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9 de septiembre de 2023
8 de diciembre de 2022
16 de abril de 2022
Acompañar a María
Hoy, propiamente, no hay “evangelio” para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio en mayúscula (la Buena Nueva), porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva.
Hoy, la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su Pasión y su Muerte. No celebramos la Eucaristía hasta que haya terminado el día, hasta mañana, que comenzará con la Solemne Vigilia de la resurrección. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la Reserva Eucarística en el sagrario. Hay sólo el recuerdo y el signo de su “amor hasta el extremo”, la Santa Cruz que adoramos devotamente.
Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Es también la tristeza de la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la Luz y la Vida.
Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de Laudes: «Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (cf. Flp 2,8-9).
Hoy, el fiel cristiano escucha la Homilía Antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura: «Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo».
Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la Resurrección y para celebrar y proclamar —cuando se acabe este día triste— con la otra madre, la Santa Iglesia: ¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado! (cf. Mt 28,6).
25 de marzo de 2022
La Anunciación del Señor 25 de Marzo
La Anunciación del Señor 25 de Marzo
¿Cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel? ¿Cómo fue aquella aurora resplandeciente para los hombres? ¿Cómo vino el sol tan callandito y se hizo de día sin que los hombres lo supieran? ¿Cómo fue Gabriel?
¿Imagináis? Es verdad que en los pintores del Renacimiento, como en el veneciano Pennacchi, vemos a María reclinada sobre silla de oro, vestida de seda y de brocado, en estancia lujosa a cuyo fondo se desvanece una perspectiva urbana de pináculo y perros fugitivos. Gabriel, en estos cuadros, despliega la gloria de sus alas, llenando la estancia mientras están frescas las azucenas del búcaro, que —como en casi todas las catedrales españolas—, son el símbolo de la pureza de María y el recuerdo cristiano de este momento. Gabriel abre su mensaje, sobre la filacteria, donde caracteres aún góticos dejan ante nuestros ojos las palabras mágicas: "Ave María, gratia plena...".
Pero ¿fue así de veras? Lástima que la ley mosaica prohibiese pintar y esculpir imágenes, lo que ha hecho imposible la existencia de una iconografía contemporánea de nuestra Madre. ¡Si ni siquiera tenemos el rostro de María! En las catacumbas de Priscila, de principios del siglo II, está la más antigua imagen de María. Pero en tal estado que apenas si se advierte la figura de María sentada, con el Niño en brazos, morena la piel, las líneas suaves y las cejas pobladas.
En las mismas catacumbas está también la primitiva representación del gran momento. Y censurada por San Juan Crisóstomo, a quien no gustaba que el ángel fuese sustituido por un joven, porque tal restaba sobrenaturalidad a la escena. Un curioso libro del padre Interiam de Ayala, publicado en 1730, señala otros errores, como el herético de Valentino, en el que un cuerpecillo baja al seno de María en el raudal de luz celeste, y critica los fondos de palacios suntuosos, las vestiduras sacerdotales o la avanzada edad del ángel, así como la falta de equilibrio religioso o de dignidades en la escena.
Buscad, si queréis, en la historia de la pintura, de la escultura, de la miniatura... En los museos de antiguas ropas sacras y en las colecciones de miniaturas. En todo tiempo, y sobre todo durante el gótico y el románico, la Anunciación es el tema más querido de los artistas. Desde las grutas de Brudisi, del siglo XII, hasta hoy. Llenando el cántaro en la fuente, como en el díptico de Bugatti, o con anteojos y rezando el rosario, que pone a la Señora un pintor andaluz. En las planas y devotas pinturas del Giotto y Fra Angélico, de fray Lippi, de Cosa, de Ferrer Bassa, de Van Eyck...
Pero más nos gustan esas devotas y simples Anunciaciones que en los retablos levantinos anónimos, en los pórticos de las catedrales, en los remates de las columnas de los claustros, reviven la gran escena con la simplicidad admirable de una devoción fervorosa.
Pero... ¿cómo fue María? ¿Cómo fue Gabriel?
Bien sabemos que no había reclinatorios de oro, sino esterillas para el suelo, el suelo de tierra apisonada, endurecida, si acaso con algunas losas de piedra. Bien sabemos que no había estancias lujosas, sino una habitación interna, sin luz, o acaso el patio interior de la casa de Moría, con un brocal para el pozo, una parra para el sol y un poyo de piedra para el cansancio. Bien sabemos que no había perspectiva de pináculos y torres, ni senderos floridos de setos, sino, en todo caso, la sencilla visión de una callecita aldeana, con gallinas picoteando al sol, balidos lejanos, niños jugando en la tierra, el paso alegre de unas muchachas o el cansino y lento caminar de unos bueyes camino de la fuente comunal.
"El ángel entró a donde ella estaba...".
Sí. María estaba en su estancia, seguramente ese cuartito escaso de luz donde resplandecería misteriosamente la figura de Gabriel, correo de Dios. Como varón, igual que se presentó a Daniel en Babilonia. Su luz, sin duda, hizo ver a María, junto a las palabras, que aquél era un enviado de lo Alto.
María tenía su corazón lleno de la esperanza del Mesías. Había decidido consagrarse a la oración. Dar a Dios su virginidad total a cambio de que Yahveh apresurase el envío del que habría de redimir a los hombres. ¡Los hombres! ¡Qué triste y larga historia de caídas, de cobardías, de suciedad, de blasfemias, de idolatría, de pecado, de lodo, de pobre miseria humana! Desde el día triste en que Adán y Eva pierden el favor del Creador, los hombres esperan que una mujer quebrante la cabeza de la serpiente. Los profetas han ido trayendo retazos de esperanza. Han indicado dónde nacerá y de quién, de qué familia, y cómo ha de morir, y cómo han de jugarse los hombres sus vestidos. La esperanza del mundo ha ido haciéndose más intensa, más dolorosa, a medida que los hombres mismos han ido cayendo cada vez más abajo por el camino abrupto de las cobardías y las traiciones a la Ley.
Sobre este mundo corrupto, en cada generación un puñado de hombres buenos montan la guardia de la esperanza. Muchos morirán sin ver el gran día. Pocos podrán tener la suerte de Simeón, a quien el Espíritu ha revelado que no morirá antes de haber visto al Ungido del Señor. Pero la esperanza se ha conservado intacta, de corazón en corazón, como en relevos, hasta llegar a este día. La Doncella piensa en los libros, medita los salmos de su antecesor, el profeta y rey David, madura su corazón en lenta espera. María no espera al Salvador como a caudillo político, a cabeza de rebelión contra Roma. No ve en él, simplemente, un mejorador de la existencia humana del pueblo elegido. Sabe que esta salvación ha de ser total, definitiva, eterna. Zacarías, Ana la profetisa, Simeón, han tenido indicaciones de que el tiempo está ya cercano. Y María, que nace limpia de pecado, elegida ya desde siempre por la voluntad del Padre, está siendo cultivada por Dios mismo en esta ansia de ser mediadora, de ser holocausto, de ser tierra madre donde la semilla de Dios ha de germinar, para que crezca Jesús-Arbol, a cuya sombra el mundo tendrá sentido y la Redención pesará sobre sus secas ramas en forma de cruz. Dios mismo es quien hace nacer en el corazón de María la decisión de consagrarse. De ser santa, tabernáculo, primera custodia que mostrará a los hombres la redondez blanca de Cristo.
¿Imagináis, pues, con qué mesurada ansiedad estaría María dispuesta para algún desconocido signo que le mostrase, al fin, la voluntad de Yahveh? ¡Cómo sería remanso, para que en aguas plácidas se reflejase complacido el rostro del Padre! ¡Cómo sería silencio, para que la voz esperada resonase claramente! ¡Cómo sería "sí" para ayudar al Padre en la gran redención de los hombres!
María, llena de suspiros.
Pero un rosal necesita apoyo. Necesita muro que le guarde de los vientos, de la cellisca y de la nieve. Hacía falta el muro. Hacía falta José. María y José se desposan. José será la sombra ancha y fuerte que necesitarán María y Jesús. Ambos, José y María, han decidido vivir juntos su vida de virginidad. Dice Williams que "la vida oculta de Jesús influía ya de antemano en María y José". Y así, tras la apariencia ordinaria de unos desposorios vulgares, se escondía nada menos que la preparación del hogar de Jesús,
Es en este momento —sexto mes tras la noticia de la concepción de Isabel— cuando Gabriel es enviado por el Señor "a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una Virgen que estaba desposada con un varón llamado José, de la casa de David". Es ahora cuando María está en su cuarto, recogida en silencio y soledad, como un álamo suspirante de pájaros. Y Gabriel, hecho ascua de luz, delante de la doncella, da sus palabras de fuego y de sonrisa.
¿Cómo fue, María? ¿Cómo fue, Gabriel?
Vendría el ángel vestido de impaciencia. Traía, como flechas en aljaba, las palabras de Dios que disparar al corazón esperante de María. Vendría vestido de prisa y con el vestido rojo del amor. Con la sonrisa misma del Padre: "ve a Ella y sonríele de esta manera." ¿Verdad que podemos pensar, enamoradamente, en cómo el Padre instruiría a Gabriel, en cómo le enseñaría a decir las tremendas palabras del saludo, de la felicitación, de la promesa y de la responsabilidad?
"¡Salve, llena de gracia, el Señor está contigo!"
Tú ya sabes, María, que eres llena de gracia. Es el tuyo, Señora, un conocimiento exacto, rotundo, sin pizca de vanidad humana, con plena conciencia de lo que eres. Tú ya sabes que el Señor está contigo, porque seguro que has venido sintiendo estos años su presencia, porque de algún modo Él tiene que haber estado en contacto contigo, aunque sólo sea convirtiendo tu oración en misterioso diálogo. Tú ya sabes que eres la única criatura a quien Dios pueda saludar así, porque, desde Adán, ningún ser humano ha estado lleno de gracia y ha poseído al Señor comoTú.
"Ella se turbó por tal lenguaje y consideraba qué podía significar aquel saludo..."
No era, no, un susto de los sentidos. Era ya el presentimiento del gran momento. María se sabe de Dios, pero ¿qué es lo que habrá de exigirla? ¿Cuál será su voluntad? Ni aun María, criatura del Padre desde su concepción sin pecado, es capaz de imaginar los planes de Dios. Por esto se turba María; esta es la dirección del "consideraba". Pensar en qué manera, Señora, vas a ser utilizada para la Redención, es algo, sin duda, esperado y, sin embargo, capaz de turbar incluso esta alma tuya, que no ha de sentir nunca las oleadas de los hombres. Pero he aquí que ya está el Padre previniendo con exquisito, con delicado amor, el pasmo de María:
"No temas, porque has hallado gracia delante de Dios."
No temas, Señora. ¿Recuerdas ahora las palabras de Isaías?
"El pueblo que andaba entre tinieblas y sombras de muerte ve una luz potente. A los que moraban en el país de oscuridades de muerte les brilla una luz. Tú multiplicas el pueblo y aumentas su alegría... Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío..."
María, absorta, tiene ya su corazón en calma. Sabe que es Yahveh mismo quien habla por boca del ángel, y que sus palabras están anunciando su destino, están diciéndole lo que se espera de Ella. Aún antes de que el ángel termine de hablar, María está diciendo que "si" con los ritmos de su corazón. Pero Gabriel sigue:
"Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin."
Este es el momento, el gran momento por el que han suspirado los siglos. Las profecías ya tienen sentido y las Palabras empiezan a encajar en sus sitios como ladrillos de un muro. La esperanza misma tiene nombre. Se llama Jesús y viene por los caminos de María, doncella de Nazareth.
Fuera de esta estancia, ya comprendéis, todo sigue igual. Las gallinas siguen picoteando al sol, jugando los niños en los charquitos de la calle, lejanos los hombres negados al misterio, encerrados, bobos ellos, en su prisa, su olvido, su risa y su ignorancia. No ha pasado nada fuera de esta estancia. No ha habido lluvia de estrellas, ni se ha incendiado una zarza, ni el sol ha girado en sí mismo, ni se ha eclipsado la luz. Los hombres, bobos ellos, no saben que la Luz ha venido a este mundo. Que la Luz está ya en este mundo, aunque este mundo no la conocerá sino demasiado tarde para advertirla en sí misma.
Pero aún María querrá allanar los caminos. Y pregunta a Yahveh mismo, a través de Gabriel, con la sencilla admiración de su pureza:
—¿Cómo se efectuará esto, pues yo no conozco varón?"
—"El Espíritu Santo descenderá sobre ti —dice el ángel, explicando lección de teología, aunque casi no hace falta— y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en edad avanzada, y éste es ya el mes sexto para ella, que es considerada como estéril. Porque para Dios no hay imposibles."
María quiere saber. Saber cómo vendrá a Ella este Hijo misterioso. No es duda del poder omnímodo de Yahveh. Es el deseo, como dice algún comentarista, "de instrucción más precisa".
Y entonces María dice su palabra. Para los tiempos de los tiempos, esta será "la palabra" de María. Esta será la palabra que simbolice la aceptación gozosa de la voluntad de Dios: "Hágase." Es el "sí" de la Señora, el "sí" que el mundo espera anhelosamente en medio de su desconocimiento. Los justos que esperan resurrección al paraíso, los hombres de las generaciones precedentes, contienen un momento el aliento para escuchar la voz sencilla y cálida de María, la voz que va a allanar de veras los caminos de Dios:
—"¡He aquí la esclava del Señor! ¡Hágase en mí según tu palabra"
A la gozosa hora del mediodía, cuando huele a pan caliente y horneado, cuando los niños gritan a la salida de los colegios; cuando los bronces de los relojes dan la letanía de las horas; cuando el sol está más arriba, millones de hombres, a lo largo de los siglos, van a repetir en la emocionante plegaria del Angelus las palabras de María. Dios mismo no ha querido forzar las cosas. ¿No ven los fatalistas, los deterministas, los que pretenden negar la libertad humana, que Dios mismo necesita el "sí" del hombre para hacer su obra sin violentarle? ¿No ve el gran respeto del Padre por sus criaturas, cuando hasta su enviado espera la aceptación de esa muchacha de Nazareth para redimir al mundo? En aquel momento, María, con su "hágase", se abre como camino para que las cosas tengan sentido. Para que el hombre pueda reconciliarse con la herencia perdida y la historia se parta en dos.
"Hágase". La misteriosa palabra de María en la Anunciación.
JOSÉ MARÍA PÉREZ LOZANO
11 de febrero de 2021
LA APARICIÓN DE LA VIRGEN EN LOURDES 11 de febrero
LA APARICIÓN DE LA VIRGEN EN LOURDES 11 de febrero
En 1858 Lourdes era un pueblecito desconocido, de unas cuatro mil almas. Simple capital de partido judicial, tenía su juzgado de paz, su tribunal correccional y hasta un pequeño destacamento de gendarmería. Esto y un mercado bastante concurrido era lo único que le daba un poco de superioridad sobre los demás pueblecillos de los alrededores, perdidos, como él, en las estribaciones de los Pirineos.
Poco tiempo antes, un célebre escritor, Taine, garabateó en su cuaderno de viaje esta apresurada nota: "Cerca de Lourdes, las colinas se vuelven rasas y el paisaje se entristece. Lourdes no es más que un amasijo de tejados sucios, de una melancolía plúmbea, amontonados junto al camino". Fue injusto. Hoy admiramos en Lourdes algo que no ha podido cambiar desde entonces; la belleza de su paisaje. El jugoso verde de las orillas del Gave, las perspectivas maravillosas de los Pirineos nevados, la airosa construcción del castillo dominando toda la villa... y hasta las callejuelas, empinadas algunas de ellas, no exentas de una cierta gracia pirenáica.
Si el paisaje no ha cambiado, la población en cambio se ha transformado por completo. El pueblecillo, entonces ignorado, es hoy conocido en todo el mundo. Sin sombra de duda se puede asegurar que Lourdes es, de toda Europa, el punto por el que pasan un mayor número de personas. Es cierto que otros le superan en cuanto al arte de retenerlas mucho tiempo. El flujo y reflujo de Lourdes durante la época de las peregrinaciones no conoce descanso y es algo único e impresionante. De aquí el nacimiento de una nueva ciudad, la de los hoteles y las tiendas de recuerdos, que han venido a erigirse y casi a eclipsar a la antigua.
¿Qué ha ocurrido?
Algo increíble. Y, sobre todo, inesperado. Podemos conocerlo hasta en sus más insignificantes detalles. Una literatura inmensa, una legión de investigadores, una serie de procesos cuidadosamente elaborados, nos permiten hoy saber cómo era el Lourdes de 1858, cuántos habitantes tenía, en qué se ocupaban, qué actitud tomaron ante los acontecimientos, qué periódicos se leían, qué cartas escribieron. Recientes están los descubrimientos de documentación que han acabado de arrojar completa luz sobre todo lo relacionado con las apariciones. No creemos que haya habido acontecimiento histórico sobre el que se conserve una documentación contemporánea tan abundante y tan exhaustiva.
La historia la conoce todo el mundo. Había en Lourdes una pobre niña, analfabeta, que por su rudeza no había podido aprender el catecismo ni estaba aún en condiciones de hacer su primera comunión. Ni siquiera sabia hablar francés, y tenía que expresarse en el dialecto de la región. Era hija de padres pobrísimos, que atravesaban por aquellos días una situación de auténtica miseria. Pero, aunque pobre en las cosas materiales, era riquísima en las del espíritu, buena, humilde, caritativa, pura y, sobre todo, sincera. El testimonio de cuantos convivieron con ella a lo largo de su existencia es terminante sobre este punto: antes y después de las apariciones María Bernarda Soubirous, que así se llamaba la niña, había dicho siempre la verdad con la sinceridad más plena.
Un 11 de febrero, cuando ella llevaba escasamente quince días en Lourdes, a su regreso de Bartres, donde había estado haciendo de pastorcita, salió en busca de leña y de huesos, en compañía de una hermana suya y de una amiguita. Estaba en una pequeña isla, formada Por el Gave y el canal que en él desembocaba. Sus compañeras la habían dejado sola. Era el mediodía. Oyó un fragor como de tempestad, dirigió su vista hacia una concavidad que había en la roca por encima de ella, y la encontró ocupada por una jovencita de su misma estatura, de rostro angelical, vestida de blanco, ceñida por una banda azul, cubierta con un velo, que tenia un hermoso rosario entre las manos.
Había comenzado una serie de dieciocho apariciones que se sucederían durante los días siguientes, con algunos intervalos, hasta terminar el 16 de julio. Durante esa temporada, las autoridades estarían alerta, el pueblo dividido, el clero en un silencio total y más bien reticente. Sospechas, que humanamente podían considerarse fundadas, habrían de envolver a la niña. Era mucha la miseria que había en casa de los Soubirous para que se pudiera excluir la hipótesis de que acaso se estuviese buscando una solución a tan trágica coyuntura económica.
María Bernarda sufrió con paz celestial y sin inmutarse toda clase de pruebas. Ya sea el procurador imperial, ya el comisario de policía, ya el párroco, ya los visitantes..., a todos contestará con absoluta serenidad y paz, repitiendo exactamente las mismas expresiones. En vano los visitantes buscarán con habilidad la manera de sorprender su buena fe. Ella se mantendrá firme, dando testimonio de la verdad de lo que ha visto. Cuando los alrededores de la gruta estén rebosantes de público y la aparición no se produzca, ella dirá con toda sinceridad que nada ha visto. Cuando le amenacen para que calle, ella continuará diciendo siempre que ha sido verdad la aparición. Será testigo de la verdad, sin conocer un instante de vacilación, ni un desfallecimiento.
El párroco ha pedido una señal del cielo: quisiera que floreciese el rosal que está junto a la gruta. La aparición no ha querido que fuese así. Pero se va a producir un acontecimiento con el que nadie contaba. A lo largo de una aparición extraña, que decepciona al público, mientras Bernardita prueba unas hierbas no comestibles y araña la tierra, ésta se abre bajo sus dedos y brota una fuente. El público se marcha decepcionado. Hay críticas. Más de uno siente vacilar sus anteriores convicciones, favorables a la aparición. Y, sin embargo, aquel jueves, 25 de febrero, será decisivo en la historia de Lourdes. La fuente continuará brotando, para no secarse ya jamás. Muy pronto ese agua comienza a ser instrumento de maravillosas curaciones. Y el rumor de esas curaciones empezará a atraer las muchedumbres a Lourdes, que tampoco faltarán ya jamás.
La aparición ha dado a la niña un encargo concreto: decir al clero que han de edificar una capilla, y que se ha de ir allí en procesión. El cura de Lourdes se ha mostrado severo. No puede creer en semejante encargo, sin más ni más. Por otra parte, la aparición no ha dicho todavía su nombre. Es lo menos que puede exigírsele.
Y un día, el de la Anunciación, lo dice: "Yo soy la Inmaculada Concepción". La niña no sabe lo que significa aquello. Es más, las primeras veces que cuenta lo que ha ocurrido, pronuncia mal la palabra "Concepción", hasta que las hermanas del hospicio de Lourdes la corrigen y la enseñan a decirlo bien. No importa. Esta misma ignorancia suya será una de las pruebas de que no se trata de nada que haya sido fingido. Ahora ya se sabe quién se aparece: la Santísima Virgen, a quien poco tiempo antes el Papa ha declarado solemnemente libre del pecado original desde el mismo instante de su concepción.
La serie de apariciones se va a cerrar rápidamente. El 7 de abril, doce días después de la Anunciación, tiene lugar la decimoséptima aparición, y el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, la decimoctava. Bernardita no volverá a ver a la Santísima Virgen mientras esté en la tierra.
El demonio no podía contemplar lo que estaba sucediendo sin intentar algo por desacreditarlo. Ya en una de las primeras apariciones, exactamente en la cuarta, unos diabólicos aullidos fueron apagados instantáneamente por una mirada severa de la Santísima Virgen. Era sólo el comienzo. Poco tiempo después, una epidemia de visionarios se produce en la pequeña ciudad pirenáica. Ahora son unas mujeres que dicen haber visto extrañas apariciones; luego unos niños momentáneamente delirantes y posesos; más tarde extravagantes hombres, que aparecen como portadores de extraños mensajes, y tienen que ser retirados por alucinados. Es cierto que nunca tan sacrílegas mascaradas llegan a poder utilizar la misma gruta. Pero sus alrededores son manchados con esta clase de manifestaciones. Es notable: el contraste con la serena majestad, con la humildad y dulzura de Bernardita es tal, que puede decirse que esta clase de manifestaciones, lejos de servir para oscurecer su gloria, sirvió, por contraste, para enaltecerla más y más. La diferencia entre la única vidente verdadera y las burdas falsificaciones diabólicas, apareció siempre manifiesta y clara.
Con todo, no iba a ser fácil la realización de lo que la Virgen había pedido. Durante no poco tiempo la gruta misma iba a estar cerrada, y el acceso a la misma prohibido. Se conserva todavía el cuaderno en el que el guarda jurado fue apuntando, con pintoresca ortografía, los nombres de los contraventores. Un día fue la señora del almirante Bruat, aya de los hijos del emperador. El mismo día, Luis Veuillot, el temible polemista. Estas visitas producen una cierta emoción en la ciudad. Hasta que, por orden del emperador Napoleón III, desaparecen las barreras y se decreta de nuevo que el acceso a la gruta es enteramente libre. Fue un día de inmensa alegría en Lourdes.
Pero ¿hasta qué punto se podía hablar de apariciones verdaderas? El obispo de Tarbes había mantenido hasta entonces una actitud sumamente prudente. Casi al mismo tiempo que se decretaba la libertad para ir a la gruta, monseñor Laurence daba, por su parte, otro decreto constituyendo una comisión de información sobre los hechos ocurridos en Massabielle. Y la comisión comenzaba inmediatamente, de manera concienzuda, sus informaciones. Estas habrían de tardar más de dos años. Por fin, entregaba sus conclusiones al señor obispo. Este quiso presidir personalmente la sesión final, que tuvo lugar en la sacristía de Lourdes.
La asamblea era impresionante. En torno al señor obispo, todas las personalidades que formaban parte de la comisión. En medio, Bernardita, tocada con su capuchón, calzada con zuecos, hablaba con absoluta sencillez, pero con una autoridad sorprendente. Sobre todo, como siempre solía ocurrir, cuando llegó el momento en que reprodujo el gesto de la Virgen, juntó sus manos, alzó su mirada y dijo: "Yo soy la Inmaculada Concepción", y pareció envuelta de una gracia tan celestial, que un escalofrío circuló por toda la reunión. El anciano obispo sintió cómo se le humedecían las mejillas, y dos gruesas lágrimas resbalaron por su rostro. Apenas salió la niña, exclamó movido por la emoción: "¿Han visto ustedes esta niña?"
Sólo faltaba proclamar la verdad. El sábado 18 de enero de 1862 el obispo firmaba la "Carta pastoral con el juicio sobre la aparición que tuvo lugar en la gruta de Lourdes". Después de haber expuesto los antecedentes, declaraba con toda solemnidad: 'Juzgamos que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, se apareció realmente a Bernardetta Soubirous el 11 de febrero de 1858 y días siguientes, en número de dieciocho veces, en la gruta de Massabielle, cerca de la ciudad de Lourdes; que tal aparición contiene todas las características de la verdad y que los fieles pueden creerla por cierto... Para conformarnos con la voluntad de la Santísima Virgen, repetidas veces manifestada en su aparición, nos proponemos levantar un santuario en los terrenos de la gruta".
Las dificultades no iban a ser, sin embargo, pequeñas. Unas veces nacerían del criterio restrictivo del ministerio de cultos, que había de dar su autorización para el nuevo santuario. Otras serían minúsculas cuestiones locales, como un pleito que hoy se nos antoja ridículo, entre el cabildo de Tarbes y la prefectura a propósito de la construcción de unos almacenes y unas cuadras en terreno de ésta, otras veces se mezclarían miras puramente humanas en lo que debiera ser única y exclusivamente sobrenatural. No importa: pese a tantas dificultades, el santuario de Lourdes habría de ser un hecho, y rápidamente, Massabielle cambiaría de fisonomía: ya el 22 de enero de 1862 escribía el párroco al señor obispo que Ia nivelación del terreno le da un aspecto grandioso". El arquitecto diocesano concibió un proyecto atrevido, que en un principio se creyó irrealizable: dar por corona gigantesca a la roca de la aparición un edificio que armonizase con el círculo de las graciosas colinas y cuya flecha ostentaría la cruz a una altura de cien metros sobre el nivel del Gave. De esta forma la gruta continuaría de la misma manera que cuando la consagraron las visiones de Bernardetta, abierta siempre sobre el río y su murmullo, bajo el cielo azul y las estrellas. No a todos gustó este proyecto, y se conserva la airada carta de un cura español al obispo de Tarbes, amenazándole con toda suerte de castigos del cielo si se llegaba a realizar. Pero a pesar de todo fue el que se llevó a cabo, y hoy los peregrinos agradecen tan feliz idea.
El 14 de octubre de 1862 se dio el primer golpe de pico para poner los cimientos de la futura capilla. Entre los sesenta obreros que trabajaban, se contaba Francisco Soubirous, padre de Bernardita, orgulloso de cooperar, desde puesto tan humilde, a tan grandiosa obra. El 4 de abril de 1864 se colocaba la estatua que todos los peregrinos conocen, en la gruta. Rápidamente Lourdes fue tomando el aspecto que hoy presenta. El 19 de mayo de 1866, vigilia de Pentecostés, quedaba consagrada la cripta, que había de ser el cimiento de la futura capilla. Su inauguración quedó señalada para dos días después, lunes de Pentecostés, en presencia de una inmensa multitud. Todavía pudo asistir a ella Bernardita. Pero le costaba reconocer el terreno. Estaba todo muy cambiado.
En 1873 se inician las grandes peregrinaciones francesas. En 1876 es solemnemente consagrada la basílica y coronada la estatua de la Virgen. Los veinticinco años de las apariciones se celebran con afluencia de una inmensa multitud, y colocando la primera piedra de la iglesia del Rosario, para suplir la insuficiencia, de la primitiva basílica. Seis años más tarde era inaugurada esta iglesia, que fue solemnemente consagrada en 1901. Todavía con la marcha del tiempo habría de resultar insuficiente, y el 25 de marzo de 1958, el cardenal Roncalli, futuro papa Juan XXIII, consagraba una nueva y más inmensa basílica subterránea, dedicada a San Pío X.
No todas estas construcciones llenan por completo las exigencias del buen gusto. Lourdes es, en su aspecto artístico, fruto de una época de indecisión estilística. Aún sin admitir la tesis extrema de Huysmans, que sostiene que el mal gusto es la venganza que el demonio se ha tomado por el triunfo de la Santísima Virgen, sí que hay que reconocer que tiene una parte de razón. Pero no importa mucho. Es más, creo que todos los peregrinos protestarían si la fisonomía de Lourdes se alterara. Hay un algo maravilloso que flota en el ambiente, que penetra hasta lo más profundo del alma y que hace que Lourdes sea un sitio único para saciar la devoción cristiana.
Y en primer lugar, como lugar de oración. La ciudad, con sus tiendas de recuerdos, sus hoteles y fondas, suele causar una impresión desagradable al peregrino. Una multitud tan inmensa exige todo eso. Pero desilusiona un poco ese contraste entre la finalidad espiritual del viaje y estas exigencias de la naturaleza humana. Todo cesa, sin embargo, desde el momento en que se entra en el dominio de la gruta. Hay un ambiente sobrenatural de oración, de silencio, de recogimiento. Los hombres descubiertos, las mujeres como en la iglesia, y dominando todo el rumor de los cánticos que brotan de las iglesias o de la gruta.
Al llegar a ésta, se olvida todo. No cabe más que dejarse envolver por el silencio, apenas turbado por el rumor del río y el paso de los trenes que ponen como una nota lejana de recuerdo, de que todavía existe un mundo que se afana y corre. Allí todo es calma. La muchedumbre, de rodillas, en silencio, ora sin cansarse.
Sin embargo, no todo es paz y calma. Las peregrinaciones se suceden, ateniéndose todas a un mismo reglamento. Entran en la ciudad, se dirigen a la gruta, se lee allí la sencilla narración de las apariciones. Se realizan una serie de actos piadosos, misas cantadas, de comunión, vía crucis, etcétera, para partir después y dejar su sitio a otras que le seguirán. Todo en medio de un orden admirable.
Hay, sin embargo, todos los días dos actos cumbres, a los que concurren todas las peregrinaciones presentes en la ciudad: la procesión con el Santísimo y la de las antorchas.
Exactamente a las cuatro de la tarde se pone en marcha la procesión con el Santísimo. Avanza triunfal la Custodia, entre las filas de los peregrinos. Llega a la explanada y allí es esperada por la multitud de los enfermos. Es necesario haber contemplado aquel espectáculo para captar toda su significación.
El Señor ha entrado en la plaza y, oculto bajo las especies eucarísticas, comienza a recorrer las filas de camillas y carritos en que se encuentran los enfermos. Y una voz se alza penetrante, llena de vibración y energía: "¡Señor, creemos en ti!" La muchedumbre contesta al unísono: "¡Señor, creemos en ti!"
Son miles y miles de gargantas, Toda una generación trabajada por la escuela laica, acosada por unas costumbres corruptoras, influenciada por un ambiente de escepticismo... hace el acto de fe más emocionante, más lleno de sentido que puede imaginarse. Las lágrimas pugnan por salir, mientras las invocaciones, de evangélicas resonancias, se van sucediendo. Hace más de mil novecientos años que salieron de otros labios. Ahora, el mismo Señor, oculto bajo las especies eucarísticas, vuelve a escucharlas: "¡Señor, si quieres, puedes curarme!" "¡Señor, que vea "¡Señor, aquel que Tú amas, está enfermo!"
Por la noche, en cambio, el espectáculo es diferente. Los treinta, cuarenta o cincuenta mil peregrinos presentes en la ciudad, cantan acompasadamente la melodía sencilla, monótona, sin especial valor, pero devotísima del Ave, recorriendo un largo trayecto por todo el dominio de la gruta. Al final van agrupándose, ordenadamente, en la gran plaza, que se transforma en ascua de oro y de fuego, ante la confluencia de tantos miles de antorchas. Y entonces surge potente, arrollador, el canto del Credo. Venidos de los puntos más diversos del orbe, cantan, sin embargo, al unísono todos los peregrinos, proclamando a una voz su única fe. Espectáculo maravilloso y conmovedor.
Hay que decir algo, sin embargo; otro espectáculo, también consustancial con Lourdes: el de los enfermos. Sacudidos por un viaje interminable, heridos de muerte por sus enfermedades, incómodamente instalados en sus carritos..., son ellos los sembradores de una suavísima sensación de paz y consuelo. La tienen ellos, y la van derramando por doquier a su paso. Cada uno de ellos, cada mirada enfebrecida, cada llaga purulenta, cada mano retorcida, inflamada y monstruosa, va dejando en el alma del peregrino una gota de la más sobrehumana y deleitosa paz. Es ésta una de las grandes paradojas de Lourdes. Uno de sus milagros permanentes.
De vez en cuando, sin someterse a ley alguna, se produce el milagro. Unas veces ante la gruta, otras durante la procesión del Santísimo, otras en el viaje de vuelta. No hay ley alguna, lo repetimos. En medio de la multitud o lejos de ella, en Lourdes, o a muchos kilómetros de allí, la Santísima Virgen viene operando maravillas a centenares, a millares. Algunas de ellas llegan a comprobarse científicamente, con un rigor que no deja nada que desear. Otras, no. El alivio que ha recibido el enfermo, o su curación, no podrán comprobarse, porque no había lesión orgánica, o por falta de datos previos, pero eso no importará nada: quien recibió el beneficio disfrutará de él. De vez en cuando, en una prosa helada, que en su misma frialdad es el mejor argumento de la veracidad del hecho, Le Journal de la Grotte dará la noticia de que en esta o aquella diócesis se ha reconocido canónicamente la realidad de un milagro. Pero el más colosal milagro es el que todos los días se realiza en Lourdes: el de que una inmensa multitud de enfermos que ha peregrinado allí pidiendo su salud, se retire consolada, alegre, con dulce resignación. Y el de que la multitud que le rodea, en contacto permanente con el dolor, viendo con sus propios ojos aquel espectáculo de sufrimiento que presentan los enfermos, no haga de Lourdes una ciudad triste, sino todo lo contrario. Todos los peregrinos os dirán que Lourdes es una ciudad en la que ellos han pasado días de paz, de bienestar, de profunda e íntima alegría.
No ha faltado el sello oficial de la Iglesia. En 1869, Pío IX, por un breve de 4 de septiembre, proclamaba la luminosa evidencia de los hechos. León XIII autorizó un oficio especial y una misa en memoria de la aparición, que San Pío X, su sucesor, extendió por decreto de 13 de noviembre de 1907 a la Iglesia universal. Todos los Romanos Pontífices han rivalizado en dar muestras de benevolencia a este santuario mariano, Es digna de destacarse la preciosa encíclica Le pélerinage, de Pío XII, con motivo del grandioso centenario de las apariciones. Con tales testimonios de la Iglesia, el fiel cristiano puede invocar con seguridad a la Virgen de Lourdes y descansar tranquilo en su maternal regazo. Ella visitó la tierra y se digno alegrarla con su presencia. La Iglesia de una parte, y los continuos milagros de otra, nos lo aseguran así.
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