24 de junio de 2019

Oración al Corazón de Jesús


¡Caminar, Edificar y Confesar




¡CAMINAR, EDIFICAR Y CONFESAR!

Por Javier Leoz

1.- Hemos caminado con Jesús, desde el día de su nacimiento en Belén; hemos intentado edificar nuestra vida con sus palabras y con su presencia, con sus milagros y con sus indicaciones. ¿Y ahora? Ahora, en este día del Corpus confesamos o proclamamos a los cuatro vientos que, nuestra intimidad, nuestro secreto más escondido tiene un nombre: Eucaristía. No podemos acallarlo y, en custodia de metal precioso -pero sobre todo en aquellas otras que son de carne y de hueso (nosotros)- es donde el Señor se muestra más a las claras ante un mundo sediento de gestos, cariño, amor, perdón y buenas noticias. Tal vez hoy, muchos ojos se quedarán perplejos ante el paso de numerosos cortejos procesionales, porque hace tiempo que dejaron de caminar, edificar y confesar su fe. Tal vez hasta se preguntarán ¿Y esto…qué es?

El regalo que el Señor nos dejó en Jueves Santo, inclinándose para buscar los pies de los discípulos, y entregándoles la Eucaristía, hoy lo hacemos público y mensaje activo. Si en Jueves Santo, fue el Señor, quien se arrodilló nuestra humanidad sedienta de amor, hoy somos nosotros quien nos postramos para reconocer ante Él que, Él, es la fuente de nuestro amor y de nuestra alegría y que sin Él, nuestro compromiso cristiano, sería eso: un gesto humano pero sin inspiración divina.

2.- En el día del Corpus Christi, el amor, se canta, se expresa y se adorna. Porque, el amor, también hay que cuidarlo con pequeños detalles. Y la historia de la fe cristiana, desde hace siglos, ha tenido necesidad de regalar al “AMOR DE AMORES” signos que delatasen que, el pueblo cristiano, se edifica y camina mejor cuando la Eucaristía se coloca en el centro de su existencia.

El Santo Cura de Ars llegó a decir que, un pueblo sin sacerdote acaba adorando a las bestias. En este día del Corpus, vemos a las claras, que un mundo sin amor divino se convierte en un atropello a los más débiles. Que un cristiano sin eucaristía dominical acaba sucumbiendo, disipado y confundido ante otros dioses en forma de balón, playa, monte o fin de semana sin referencia a Dios. Que un cristiano, sin misa, acaba viviendo como lo que practica: vacío de Dios.

3.- En el día del Corpus Christi, y por ser el día de la Caridad, nos damos cuenta que es mucho lo que nos queda por avanzar en cuestiones de justicia y de atención hacia los demás, hacia los más pobres. En la coyuntura social, económica y política que nos encontramos –esta solemnidad- nos viene muy bien para poner las cosas en su sitio: nadie como Jesús para entregarse y, nadie como los cristianos, a la hora de ejercer la caridad como un distintivo de lo que somos y decimos creer. Cáritas, qué duda cabe, es un fiel reflejo de todo ello.

4.- El Corpus Christi pone sobre la mesa de las calles del mundo una realidad: Cristo camina, para que caminemos con Él. Cristo se da, para que nosotros nos demos con Él y desde Él. Cristo es aclamado y agasajado (envuelto en pétalos, incienso, desfiles, música y arte) para que no olvidemos que, la fe, también es belleza y que, esa beldad, es lo que hemos de llevar y cuidar luego en el corazón de cada uno.

5.-. No podemos conformarnos con acompañar a Jesús, en el día del Corpus, y a continuación, encerrarle –sin más trascendencia- en la conciencia de cada uno. Este año, la festividad del Corpus, nos debe de interpelar: ¿Qué hago yo por el Señor? ¿Manifiesto públicamente mis convicciones religiosas? ¿Son mis acciones y mis palabras destellos de que Dios vive en mí? ¿Soy custodia, que cuando se contempla, infunde caridad, cercanía, compromiso, justicia, paz, etc.?

23 de junio de 2019

Santo Evangelio 23 de junio 2019



Día litúrgico: Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (C) (Segundo domingo después de Pentecostés)

Texto del Evangelio (Lc 9,11b-17): 

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». 

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.


«Dadles vosotros de comer»

Rvdo. D. Manuel COCIÑA Abella 
(Madrid, España)

Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, busca ahora la exaltación de este augusto Sacramento, tratando de que todos lo adoremos ilimitadamente. «Quantum potes, tantum aude...», «atrévete todo lo que puedas»: ésta es la invitación que nos hace santo Tomás de Aquino en un maravilloso himno de alabanza a la Eucaristía. Y esta invitación resume admirablemente cuáles tienen que ser los sentimientos de nuestro corazón ante la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Todo lo que podamos hacer es poco para intentar corresponder a una entrega tan humilde, tan escondida, tan impresionante. El Creador de cielos y tierra se esconde en las especies sacramentales y se nos ofrece como alimento de nuestras almas. Es el pan de los ángeles y el alimento de los que estamos en camino. Y es un pan que se nos da en abundancia, como se distribuyó sin tasa el pan milagrosamente multiplicado por Jesús para evitar el desfallecimiento de los que le seguían: «Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos» (Lc 9,17).

Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta remisa. Una mirada de fe, atenta y profunda, a este divino Sacramento, deja paso necesariamente a una oración agradecida y a un encendimiento del corazón. San Josemaría solía hacerse eco en su predicación de las palabras que un anciano y piadoso prelado dirigía a sus sacerdotes: «Tratádmelo bien». 

Un rápido examen de conciencia nos ayudará a advertir qué debemos hacer para tratar con más delicadeza a Jesús Sacramentado: la limpieza de nuestra alma —siempre debe estar en gracia para recibirle—, la corrección en el modo de vestir —como señal exterior de amor y reverencia—, la frecuencia con la que nos acercamos a recibirlo, las veces que vamos a visitarlo en el Sagrario... Deberían ser incontables los detalles con el Señor en la Eucaristía. Luchemos por recibir y por tratar a Jesús Sacramentado con la pureza, humildad y devoción de su Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

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Oración al Corazón de Jesús


Un Misterios admirable



 UN MISTERIO ADMIRABLE

Por Francisco Javier Colomina Campos

El jueves después de celebrar la Santísima Trinidad celebramos otro de los misterios más hermosos e importantes de nuestra fe: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Esta fiesta, instituida en el siglo XIII, nace como un modo de recordarnos el admirable misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Aunque esta fiesta corresponde celebrarla el jueves, recordando el jueves santo, día en que se instituyó la Eucaristía, sin embargo, para favorecer que podamos participar en esta celebración, la Iglesia ha trasladado esta fiesta a domingo.

1. Presencia real de Cristo. El misterio de la Eucaristía, que es el centro de la celebración de hoy, es un misterio admirable: en las especies de pan y vino, después de ser consagradas por el sacerdote en el altar, está realmente presente el mismo Cristo. Como cantamos en el cántico eucarístico Catemos al Amor de los amores, tan típico de este día, “Dios está aquí”. Como hemos escuchado en la segunda lectura, de la primera carta de Pablo a los Corintios, la noche en la que Jesús iba a ser entregado, en la Última Cena, reunido con sus discípulos en el cenáculo, celebró con ellos la institución de la Eucaristía. Al repartir el pan ácimo que los judíos comían en la cena pascual, Jesús les dijo: “Esto es mi cuerpo”, y al pasar la copa de vino mezclada con un poco de agua, dijo: “Esta es mi sangre”. Así, cada vez que celebramos la Eucaristía y un sacerdote repite estas mismas palabras de Jesús sobre el pan y el vino, éstos se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. De este modo, en ese trozo de pan que vemos en la Eucaristía, y que, como es costumbre hoy saldrá en procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades, se esconde el mismo Cristo. Salir hoy en procesión con la custodia es una manifestación hermosa de nuestra fe eucarística. Al engalanar nuestras calles y al adorar a Cristo Eucaristía poniéndonos de rodillas a su paso por nuestras calles estamos manifestando que creemos realmente en esa presencia de Cristo resucitado en el pan de la Eucaristía. Dios está realmente ahí, en medio de nosotros, dispuesto a seguir dándonos su cuerpo entregado y a derramar su sangre por nosotros.

2. Alimento para el camino. Al dársenos Cristo en el pan de la Eucaristía, su cuerpo es entonces para nosotros alimento del alma, alimento que nos sustenta en el caminar de nuestra vida. Como Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, ofreció a Abrahán pan y vino cuando éste venía de la guerra, Cristo nos ofrece a nosotros ya no un pan cualquiera que sacia nuestra hambre y fortalece nuestro cuerpo, sino que nos da su propio cuerpo que alimenta nuestro espíritu. En el día a día, en nuestro caminar por la vida, vamos superando dificultades, luchas, e incluso dudas serias y crisis de fe. La Eucaristía es para nosotros, así nos la ha dado Cristo, un alimento del espíritu que nos fortalece interiormente, que nos une íntimamente con Cristo. Comulgar su propio Cuerpo, como hacemos en la Eucaristía, es entrar en comunión con Cristo. Él perdona nuestros pecados, nos entrega de nuevo su cuerpo y su sangre y nos fortalece para que seamos sus testigos en el mundo, proclamando su muerte y anunciando su resurrección. Del mismo modo que no podríamos vivir sin comer, ya que nuestro cuerpo se debilitaría y no podríamos ni siquiera andar, así también sucede con nuestro espíritu: si no lo alimentamos frecuentemente con la Eucaristía también él se debilita.

3. “Dadles vosotros de comer”. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que no basta con alimentarnos cada uno de la Eucaristía. Comulgar el Cuerpo de Cristo nos ha de llevar siempre a comulgar también con nuestros hermanos. De nada sirve recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía si después no me preocupo por mi hermano que está sufriendo o tiene necesidad. Por esto, con razón celebra hoy la Iglesia el día de Caritas. Caritas es el brazo de la Iglesia que se dedica especialmente a la atención de los más necesitados. No es una ONG o un grupo de voluntariado. Caritas es la misma Iglesia que se pone al servicio de los más necesitados, y todos los cristianos somos Caritas, pues estamos llamados a dar de comer a quien lo necesite. En el Evangelio de hoy hemos escuchado el pasaje de la multiplicación de los panes y los peces, un anticipo claro de la Eucaristía. Ante aquella muchedumbre inmensa de personas que habían acudido para escuchar al Maestro, Jesús exhorta a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo dar de comer a una muchedumbre tan grande con tan sólo cinco panes y dos peces? La generosidad, cuando brota del auténtico amor cristiano, cuando se convierte en verdadera caridad, alcanza a todos aquellos que la necesitan. La llamada de Jesús, “Dadles vosotros de comer”, nos la hace hoy también a toda la Iglesia.

Celebrar el admirable misterio de la Eucaristía, presencia real de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre, es celebrar el amor de Dios que desea permanecer cerca de nosotros. Él se nos da como alimento para nuestra vida. Pero no quiere que nos lo quedemos sólo para Él. Siguiendo el mandato del Señor, hoy compartimos el pan de la Eucaristía, lo adoramos en la procesión propia de este día, pero también lo celebramos con sinceridad ayudando a quienes lo necesitan, dando de comer al hambriento, compartiendo nuestra propia vida con los demás.