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3 de octubre de 2022
San Francisco de Borja 3 de Octubre
San Francisco de Borja 3 de Octubre
San Francisco de Borja, ejemplo de desprecio de las grandezas del mundo, de la humildad más profunda y del espíritu de oración y penitencia, era hijo de una de las familias más nobles de aquel tiempo. Por su padre, tercer duque de Gandia, descendía de los Borja, a los que pertenecían los papas Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492,1503) y que tanto se distinguía entonces en España y en Italia. Por su madre pertenecía a la familia de don Fernando de Aragón. Sin embargo, con su santidad de vida quiso Dios que reparara las inmoralidades que, tanto por parte de su padre como de su madre habían contribuido a darle la vida.
Nació, pues, en Gandía, provincia de Valencia, el 10 de octubre de 1510, y, aunque educado en medio del regalo, ya de niño se entretenía jugando a celebrar misa; pero bien pronto tuvo que abandonar estos juegos, dedicándose de lleno a los deportes caballerescos, en los que salió particularmente adiestrado. Al mismo tiempo recibió una formación literaria acomodada a su estado y sobresalió en el culto y gusto por la música.
Contando dieciocho años de edad, y siendo ya un joven aventajado en las costumbres caballerescas de su tiempo, es presentado en la corte de Castilla. Carlos V y su esposa Isabel de Portugal se complacían en la destreza y buenas maneras de Francisco; pues, a diferencia de tantos otros cortesanos, elegantes por fuera, mas corrompidos en su interior, daba claras muestras del candor e inocencia de su alma. Por esto, ya en 1529, creado marqués de Lombay, se desposó con la camarera favorita de la emperatriz, la portuguesa Leonor de Castro, modelo de elegancia y de recato, y fue colmado de cargos y distinciones
Carlos V concede a Francisco la más absoluta confianza. De este modo el novel caballero se hace íntimo amigo del joven príncipe Felipe II. Más aún: entra en la intimidad de la emperatriz Isabel, de la que le encarga expresamente el emperador durante sus frecuentes ausencias. En los ratos libres gusta de leer a San Pablo, el Evangelio y las homilías de San Juan Crisóstomo. Da a Carlos V lecciones sobre cosmografía y otras materias. Compone algunas obras de música religiosa, que alcanzaron bastante resonancia, si bien sólo se nos han conservado algunos motetes y una misa. Su vida, ordenada y tranquila, constituye el ideal de un cortesano cristiano que goza de la más completa confianza de sus señores. Para colmo de felicidad, Dios ha bendecido su matrimonio, y en 1538 nace en Toledo su octavo hijo.
Pero el año 1539 introduce en su vida un elemento de desengaño y desilusión. La ocasión fue la inesperada muerte de la emperatriz Isabel en la flor de los años y en la plenitud de la grandeza humana. Si el dolor por la muerte de la emperatriz Isabel sume a Carlos V en un estado vecino a la desesperación, produce igualmente en Francisco de Borja una tristeza que le quita el gusto para todo.
Encargado por el emperador, tuvo que acompañar al féretro hasta Granada en unión con un buen número de prelados y grandes del reino, con el fin de depositar a la emperatriz en el sepulcro de los reyes. El entierro tuvo lugar el 17 de mayo; pero, al echar su última mirada al rostro de aquella mujer, dechado en otro tiempo de encanto y belleza humana, experimentó Francisco una profundísima sensación de la vanidad de las grandezas de este mundo, y desde aquel momento se propuso vivir con el corazón separado por entero de ellas y puesto sólo en Dios.
Sin embargo, Dios tenía sobre él, por el momento, otros designios. Precisamente entonces, el 26 de junio de 1539, Carlos V nombró a Francisco de Borja virrey de Cataluña, cuya capital era Barcelona. Francisco desempeñó este importante cargo con admirable acierto. Acabó con el desorden y organizó en tal forma la seguridad en todo el territorio que su gobierno llegó a ser proverbial. Pero, en realidad, se sentía completamente transformado y era otro hombre. Dedicábase mucho más a la oración, según se lo permitían las obligaciones de su cargo y de su familia. Al morir su padre en 1543, Francisco, heredero de su título de duque de Gandía, obtuvo el permiso para retirarse allá con su familia, y durante los tres años siguientes se entregó de lleno al trabajo de ordenar sus propios estados y realizar en Gandía y en Lombay diversas obras de piedad y beneficencia.
Esta vida tranquila y ordenada fue interrumpida en 1546 por la muerte inesperada de su esposa, Leonor de Castro, cuando Francisco se encontraba en la flor de la vida, contando treinta y seis años de edad. Esta circunstancia colocaba al santo duque en una situación completamente nueva. Aunque hasta aquí había sido modelo de esposos durante los diecisiete años que había vivido en la más completa compenetración con doña Leonor, y aunque estaba dispuesto a cumplir, como buen padre, las obligaciones que tenía con los ocho hijos que Dios le había dado de su cristiano matrimonio, pensó inmediatamente en la realización de su plan de renunciar a todas las dignidades y grandezas del mundo y entregarse al servicio de Dios.
Ahora bien, ¿como debía realizar este ideal, que entonces más vivamente que nunca se ofrecía a su espíritu, dispuesto a los mayores sacrificios? Dios mismo, durante los años anteriores, había ido ilustrando su inteligencia y preparando su corazón para que en tan críticos y decisivos momentos pudiera tomar una decisión conforme con sus designios. En efecto, ya durante su virreinato en Cataluña había tratado en Barcelona al padre Araoz, y sobre todo al Beato Fabro, primer compañero de San Ignacio de Loyola, y por su medio había conocido a este santo, por el cual y por la Orden por él fundada experimentó desde entonces una simpatía extraordinaria. Por esto, al establecerse poco después en Gandía, preparó inmediatamente la fundación de un colegio de la Compañía de Jesús, que pudo abrirse el 16 de noviembre de 1546.
Pues bien; en los momentos críticos en que se encontraba Francisco después de la muerte de su esposa presentóse en Gandía el padre Pedro Fabro, y, después de una larga conversación con él y hechos los ejercicios espirituales, pronunció el voto de entrar en la Compañía de Jesús. Poco días después volvía Fabro a Roma y entregaba a San Igracio un escrito del duque de Gandia, en el que éste le pedía formalmente su admisión en la Compañía de Jesús. San Ignacio ratificó su voto, admitiéndolo oficialmente en la Orden; pero en la carta que a continuación le escribió le decía estas palabras: "El mundo no tiene orejas para oír tal estampido", por lo cual añadía que conservase en secreto su propósito mientras arreglaba los asuntos domésticos y procuraba sacar el grado de doctor en teología.
Francisco siguió al pie de la letra el consejo de Ignacio; pero bien pronto se vió en un grande aprieto, pues fue requerido instantemente para asistir a las Cortes de Aragón. Para evitar estas dificultades obtuvo San Ignacio del papa Paulo II dispensa especial para Francisco de Borja, y, conforme a ella, el 2 de febrero de 1548 hizo el duque la profesión solemne en la Compañía de Jesús, mientras permanecía algún tiempo en medio del mundo en traje secular.
Arregladas, pues, las cosas de su casa, casados convenientemente sus hijos y obtenido la borla de doctor en teología, el 31 de agosto de 1550 daba el adiós definitivo al mundo y se dirigía a Roma, acompañado de su hijo mayor y un gran séquito de la nobleza. En la Ciudad Eterna fue acogido con grande aparato por los representantes del Papa, del emperador y de las más significadas personalidades; pero bien pronto se hizo pública, ante el estupor de todo el mundo, su determinación de vestir la sotana de la Compañía de Jesús, y, en efecto, dejando los suntuosos palacios que todos le ofrecían, se retiró a la pequeña residencia de los jesuitas, cerca de Santa María de la Estrada. De extraordinario fruto para su alma, hambrienta de Dios y de perfección, fueron las largas conversaciones que tuvo entonces durante cuatro meses con Ignacio de Loyola, tan consumado maestro de la vida espiritual. Por esto decía el Santo después de ellas que Ignacio se le representaba como un gigante, al lado del cual todos los demás, incluyendo al mismo Fabro, eran como unos niños.
Preparado Francisco de este modo, y bien orientado para la nueva vida que iba a emprender, salió el 4 de febrero de 1551 de Roma en dirección a España, donde se retiró algún tiempo en Oñate, cerca de Loyola, con el fin de prepararse convenientemente para recibir las órdenes sacerdotales. Habiendo, pues, recibido el permiso del emperador, realizó aquí la renuncia a sus estados en su hijo Carlos, hízose luego rapar la cabeza y cortar las barbas, y se puso definitivamente la sotana de la Compañía de Jesús, después de lo cual fue ordenado sacerdote el 23 de mayo de 1551. Movido por la gran veneración y afecto que profesaba a San Ignacio, quiso celebrar en privado su primera misa en la capilla del castillo de Loyola, pero luego celebró otra con gran solemnidad en Vergara, para la cual el Papa habia concedido indulgencia plenaria. Y fue tal la aglomeración de público, calculado en unas veinte mil personas, que se hizo necesario celebrarla al aire libre. Tal era, en efecto, la resonancia que había alcanzado la renuncia del duque de Gandía, que todo el mundo deseaba contemplar con sus propios ojos al duque jesuita, al duque santo.
Y con esto comienza la nueva etapa, fecundísima y definitiva, de San Francisco de Borja. Los tres años siguientes significan en él la práctica y ejercicio de la renuncia que acababa de realizar. Desde un principio fue para todos, superiores y súbditos, el más perfecto modelo de humildad y de todas las virtudes. Entregóse con toda su alma a los más bajos oficios de barrer, limpiar, acarrear leña y ayudar en la cocina. Por otra parte, comprendiendo Ignacio, con certera visión, el inmenso fruto que podría hacer Borja con su ejemplo, no quiso asignarle ninguna casa como residencia y le dió la orden de ir por diversas ciudades del Norte predicando al pueblo y dando algunas misiones. Francisco siguió esta indicación de la obediencia y, en efecto, su predicación obtuvo durante este tiempo un efecto extraordinario. Grandes muchedumbres acudían en todas partes a escuchar sus ardientes exhortaciones, y, ante el ejemplo viviente de su renuncia a todas las grandezas del mundo y de las heroicas virtudes que ejercitaba se resolvieron muchísimos a realizar, a su vez, un cambio de vida. Por esto no es de sorprender que fuera designado al poco tiempo como apóstol de Guipúzcoa.
Después de este aprendizaje de la vida religiosa entra Francisco de Borja en un segundo estadio de la misma. En efecto, conociendo Ignacio, por otra parte, las dotes de gobierno de Francisco, de las que tan claras pruebas había dado en el virreinato de Cataluña y en la administración de sus estados, y, por otra, la necesidad que tenía la Compañía de Jesús en España de un hombre de gran prestigio que la acreditara e introdujera entre los círculos de la más elevada sociedad, nombró a Francisco, en 1554, comisario general, con autoridad superior para toda España y Portugal, que más adelante extendió a todos los dominios de la Península en Ultramar. Para el humilde Borja, que, después de renunciar a todas las grandezas, no deseaba otra cosa que ponerse a los pies de todos y predicar humildemente a Cristo en todas partes, este cargo significaba la mayor contrariedad y mortificación; mas, con la sumisión que sentía hacia San Ignacio, se abrazó desde el principio con la cruz que la obediencia le imponía. De lo pesada que fue para él esta cruz es buen indicio lo que, diez años después, escribía: "Diez de junio. Hoy, décimo aniversario de la cruz que me impusieron en Tordesillas".
Mas, por otra parte, sus dotes de hombre fuerte, rectilíneo, ordenado, emprendedor, que se captaba las simpatías de todos y dominaba fácilmente con la superioridad de su persona: y juntamente el prestigio de que gozaba en todas partes y el ascendiente que le daba el sublime heroísmo de su renuncia y de todas sus virtudes religiosas, todo esto fue produciendo en todas partes un efecto arrollador. Por esto puede decirse que Francisco de Borja fue prácticamente el verdadero fundador de la Compañía de Jesús en España. Su intensa acción en los viajes, realizados entre España y Portugal, dió como resultado el rápido florecimiento de la Compañía de Jesús en España. En las principales ciudades se solicitaba a la Orden para que se hiciera alguna fundación. A los siete años se habia duplicado el numero de colegios y de miembros de la Orden.
Sin embargo, como sucedió a San Ignacio y sucede siempre a los grandes apóstoles, no pudo faltar la contradicción.
Los prejuicios o celos de algunas personas contra él fueron alimentando cierto ambiente desfavorable. Es cierto que Borja tuvo algunas intervenciones notables entre los elementos más elevados. Así, asistió en 1555 en los últimos momentos a la reina doña Juana la Loca, y al año siguiente visitó a Carlos V en su retiro de Yuste, adonde acudió algunas veces durante los dos años siguientes, y, aunque no pudo asistir a la muerte del emperador en 1558, hizo poco después su elogio fúnebre en Valladolid. Pero, esto no obstante, llegó a tal extremo en este mismo año la animosidad contra el Santo, que el padre general, Diego Lainez, se sintió obligado a hacerle ir a Roma, como lo realizó en agosto de 1558.
Esta tempestad duró todavía algún tiempo. Al volver a España Felipe II en 1559, influido por algunos enemigos del Santo, mostró alguna frialdad contra su antiguo amigo de la infancia. Por esto, en inteligencia con el general de la Orden, pasó Francisco los años 1559 y 1560 en Portugal, donde realizó un importante trabajo de estabilización y reajuste de la Compañía de Jesús, y finalmente, en agosto de 1561, fué llamado a Roma por el padre Laínez a instancias del papa Pío IV (1559-1565). En Roma fue acogido con el mayor afecto, y durante algún tiempo permaneció allí al lado del padre general, Diego Laínez. Ante todo, dedicóse a la predicación, y consta que entre sus más asiduos oyentes contaba al cardenal San Carlos Borromeo y al cardenal Ghisleri, el futuro papa San Pío V. Pero bien pronto comenzó a utilizarlo el padre Laínez en asuntos de gobierno, que prepararon poco a poco a Francisco para el cargo de general de la Orden, para el que la Providencia lo destinaba. Más aún: Cuando, en 1562, el general Laínez tuvo que partir para Trento en calidad de teólogo pontificio, donde permaneció hasta el final del concilio en diciembre de 1563, nombró a Francisco de Borja vicario general de la Compañía de Jesús. Finalmente, al fallecer Laínez en 1565, Francisco fue elegido para sucederle en la dirección general de la Orden.
Ahora bien, durante los siete años en que Francisco de Borja gobernó como general a la Compañía de Jesús podemos afirmar que cumplió plenamente su cometido, contribuyendo de tal manera al perfeccionamiento y crecimiento de la Orden que con razón puede ser considerado como su segundo fundador. Sus dotes de hombre de gobierno, sus conocimientos y amistades con los principales hombres de Estado y dirigentes de su tiempo, el prestigio de que en todas partes disfrutaba, y, junto con esto, su espíritu de trabajo y sacrificio y las heroicas virtudes que ejercitaba, todo esto contribuía a dar una eficacia decisiva a todas las obras y trabajos que emprendía.
Su actuación como general de la Compañía de Jesús se extendió realmente a todos los campos de su actividad, y en todos ellos dejó bien marcada la huella de su eficacia, sirviendo de complemento de la obra de Ignacio. Uno de sus primeros cuidados fue organizar un movimiento en toda forma en Roma, y, tras él, otros semejantes en otras partes. De este modo dio la forma definitiva a los noviciados. Por otra parte, convencido de que, para asegurar el espíritu religioso, era necesario infundir y practicar el espíritu de oración, procuró fomentarlo en todas las formas posibles y señaló una hora para la oración diaria, así como también el tiempo destinado a las demás prácticas de piedad.
Francisco de Borja fue asimismo organizador y promotor de los estudios. Al ir por vez primera a Roma, quince años antes, había mostrado sumo interés por la fundación del Colegio Romano, proyectado por San Ignacio, y con la limosna que entonces dió puede ser considerado como su primer fundador. Como general, contribuyó eficazmente a su organización definitiva, que le confirmó en aquel título. Además, construyó la iglesia de San Andrés del Quirinal, donde habían de distinguirse novicios tan insignes como San Estanislao y San Luis Gonzaga, y asimismo comenzó la del Gesu.
De gran eficacia fue la labor de San Francisco de Borja en la propagación de la Compañía de Jesús y la extensión de su actividad en todo el mundo. Empleó el influjo que tenía en la corte francesa para obtener una acogida más favorable a los jesuitas en Francia, donde se fundaron en su tiempo ocho colegios. De un modo semejante se fundaron tres en Alemania, cuatro en Italia, once en España y otros varios en diversas partes de Europa. Pero su predilección se manifestó por las misiones. Por esto dió nuevo impulso y reorganizó las del Lejano Oriente y comenzó nuevas empresas en América, constituyendo las provincias de Méjico y Perú, y sobre todo la del Brasil. Su actividad se extendió a otros campos. Así, publicó una nueva edición de las reglas, terminada en 1567, y protegió constantemente a los escritores que comenzaban a dar gran renombre a la nueva Orden.
Pero, aun en el campo de la Iglesia universal, tuvo Francisco un influjo extraordinario. Al lado de San Pío V y de San Carlos Borromeo, puede ser considerado como uno de los grandes promotores de la renovación católica. En 1568 él fue quien movió a San Pío V, con quien tenía gran ascendiente, para que nombrara una comisión de cardenales encargada de promover la conversión de los herejes e infieles.
En estas circunstancias, en junio de 1571, Pío V envió al cardenal Bonelli a una embajada a España, Portugal y Francia, y suplicó a Borja que le acompañara. De hecho, no se obtuvo con ella gran cosa en los preparativos de una liga contra los turcos; pero mostró el gran prestigio y la eximia virtud de Francisco. En todas partes acudían a su encuentro las turbas, ávidas de contemplar a un santo. Olvidados los antiguos prejuicios, el mismo Felige II le recibió con muestras visibles de satisfacción. Pero su salud ya quebrantada, se resintió notablemente con las fatigas del viaje. La vuelta a Italia se fue haciendo cada vez más fatigosa. Pasó el verano de 1572 en Ferrara, donde su primo, el duque Alfonso, trató de rehacerlo; pero al fin lo tuvo que llevar a Roma en litera. El 3 de septiembre llegó a Loreto, donde descansó ocho días, y finalmente llegó a Roma el 23; pero, después de unos días de fatigosa enfermedad, en la que dió los más sublimes ejemplos de piedad, humildad y paciencia, descansó en el Señor durante la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1572.
De este modo se nos presenta la figura de San Francisco de Borja como uno de los santos más sublimes y atractivos de la Iglesia: como ejemplo precioso de la más profunda humildad y desprecio de las vanidades del mundo, y juntamente como el hombre providencial en la constitución definitiva de la Compañía de Jesús. En 1617 sus restos mortales fueron trasladados a Madrid, donde se conservaron con gran veneración hasta 1931, en que, en el incendio de la iglesia de la Compañía de Jesús, desaparecieron casi por completo. Lo poco que pudo salvarse entre las cenizas se conserva todavía en la actualidad.
BERNARDINO LLORCA, S. I.
2 de octubre de 2022
Santo Evangelio 2 de Octubre 2022
Texto del Evangelio (Lc 17,5-10):
En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.
»¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».
«Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer»
+ Rev. D. Josep VALL i Mundó
(Barcelona, España)
Hoy, Cristo nos habla nuevamente de servicio. El Evangelio insiste siempre en el espíritu de servicio. Nos ayuda a ello la contemplación del Verbo de Dios encarnado —el siervo de Yavé, de Isaías— que «se anonadó y tomó la condición de esclavo» (Flp 2,2-7). Cristo afirma también: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc 22,27), pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,28). En una ocasión, el ejemplo de Jesús se concretó realizando el trabajo de un esclavo al lavar los pies de sus discípulos. Quería dejar así bien claro, con este gesto, que sus seguidores debían servir, ayudar y amarse unos a otros, como hermanos y servidores de todos, tal como propone la parábola del buen samaritano.
Debemos vivir toda la vida cristiana con sentido de servicio sin creer que estamos haciendo algo extraordinario. Toda la vida familiar, profesional y social —en el mundo político, económico, etc.— ha de estar impregnada de este espíritu. «Para servir, servir», afirmaba san Josemaría Escrivá; él quería dar a entender que para “ser útil” es preciso vivir una vida de servicio generoso sin buscar honores, glorias humanas o aplausos.
Los antiguos afirmaban el “nolentes quaerimus” —«buscamos para los cargos de gobierno a quienes no los ambicionan; a quienes no desean figurar»— cuando había que hacer nombramientos jerárquicos. Ésta es la intencionalidad propia de los buenos pastores dispuestos a servir a la Iglesia como ella quiere ser servida: asumir la condición de siervos como Cristo. Recordemos, según las conocidas palabras de san Agustín, cómo debe ejercerse una función eclesial: «Non tam praeesse quam prodesse»; no tanto con el mando o la presidencia sino, más bien, con la utilidad y el servicio.
Reflexión 2 de Octubre
Día 2
Hoy celebramos la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. Cuando nacemos, el Señor nos asigna un Ángel de la Guarda para nuestra custodia, que velará por nosotros durante nuestra existencia. San Agustín nos explica que El Ángel de la Guarda nos ama como hermanos y está impaciente por vernos ocupar un lugar en el Cielo.
Hoy te invito a agradecer a tu Ángel de la Guarda por la protección que te brinda mediante el rezo de un Padrenuestro. También te invito a que se lo agradezcas cada día, no solamente hoy.
Los Santos ángeles Custodios 2 de Octubre
Los Santos ángeles Custodios 2 de Octubre
"La existencia de los ángeles está atestiguada casi por cada una de las páginas de la Sagrada Escritura." Así habla San Gregorio Magno, a quien se da el título de Doctor de la milicia celeste. Podemos añadir nosotros que el mismo alto origen ha de reconocerse para el culto de estos celestiales espíritus. La devoción a los ángeles aparece casi con espontaneidad en los primeros años de,nuestra vida y ya no nos abandona jamás. En una inscripción del cementerio de San Calixto se lee: Arcessitus ab angelis, que viene a decir: "fue llamado por los ángeles" para presentarle al Señor. "Salid al encuentro suyo, ángeles del Señor, para ofrecer su alma en la presencia del Altísimo", canta la Iglesia en el oficio de difuntos.
La fiesta de los ángeles custodios tiene ya existencia multisecular. Se ha recordado que ya en el siglo V se celebraba en España y en Francia, como fiesta particular. Suprimida por San Pío V, fue restablecida por un decreto de Paulo V el año 1608, fijándola para el primer día libre después de San Miguel. Clemente X fue quien la introdujo definitivamente en la liturgia de toda la Iglesia, determinando que se celebrara el día 2 de octubre.
El nombre de "ángel" significa mensajero. Es nombre que significa ministerio y oficio. Pero la perfección de su naturaleza va de acuerdo con ese sublime oficio, que ellos ejercen de una manera más permanente que los demás seres de la creación. Son los "mensajeros" de Dios, por excelencia. Son seres creados, intelectuales, superiores a los hombres, dotados por el Señor de especial virtud y poder.
La humana filosofía apenas había columbrado, de una manera borrosa, la existencia de los ángeles. La fuente primera de nuestra devoción es la Revelación divina, contenida en la Sagrada Escritura. Con ella en la mano evitamos el primer error en que cayeron algunos teólogos combatidos por Orígenes, que, influidos por la filosofía pagana, tuvieron a los ángeles por "dioses". Están al servicio de Dios, pero son seres creados por su omnipotencia. Merecen nuestra veneración por su grandeza sobrenatural, por la gracia que les adorna, por su amor al Señor, demostrado en la prueba, que no supieron superar Lucifer y sus secuaces, los cuales, por su soberbia, fueron convertidos en demonios y padecen las penas eternas del infierno, que fue creado para ellos.
En la vida de Cristo Nuestro Señor y en la vida de la Iglesia primitiva los ángeles ejercen su misión de mensajeros con frecuencia. A veces se designa a los ángeles por su nombre, como a San Gabriel, San Rafael, San Miguel; a veces simplemente se les designa con el genérico apelativo de "el ángel del Señor"; a veces cumplen su misión individualmente, como el ángel que bajaba a la piscina de Betzata, en la puerta Probática, para agitar el agua y comunicar una virtud maravillosa de curación de cualquier enfermedad que tuviere el primero que descendía a sus ondas. Otras veces son dos los ángeles enviados, como los que vió la Magdalena, vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había estado el cuerpo de Jesús muerto, antes de la resurrección. Otras veces la Escritura alude a legiones de ángeles, como aquellas "doce legiones" que hubiera enviado el Padre celestial si Cristo hubiera formulado tal petición. Y no falta alguna ocasión en que la Escritura habla de "millares de millares", como aquellos que aparecen en el Apocalipsis alrededor del trono triunfal del Salvador del mundo. Dada la armonía perfecta del mundo, como obra del Creador, podemos pensar en la escala ascendente que va del maravilloso mundo físico que nos va descubriendo en su portentosa complejidad la física nuclear, al mundo de los vivientes, más perfecto aún, siguiendo por esa misteriosa unión de lo somático y lo psíquico, lo material y lo espiritual, representado por la persona humana. Los ángeles son las criaturas que colman esta ascensión hacia el cielo. Por eso decimos que son superiores a los hombres. La Escritura los llama "estrellas de la aurora e hijos de Dios".
Dice fray Luis de León que se les llama "estrellas de la aurora porque sus entendimientos, más claros que estrellas, echaron rayos de sí, saliendo a la luz del ser en la aurora del mundo. Y se les llama hijos de Dios porque, entre lo que El crió, es lo que más se le parece en la perfección de su naturaleza".
Los ángeles han sido creados por Dios, como el universo entero, para su gloria. Es decir, "para alabar, hacer reverencia y servir" al Creador. Cumplen esta finalidad siendo la corona gloriosa del Señor, como le vieron tantos artistas, capitaneados por Lucas della Robbia, el escultor florentino, autor del grupo más delicioso de los ángeles cantores. Estas representacion!es artísticas no son arbitrarias, sino que siguen la línea de los libros santos, como el del Apocalipsis, donde se lee: "Vi y oí la voz de muchos ángeles en rededor del trono, y de los vivientes y de los ancianos; y era su número miríadas de miríadas, y millares de millares, que decían a grandes voces: Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. Y todas las criaturas que existen en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y todo cuanto hay en ellos, oí que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos". Por ello decimos que los ángeles forman la corte celestial, que primariamente mira al honor de Dios Creador y Redentor.
Y precisamente porque todo su anhelo es alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, los ángeles se convierten, por disposición divina, en ángeles custodios. Cuando tengamos el concepto exacto de la religión, que no se ha hecho primariamente para nuestra felicidad, sino para la gloria del Señor, comprenderemos por qué cumplen las criaturas angélicas con este oficio de mensajeros de Dios cerca de nosotros, y de custodios de nuestra pobre vida, destinada, como la suya, "para alabar, hacer reverencia y servir" al Creador. Quieren los ángeles que formemos a su lado en la corte celestial, que conservemos y aumentemos la gracia, que nos da derecho a cantar en sus coros; a repetir, por toda la eternidad, la melodía inefable de los que son gloriosos porque supieron buscar la gloria de Dios.
En el libro del Exodo, cuando se acaba de promulgar la ley santa, el Señor, que habla en estilo directo a cada uno de los israelitas, anuncia solemnemente la asistencia de los ángeles custodios con estas palabras "Yo mandaré a mi ángel ante ti, para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto". Para los israelitas este texto significa la asistencia y la custodia de los ángeles en la peregrinación por el desierto hasta llegar a la tierra prometida. Significa también la asistencia y la custodia de los ángeles para el viaje de esta vida terrenal y la llegada a la gloria del cielo. El acontecimiento histórico del paso de Israel por el desierto fue la ocasión para que el Señor promulgara su Ley y para que se nos anunciara este auxilio de los ángeles custodios en las dificultades que la vida terrena entraña.
Por lo demás, la tutela de los ángeles se anuncia en muchos otros pasajes de la Escritura, pero quizá en ninguno con tanta fuerza expresiva como en el salmo 90, donde dice: "Te encomendará a sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos. Y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras. Pisarás sobre áspides y víboras, hollarás al león y al dragón".
San Bernardo comenta así este pasaje bíblico, exponiendo la custodia de los ángeles en la doctrina general de la providencia de Dios para la salvación de los hombres. "Aplicas al hombre, ¡oh Señor!, tu corazón y solícito lo cuidas. Le envías tu Unigénito, diriges a él tu Espíritu, le prometes tu gloria. Y para que nada haya en el cielo que deje de participar en nuestro cuidado, envías a aquellos bienaventurados espíritus a ejercer su ministerio para bien nuestro, los destinas a nuestra guarda, les mandas que sean nuestros ayos. Poco era para ti haber hecho ángeles tuyos a los espíritus: háceslos también ángeles de los pequeñuelos, pues escrito está: Los ángeles de éstos están viendo siempre la cara del Padre. A estos espíritus tan bienaventurados háceslos ángeles tuyos para con nosotros y nuestros para contigo".
Los Santos Padres de la Iglesia han predicado esta doctrina, aplicando a los ángeles de la gu,arda distintos títulos en los que se expresa la importancia de su ministerio. Eusebio de Cesarea les llama "tutores" de los hombres, San Hilario, ''mediadores''; San Basilio, "compañeros de nuestro camino"; San Gregorio Niseno, "escudo protector", Simeón Metafrastes, "muralla que rodea por todas partes la fortaleza de nuestra alma, defendiéndola de los asaltos del enemigo"; San Cirilo Alejandrino, "maestros que nos enseñan la adoración y el culto de Dios". No es posible seguir. Hacemos notar solamente que San Agustín y San Gregorio Magno no han perdido ocasión para exaltar el valor de la intervención angélica en nuestra vida. Y la sagrada liturgia en este día de su fiesta les ha saludado con las siguientes palabras: "Cantamos a los ángeles custodios de los hombres, que puso el Padre, junto,a nuestra frágil naturaleza, como celestiales compañeros para que no sucumbiéramos ante las insidiosas acometidas de los enemigos".
Si consideramos atentamente la letra de la Escritura divina, observaremos que se habla en sus páginas de diversos órdenes de ángeles. Isaías ve a los "serafines" cantando, y uno de ellos purifica los labios del profeta con un carbón encendido. El Génesis nos dice que un "querubín" fue puesto por Dios como guardián del paraíso, y el Exodo que fueron dos los "querubines" los que estaban en el arca santa desde donde promete el Señor hablar a su pueblo. San Pablo nombra a los "principados, potestades y dominaciones", así como los "tronos, virtudes y arcángeles". Existe, pues, una jerarquía celeste con ángeles de orden y oficio superior y ángeles de orden y oficio inferior. Todos, ciertamente, excelsos y muy superiores a nuestra humana naturaleza.
Ante esto se han preguntado los teólogos si entra en la providencia ordinaria de Dios destinar para custodia de los hombres a los ángeles de las categorías superiores o se encomienda este oficio a los ángeles de las categorías inferiores. La lectura de los textos sagrados nos persuade que ángeles de todas las categorías, aun de las superiores, San Gabriel, San Rafael, San Miguel, los serafines y querubines, han cumplido misiones cerca de los hombres, como se comprueba ccn la vida de la Santísima Virgen y San Juan Bautista, el pueblo de Israel, el profeta Isaías, el santo patriarca Tobías, por no citar sino los pasajes más salientes. Pero es posible que los ángeles de los órdenes inferiores sean los que normalmente se designan para ejercer la custodia de los hombres, y así se puede creer que en las jerarquías angélicas unas cumplen la misión de asistir ante el trono del Señor y otras se destinan para la custodia del universo creado, en el que sobresalen los hombres como primero y principal objeto de esa cuidadosa guardia. Los primeros son ángeles "asistentes" al trono celestial: los otros, "ejecutores" de la Providencia en el auxilio a la humanidad caída. Las misiones y disposiciones más destacadas, como la de la encarnación del Verbo anunciada por San Gabriel y otras semejantes, saldrían fuera de la regla ordinaria y general.
Cuando se habla de los ángeles custodios nos referimos primariamente a los que ejercen la salvadora tutela de las personas individuales. Cada uno de nosotros tiene su ángel de la guarda. Dios quiere que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad. Al decir todos los hombres no excluimos a ninguno. Tenemos, por tanto, por más congruente a esta voluntad salvífica de Dios el extender con la misma universalidad el ministerio tutelar de los ángeles. Todas las almas han sido redimidas por Cristo, todas están en el camino de la salvación, todas son defendidas y protegidas por los ángeles. Y muchas almas, nacidas en la paganía y misteriosamente salvadas por la iluminación de !a fe, deben esto a los ángeles de su guarda. Lo sabremos el día en que se haga la cuenta universal del paso de los hombres por la tierra. Pero lo columbramos ya desde ahora, siguiendo el pensamiento de los teólogos sobre la salvación de los infieles negativos, que guardan la ley natural. El ministerio de los ángeles juega en ellos un papel principal. Este ángel nuestro nos acompaña siempre, no nos abandona jamás en esta vida. En la otra, para quienes hayan alcanzado la gloria, aún quedan vinculados a su triunfo.
Hemos aludido a las narraciones de la Biblia para fundamentar nuestra doctrina sobre los ángeles. Ahora transcribimos una referencia de los Actos de los Apóstoles, donde, al mismo tiempo, podemos ver a un ángel en acción y palpar la fe de la Iglesia primitiva en la custodia de los ángeles.
San Pedro estaba custodiado en la cárcel y Herodes pensaba exhibirlo al pueblo. La noche anterior a este día del triunfo del perseguidor, San Pedro se hallaba dormido entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y guardada la puerta de la prisión por centinelas. "Un ángel del Señor se presento en el calabozo, que quedó iluminado, y, golpeando a Pedro en el costado, le despertó diciendo: Levántate pronto; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: Cíñete y cálzate tus sandalias. Hízolo así y agregó: Envuélvete en tu manto y sígueme. Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el ángel hacía; más bien la parecía que fuese una visión.
Atravesando la primera y la segunda guarda llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo luego el ángel. Entonces Pedro, vuelto en si, dijo: Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío".
San Pedro llegó a la casa de Maria, la madre de Juan Marcos, y llamo a la puerta. Sabían ellos que Pedro estaba en la cércel, pero, al oír su voz, sin creer aún en el prodigio de su liberación, pensaron: "Será su ángel". Así vivió la Iglesia primitiva esta verdad alentadora de la custodia de los ángeles, que reclaman también su parte en la feliz difusión del mensaje evangélico.
Todos los hombres tienen su ángel custodio. Pero, además, lo tienen los reinos v comarcas. De San Miguel, como ángel del pueblo de Dios, se habla en el libro del profeta Daniel. Y el pueblo gentil de los persas tenia su ángel. Asi podemos aceptar la doctrina de San Jerónimo, que nos dice que, "cuando el Altísimo separaba a las razas y se constituían los términos de cada pueblo, numeraba los ángeles que les habían de custodiar". Y si esto se dice de los pueblos, lo diremos, con tanta mayor razón, de la Iglesia católica, difundida de Oriente a Occidente, y de las Iglesias particulares, de las diócesis y colectividades religiosas. Y de esto tenemos un ejemplo patente, según toda la tradición de los Santos Padres griegos, en las cartas que se escriben a los ángeles de las siete Iglesias del Asia proconsular en el libro del Apocalipsis. Los ángeles aparecen aquí unidos en su suerte y en sus aspiraciones a las mismas Iglesias, a los obispos y a los fieles. Ellos reciben y transmiten las alabanzas y las reprensiones que forman parte de los mensajes. Salvando siempre todas las distancias, podriamos decir que, como Cristo quiso aparecer como vestido de nuestras flaquezas, asi los ángeles de estas Iglesias de Asia, y lo mismo diremos de todas las demás del mundo, parecen ante el Señor unidos a las circunstancias de aquellas cristiandades que en tantas cosas eran dignas de alabanza y en otras habian caido de su primitivo esplendor. Dice a este propósito el gran obispo de Milán San Ambrosio: "No solamente destinó Dios a los obispos para defender su grey, sino también a los ángeles". Y añade San Gregorio de Nacianzo: "No dudo que los ángeles son rectores y patronos de las iglesias, como nos enseña el Apocalipsis de San Juan".
Los ángeles custodios deben ser venerados e invocados. "Acátale, escucha su voz, no le resistas', dice el libro del Exodo. Tres frases de San Bernardo resumirán adecuadamente esta doctrina: "Anda siempre con circunspección -dice el Santo-, como quien tiene presente a los ángeles en todos los caminos". "Amemos afectuosamente a sus ángeles como a quienes han de ser un día coherederos nuestros, siendo ahora abogados y tutores puestos por el Padre y colocados por El sobre nosotros. Asi amar a los ángeles es amar a Dios mismo. Al amor se añade la confianza. "Aunque somos tan pequeños y nos queda tan largo y tan peligroso camino, ¿qué temeremos teniendo tales custodios? Fieles son, prudentes son, poderosos son. Siempre, pues, que vieres levantarse alguna tentación, amenazar alguna tribulación, invoca a tu guarda, a tu conductor, al protector que Dios te asignó para el tiempo de la necesidad y de la tribulación. No duerme, aunque por breve tiempo disimule alguna vez; no sea que con peligro salgas de sus manos si ignoras que ellas te sustentan.
He aquí la oración propia del día: "¡Oh Dios, que con inefable providencia te has dignado enviar a tus santos ángeles para nuestra guarda!, concede a los que te pedimos el vernos defendidos por su protección, gozar eternamente de su compañía. Por Cristo nuestro Señor. Así sea".
EUGENIO BEITIA