26 de mayo de 2021

Santo Evangelio 26 de Mayo 2021

  


Texto del Evangelio (Mc 10,32-45):

 En aquel tiempo, los discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará».

Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

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«Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos»


Rev. D. René PARADA Menéndez

(San Salvador, El Salvador)

Hoy, el Señor nos enseña cuál debe ser nuestra actitud ante la Cruz. El amor ardiente a la voluntad de su Padre, para consumar la salvación del género humano —de cada hombre y mujer— le mueve a ir deprisa hacia Jerusalén, donde «será entregado (…), le condenarán a muerte (…), le azotarán y le matarán» (cf. Mc 10,33-34). Aunque a veces no entendamos o, incluso, tengamos miedo ante el dolor, el sufrimiento o las contradicciones de cada jornada, procuremos unirnos —por amor a la voluntad salvífica de Dios— con el ofrecimiento de la cruz de cada día.

La práctica asidua de la oración y los sacramentos, especialmente el de la Confesión personal de los pecados y el de la Eucaristía, acrecentarán en nosotros el amor a Dios y a los demás por Dios de tal modo que seremos capaces de decir «Sí, podemos» (Mc 10,39), a pesar de nuestras miserias, miedos y pecados. Sí, podremos abrazar la cruz de cada día (cf. Lc 9,23) por amor, con una sonrisa; esa cruz que se manifiesta en lo ordinario y cotidiano: la fatiga en el trabajo, las normales dificultades en la vida familiar y en las relaciones sociales, etc.

Sólo si abrazamos la cruz de cada día, negando nuestros gustos para servir a los demás, conseguiremos identificarnos con Cristo, que vino «a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). San Juan Pablo II explicaba que «el servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en Cruz, o sea, con el don total de sí mismo». Imitemos, pues, a Jesucristo, transformando constantemente nuestro amor a Él en actos de servicio a todas las personas: ricos o pobres, con mucha o poca cultura, jóvenes o ancianos, sin distinciones. Actos de servicio para acercarlos a Dios y liberarlos del pecado.


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Santa Mariana de Jesús de Paredes 26 de mayo

 



Santa Mariana de Jesús de Paredes 26 de mayo

(† 1645)


La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal.

 Huérfana de ambos padres desde los cuatro años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios.

 Ya desde su temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios, que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre Santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas.

 A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó luego los de pobreza y obediencia, Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús.

 La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordara constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte.

 Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo que sometió a su confesor:

 "A las cuatro —dice— me levantaré, haré disciplina, pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve; sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad. A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios."

 Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente, admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados: la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie.

 Santa Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal para con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia.

 Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas en Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización.

 Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios.

 Decía ella misma a su criada Catalina: "Si duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él." Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas.

 Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas.

 De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que "en todos los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo.... no pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia". Otro decía: "Nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción".

 Un testigo afirma de su caridad para con el prójimo: "Se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida." "Toda su conversación —añade una de sus compañeras— era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación."

 Aunque suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones y santificación de varias almas.

 A principios del año 1645 se sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener en pie.

 Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino, entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años de edad.

 A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa, Pío VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos; el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853.

 Reanudada la causa, bajo León XIII, el 23 de abril de 1903, correspondió a Pío XII llevarla a feliz término, canonizando solemnemente a Santa Mariana el 9 de junio de 1950, Por su parte, la Asamblea Constituyente del Ecuador, a 30 de noviembre de 1946, en reconocimiento de la virtud que la llevó a ofrecer su vida por la incolumidad del pueblo, la llamó en solemne decreto "heroína de la Patria".

 GUSTAVO AMIGÓ JANSEN, S. I.

San Felipe Neri, 26 de Mayo

 


San Felipe Neri, 26 de Mayo

Para estudiar la figura de San Felipe Neri, y hasta la última época y la sociedad en que él vivió, poseemos hoy una documentación verdaderamente excepcional. El proceso de beatificación de San Felipe se abrió con rapidez increíble. Fallecido el 26 de mayo de 1595, nos encontramos con que ya el 2 de agosto empiezan a recogerse testimonios. Esto hace que, de una parte, los testigos sean abundantísimos (baste el dato de que en los cinco primeros meses se oye a ciento cuarenta y seis testigos), y, de otra parte, sus testimonios tengan una viveza, un colorido, una abundancia de detalles que no suelen ser frecuentes en esta clase de procesos, muchos de los cuales se redactan tardíamente, cuando ya el tiempo ha hecho perder brillantez a la contemplación de las cosas ocurridas. El mismo notario que intervino en la mayor parte de la declaración de los testigos tuvo el buen cuidado de recoger las declaraciones casi taquigráficamente. Se nota una diferencia abismal entre el lenguaje elegante, depurado, de unas declaraciones y el lenguaje popular, lleno de incorrecciones, abundante en frases sin terminar de otras. Incluso como documental de una época, el proceso, que ha sido recientemente editado, constituye un documento inapreciable.

 Aparece así el que con razón ha sido llamado "el más italiano de los santos" retratado por toda clase de gentes, tal y corno verdaderamente fue y como le vieron sus contemporáneos. Con sus extravagancias y sus aspectos admirablemente humanos, con su celo por las almas y su alegría desbordante, con su preocupación por los pobres y los más desamparados. Y de todo esto nos hablan gentileshombres y cortesanos, curiales y modestísimos artesanos, soldados y estudiantes, dependientes de comercio y empleados de banco. Es más: concurren al proceso no pocos artistas, músicos, pintores, con quienes tanto trató, y algunos médicos. No faltan tampoco las mujeres, desde las pertenecientes a la nobleza romana hasta las de las clases más humildes, pasando por religiosas claustradas. Las jerarquías eclesiásticas, desde los cardenales hasta los más sencillos sacerdotes, de oscuras iglesias de Roma, y religiosos pertenecientes a diversas Ordenes. Es un cuadro animadísimo que nos muestra la acción espiritual de aquel "gran hombre" que fue San Felipe, según reiteradamente le llaman los testigos. No hay duda de que él fue uno de los elementos que mas contribuyeron a resolver la crisis de civilización por la que atravesó la humanidad en el siglo XV. El desconsiderado humanismo que este siglo había entronizado a sus comienzos resultó barrido ante el huracán de la herejía protestante y la violenta reacción que provocó. Pero, superando la exasperación que algunas veces pudo llegar a revestir esta reacción, la segunda generación de la reforma católica restableció el equilibrio entre el espíritu religioso y un nuevo humanismo, entre la ortodoxia romana y las nuevas exigencias de la naturaleza y del hombre. El proceso demuestra cómo San Felipe fomentó y efectuó prácticamente esta obra de mediación y reconciliación, de la cual se originan, en último término, la moderna espiritualidad y la civilización cristiana.

 Poco sabemos de la niñez de Felipe Neri. Ya su padre debió de ser un tipo singular, que unía el ejercicio del notariado con las aficiones a la alquimia. Felipe había nacido el 21 de julio de 1515 y bien pronto perdió a su madre. Su madrastra, sin embargo, le educó con el mayor cariño. Uno de los testigos que mayor número de noticias aportó a los procesos, Fabricio Massimo, nos cuenta que ya desde niño le llamaban "el buen Pippo", anticipándose al sobrenombre que habría de recibir en Roma años después: "Felipe el Bueno".

 Nada sabemos de sus estudios. Ciertamente los tuvo, pues en su edad adulta se le verá en Roma conversando con los eruditos más distinguidos de su tiempo y orientando hacia los trabajos del espíritu a aquellos discípulos suyos que considera más capaces. Sabemos que tuvo una infancia feliz, alegre, de una pureza sin tacha. Que en su adolescencia gustó de la poesía, de la música y del entusiasmo por la naturaleza,

 Hacia 1532 abandonó su casa, por consejo de su padre, para irse a vivir a un lugar llamado San Germán, próximo a Montecasino, "donde estaba —nos dice un testigo de su proceso— un tío suyo rico con muchos miles de escudos y que era mercader". Su padre le había enviado para que se ejercitase en la mercadería, y el muchacho, aunque no muy hábil para esas cosas, se mostró, en cambio, tan encantador, que su tío pensó dejarle heredero de toda su fortuna. Pero Felipe sentía otros deseos y se marchó a Roma, pese a todas las reconvenciones cariñosas, con un plan no muy definido de vivir en la Ciudad Santa a la manera de ermitaño laico. Esto ocurrió hacia el año 1536. Y ya no volverá a salir de Roma jamás. Uno de sus criados y confidentes cuenta que varias veces le preguntaba por qué no se iba a pasar unos días a su tierra natal. Y que él siempre contestaba con gracia: "Lo haré más adelante. Ahora estoy ocupado".

 En Roma se encuentra en una situación de pobreza total. No quiere, sin embargo, recurrir a los suyos y se acoge a un compatriota, Galeotto Caccia, director de la Aduana pontificia, con quien vive durante catorce años entregado a los ayunos y a la oración. Hace sus estudios de filosofía en la Sapienza y de teología en los agustinos, y, una vez terminados aquéllos, inicia sus trabajos de apostolado. Iba a ser el apóstol de Roma, por excelencia.

 Entregado sin límites a los pobres, a los humildes, a los jóvenes más abandonados, le corresponde trabajar en un ambiente particularmente difícil. Por aquellos mismos días el papa Adriano V escribía: "Sabemos bien que el mal se ha extendido de la cabeza a los pies, del Papa a los prelados... Todo está viciado". San Felipe toma abiertamente partido entre los apóstoles de la reforma e inicia para ello una porción de curiosas empresas.

 Unas veces le encontramos en la célebre cofradía Oratorio del Divino Amor, esforzándose en restablecer la visita a los hospitales. Años después vemos cómo se une a una pequeña asociación fundada por su confesor con el nombre de La Santa Trinidad de los Peregrinos, para atender a los que se encontraban en necesidad. La asociación va tomando mayor auge, tiene que marchar de la iglesia de San Salvador a la de San Bernardo y va extendiendo sus actividades. San Felipe, con sus cofrades, visita las prisiones, ayuda a los estudiantes pobres, atiende a los convalecientes y parece llegar a todos con su espíritu y su caridad.

 Alguno de sus éxitos apostólicos llega a tener enorme resonancia. Así cuando, condenado a muerte el célebre hereje Paleólogo, antiguo dominico de una extraordinaria capacidad intelectual, sale Felipe a su encuentro cuando le conducían a la hoguera, y le habla con tal convicción y entusiasmo, que consigue su conversión. Así también en su intervención para obtener, gracias a su crédito ante la Santa Sede, la conversión del "buen rey Enrique IV", que no olvida jamás, según se lee en la Vida de Morosini, "que fue potentemente ayudado por este santo hombre para recobrar la gracia de la que la herejía le había tenido alejado".

 Por fin, en 1551, San Felipe se decide a recibir el sacerdocio. Tonsurado en marzo, cuando tenía treinta y seis años, recibe la ordenación sagrada en mayo. Deja entonces la casa de su bienhechor Caccia y se retira a la iglesia de San Jerónimo de la Caridad. Allí le esperaban las humillaciones y los sufrimientos. Uno de los testigos del proceso nos cuenta, por ejemplo, haber visto con sus propios ojos a San Felipe revestido de una vieja alba y de unos pobrísimos ornamentos, retirándose con lágrimas del altar porque se le impedía decir misa. Una de las novedades de que se le acusaba era precisamente ésa: la de exhortar a los sacerdotes a decir misa todos los días y a los fieles a comulgar frecuentemente.

 Sobreviene poco después, en 1555, en la vida de San Felipe un nuevo personaje verdaderamente singular: Bensignore Cassiaguerra, héroe de una novela que no desmerecía Las mil y una noches, a la que puso fin una visión de Jesucristo con la cuerda al cuello y llevando la cruz. Bonsignore es nombrado superior de la casa, participa plenamente de las "ideas avanzadas" de San Felipe y transforma aquella naciente comunidad de sacerdotes en un primer esquema de lo que habría de ser años después el Oratorio. A los dos amigos viene a unírseles Tarugi, senador de Roma y futuro arzobispo de Aviñón, que tanta influencia tuvo en la magnífica reforma pastoral que se obró en Francia en el siglo XVII. Se une también Baronio, al que, como el anterior, esperaba el cardenalato, y que logra una espléndida labor literaria, entre la que destacan sus Anales eclesiásticos.

 Se ha iniciado la que pudiéramos llamar "edad de oro" en la vida de San Felipe. Acompañado de aquel grupo de sacerdotes selectísimos, Felipe se lanza abiertamente al más intenso apostolado. Horas interminables de confesonario, visitas a enfermos y hospitales, organización de distracciones para la juventud... Y, sobre todo, aquellas procesiones populares de las que nos hablan tantos testigos. Sólo un hombre excepcional como San Felipe podía evitar que aquello degenerase en tumulto o en partida profana. Pero no era así: el cortejo se ponía en marcha muy de mañana, todos cantando y rezando, para visitar las siete iglesias romanas. Al mediodía se hacía un alto en una viña, propiedad de un amigo de San Felipe, donde los devotos peregrinos comían en pleno campo. Después se volvía a organizar la procesión, hasta que anochecía. Estas procesiones, que eran frecuentes, tenían, sin embargo, especial solemnidad durante el carnaval, tantas veces licencioso en la antigua Roma de los papas.

 No le faltaron sinsabores. En los tiempos duros del papa Paulo IV la Inquisición intervino para examinar las actividades de aquel singular sacerdote. Dicen los testigos que se presentó ante el tribunal con tal humildad y dulzura, que el mismo Papa quedó prendado de él, y hasta mostró alguna vez pena por no poder participar en las devotas peregrinaciones que él organizaba.

 En tiempos de San Pío V volvió de nuevo la persecución. Se le prohibió organizar procesiones y se le sometió a una estrecha vigilancia por lo que atañía a su predicación. Nuevo triunfo de San Felipe, que se vio rodeado en lo sucesivo de la simpatía del nuevo Pontífice.

 Por lo demás, el campo de apostolado de San Felipe continúa extendiéndose. De manera inesperada es llamado un día por los capellanes florentinos de la iglesia de San Juan Bautista, en la señorial vía Giulia, para ser rector de ella. San Felipe acepta tan sólo, y por intervención del Papa, una especie de dirección general. La nueva iglesia es complemento de la de San Jerónimo, y campo de actividad del grupo sacerdotal que durante esos años ha ido organizándose y consolidándose. Tanto que ha habido que pensar ya en darle una sencillísima regla.

 Y he aquí que el 15 de julio de 1575 una bula pontificia instituía una Congregación de sacerdotes y clérigos seculares bajo el nombre del Oratorio, encomendándoles la iglesia de la Vallicella. Pocos fundadores habrá habido que se hayan negado tan obstinadamente a serlo. Si aceptó el ponerse al frente de aquel sencillísimo grupo, para el que nunca quiso votos ni nada que pudiera asemejarlo a una Congregación religiosa propiamente dicha, rehusó rotundamente todo lo que pudiera parecer una extensión del Oratorio fuera de Roma. Pese a que la contradicción venía de personalidades como San Carlos Borromeo y los cardenal Tarugi Y Baronio, él se mantendrá siempre firme en su deseo de la absoluta independencia de unas casas respecto a otras.

 El Oratorio es su creación genial. Cada casa autónoma agrupa a unos cuantos sacerdotes, sin otro vínculo que el de la caridad. Viven vida común, bajo la autoridad del padre o prepósito, al que eligen trienalmente, y tratan de santificarse con la observancia libre de los consejos evangélicos. Con diferencias de matiz, el Oratorio, que en vida del Santo se extendió a Nápoles, escribiría páginas gloriosísimas en la historia de la Iglesia en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en España. Hoy mismo subsiste pujante, después de haberse confederado los diversos Oratorios el año 1942.

 Los papas bendicen el Oratorio. Es más, en repetidas ocasiones, y muy en especial en el pontificado de Gregorio XIV, ofrecen a su fundador el capelo cardenalicio. Pero él se mantiene firme en se deseo de continuar como hasta entonces, sin otro cuidado que el de ejercitar su apostolado con la mayor sencillez que le sea posible. A sus hijos, los oratorianos, les pondrá en la regla la prohibición de "osar bajo ningún pretexto cortejar o acompañar a cardenales u otros personajes, porque habrían de estar al servicio de Dios únicamente".

 A su admirable actividad unió también un profundo espíritu de oración. Viviendo en la Vallicella, transformada después en la magnífica Chiesa Nuova, solía marcharse días enteros a su "asilo de soledad", que era San Jerónimo. Durante largas horas se entrega a la oración, muy frecuentemente premiado con extraordinarias gracias místicas. Los testigos de su proceso de beatificación nos contarán cómo con frecuencia le costaba recobrarse después de los éxtasis y volver a atender a las cosas de este mundo. Sin embargo, todos a una confiesan que bastaba que se interpusiese en lo más mínimo el bien de las almas, para que San Felipe interrumpiera su oración. Incluso durante la acción de gracias después de la misa, hora por él preferida para el máximo recogimiento, se podía recurrir a él en la seguridad de que inmediatamente se ponía en el confesonario.

 Conocida es la anécdota, para unos milagrosa y para otros explicable de manera puramente humana, de su visión el día de Pentecostés de 1544, con la consiguiente dilatación de corazón y la deformación de dos costillas, curvadas fuertemente para liberar el mismo corazón. Una de ellas se conserva todavía en el Oratorio de Nápoles. Como decimos, hay discusión sobre el alcance exacto de este fenómeno. Pero en lo que no puede haberla es en el amor intensísimo que siempre sentía hacia Dios y hacia las almas.

 En alguna ocasión parece que la lucha entre su deseo de soledad y el apostolado se hizo particularmente dura. Una visión interior le aclaró su vocación, imprimiendo en lo más profundo de su alma estas palabras: "La voluntad de Dios es que marches por medio del mundo, pero como en un desierto".

 Los ayunos, las penitencias, las largas horas de confesonario, fueron minando aquella naturaleza que, por otra parte, parecía sobrehumanamente fuerte. En 1593, alegando estas enfermedades, obtuvo, por fin, el verse libre del gobierno del Oratorio. Baronio le sucedió, designado unánimemente por todos los electores. San Felipe hubo de guardar cama. Se le oía murmurar: "¡Tú, oh Cristo, en la cruz, y yo en la cama, tan bien cuidado, tan atendido, rodeado de tantas personas que se desvelan por mí!". Sus males se iban multiplicando, pero sin llegar nunca a borrar de su rostro aquella sonrisa que era su más destacada característica.

 En 1595 su salud se agravó más y más. Recibió la extremaunción y después comulgó de manos de San Carlos Borromeo. Pareció restablecerse; pero, por fin, el 26 de mayo de 1595, en la noche de la fiesta del Corpus, murió dulcemente.

 Su cuerpo fue transportado el 24 de mayo de 1602 a una capilla edificada por Nero de Neri y Tarugi.

 Como hemos dicho, su proceso de beatificación empezó dos meses después de su muerte y se prosiguió, de manera un tanto irregular, hasta el 22 de octubre de 1608. Estaba un tanto parada la causa, cuando Carlos Gonzaga, duque de Nevers y embajador extraordinario, de Francia, pidió al Papa que permitiese al Oratorio celebrar la misa y recitar el oficio de su fundador. El Papa pasó el asunto a la Congregación de Ritos, y ésta declaró que eso equivalía a una beatificación y que, por consiguiente, era necesario completar el proceso. Paulo V se decidió entonces, a la vista de esta contestación y de las peticiones que le llegaban de todas partes, a encomendar la causa a la Sagrada Congregación el 13 de abril de 1609.

 Tras no pocas vicisitudes, y la apertura de dos nuevos procesos, se consiguió por fin, gracias a las decisivas intervenciones del cardenal Belarmino, la beatificación el día 25 de mayo de 1615. Prosiguió bajo Gregorio XV el proceso de canonización. Una nueva intervención de San Roberto Belarmino determinó que el 13 de noviembre de 1621 se declarase que se podía proceder a la canonización. Y, por fin, el sábado 12 de marzo de 1622, juntamente con los cuatro santos españoles Isidro, Ignacio de Loyola, Francisco, Javier y Teresa de Jesús, era solemnísimamente canonizado.

 El Oratorio obtuvo su definitiva aprobación en 1612. Según hemos dicho, en 1942 fue aprobado de nuevo, estableciéndose una cierta confederación entre las diversas casas, al frente de la cual está un visitador general, asistido por una diputación permanente.


 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

 San Felipe Neri

Antonio Socci 

Lo han llamado el santo de la alegría. Nacido en Florencia, llegó muy joven a Roma, una ciudad disoluta y empobrecida. A su alrededor se reúne un grupo de amigos cuya sencilla vida cristiana era una ráfaga de frescor en la Ciudad Eterna.

            En el año de 1532, un joven florentino de 17 años recorre con paso airoso la Vía Cassia que a través de Toscaza lleva a Roma y a San Germano, la actual Cassino. Probablemente durante todo el viaje, ante los ojos azules de Felipe, así se llama el joven, pasa el recuerdo de lo que deja a sus espaldas, los rostros queridos, las colinas de Fiesole y San Miniato, cubiertas de cipreses y olivos sobre las orillas del Arno. Pero en su mente se debaten muchos interrogantes sobre su futuro.

            Un muchacho tan inteligente podía aspirar, como sus coetáneos, a ser un artista de éxito yendo a trabajar al taller de uno de los maestros toscanos de aquellos años, como Miguel Ángel o Leonardo. O bien podía cultivar su pasión por la música, o la curiosidad intelectual para llegar a ser un pensador como Pico della Mirandola. O también, en aquella ciudad desgarrada por las luchas entre los seguidores de Savonarola y de los Médicis, podías meterse en política, aspirando, como muchos, al poder. Muchos jóvenes florentinos se dedicaban a las actividades comerciales. Mercaderes y banqueros de la ciudad de la flor de Lis se habían establecido en todas partes. Y Felipe iba precisamente a vivir con su tío Rómulo, que en San Germano se dedicaba al comercio y necesitaba un ayudante.

            También Felipe había respirado el sentimiento de la vida que dominaba en la Florencia de aquellos años. En el fondo, la idea humanista y renacentista tendía al logro humano, ponía el éxito como ideal ético. Pero no sabía tener en cuenta la incapacidad de conseguirlo, o la enfermedad, el dolor y la muerte. Por otra parte el éxito (al igual que la salud o la juventud) es lo más efímero que existe en el mundo. Como admitía el mismo Lorenzo el Magnífico cuando cantaba: “Quant´ è bella giovinezza/ che si fugge tuttavia/ chi vuo esser lieto sia, /di doman non c´ è certezaa” [Cuan bella es la juventud/aunque se escapa/quien feliz quiera ser que lo sea, / que del mañana no hay certeza]. Completamente diferente es el sentimiento de la vida que se esconde tras los pícaros ojos de Felipe, en su agudo humos florentino, en su gusto por la libertad.

            Bulle en su corazón una intuición de adolescente, aunque firme, aprendida de sus cristianísimos padres y de los frailes de San Marcos, donde había estudiado: que la vida cristiana es la única verdadera experiencia humana que vale la pena vivir, que Jesucristo es el tesoro de la vida, la única riqueza que dura. La personalidad de Felipe está construida sobre la decisión de no echarse a perder, de no derrochar su existencia en cosas que no valen la pena.

            Esta intuición, algunos años después, va a ser el himno de aquella multicolor compañía que se reúne en torno a Felipe. A menudo se podía ver por las calles de la Roma renacentista una cuadrilla de jóvenes cantar, al volver de sus giras por las basílicas romanas, con triunfal y sarcástica alegría, el más terrible versículo bíblico, el del Eclesiastés: “Vanitas vanitatum et ovni vanitas”. Por las calles de Roma retumbaba su canción: “Vanidad de vanidades, /todo es vanidad. /Todo el mundo es lo que ha, /todo es vanidad”. Decían las estrofas: “Si del mundo sus favores /te elevarán a donde quieres, / ¿en qué la muerte qué será? /Todo es vanidad. /Si don de lenguas tuvieras, / y por sabio conocido, / ¿en la muerte qué será? / Todo es vanidad”.

            Volvamos a la Vía Cassi donde hemos dejado al joven Felipe que se encamina hacia San Germano, pero que todavía no sabe bien el camino de su vida. Llega a su destino y ayuda a su tío, pero  cuando dispone de tiempo busca la libertad. Pasa muchas noches en la Montaña Spaccata de Gaeta, frente al infinito del mar y del cielo estrellado. Muchas veces sube hasta Montecassino y siente el sabor infinito en la vida cotidiana de los monjes benedictinos.

            Después de pocas semanas toma una decisión: ir a Roma y allí, en el centro del mundo, buscar su camino. Cuando Felipe llega, en la Ciudad Eterna se ven todavía las secuelas del horrible saqueo de Roma: matanzas, violencias, profanaciones, estupros, habían reducido la población de Roma de 55,000 habitantes a 32,000. Pero ya había comenzado la vida disoluta de antes, en la corte pontificia y en los salones de los nobles.

            Roma es una pequeña ciudad, la población vive apiñada en dos kilómetros cuadrados. Dos tercios del territorio dentro de las murallas aurelianas está deshabitado. El Coliseo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor son zonas de campo. Los oficios del pueblo eran casi 116. Una de las actividades más florecientes era la prostitución  a la que se dedicaban –según el censo- diecisiete mujeres de cada mil.

            Felipe no se deja distraer por el jaleo de la ciudad. Alquila una habitación en casa de un florentino, Galeotto Del Caccia, y paga la pensión dando clases a los hijos del propietario. Asiste a las lecciones de la universidad y al Estudio de los agustinianos (estudio filosofía y teología). Nunca renuncia a su libertad. Es un joven muy inteligente, para nada taciturno, su alegría y gusto por las bromas conquistan la simpatía de sus compañeros universitarios, pero es diferente de todos. Visiblemente diverso.

            Es como si quisiera un amor secreto y buscase su recuerdo en las antiguas piedras de Roma. Durante días y noches visita las catacumbas, especialmente las de San Sebastián, y los lugares de los mártires cristianos, a menudo debe escapar del hampa que infesta aquellas zonas. Se inventa su peregrinación personal entre San Pedro, Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán, es decir, las basílicas que marcan los capítulos de los primeros siglos cristianos (una costumbre que luego, para miles de romanos, será la visita a las “siete iglesias”). Y va venciendo su repugnancia (era por instinto un higienista) yendo cada vez más a menudo a esas cloacas inmundas que eran los hospitales donde asiste a los enfermos más infectos y repugnantes. Probablemente es en el hospital de Santiago donde conoce por primera vez a un grupo de amigos de verdad especial. Son los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, que también han pasado de la “dolce vita” de estudiantes  de la Universidad de París a vivir una de las mayores aventuras de la época, la Compañía de Jesús. De Ignacio, que se queda en Roma como un general que dirige desde allí la batalla en todo el planeta, Felipe se hace muy amigo.

            Los historiadores hablan de inmoralidad de la Roma de aquellos años, de papas disolutos, casi todos con hijos o nietos, de vicios y obscenidades. Pero hay una paradoja: en la misma Roma de estos años, definidos como los años obscuros de la historia de la Iglesia, hallamos santos excepcionales, Ignacio, Francisco Javier, Felipe Neri, Carlos Borromeo y Camilo De Lellis (fuera de Roma, por ejemplo en España, nacía Teresa de Jesús el mismo año que en Florencia veía la luz san Felipe). Considerando esta clase de santidad hay que dudar que se trate verdaderamente de años obscuros para la Iglesia.

            Para los cristianos es la señal de que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. Por otra parte es asombroso ver que papas y cardenales tan hundidos públicamente en el pecado saben reconocer fácilmente a los santos y proteger el depositum fidei.


            Lutero, desde su punto de vista clerical, creía que a la Iglesia le hacían falta reformadores, mientras que también entonces lo que necesitaba eran santos. Creía el alemán que se debía cambiar al clero, los fieles sencillos desean cambiar su propia vida. Y junto a los santos la vida cotidiana cambia, precisamente esa vida donde todos los grandiosos proyectos humanos fracasan. Un gran escritor inglés, Gilbert Keith Chesterton, pone en boca de su padre Brown: “La vida cotidiana es la aventura más romántica y solamente el Aventurero la desubre”. Solamente los santos.

            Felipe en Roma recorre las calles, va a los mercados, a los bancos de los usureros florentinos, bromea con los banqueros, a menudo jóvenes arribistas (“¿Cuándo  empezamos a hacer algo bueno?”). Algunos sienten la llamada. En torno a él, que no es un sacerdote, comienzan a reunirse en San Jerónimo de la Caridad unas veinte personas. Se reúnen “con gran afecto” para hablar de la fe cristiana, rezar, cantar, confesarse y comulgar (cosa rara en aquellos tiempos). De aquí nace todo. Es imposible aludir a toda su historia (Rita Delacroix en su libro Felipe Neri, el santo de la alegría, narra decenas de episodios de la vida de san Felipe). De todos modos, él es, mucho más que Savonarola, la verdadera alternativa a la apostasía moderna.

            La simple vida cristiana de un grupo de amigos trae un aire fresco que recorre toda Roma. La práctica de las Cuarenta horas (es decir, la adoración prolongada ante la Eucaristía) nace de la experiencia  del Oratorio (con este nombre se llamó desde el principio la comunidad que se reunió en torno a Felipe). Así como la visita a “las siete iglesias”, en la que participan miles de personas y que no es una peregrinación, sino un modo sencillo de estar juntos en alegría. Y también el canto de las laudes en lengua vulgar, con acompañamiento de laúd, viola, órgano, clarín y trompa (los autores más importantes de música sacra del siglo XVIII pasan casi todos por el Oratorio). Otro de los intereses que Felipe contagia  a sus amigos es la historia de la Iglesia: incitado por él Césare Baronio se dedicará a esta tarea (Baronio llegará a cardenal y será el verdadero fundador de la historiografía eclesiástica).

            Una de las lecturas que Felipe y sus amigos preferían eran las cartas que los jesuitas, especialmente Francisco Javier, escribían desde la lejanísima Asia. En un momento dado fue tanto su entusiasmo que pensaron irse todos juntos a aquellas tierras de misión. Pero Felipe primero quiso pedir consejo a un anciano santo monje benedictino, el padre Ghettini, que le respondió: “No partas, tus Indias están en Roma”. Desde entonces Felipe comprendió que allí estaba su destino: con los años se convencerá cada vez más: “Atended a Roma, que quien hace bien a Roma, ¡hace bien a todos y por todo el mundo!”.

            En 1548 fundan una confraternidad, van a ayudar a los enfermos en los hospitales y sobre todo a los pobres que salían de los hospitales en condiciones penosas. Luego comienzan a ocuparse de los peregrinos, y en 1550, con ocasión del Año Santo, organizan la acogida de decenas de miles de peregrinos.

            En 1551, a los treinta y seis años, Felipe, por indicación de su confesor se hace sacerdote. Es inimaginable la cantidad de personas que se sienten atraídas por el Oratorio. Plebeyos y nobles, cortesanas (prostitutas de alto copete) y damas, holgazanes, criminales y gente sencilla, eclesiásticos y artistas se convierten siguiendo a Felipe. Y no era un espectáculo chico, especialmente en aquellos años, ver a cardenales y príncipes en los sucios hospitales romanos limpiar la yacija de pobres despojos humanos.

            Lo que no es posible narrar es la atmósfera de alegría, de simpatía que se respiraba en torno a Felipe. Era normal verlo jugando al tejo con los muchachos o en otras sorprendentes situaciones. Pero sobre todo no soportaba que lo veneraran como a un santo y cuando se presentaba alguien con esta actitud, se divertía desconcertándolo. Era un modo de quitarse de encima a los pesados. Debido a su pasión por la libertad no quiso nunca codificar reglas: todo lo gobernaba una alegre fraternidad que tenía “la bolsa en común, común la mesa y todos estaban dispuestos a cualquier tarea”.

            Él también, como todos los santos, tuvo en un momento determinado, su ración de persecuciones eclesiásticas. Lo acusaron de ser un “creador de sectas”, la acusación más terrible de aquella época. Pero luego, gracias a la ayuda del cardenal Carlos Borromeo, todo terminó. Gregorio XIV intentó por todos los medios de hacerle cardenal, Felipe siempre se negó, pero quiso tener consigo la birreta roja: se la ponía cuando retaba a los suyos a las carreras o al salto (a quien se asombraba le decía: “Estoy como una regadera, ¿no es verdad?”).

            En la Roma de aquellos años no hay miseria, dolor o pobreza que no socorran Felipe y sus amigos. Es increíble la serie de milagros que se le atribuyen. Milagros que, sin embargo, el vivía con la más completa naturalidad.

            Según las vidas del santo, el día de Pentecostés de 1554, mientras Felipe rezaba en las catacumbas de San Sebastián el Señor se le manifiesta en un globo de fuego que el penetra en el pecho. Pero él no quiso nunca hablar de los hechos sobrenaturales que le suceden, trata siempre de esconderlos o corta la cuestión con una ocurrencia.

            En estos años nacen como hongos sedicentes místicos y visionarios, y Roma está llena. Felipe los vio siempre con constante desconfianza. Según Giovanni Francesco Bordini, un sacerdote oratoriano, Felipe atribuía gran parte de estos casos “o a enfermedad natural de melancolía, o a estupidez de cerebro, o también por enfermedad y por algún fin no bueno”. También en los casos de “endemoniados” era muy escéptico. Una vez un padre apenado le llevó a su hija que tenía síntomas de endemoniada. Felipe la miró y le dijo al Padre: “Casad a vuestra hija, que no está endemoniada”.

            Durante toda su vida prefirió pasar los días en el confesionario antes que ocuparse de cuestiones políticas. Pero en un caso quiso “entrometerse” con cierta decisión. Cuando subió al trono de Francia Enrique IV de Navarra, que mil veces había renegado de la fe, el Papa no se decidía a admitirlo de nuevo en la Iglesia. Felipe lo intentó todo para convencerle: llegó a ordenar a Baronio, que era el confesor de Clemente VIII, que no diera la absolución al Papa si no escuchaba su consejo. Al final el pontífice escuchó el consejo, y, según muchos, así se salvó la Francia católica de la perspectiva trágica de un cisma. El sorprendente joven florentino que hemos visto llegar a Roma, vivirá en la Ciudad Eterna hasta una venerable edad: murió el 26 de mayo de 1596.

25 de mayo de 2021

Santo Evangelio 25 de Mayo 2021

  


Texto del Evangelio (Mc 10,28-31): 

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».

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«Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna»


Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga

(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?

La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.

Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre...” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?


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