superior; de ella, en efecto, procede nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Dice la Escritura: Alabad a Dios por sus santos. Si hemos de alabar a nuestro Señor por sus santos, a través de los cuales realiza portentos y milagros, ¡cuánto más no hemos de alabarlo por aquella en la cual se hizo a sí mismo aquel que es admirable sobre todo lo admirable!


De los Sermones del beato Elredo, abad
(Sermón 20, En la Natividad de la Virgen María: PL 195, 322-324)

15 de agosto de 2018

Demos gracias a Dios por María

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DEMOS GRACIAS A DIOS POR MARÍA

Por José María Martín OSA

1.- La condición de María es también nuestra condición. El misterio de la Asunción que celebramos hoy orienta nuestro pensamiento hacia una obra maestra de Dios en la humanidad: "una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas". María, en quien es glorificada la condición humana Esta mujer es María, la humilde esclava, la silenciosa, aquella que guarda en su corazón la Palabra de Dios. María, la fiel, aquella que creyó desde la Anunciación hasta el Nacimiento, desde el Templo hasta la Cruz. Misterio del amor, poder de la fe, fuerza de la esperanza. En María, toda la condición femenina -mejor dicho, toda la condición humana- es glorificada por Cristo resucitado: él arranca a su madre del pecado, la conduce por el camino estrecho de la fe hasta la Cruz, la ensalza haciéndola superar la muerte. Ella vive para siempre en la gloria de Dios. ¡Nosotros creemos que la condición de María, por anticipación, es también nuestra propia condición definitiva si somos capaces de llenarnos de su mismo amor! Esta mujer, María, es virgen, es madre, es esposa.

2.- María es virgen y madre. "María, siempre virgen", afirma nuestra fe. Se trata de una integridad física, ciertamente, pero más todavía de una total y perpetua disponibilidad, de capacidad infinita de donación. Tan sólo el amor exige y da sentido a la virginidad. En el corazón absolutamente libre, en el corazón enteramente disponible, Dios halla un lugar, y -en el caso de María- se encarna. Quizá actualmente no está de moda hacer elogios de la virginidad. Pero hoy no podemos dejar de recordar la fe viva de la Iglesia desde hace 2.000 años, una fe que suscita vírgenes consagradas a Dios para que él pueda llenar más plenamente con su amor a los que son capaces de abrírsele totalmente como María. Por la acción misteriosa de Dios, María, la virgen, también es madre. Madre de Dios. Corporalmente concibe y da a luz a Jesús, el Hijo de Dios, el Hombre único. Antes de engendrar, ha concebido en su corazón, porque, por encima de la maternidad corporal está la receptividad de la fe: "Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", dirá un día Jesús. Dado que es consecuencia del amor más grande, la maternidad de María se extiende a toda la humanidad. Así lo expresa Jesús en la cruz: "He aquí a tu medre". Hija de nuestra raza humana, preparada con larga antelación por los "pobres de Israel" para los que sólo Dios basta, María es la madre de todos los que su Hijo reúne después de haberlos arrancado a la muerte. El Dios que "se ha acordado de la misericordia en favor de Abrahán y su descendencia por siempre" nos da a María como madre y como garantía de nuestra propia exaltación. ¡Démosle, ahora, gracias!

3.- María se fía de Dios. A pesar de las evidencias en contra, María se ha fiado de Dios. El ángel había dado a María una señal de credibilidad. María, que había aceptado la señal, va al encuentro de la protagonista de esa señal. Este encuentro es ocasión para que Isabel le haga saber a María que no se ha fiado de Dios en balde. Este descubrimiento hace que María prorrumpa en un poema de alabanza al Dios que cumple su palabra y de quien vale la pena fiarse. Fiarse de Dios no es baldío. Fiarse de Dios, aun cuando las evidencias empíricas parezcan invitar a lo contrario; esto es lo que el autor quiere inculcar con esta joya del arte de narrar. Es la reacción entusiasmada de la persona que ha experimentado cómo Dios cumple su palabra. Y desde su experiencia concreta, María descubre alborozada que el cumplimiento de la palabra por parte de Dios está a la base de la existencia misma del pueblo. María: una persona para quien Dios es alguien con sentido, para quien el ordenamiento de Dios es una realidad. Y rompe en gritos entusiasmados de acción de gracias hacia quien hace posible la maravilla de un mundo diferente.

1 de enero de 2018

SANTA MARÍA ES MADRE Y DISCÍPULA DEL NIÑO DIOS


SANTA MARÍA ES MADRE Y DISCÍPULA DEL NIÑO DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Comenzamos este primer día del año 2018 celebrando tres fiestas en una. La primera, como no podía ser de otra manera, es la que nos señala la liturgia religiosa de este día: la fiesta de Santa María, Madre de Dios. San Lucas, en su evangelio de hoy, nos presenta a María y a José junto al niño recostado en un pesebre. María está asombrada y admirada ante lo que le dicen los pastores y guarda celosamente en su corazón sus pensamientos y sus emociones. María se da cuenta de que ha dado a luz un niño en el que se ha encarnado el mismo Verbo de Dios. Es madre y discípula, al mismo tiempo, del Dios encarnado en su hijo. Por ser madre de Jesús, el Salvador y hermano de los hombres, va a ser también madre nuestra y madre de la Iglesia. Por ser discípula, va a tratar siempre de cumplir la voluntad de su Señor y Maestro. Tantos y tan grandes privilegios y obligaciones no llenan de soberbia el alma de María, sino que la sumergen en una actitud contemplativa de profundo agradecimiento y unión con Dios. Así quiere María que seamos sus hijos, los que desde este momento hemos pasado a ser hijos de Dios por adopción, como nos recuerda el apóstol San Pablo, en su carta a los Gálatas. Así querrá María que sea la Iglesia, una Iglesia humilde, comprometida, y llena del Espíritu de su Hijo. Pidamos hoy a Santa María, Madre de Dios, que nos ayude a nosotros a ser buenos hijos suyos y fieles discípulos de su Hijo.

2.- Fiesta de Año Nuevo. La segunda fiesta que hoy celebramos es la fiesta del Año Nuevo. Es una fiesta civil, pero, probablemente, es la fiesta más extendida y más celebrada en la sociedad en la que vivimos. En nuestras felicitaciones navideñas, escribimos siempre: ¡Feliz Navidad!, y, a continuación, solemos añadir: ¡Próspero Año Nuevo! Lo de “próspero” este año habrá que desearlo con un poco más de intensidad. En cualquier caso, a partir de la medianoche, antes aún ya  de que amanezca el nuevo día del año nuevo, nos dirigimos a cualquier persona con la que nos encontramos, diciéndole: ¡Feliz año! El día de “año nuevo” es un día lleno de felicitaciones, abrazos y besos, sin distinción de credos y creencias. Esto es bueno, bonito y barato y los cristianos debemos ser los primeros en celebrar el nacimiento de este nuevo año con alegría, dándole gracias a Dios por la vida que nos concede año tras año. ¡Año nuevo, vida nueva!, decimos también. Pues, a ver si es verdad y comenzamos el año con el fuerte y sincero propósito de que este año sea nuevo, mejor que el anterior, en pensamientos, palabras y obras.

3.- También hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz. El mensaje del Papa Francisco para esta jornada tiene el siguiente lema "Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz. ¡Qué bien tan preciado y, por desgracia, tan imposible de conseguir es la paz! La paz personal, la paz familiar, la paz nacional, la paz mundial. La paz es un bien que nosotros solos no podemos conseguirla; tenemos que pedírsela a Dios todos los días, con insistencia. Para conseguir la paz, cada uno de nosotros, todos, debemos poner mucha humildad, mucho amor y mucha justicia. Con humildad y amor se pueden solucionar muchas dificultades, desavenencias, y malentendidos. El Papa nos dice en este mensaje que “tratemos de sensibilizar y formar el sentido de responsabilidad respecto a las gravísimas cuestiones que afligen a la familia humana, como el fundamentalismo y sus masacres, las persecuciones a causa de la fe y de la pertenencia étnica, las violaciones de la libertad y de los derechos de los pueblos, el abuso y la esclavitud de las personas, la corrupción y el crimen organizado, las guerras que causan el drama de los refugiados y de los emigrantes forzados”. Y, en fin, por nuestra parte, a todas las personas que, de una manera u otra, participan en Betania, les deseamos mucha paz para este año que comienza y les decimos: ¡PRÓSPERO AÑO 2018!

8 de diciembre de 2017

¡Oh Virgen, por cuya bendición queda bendecida toda la naturaleza!



¡OH VIRGEN, POR CUYA BENDICIÓN QUEDA BENDECIDA TODA LA NATURALEZA!

El cielo, los astros, la tierra, los ríos, el día, la noche, y todo lo que se halla sometido al poder y al servicio del hombre, se congratulan, Señora, porque, habiendo perdido su antigua nobleza, ahora han sido en cierto modo resucitados por ti y dotados de una gracia nueva e inefable.

Porque todas estas cosas estaban como muertas, al haber perdido su congénita dignidad de servir al dominio y utilidad de los que alaban a Dios, que para eso habían sido creadas; estaban oprimidas y afeadas por el abuso de los que servían a los ídolos, para los cuales no habían sido creadas. Ahora se alegran como si hubieran vuelto a la vida, porque ya vuelven a estar sometidas al dominio de los que confiesan a Dios, y embellecidas por su uso natural.

Es como si hubiesen saltado de alegría por esta gracia nueva e inapreciable, al sentir que el mismo Dios, su mismo creador, no sólo reinaba sobre ellas de un modo invisible, sino que incluso lo vieron en medio de ellas, santificándolas visiblemente con su uso. Estos bienes tan grandes provinieron a través del fruto bendito del vientre sagrado de la Virgen María.

Por tu plenitud de gracia, lo que estaba en el país de los muertos se alegra al sentirse liberado, y lo que está por encima del mundo se alegra al sentirse restaurado.
En efecto, por el glorioso Hijo de tu gloriosa virginidad, todos los justos que murieron antes de la muerte vivificante de Cristo se alegran al verse libres de su cautividad, y los ángeles se congratulan por la restauración de su ciudad medio en ruinas.

¡Oh mujer llena y rebosante de gracia, con la redundancia de cuya plenitud rocías y haces reverdecer toda la creación! ¡Oh Virgen bendita y desbordante de bendiciones, por cuya bendición queda bendecida toda la naturaleza, no sólo la creatura por el Creador, sino también el Creador por la creatura!

Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo dio a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María. Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María. Dios lo creó todo, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y de este modo rehizo todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María.

Dios, por tanto, es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. Dios es padre de toda la creación, María es madre de la universal restauración. Porque Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho, y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada en absoluto existiría, y María dio a luz a aquel sin el cual nada sería bueno.

En verdad el Señor está contigo, ya que él ha hecho que toda la naturaleza estuviera en tan gran deuda contigo y con él.

De las Oraciones de san Anselmo, obispo
(Oración 52: PL 158, 955-956)

22 de agosto de 2017

Reina del mundo y de la paz


REINA DEL MUNDO Y DE LA PAZ 

Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor. 

Así pues, durante su vida mortal gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su reina, éstos a su señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra creatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la madre del Señor lo que deseaban. 

Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la esposa, madre del esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir.


De las Homilías de san Amadeo de Lausana, obispo
(Homilía 7: SC 72, 188. 190. 192. 200)

15 de agosto de 2017

Servicial y disponible



SERVICIAL Y DISPONIBLE

Por José María Martín OSA

1.- Nos ha sido dada como "madre". María está muy cerca de nosotros. Celebramos hoy que María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

2.- María corresponde al amor de Dios. María entregó su propia persona. Su amor es confiado y generoso. Su respuesta afirmativa arranca de un amor muy grande a Dios. Nace de alguien que se ha despojado de sí misma y pone toda su voluntad en Dios para servir a toda la humanidad. Pone toda su vida en manos de Dios de una manera incondicional. Acepta lo que pueda venir, porque sabe que Dios no puede fallar. Dios nos ama gratuitamente y María corresponde a su amor.

3.- Espíritu de servicio. María hace el bien porque vivía de la palabra de Dios. En el evangelio de hoy hemos escuchado el «Magníficat», esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo. Su fe es confiada, pero no ciega. Pone su confianza en la Palabra, para decir "hágase en mí según tu palabra". De su confianza nace su disponibilidad. El que se instala se encierra en sus "seguridades" y es incapaz de avanzar. En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a tener su disponibilidad y espíritu de servicio.

Tu cuerpo es santo y sobremanera glorioso



TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando sobre todo hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal: 

«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta.»

Otro antiquísimo escritor afirma:

«La gloriosa Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce.»

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

Y sobre todo hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria.»

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío doce 
(AAS 42 [1950], 760-762. 767-769) 

23 de diciembre de 2016

La mediación de María



La mediación de María


El siguiente punto de vista al que quisiera referirme es la doctrina de la mediación de María, que el Papa desarrolla muy ampliamente en su encíclica [Redemptoris Mater]. Sin duda, éste es el punto en el que se concentrarán más la discusión teológica y la ecuménica. Es verdad que ya el concilio Vaticano II mencionó también el título «mediadora» y habló de hecho de la mediación de María (LG 60 y 62), pero este tema nunca se había expuesto hasta ahora en documentos magisteriales de forma tan amplia. La encíclica no va de hecho más allá del Concilio, cuya terminología hace suya. Pero ahonda los planteamientos de éste y les da con ello nuevo peso para la teología y la piedad.

Ante todo quisiera aclarar brevemente los conceptos con los que el Papa delimita teológicamente la idea de la mediación y previene contra malentendidos; sólo entonces se podrá comprender también convenientemente su intención positiva. El Santo Padre subraya con mucha insistencia la mediación de Jesucristo, pero esta unicidad no es exclusiva, sino inclusiva, es decir, posibilita formas de participación. Dicho de otro modo: la unicidad de Cristo no borra el «ser para los demás» y «con los demás de los hombres ante Dios»; en la comunión con Jesucristo, todos ellos pueden ser, de múltiples maneras, mediadores de Dios unos para otros. Éstos son hechos simples de nuestra experiencia cotidiana, pues nadie cree solo, todos vivimos, también en nuestra fe, de mediaciones humanas. Ninguna de ellas bastaría por sí misma para tender el puente hasta Dios, porque ningún ser humano puede asumir por su cuenta una garantía absoluta de la existencia de Dios y de su cercanía. Pero, en la comunión con aquel que es en persona dicha cercanía, los hombres pueden ser mediadores los unos para los otros, y de hecho lo son.

Con ello, primeramente, la posibilidad y frontera de la mediación queda delimitada de forma universal en la coordinación con Cristo. A partir de allí desarrolla el Papa su terminología. La mediación de María se funda sobre la participación en la función mediadora de Cristo; comparada con ésta, es un servicio en subordinación (n°. 38). Estos conceptos están tomados del Concilio, lo mismo que la siguiente frase: esta tarea fluye «de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende completamente de ella y de ella toma toda su eficacia» (n° 22; LG 60). La mediación de María se realiza, por consiguiente, en forma de intercesión (n° 21).

Todo lo dicho hasta aquí vale para María lo mismo que para toda colaboración humana en la mediación de Cristo. En todo ello, por tanto, la mediación de María no se diferencia de la de otros seres humanos. Pero el Papa no se queda allí. Aun cuando la mediación de María está en la línea de la colaboración creatural con la obra del redentor, es portadora, no obstante, del carácter de lo «extraordinario»; llega de manera singular más allá de la forma de mediación fundamentalmente posible para todo ser humano en la comunión de los santos. La encíclica desarrolla también esta idea en estrecha conexión con el texto bíblico.

El Papa pone de manifiesto una primera noción de la especial forma de mediación de María en una detenida meditación del milagro de Caná, en el que la intervención de María hace que Cristo anticipe ya entonces en el signo su hora futura -como sucede continuamente en los signos de la Iglesia, en sus sacramentos-. La verdadera elaboración conceptual de lo especial de la mediación mariana tiene lugar después, principalmente en la tercera parte, de nuevo con una vinculación sublime de diferentes pasajes de la Escritura que en apariencia distan mucho entre sí, pero que precisamente juntos -¡la unidad de la Biblia!- generan una sorprendente luminosidad. La tesis fundamental del Papa dice así: el carácter único de la mediación de María estriba en que es una mediación materna, ordenada al nacimiento continuo de Cristo en el mundo. Esa mediación mantiene presente en el acontecer salvífico la dimensión femenina, que tiene en ella su centro permanente. Desde luego, no queda espacio alguno para eso allí donde la Iglesia sólo se entiende institucionalmente, en forma de actividades y decisiones mayoritarias. Ante esta ostensible sociologización del concepto de Iglesia, el Papa recuerda unas palabras de Pablo demasiado poco meditadas: «por (vosotros) sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4,19). La vida surge, no por el hacer, sino dando a luz, y exige, por tanto, dolores de parto. La «conciencia materna de la Iglesia primitiva», a la que el Papa hace referencia aquí, nos interesa precisamente hoy (n° 43).

Ahora bien, desde luego se puede preguntar: ¿cómo es que debemos ver esta dimensión femenina y materna de la Iglesia concretada para siempre en María? La encíclica desarrolla su respuesta con un pasaje de la Escritura que a primera vista parece decididamente contrario a toda veneración de María. A la mujer desconocida que, entusiasmada por la predicación de Jesús, había prorrumpido en una alabanza del cuerpo del que había nacido aquel hombre, el Señor le opone estas palabras: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Con ellas conecta el Santo Padre una palabra del Señor que va en la misma dirección: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8,20s.).

Sólo en apariencia nos encontramos aquí ante una declaración anti-mariana. En realidad, estos textos declaran dos nociones muy importantes. La primera es que, además del nacimiento físico único de Cristo, hay otra dimensión de la maternidad que puede y debe continuar. La segunda noción es que esta maternidad, que permite nacer continuamente a Cristo, se basa en la escucha, guarda y cumplimiento de la palabra de Jesús. Pero ahora bien, precisamente Lucas, de cuyo evangelio están tomados estos dos pasajes, caracteriza a María como la oyente arquetípica de la Palabra, la que lleva en sí la Palabra, la guarda y la hace madurar. Esto significa que, al transmitir estas palabras del Señor, Lucas no niega la veneración de María, sino que quiere conducirla precisamente a su verdadero fundamento. Indica que la maternidad de María no es sólo un acontecimiento biológico único; que, por tanto, ella fue, es y seguirá siendo madre con toda su persona. En Pentecostés, en el momento en que la Iglesia nace del Espíritu Santo, esto se hace concreto: María está en medio de la comunidad orante que, mediante la venida del Espíritu, se convierte en Iglesia. La correspondencia entre la encarnación de Jesús en Nazaret por la fuerza del Espíritu y el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés no se puede pasar por alto. «La persona que une ambos momentos es María» (n° 24). En esta escena de Pentecostés, quisiera ver el Papa la imagen de nuestro tiempo, la imagen del año mariano, el signo de esperanza para nuestra hora (nº 33).

Lo que Lucas hace visible con alusiones entretejidas, el Santo Padre lo encuentra plenamente explicado en el evangelio de Juan: en las palabras del Crucificado a su madre y a Juan, el discípulo amado. Las palabras «Ahí tienes a tu madre» y «Mujer, ahí tienes a tu hijo» han fecundado desde siempre la reflexión de los intérpretes sobre el cometido especial de María en la Iglesia y para la Iglesia; con razón son el centro de toda meditación mariológica. El Santo Padre las entiende como el testamento de Cristo pronunciado desde la cruz. Allí, en el interior del misterio pascual, María es entregada al ser humano como madre. Aparece una nueva maternidad de María que es fruto del nuevo amor madurado a los pies de la cruz (n°. 23). Queda así visible la «dimensión mariana en la vida de los discípulos de Cristo... no sólo de Juan... sino de todo discípulo de Cristo, de todo cristiano». «La maternidad de María, que se convierte en la herencia del hombre, es un regalo que Cristo hace personalmente a cada ser humano» (n°. 45).

El Santo Padre da aquí una explicación muy sutil de la palabra con la que el evangelio cierra la escena: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,27). Ésta es la traducción a la que estamos habituados; pero la profundidad del acontecimiento -así lo acentúa el Papa- sólo se pone de manifiesto cuando traducimos de forma totalmente literal. Entonces el texto dice, en realidad: él la acogió dentro de lo suyo. Para el Santo Padre, esto significa una relación absolutamente personal entre el discípulo -todo discípulo- y María, un dejar entrar a María hasta lo más íntimo de la propia vida intelectual y espiritual, un entregarse a su existencia femenina y materna, un confiarse recíproco que se convierte continuamente en camino para el nacimiento de Cristo, que realiza en el hombre la configuración con Cristo. Así, no obstante, el cometido mariano arroja luz sobre la figura de la mujer en general, sobre la dimensión de lo femenino y el cometido especial de la mujer en la Iglesia (nº 46).

Con este pasaje se agrupan en adelante todos los textos de la Escritura que se entretejen en la encíclica hasta formar un tejido unitario. Pues el evangelista Juan, tanto en el episodio de Caná, como en el relato de la cruz, llama a María, no por su nombre, ni «madre», sino con el título «mujer». La conexión con Gn 3 y Ap 12, con el signo de la «mujer», queda así establecida desde el texto, y, sin duda, en Juan tras esta denominación está la intención de elevar a María, como «la mujer» en general, al plano de lo universalmente válido y de lo simbólico (13). El relato de la crucifixión se convierte así simultáneamente en interpretación de la Historia, en la referencia al signo de la mujer que, de forma materna, toma parte en la lucha contra los poderes de la negación y en este punto es signo de la esperanza (n° 24 y n° 47). Todo lo que se sigue de estos textos, la encíclica lo resume en una frase del credo de Pablo VI: «Creemos que la santísima Madre de Dios, la nueva Eva, Madre de la Iglesia, prolonga en el cielo su tarea materna en favor de los miembros de Cristo, cooperando en el nacimiento y fomento de la vida divina en las almas de los redimidos» (nº 47).

Cardenal Joseph Ratzinger
María, Iglesia naciente
Ed. Encuentro, Madrid 1999, pp. 39-44