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1 de julio de 2022
¡Oh Sagrado Corazón, Luz en este mundo de oscuridad!
¡Oh Sagrado Corazón, Luz en este mundo de oscuridad!
Meditación: Corazón Sagrado, enllagado y martirizado por nuestros pecados, sé nuestra Luz para vivir sólo en Ti, y así poder seguir nuestro camino para llegar un día a habitar junto al Padre Celestial
Jaculatoria:¡Enamorándome de Ti, mi Amado Jesús! ¡Oh Amadísimo, Oh Piadosísimo Sagrado Corazón de Jesús!, dame Tu Luz, enciende en mí el ardor del Amor, que sos Vos, y haz que cada Latido sea guardado en el Sagrario, para que yo pueda rescatarlo al buscarlo en el Pan Sagrado, y de este modo vivas en mí y te pueda decir siempre si. Amén.
Florecilla: Que sepamos plasmar en nuestro pobre corazón, lo que nos enseñó el Hijo de Dios. Meditemos cuán poco sabemos de El.
Oración: Diez Padre Nuestros, un Ave María y un Gloria.
Santos Justino Orona y Atilano Cruz 1 de Julio
Santos Justino Orona y Atilano Cruz 1 de Julio
Presbíteros y mártires
*Atoyac (México), 14-abril-1877
*Atoyac, 5-octubre-1901
+ 1-julio-1928
B. 22-noviembre-1992
C. 21-mayo-2000 (1)
1. (*) Nacimiento; + Muerte; B. Beatificación; C. Canonización.
Justino Orona Madrigal nació en el seno de una familia cristiana, el día 14 de abril de 1877 en Atoyac, Jalisco (México); fue educado en un ambiente religioso, donde vivían casi en extrema pobreza. Sintió en su alma la vocación al sacerdocio, pero tuvo muchas dificultades, pues su familia contaba con sus ingresos económicos. Por fin se decidió a hacer los primeros estudios e ingresó en el seminario de Guadalajara a los 17 años. Sufrió muchas carencias en sus estudios por la pobreza de su familia. Era buen estudiante, estimado por sus compañeros y superiores.
Después de terminar sus estudios tuvo la alegría de ser ordenado sacerdote en 1904, fue párroco de Poncitlán, Encarnación y Cuquío, en el estado de Jalisco. Fue sacerdote durante veinticuatro años, en los que dio ejemplo donde ejerció su apostolado en un medio muy difícil por el anticlericalismo reinante, sobre todo por el gobierno y la indiferencia religiosa.
Ejerció su ministerio sacerdotal con muchas penurias, pues tenía que ir ocultándose de los perseguidores. En una carta que escribió a una religiosa, expresaba sus sentimientos más íntimos: «El camino que lleva a la patria hay que seguirlo con mucha alegría, sirviendo a Dios en la tierra y viviendo por el bien de los hombres. Los que siguen el camino del dolor con fidelidad pueden subir al cielo con seguridad».
En su parroquia de Cuquío fundó una congregación religiosa para atender a las niñas huérfanas y pobres.
Cuando la persecución se iba poniendo más tensa, bastante gente le aconsejaba que huyera pero él les respondía: «Yo, entre los míos, vivo o muerto».
Milano Cruz Alvarado, el presbítero más joven de los 22 mártires mexicanos, nació en la ciudad de Atoyac, Jalisco (México), nació Atilano el 5 de octubre de 1901, en una familia de ascendencia indígena, de la que recibió una buena educación cristiana de costumbres fielmente católicas. Cuando tuvo la edad suficiente le encargaron que cuidara el ganado: en aquellos tiempos la mayoría de los niños no iban a la escuela, porque tenían que ayudar a los padres y por lo retirado que estaban las escuelas del pueblo más cercano. Más tarde lo llevaron sus padres a Teocaltiche para que aprendiera a leer y escribir.
Milano puso mucho interés y en poco tiempo recibió buenas calificaciones.
Sintió la llamada del Señor para ser sacerdote y cuando tuvo 17 años, en 1918, ingresó en el Seminario Auxiliar de Teocaltiche. Después de dos años fue trasladado al de Guadalajara. En toda su carrera obtuvo, por su gran inteligencia, magníficas calificaciones y varios premios.
A la mitad de la carrera tuvo que interrumpir sus estudios, porque el gobernador de Jalisco, J. Guadalupe Zuno, desalojó del seminario a todos los seminaristas, en diciembre de 1924. Tuvo que terminar la carrera sacerdotal con muchas dificultades hasta que lo ordenaron sacerdote el día 24 de julio de 1927. El obispo lo destinó a una parroquia como vicario de Cuquío, Jalisco. En muy poco tiempo de su ministerio sacerdotal, un año, trabajó en la pastoral con gran celo y entusiasmo.
MÁRTIRES DE CRISTO
El día 28 de junio de 1928, llegó el padre Justino al rancho «Las Cruces», de la familia Jiménez Loza, feligreses suyos. Le acompañaba su hermano José María y Toribio Ayala, un abnegado cristiano que, por el delito de ayudar y proteger a su párroco, fue ahorcado poco después del asesinato de los dos sacerdotes.
El padre Atilano llegó el 29, al atardecer, cenaron juntos y después rezaron el rosario. Le preguntó la familia si no sentían ningún miedo del gobierno y él le contestó que si los viera enfrente les daría el saludo de «¡Viva Cristo Rey!» Después, los dos se retiraron a descansar. Por la tarde del día 30 y hasta altas horas de la noche estúvieron planificando la pastoral parroquial que había de realizarse en circunstancias adversas, porque se iban acercando los perseguidores.
El capitán Vega y el presidente municipal de Cuquío, José Ayala, allanaron la casa. Cuando estaban acostados, de madrugada se presentó un pelotón de soldados que ya conocían el lugar, porque una persona, llamada Rosalío Gómez, fue a cerciorarse de que estaban allí los padres. Llegaron los soldados y dieron grandes golpes a la puerta de la habitación, donde en seguida se levantó el párroco Justino y abrió la puerta gritando ¡Viva Cristo Rey!, y en ese instante lo acribillaron a balazos. Expiró al momento, junto con su hermano José María. El padre Atilano, al ver tanta sangre y asustado, se puso de rodillas al pie de la cama y a continuación dispararon contra él. Esto acaeció en la madrugada del 1 de julio de 1928.
Su cuerpo, que estaba agonizante, lo tiraron a un patio, lo mismo hicieron con el párroco y su hermano, después de mofarse y burlarse de los cadáveres, que fueron llevados a Cuquío y arrojados en la plaza principal. El padre Atilano tenía el cráneo deshecho por las balas expansivas. Ese mismo día, los feligreses los enterraron en el panteón de Cuquío. Se veneran ahora en el templo parroquial.
El papa Juan Pablo II los beatificó el 22 de noviembre de 1992 y los canonizó el 21 de mayo del 2000.
ÁNGEL MARTÍNEZ PUCHE, O.P.
Ester Reina 1 de Julio
Ester Reina 1 de Julio
(siglo V a.C.)
UNA HISTORIA DE CORTE
La acción debemos ponerla imaginativamente en tiempos del imperio persa sasánida, en algún momento a mediados del siglo V antes de Cristo. En este tiempo sitúa el narrador la historia de Ester, la mujer judía que llega providencialmente a reina en la corte persa, precisamente cuando está a punto de ponerse en práctica un edicto de extinción de los judíos exiliados, una especie de holocausto antes de tiempo.
La historia se ubica en Susa, ciudad de verano del gran rey de los persas, donde algunos de ellos pasaban largas temporadas. Tal era el caso de Artajerjes I o Muero, que de las dos maneras se llama en la Biblia al rey de esta historia, quien gobernó el imperio persa a mediados del siglo V a.C. Comienza un día en que el rey, en medio de un banquete, hace llamar a la reina, la primera de su harén, para mostrarla a los invitados y que éstos pudiesen admirar su belleza. Por lo que fuere, los motivos no se nos dan en la narración, la reina Vasti se negó a obedecer la orden del rey, lo que fue considerado como una afrenta a los invitados y una desobediencia a la máxima autoridad del imperio. Las consecuencias fueron inmediatas: un decreto hizo perder a la reina su condición de esposa consorte y de reina. La narración concluye con una nota ejemplarizante, que refleja el tipo de valores de la sociedad en que el relato se escribe: «Cuando por todo el inmenso imperio del rey oigan el decreto real, todas las mujeres honrarán a sus maridos, nobles y plebeyos»; es decir, de ese modo se reafirmaba ante la sociedad entera el principio patriarcal de aquella sociedad, que la reina Vasti parecía poner en peligro: ¡es el marido quien manda en casa!
Un segundo cuadro completa el paisaje humano y prepara el drama del que se va a hablar. El cuadro gira también en torno al rey y a sus mujeres. En este caso, pasado algún tiempo desde el hecho anterior, se buscan por todo el reino esposas para el rey, es decir, mujeres para su harén que, según las costumbres de la época, habían de ser tanto más numerosas, cuanto más poderoso era el señor. En este contexto, se nos presenta a Mardoqueo, un judío ilustre, alto funcionario en la corte del rey, que vivía en la parte alta de Susa, donde la gente importante. Tenía consigo en casa a una bella joven judía, huérfana de padre y madre y pariente suya, a la que había adoptado como hija propia. Se llamaba Edisa o Ester, pues ambos nombres nos da el narrador bíblico. Ester parece derivar del persa stara, y significa probablemente "estrella". Es posible que el nombre tenga algo que ver con el latino steila, que en nuestra lengua ha dado Estela. Con toda naturalidad el narrador nos cuenta cómo Ester fue seleccionada para el harén del rey. Muy pronto su belleza y simpatía hacen que tenga allí una situación privilegiada, aunque -siguiendo las instrucciones de su padre adoptivo- oculta de momento su origen judío. Cuando le tocó el turno y fue llamada por el rey, Ester se convirtió en su favorita y fue coronada en seguida reina, en lugar de la destronada Vasti. El texto bíblico tiene interés en subrayar que esta circunstancia, sin embargo, no hizo cambiar de conducta a Ester. En efecto, cumpliendo las enseñanzas de Mardoqueo, ella seguía temiendo a Dios y cumpliendo sus mandamientos.
INTRIGAS Y AMENAZAS
Inmediatamente cambia el ritmo de la historia, que nos sitúa de golpe en el submundo de las intrigas de la corte. Mardoqueo descubre un complot contra el rey y lo denuncia. Según una versión, directamente; según otra, por medio de la reina Ester. En cualquiera de los casos, el complot es suprimido, y Mardoqueo adquiere prestigio y un puesto de mayor relevancia en la corte. Todo ello causa la envidia de otro funcionario, Amán, personaje de mucho ascendiente ante el rey. Cuando este último es elevado a la categoría de primer ministro, sólo Mardoqueo deja de inclinarse ante él, porque un judío sólo a Dios puede adorar y ante él inclinarse. Y ésta es la disculpa que desata una venganza, no tanto contra el personaje, cuanto contra el pueblo al que pertenecían Mardoqueo y Ester, es decir, contra el pueblo judío. Efectivamente, Amán denuncia a este pueblo ante el rey, utilizando una serie de razones, que serán -sorprendentemente- las mismas razones y prejuicios siempre utilizados por futuros antisemitas: «Hay una raza aislada -dice-, diseminada entre todas las razas de las provincias de tu imperio. Tienen leyes diferentes de los demás y no cumplen los decretos reales. Al rey no le conviene tolerarlos. Si a vuestra majestad le parece bien, sea decretado su exterminio, y yo entregaré a la hacienda trescientas toneladas de plata para el tesoro real«.
Se trata, pues, de un pueblo singular y diferente. Éste es en último término el gran delito. A partir de aquí, se le achacan los crímenes habituales: es un pueblo enemigo de todos, completamente separado por su legislación, desdeña las órdenes reales, estorba la política irreprochable y recta del gobierno, es hostil a los intereses persas y, además, comete los peores crímenes, hasta el punto de amenazar la estabilidad del reino. Ni qué decir tiene que Amán recibe carta blanca para actuar como crea más conveniente. Y «a todas las provincias del imperio llevaron los correos cartas ordenando exterminar, matar y aniquilar a todos los judíos, niños y viejos, chiquillos y mujeres, y saquear sus bienes el mismo día: el día trece del mes de marzo, o sea, el mes de Adar». La fecha es importante y juega un papel relevante en el relato bíblico. Desde el punto de vista narrativo es un término final, antes del cual hay que buscar cualquier solución, pues luego ya no será posible evitar la matanza. Desde el ángulo de la historia, es la fecha en que nacerá una festividad popular del pueblo judío, una festividad que, probablemente, esté en el origen de todo este relato.
A medida que los correos reales hacían llegar la orden a las ciudades donde existían colonias judías, la sorpresa primero, el estupor después, el miedo y la desesperación al final, eran las reacciones de la gente afectada por el decreto. Cuando Mardoqueo se enteró de lo que se avecinaba, lleva a cabo un tradicional gesto bíblico: rasga sus vestiduras, se viste de sayal, desparrama ceniza sobre su cabeza y se coloca ante el palacio real, gritando: «Desaparece un pueblo inocente». Finalmente la noticia llega a Ester, quien entra en contacto con Mardoqueo. Quizás ella pueda interceder ante el rey, quizá Dios le haya hecho subir al trono para esta ocasión, comenta Mardoqueo, hablando con ella siempre por intermediarios. La dificultad de acceder hasta el rey era, sin embargo, muy grande. A todo aquel que se acercaba a la zona real sin haber sido llamado, podía aplicársele la pena de muerte, salvo que e; rey mismo extendiese hacia él su cetro de oro. Y Ester no había sido llamada desde hacía un mes. Pero el asunto era urgente, no podían dejarse pasar sin más los días, porque, a medida que se acercaba la fecha, el peligro era más difícil de conjurar.
LA REINA ESTER ANTE EL SOBERANO PERSA
La personalidad y la piedad de Ester se muestran ahora en todo su esplendor, como pone especialmente de relieve la narración conservada en lengua griega, más larga y tardía que la hebrea. Ella sabe que ha de jugarse la vida por su pueblo, pero es consciente de que no puede hacerlo sola. Necesita la ayuda de Dios, el apoyo espiritual de todo su pueblo. Les pide, por eso, que ayunen y que oren por el buen éxito de la empresa.
Ella, aunque no haya sido llamada, irá a ver al rey, pase lo que, pase. «Si hay que morir, moriré», dice totalmente decidida. La plegaria que el autor judío de lengua griega pone en boca de la reina Ester es de una gran belleza:
«Señor mío, único rey nuestro,
protégeme, que estoy sola
y no tengo otro defensor que tú.
Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación
y dame valor, Señor, Rey de los dioses y Señor de los poderosos.
Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león;
haz que él cambie y aborrezca a nuestro enemigo,
para que perezca con todos sus cómplices.
A nosotros, líbranos con tu mano,
y a mí, que no tengo otro auxilio, fuera de ti,
protégeme tú, Señor, que lo sabes todo...
Oh Dios, poderoso sobre todos,
escucha el clamor de los desesperados,
líbranos de las manos de los malhechores,
y a mí quítame el miedo.»
Es verdad que, en el conjunto de la oración aquí extractada, resuenan fuertes acentos de venganza y de odio al enemigo. No debemos olvidar que estamos aún en los tiempos del Antiguo Testamento. El mensaje casi increíble de amar a los enemigos, propuesto por Jesús, tardará aún varios siglos en llegar. Pero la confianza en Dios, el valor de la oración personal y comunitaria, así como la fuerza del ayuno, se manifiestan en esta ocasión con toda su fuerza y su grandeza. Y no debemos olvidar que sólo con la ayuda de Dios, es decir, con su gracia, es posible cumplir el mandato del amor.
Después de tres días de ayuno, ataviada ahora con sus mejores galas, la reina traspasa los umbrales de la zona prohibida y se presenta públicamente ante el rey. Uno de los narradores subraya cómo el rey parecía ante sus ojos un ángel de Dios, cómo se llenó de temor ante el inmenso esplendor de la corte, cómo, en fin, llena de tensión y a la vez fascinada por cuanto veían sus ojos, apenas comenzó a hablar al rey, se desmayó. Pero ya el rey, movido por Dios a benevolencia, había cambiado el gesto de condena en signo de acogida y, extendiendo hacia ella el cetro que sostenía en sus manos, benévolamente la acogió. La reina, con prudencia y realismo a la vez, no expone entonces sus problemas al rey. Le invita a un banquete para el día siguiente, a la vez que invita también a Amán. Éste, lleno de contento, lo toma como un gesto de máxima consideración y se siente en la cumbre del poder. Sólo Mardoqueo, que sigue a la puerta del palacio y continúa sin inclinarse ante él, parece poner límite a su imparable ascenso político y social. Y decide acabar con su persona antes del banquete. Para ello manda levantar una altísima horca y comienza a planear, cómo pedir al rey la orden de ejecución para su enemigo.
DIOS SALVA A SU PUEBLO POR MEDIO DE ESTER
A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. El rey no puede conciliar el sueño en la noche. Pide que le lean las crónicas de su reino y descubre los favores que en otro tiempo le hizo Mardoqueo. Se entera, además, de que nunca se le recompensó por ello. Cuando por la mañana concede a Amán audiencia, le consulta qué se debe hacer en favor de uno a quien el rey quiere honrar. Pensando que se trata de él mismo, Amán responde con una lista completa de gestos de honor y de dones excelentes. El rey, para sorpresa y estupor del primer ministro, le ordena que eso mismo se haga con Mardoqueo. Desde ese instante, las cosas van de mal en peor para el enemigo del pueblo judío. En el banquete la reina pone al rey al tanto del proyecto de exterminio del pueblo judío, que está a punto de consumarse. ¿Quién ha hecho eso?, exclama el rey. Y al saber que ha sido Amán, no puede contener su ira y sale por un momento al jardín. Amán, viéndose perdido, suplica a la reina que interceda por él. Para ello se inclina en el diván sobre la reina, justo en el momento en que entra en la sala de nuevo el rey, tomando ese gesto como un intento de abusar de la reina. Y así Amán es condenado a morir en la horca, que él mismo había preparado para Mardoqueo. Y toda la confianza, que había depositado antes en Amán, la pone ahora en Mardoqueo.
Por su parte, Ester pide al rey que revoque el decreto de aniquilación de los judíos. El asunto no era fácil, pues un decreto que llevaba la firma y el sello del rey no podía revocarse. Por eso, consultados los expertos legales del reino, se mandan nuevos correos con órdenes nuevas: «Ordenamos que no habéis de obedecer a la carta enviada por Amán ... Ayudadles (a los judíos) a defenderse de quienes los ataquen, ese mismo día trece del mes de marzo, mes de Adar. Porque ese día trágico para el pueblo elegido, el Dios dominador universal, lo ha convertido en día de alegría». La continuación del relato no es agradable y causa en el cristiano lector de la Biblia una cierta turbación. A la amenaza sucede la venganza y la reina Ester pide, incluso, que pueda prorrogarse el tiempo de vigencia del decreto, para que la venganza fuese más completa. Finalmente, se manda que los días 14 y 15 del mes de Adar sean en adelante fiesta para los judíos, la fiesta de «purim», porque «Amén, hijo de Hamdatá, de Agag, el enemigo de los judíos, había hecho el sorteo, llamado "pur", para eliminarlos y destruirlos; pero cuando la reina Ester se presentó ante el rey, el rey escribió un documento volviendo contra Amán el plan perverso, que había tramado contra los judíos...».
UN RELATO MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA
La historia de Ester, contenida en el libro bíblico que lleva su mismo nombre, es ciertamente un relato de ficción, apoyado probablemente en dos experiencias profundas del pueblo judío. La primera se refiere a las constantes reacciones antijudías de otros pueblos ante «su diferencia» y ante su negación a dejarse absorber por la cultura y la religión ambiental. La segunda es la constante experiencia de la ayuda providente de Dios. Esta bella y cruda historia nos ha llegado en dos relatos complementarios, uno en hebreo -más breve y más antiguo- y otro en griego -mucho más amplio y posible remodelación del anterior-. Por lo demás, la composición de esta pequeña obra maestra es compleja y se extiende entre los siglos IV y I a.C. Pero, si el libro de Ester no cuenta la verdadera historia, ¿de qué nos habla realmente? Hemos visto que la historia en sí misma es dura. Pero es que habla de duras realidades. Son éstas las dificultades de convivencia entre pueblos, las amenazas de genocidio, las humanas venganzas personales y colectivas. Desgraciadamente, estos hechos sí son históricos y se han repetido muchas veces, llegando quizá a su punto álgido durante el holocausto judío de la Segunda Guerra Mundial. Pero no sólo con judíos han ocurrido estos hechos. Pueblos como el armenio o como tantos otros del África negra actual, nos recuerdan que, para nuestra vergüenza, se trata de vna historia demasiado real, como para considerarla pura ficción del pasado. En este sentido, la historia de Ester nos habla de la necesidad de lograr una convivencia entre pueblos de razas y religiones diferentes; y también de que Dios está siempre del lado del más débil. Ésta era la fe de Ester y éste es su más profundo sentido religioso: que Dios está del lado de los judíos amenazados -la minoría étnica- y se vale de lo aparentemente más pequeño -una mujer, tal como se consideraba entonces ... y ahora- para lograr la salvación.
Pero este libro y su heroína tuvo un segundo capítulo inesperado. Para los cristianos del medievo, Ester, Estela, era una prefiguración, un anticipo de la Stella Maris, es decir, de María misma, Estrella del Mar. Para ellos anunciaba ya a la Virgen María, coronada y mediadora. Y, del mismo modo que Ester, intercediendo ante Muero logró la salvación del pueblo judío, así María, coronada reina junto a su Hijo Jesucristo, intercede por todo el género humano, para obtenernos el perdón y la salvación definitiva.
JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ CARO
San Oliverio Plunket 1 de Julio
San Oliverio Plunket 1 de Julio
(† 1681)
Hubo una época en la historia de Irlanda que se caracterizó por una sañuda persecución religiosa.
Como toda persecución organizada, ésta de la historia irlandesa tiene un nombre, un tirano y un mártir. El nombre es "época penal"; el tirano, O. Cromwell, y el mártir, Oliverio Plunket.
Esto no quiere decir que no hubo otros perseguidores ni otros mártires. Estos se cuentan a millares.
La historia religiosa de Irlanda, que ya en el siglo XI contenía en sus tres martirológios mil ochocientos santos, presenta, a partir de entonces, una pléyade de defensores de la fe que dan su vida generosamente por la religión católica.
Un hecho evidente y un fenómeno extraordinario en la vida de un pueblo poco numeroso. Mientras los perseguidores triunfan en el orden político, militar y económico, fracasan en su intento de arrebatar la fe católica al pueblo sojuzgado.
La población de la "isla de los santos" pierde casi cuatro millones de habitantes a causa de la persecución, pero ésta ha contribuido a que una nación insignificante, que en la actualidad no alcanza los cuatro millones dentro de su territorio, haya lanzado a otros países, como Norteamérica, más de doce millones de católicos que están sembrando su espíritu y su psicología en otros pueblos jóvenes de grandes perspectivas en el porvenir.
Era preciso presentar este cuadro general en unas rápidas pinceladas para situar en su justo punto la figura del arzobispo de Armagh decapitado.
Un personaje histórico no puede considerarse independiente de su marco y de su época. Pierde talla. Un mártir es siempre un héroe de la fe, pero, cuando ese mártir representa una situación histórica, es, además, un símbolo.
Esta es la más saliente característica del Beato Oliverio Plunket. Es un símbolo.
Un símbolo de la unidad religiosa del pueblo irlandés, que no tolera la ruptura del cristianismo, iniciada en Alemania por Lutero y consumada en Inglaterra por Enrique VIII. Un símbolo de lealtad a la Iglesia de Roma. Un símbolo de constancia hasta la muerte.
Durante la "época penal" las leyes son ominosas. Se necesitaría mucho más espacio del que disponemos solamente para dar una idea de lo que fueron las "leyes penales". Los católicos no tenían derecho a la cultura ni a los cargos públicos. No había acceso a la universidad o a los centros educativos. No se podía hablar el idioma propio. No se podía tener posesiones. Solamente cuando la persecución amaina se tolera el que un católico posea un caballo, a condición de que su valor no exceda las cinco libras. Se persigue a los clérigos, se calumnia a los obispos, se destruyen pueblos enteros... Se trata de hacer de la población católica un grupo de ignorantes empobrecidos.
El lema de Cromwell es éste: "Los católicos, a Connor o... al infierno". Connor era la parte más pobre del país, donde la gente moría de miseria y de hambre.
Aún en el mismo siglo XVII pueden encontrarse hechos como la matanza del padre John Murphy (que, por cierto, estudió su carrera sacerdotal en la actual Casa de la Santa Caridad, de Sevilla, entonces seminario), a quien dividieron en pedazos, ofreciendo los trozos de su carne a un vecino católico "para que los comiera". Un monumento conmemorativo se halla actualmente cerca de Westford, lugar de su martirio.
Es sorprendente que un pueblo sobreviva indemne después de una persecución de siglos. Si se viaja por los lugares en donde, un día, estuvieron las cristiandades paulinas no se encuentra ni un superviviente ni un templo. Todo desapareció bajo la invasión de los turcos y después de la primera guerra europea. Solamente en las cavernas de los montes se hallan, a veces, restos de antiguos mosaicos.
En cambio, aquí, en la "Isla Esmeralda", el viajero contempla un pueblo rejuvenecido después de siglos de sufrimiento. Sus iglesias son espléndidas, mientras que las de sus viejos perseguidores están vacías, obscuras y polvorientas. No importa que éstos alardeen de tener las iglesias "tradicionales" del país. La "Iglesia" no es un edificio arrebatado por la fuerza, sino una fe y una sociedad perfecta instituida por Cristo. Y eso es lo que se descubre sobre los jaspes de los templos recientes de la católica Irlanda.
Cuando, en 1828, Daniel O'Connel consigue la emancipación, una nueva vida comienza para el catolicismo irlandés. La libertad de los 26 condados, lograda en 1921, ha hecho posible que la nueva generación sea la primera que experimente la conciencia de vivir.
Pero, como un fundamento de esta realidad, en la catedral de San Pedro de la ciudad de Drogheda se conserva, en una urna de cristal, la cabeza incorrupta del último beato irlandés: Oliverio Plunket.
El día 8 de junio de 1681 llega a Londres el arzobispo de Armagh, removido de su silla, depuesto y confinado durante diez meses sin ninguna clase de juicio o investigación jurídica y sin posibilidad de obtener permiso para comunicarse con sus amigos o de buscar testigos.
El juicio en Londres es dirigido por Maynard y Jefries contra toda consideración de justicia y en violación flagrante de toda forma legal. Un "agente de la Corona", cuyo nombre se da como Gorman, es introducido "por un desconocido" en la sala ante el tribunal y "voluntariamente" hace de testigo en favor del reo. El conde de Essex intercede ante el rey en su favor, pero Carlos responde casi con las mismas palabras de Pilatos: "No le puedo perdonar porque... no me atrevo. Su sangre caiga sobre vuestra conciencia. Vosotros le podíais salvar si quisierais".
Solamente un cuarto de hora de deliberación fue preciso para que el jurado diera el veredicto: Se le condena a ser ahorcado y descuartizado el día 1 de julio de 1681. El mártir solamente pronunció dos palabras ante esta sentencia: "Deo gratias".
Hay un hecho extraño, como todos los acontecimientos providenciales de la historia. Ocho años más tarde, en el mismo día exacto en que el Beato Oliverio Plunket había sido decapitado, el último de los reyes Estuardos era lanzado de su trono y su dinastía eliminada para siempre.
La acusación urdida contra el Beato era ésta: Mantener correspondencia "traidora" con Roma y con Francia, y también con los irlandeses del Continente; preparar una insurrección en Armagh, Monagham, Cavan, Louth y otros condados, organizar en Carlingford el recibimiento de fuerzas francesas y haber dirigido varias reuniones para levantar hombres con estos propósitos.
Podría fácilmente hacerse una defensa histórica frente a estos cargos, pero no es de la incumbencia de esta obra. La semejanza con la persecución y condenación de jerarcas de la Iglesia en nuestros mismos tiempos puede ser una ilustración de la identidad de métodos empleados por los perseguidores de la fe cuando tratan de acusarlos bajo pretextos económicos o políticos.
He aquí algunos párrafos tomados del juicio celebrado contra él:
El juez: "Considerad, señor Plunket que habéis sido acusado del más grave crimen: la traición". Y continúa: "Estáis manteniendo vuestra falsa religión, que es diez veces peor que todas las supersticiones". El Beato responde: "Mis principios religiosos son tales que el mismo Dios todopoderoso no puede dispensar de ellos". El juez concluye: "Veo con disgusto que persistís en profesar los principios de esa religión".
El delito de traición no era más que un pretexto, como se ve, para condenar al primado de Irlanda por la defensa de la fe católica.
El juez insiste: "Se os aconseja que tengáis algún ministro para atenderos, algún ministro protestante". Por fin ante la insistencia del Beato, se le autoriza a recibir los auxilios de algún sacerdote católico de los que están encerrados en la prisión y él hace esta última declaración: "Puesto que soy un hombre muerto a este mundo y puesto que espero misericordia en el otro, quiero declarar que Jamás he sido culpable de traición ni de ninguno de los cargos que se me han hecho, como su señoría sabrá algún día".
A pesar de su confesión fue sentenciado a muerte. El efecto de esta sentencia fue tal que un torrente de personas, católicos y protestantes, se agolpó ante su celda pidiendo su bendición o admirando su heroísmo. Hasta altas personalidades del protestantismo declararon que "Inglaterra iba a volver pronto a ser "papista" si el Gobierno persistía en condenar a muerte a personas de tanta constancia".
De una carta escrita por el mártir en su celda de muerte tomamos estas edificantes líneas: "Se ha dictado contra mí sentencia de muerte. Los que me perseguían han conseguido su intento. Como San Esteban quiero clamar: "Señor, no les imputes este pecado".
Y de otra carta escrita en aquellos mismos momentos: "Siento la responsabilidad de ser el primer irlandés y tener que dar ejemplo de morir sin temor. Pero veo que Nuestro Redentor sintió temor y tristeza ante la muerte y me pregunto por qué yo no la siento. Es que Cristo, con su pasión, mereció para mí el no tenerla ante mi muerte".
Las últimas líneas que escribió a vuelapluma en una breve nota fueron éstas: "Se me ha comunicado que mañana seré ejecutado. Estoy contento de que sea en viernes y en la octava de San Juan, y de que se me haya concedido el tener un sacerdote en esa última hora".
Desde que en 1533 Enrique VIII separó la iglesia de Inglaterra de la unidad de Roma hasta este momento de 1681, habían pasado muchos años de odios y persecuciones a los defensores de la fe católica. Después de la ejecución de Carlos I en 1649, y durante los años de Cromwell, de 1653 a 1659, la persecución de los católicos irlandeses fue intensa hasta el exterminio. El reinado de Carlos II —a partir de 1675— se caracterizó por la debilidad y la indecisión. Las diferencias de fechas históricas sobre la vida del Beato Plunket deben explicarse por la oposición de Inglaterra a adoptar las reformas del calendario gregoriano. Mientras que casi toda Europa las había aceptado desde 1582, todavía en 1681 Inglaterra vivía diez días retrasada, y al mismo sol que en Roma señalaba el amanecer del 11 de julio marcaba, media hora después, en Londres, el día primero. Hasta en estos pormenores aparecía el exceso de nacionalismo religioso y anglicano del siglo XVII.
Ya, desde el cadalso, Oliverio Plunket leyó su último sermón, que le había costado muchas horas de meditación, y el texto fue entregado al embajador de España en Londres, quien lo hizo imprimir y traducir a varios idiomas confirmando su fidelidad. Después de una fervorosa oración, en la que de nuevo perdonó a sus acusadores, murió con la paciencia y constancia de los mártires.
La persecución se hizo tan violenta que no fue posible protestar públicamente por la injusticia de su degollación. Pero sus restos fueron recogidos y venerados inmediatamente, y Roma envió al superior de los franciscanos irlandeses una orden de la Sagrada Congregación de Propaganda en que se excomulgaba a dos religiosos apóstatas, McMoyer y Duffy, que habían tenido parte en la acusación del arzobispo de Armagh.
El 23 de mayo de 1920 fue beatificado y en el mismo corazón de Londres una fervorosa procesión de católicos honró su memoria.
Comenzar la vida de un mártir por el relato de su martirio no es ninguna infidelidad histórica, porque teológicamente el martirio es suficiente prueba de la heroicidad de las virtudes.
Oliverio Plunket era hijo de una noble familia avecindada en el condado irlandés de Meath. Allí nació, en 1629, en la localidad de Loughcrew. Su madre pertenecía a la nobleza de Roscommon y su padre a la de Fingall.
Su infancia se desarrolló en un ambiente de luchas y persecuciones y entre escenas de matanzas y feroces batallas. De Irlanda pasó a Roma, en donde vivió durante ocho años estudiando filosofía, teología y derecho civil y eclesiástico, siendo uno de los primeros alumnos del Colegio Irlandés en Roma "Ludovisi" y uno de los primeros irlandeses en la universidad romana "La Sapienza". Una vez ordenado de sacerdote continuó en Roma, y el 20 de noviembre de 1669 se anunció en Irlanda que Oliverio Plunket había sido nombrado obispo de Armagh. A pesar de la amnistía que siguió a los años de Cromwell, aún perduraban muchas de las leyes isabelinas. La vida de un sacerdote católico estaba valorada en el mismo precio que la de un lobo, y las cinco libras estipuladas se pagaban, en uno y otro caso, en el momento de la presentación de sus cabezas.
En 1649 había veintiséis obispos irlandeses residentes en sus sillas y en 1669 sólo quedaban cinco vivos y otros tres en el destierro. En cuanto se conoció la elección de Oliverio Plunket para obispo de Armagh el virrey, lord Roberts, recibió una comunicación en que se le decía que, si podía hallarlo y apresarlo, habría realizado un "aceptable servicio". Durante algún tiempo pudo acogerse a la hospitalidad de Bélgica, hasta que le fue posible navegar a Londres y de allí a Irlanda, en donde tomó posesión de su silla de Armagh. A la muerte del virrey presbiteriano lord Roberts, su sucesor, lord Berkeley, cambió la política en pacifista y trató incluso con cortesía a algunos miembros del clero. Esto facilitó la labor pastoral del arzobispo de Armagh, que pronto llegó a ser primado al declararse Armagh sede primada de toda Irlanda.
Su caridad para con sus sacerdotes y su humildad y modestia se hicieron proverbiales y caracterizaron todo su apostolado y gobierno. Su celo y actividad por la organización de su diócesis fue incansable. Aunque eran muchas las diócesis sufragáneas —en total once—, él consiguió reunir en sínodos a los obispos dependientes de la metrópoli tratándolos como hermanos y no como forasteros. Recorrió su diócesis en visitas pastorales, congregó a sus sacerdotes con afecto de pastor y sencillez de amigo, hablándoles con verdadera veneración y agradeciéndoles sus servicios, y soportó con entereza las injusticias que, en algunos lugares de su diócesis, fueron impuestas contra los católicos aun bajo el moderado virreinato de lord Berkeley.
La pobreza y la austeridad presidían la vida del arzobispo. En realidad, los católicos habían quedado empobrecidos. Una de las tácticas de la persecución fue las llamadas "plantaciones" o traídas de protestantes escoceses, que se hacían dueños de las propiedades que antes tuvieron los católicos. Aún en 1672 el arzobispo primado denunciaba el abuso de que los católicos fueran obligados a pagar a los ministros protestantes dos chelines por cada hijo que se bautizaba en una iglesia católica. Su bondad para con sus fieles y sacerdotes se convertía en valentía y tenacidad cuando tenía que defender, frente a las injusticias, los derechos de la verdad y la fe.
Conociendo ahora estas virtudes características del primado irlandés y el marco histórico de su vida, es fácil comprender que la persecución haría presa en él sin demasiada dilación. La atmósfera tormentosa y la audacia de su espíritu explican suficientemente por qué fue detenido y apartado de sus fieles. La acusación de felonía y traición, y la sumisión a un tribunal inglés, eran igualmente elementos de la trama urdida contra su fe. Nunca Irlanda consideró legal el traslado del arzobispo a Londres y su juicio por los jurados ingleses. Desde 1495 las leyes inglesas carecían de vigor en Irlanda, a no ser que fueran aprobadas por las decisiones del Parlamento de Dublín, y la disposición de Enrique VIII de someter a los tribunales ingleses a cualquier acusado de traición que viviera en uno de los dominios de la Corona había prescrito ante el uso de los juristas desde que el Parlamento había sustituido a las Cortes.
No obstante todo este cúmulo de factores ilegales, Oliverio Plunket fue sacado un día de su diócesis y llevado a Inglaterra para, después de las formalidades acostumbradas por todos los tribunales injustos de la historia, escuchar, de boca del juez inglés, la palabra definitiva: Guilty (¡Culpable!). La misma estratagema e idéntico procedimiento, con especie de legalidad, que un día llevara al sanedrín a proclamar ante el más Justo de los acusados su "Reus est mortis" (Reo es de muerte).
Sus dos únicas palabras de respuesta: "Deo gratias" (gracias a Dios) resuenan todavía bajo los arcos de la catedral de Drogheda y su cabeza incorrupta, en parte ennegrecida por las llamas a que fue entregado su cuerpo después de degollado, es el mejor clamor que los siglos han podido conservar para la posteridad.
Terminemos con estas palabras tomadas de la declaración de la Sagrada Congregación de Propaganda en el mismo año de 1681: "Las conjuras en Inglaterra pretendieron ser dirigidas contra la vida del rey o como intentos de las conspiraciones irlandesas, pero, en realidad, no había más que una finalidad: atacar el establecimiento de la fe".
Oliverio Plunket pasará a la posteridad como un símbolo de constancia en defensa de la fe católica y como una prueba de la voluntad indestructible de un pueblo, tradicionalmente fiel a Roma, por conservar a toda costa su unidad religiosa.
JESÚS MARÍA BARRANQUERO ORREGO.
La preciosisima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.1 de Julio
La preciosisima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.1 de Julio
¡Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa de Cristo; de esa Sangre, fruto de un seno generoso, que el Rey de las gentes derramó para rescate del mundo: "in mundi praetium"!
Pero, antes de que la lengua cante gozosa y el corazón se explaye en afectos de gratitud y amor, es necesario que medite la inteligencia las sublimidades del Misterio de Sangre que palpita en el centro mismo de la vida cristiana.
Hay tres hechos que se dan, de modo constante y universal, a través de la historia del hombre: la religión, el sacrificio y la efusión de sangre.
Los más eminentes antropólogos han considerado la religiosidad como uno de los atributos del género humano. La función céntrica de toda forma religioso-social ha sido siempre el sacrificio. Este se presenta como la ofrenda a Dios de alguna cosa útil al hombre, que la destruye en reconocimiento del supremo dominio del Señor sobre todas las cosas y con carácter expiatorio. Por lo que se refiere a la efusión de sangre, observamos que el sacrificio —al menos en su forma más eficaz y solemne— importa la idea de inmolación o mactación de una víctima, y, por lo mismo, el derramamiento de sangre, de modo que no hay religión que, en su sacrificio expiatorio, no lleve consigo efusión de sangre de las víctimas inmoladas a la divinidad.
La sangre es algo que repugna y aparta, sobre todo si se trata de sangre humana. Sin embargo, en los altares de todos los pueblos, en el acto, cumbre en que el hombre se pone en relación con Dios, aparece siempre sangre derramada.
Así lo hace Abel, a la salida del paraíso (Gen. 4, 4), y Noé, al abandonar el arca (Gen. 8, 20-21). El mismo acto repite Abraham (Gen. 15, 10). Y sangre emplea Moisés para salvar a los hijos de Israel en Egipto (Ex. 12, 13), para adorar a Dios en el desierto (Ex. 14, 6) y para purificar a los israelitas (Heb. 9, 22). Una hecatombe de víctimas inmoladas solemnizó la dedicación del templo de Salomón.
Y no es sólo el pueblo escogido el que hace de la sangre el centro de sus funciones religiosas más solemnes, sino que son también los pueblos gentiles; en ellos encontramos igualmente víctimas y altares de sacrificio cubiertos de sangre, como lo cuentan Homero y Herodoto en la narración de sus viajes.
Adulterado el primitivo sentido de la efusión de sangre, en el colmo de la aberración, llegaron los pueblos idólatras a ofrecer a los dioses falsos la sangre caliente de víctimas humanas. Niños, doncellas y hombres fueron inmolados, no sólo en los pueblos salvajes, sino también en las cultas ciudades. Y todavía, cuando los conquistadores españoles llegaron a Méjico, quedaron horripilados a la vista de los sacrificios humanos. Los sacerdotes idólatras sacrificaban anualmente miles de hombres, a los que, después de abrirles vivos el pecho, sacaban el corazón palpitante para exprimirlo en los labios del ídolo,
El hecho histórico, constante y universal, del derramamiento de sangre como función religiosa principal de los pueblos encierra en sí un gran misterio, cuya clave para descifrarlo se halla entre dos hechos también históricos, uno de partida y otro de llegada, de los que uno plantea el tremendo problema y el otro lo resuelve, para alcanzar su punto culminante en el "himno nuevo”, que eternamente cantan los ancianos ante el Cordero sacrificado (Apoc. 7, 14), al que rodean los que, viniendo de la gran tribulación, lavaron y blanquearon sus túnicas en la Sangre del Cordero (ibid.), y vencieron definitivamente, por la virtud de la Sangre, al dragón infernal (cf. Apoc. 12, 11).
El pecado original creó un estado de discordia y enemistad entre Dios y el hombre. Consecuencia del pecado fue la siguiente: Dios, en el cielo, ofendido; el hombre, en la tierra, enemigo de Dios, y Satanás, "príncipe de este mundo" (lo. 12, 31), al que reduce a esclavitud.
En la conciencia del hombre desgraciado quedó el recuerdo de su felicidad primera, la amargura de su deslealtad para con el Creador, el instinto de recobrar el derecho a sus destinos gloriosos y el ansia de reconciliarse con Dios.
¡Y surge el fenómeno misterioso de la sangre! El hombre siente en lo más íntimo de su naturaleza que su vida es de Dios y que ha manchado esta vida por el pecado original y por sus crímenes personales. La voz de la naturaleza, escondida en lo íntimo de su conciencia, le exige que rinda al supremo Hacedor el homenaje de adoración que le es debido, y, después de la caída desastrosa, le reclama una condigna expiación. Adivina el hombre la fuerza y el valor de la sangre para su reconciliación con Dios, pues en la sangre está la vida de la carne, ya que la sangre es la que nutre y restaura, purifica y renueva la vida del hombre; sin ella, en las formas orgánicas superiores, es imposible la vida: al derramarse la sangre sobreviene la muerte.
Por otra parte, si en la sangre está la vida —vida que manchó el pecado—, extirpar la vida será borrar el pecado. De ahí que el hombre, llevado por su instinto natural, se decide a "hacer sangre", eligiendo para este oficio a "hombres de sangre", como han llamado algunas razas a sus sacerdotes, para que, con los sacrificios cruentos, rindan, en nombre de todos, homenaje y expiación a la divinidad. Dios mostró su agrado por estos sacrificios (Gen. 4, 4; 8, 21) y consagró con sus mandatos esta creencia al ordenar el culto del pueblo hebreo (Lev. 1, 6; 17, 22).
La sangre, por representar la vida, fue entonces elegida como el instrumento más adecuado para reconocer el supremo dominio de Dios sobre la vida y sobre todas las cosas y para expiar el pecado. Por eso Virgilio, al contemplar la efusión de sangre de la víctima inmolada, dirá poéticamente que es el alma vestida de púrpura la que sale del cuerpo sacrificado (Eneida, 9,349).
Pero como el hombre no podía derramar su propia sangre ni la de sus hermanos, buscó un sustituto de su vida en la vida de los animales, especialmente en la de aquellos que le prestaban mayor utilidad, y los colocó sobre los altares, sacrificándolos en adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes y para que le fueran perdonados sus pecados. He aquí descifrado el misterio del derramamiento de sangre. Su universalidad hace pensar si sería Dios mismo el que enseñara a nuestros primeros padres esta forma principal del culto religioso.
Los sacrificios gentílicos, aun en medio de sus aberraciones, no eran otra cosa que el anhelo por la verdadera expiación. Por eso se ofrecían animales inmaculados o niños inocentes, buscando una ofrenda enteramente pura. Pero vana era la esperanza de reconciliación con Dios por medio de los animales: no hay paridad entre la vida de un animal y el pecado de un hombre (cf. Heb. 10, 4). Era inútil para ello la efusión de sangre humana, de niños y doncellas, que eran sacrificados a millares: no se lava un crimen con otro crimen, ni se paga a Dios con la sangre de los hombres.
Quedaban los sacrificios del pueblo judío, ordenados y queridos por Dios, pero en ellos no había más que una expiación pasajera e insuficiente.
Los sacrificios judaicos, especialmente el sacrificio del Cordero pascual y el de la Expiación, tenían por fin principal anunciar y representar el futuro sacrificio expiatorio del Redentor (Heb. 10, 1-9). Estos sacrificios no tenían más valor que su relación típica con un sacrificio ideal futuro, con una Sangre inocente y divina que había de derramarse para nivelar la justicia de Dios y poner paz entre Él y los hombres (cf. Cor, 2, 17). Todo el Antiguo Testamento estaba lleno de sangre, figura de la Sangre de Cristo, que había de purificarnos a todos y de la que aquélla recibía su eficacia. Los sacrificios del Antiguo Testamento eran, en efecto, de un valor limitado, pues su eficacia se reducía a recordar a los hombres sus pecados y a despertar en ellos afectos de penitencia, significando una limpieza puramente exterior, por medio de una santidad legal, que se aviniera con las intenciones del culto, pero que no podía obrar su santificación interior.
Por lo demás, Dios sentía ya hastío por los sacrificios de animales, ofrecidos por un pueblo que le honraba con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él (cf. Mt. 15, 8). "¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre de animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más sacrificios en vano" (Is. 1, 11-13; 40, 16; Ps. 49, 10).
Para reconciliar al mundo con Dios se necesitaba sangre limpia, incontaminada; sangre humana, porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un valor tal que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de la paz; sangre representativa y sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban enemistados con Dios. ¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo, Hijo de Dios!
Esta sola es incontaminada, como de Cordero inmaculado (1 Petr. 1, 19); de valor infinito, porque es sangre divina; representativa de toda la sangre humana manchada por el pecado, porque Dios cargará a este, su divino Hijo, todas las iniquidades de todos los hombres (Is. 53, 6).
Si los hombres tuvieron facilidad para venderse, observa San Agustín, ahora no la tenían para rescatarse; pero aún más, no tenían siquiera posibilidad de ello. Y el Verbo de Dios, movido por un ímpetu inefablemente generoso de amor, al entrar en el mundo le dijo al Padre: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente" (Heb. 10, 5-7). Y ofreciendo su sacrificio, con una sola oblación, la del Calvario, perfeccionó para siempre a los santificados (Heb. 10, 12-14). Y el hombre, deudor de Dios, pagó su deuda con precio infinito; alejado de Él, pudo acercarse con confianza (Heb. 10, 19-22); degradado por la hecatombe de origen, fue rehabilitado y restituido a su primitiva dignidad. Se había acabado todo lo viejo; la reconciliación estaba hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos cerca por la Sangre de Cristo Jesús. Todo había sido reconciliado en el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz (2 Cor. 5, 18-19; Eph. 2, 16; Col. 1, 20).
La sangre real de Cristo (Lc. 1, 32; Apoc. 22, 16), divina y humana, sangre preciosa, precio del mundo, había realizado el milagro. El rescate fabuloso estaba pagado. "Nada es capaz de ponérsele junto para compararla, porque realmente su valor es tan grande que ha podido comprarse con ella el mundo entero y todos los pueblos" (San Agustín).
Pudo Jesucristo redimir al mundo sin derramar su Sangre; pero no quiso, sino que vivió siempre con la voluntad de derramarla por entero. Hubiera bastado una sola gota para salvar a la humanidad; pero Jesús quiso derramarla toda, en un insólito y maravilloso heroísmo de caridad, fundamento de nuestra esperanza.
¡Oh generoso Amigo, que das la vida por tus amigos! ¡Oh Buen Pastor, que te entregaste a la muerte por tus ovejas! (lo. 15, 13: 10, 15). ¡Y nosotros no éramos amigos, sino pecadores! Jesucristo se nos presenta como el Esposo de los Cantares, cándido y rubicundo; por su santidad inmaculada, mas blanco que la nieve; pero con una blancura como la de las cumbres nevadas a la hora del crepúsculo, siempre rosada por el anhelo, por la voluntad, por el hecho inaudito de la total efusión de su Sangre redentora.
"¡Sangre y fuego, inestimable amor!", exclamaba Santa Catalina de Siena. "La flor preciosa del cielo, al llegar la plenitud de los tiempos, se abrió del todo y en todo el cuerpo, bañada por rayos de un amor ardentísimo. La llamarada roja del amor refulgió en el rojo vivo de la Sangre" (SAN BUENAVENTURA, La vid mística, 23).
Las tres formas legítimas de religión con las que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los siglos (patriarcal, mosaica y cristiana) están basadas en un pacto que regula las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre (Gen. 17, 9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor. 11, 25). La Sangre purísima de Jesucristo es la Sangre del Pacto nuevo, del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la humanidad con Dios hasta el fin del mundo.
Cada uno de estos pactos es un mojón de la misericordia de Dios, que orienta la ruta de la humanidad en su camino de aproximación a la divinidad: caída del hombre, vocación de Abraham, constitución de Israel, fundación de la Iglesia.
Todo pacto tiene su texto. El texto del Nuevo Testamento es el Evangelio en su expresión más comprensiva, que significa el cúmulo de cosas que trajo el Hijo de Dios al mundo y que se encierran bajo el nombre de la "Buena Nueva". Buena Nueva que comprende al mismo Jesucristo, alfa y omega de todo el sistema maravilloso de nuestra religión; la Iglesia, su Cuerpo Místico, con su ley, su culto y su jerarquía; los sacramentos, que canalizan la gracia, participación de la vida de Dios, y el texto precioso de los sagrados Evangelios y de los escritos apostólicos, llamados por antonomasia el Nuevo Testamento, luz del mundo y monumento de sabiduría del cielo y de la tierra.
Además, el Pacto lleva consigo compromisos y obligaciones que Cristo ha cumplido y sigue cumpliendo, y debe cumplir también el cristiano. Antes de ingresar en el cristianismo y de ser revestidos con la vestidura de la gracia hicimos la formalización del Pacto de sangre, con sus renuncias y con la aceptación de sus creencias. "¿Renuncias?... ¿Crees?..., nos preguntó el ministro de Cristo. "¡Renuncio! ¡Creo!" "¿Quieres ser bautizado?" "¡Quiero!" Y fuimos bautizados en el nombre de la Trinidad Santísima y en la muerte de Cristo, para que entendiéramos que entrábamos en la Iglesia marcados con la Sangre del Hijo de Dios. Quedó cerrado el pacto, por cuyo cumplimiento hemos de ser salvados. “La Sangre del Señor, si quieres, ha sido dada para ti; si no quieres, no ha sido dada para ti. La Sangre de Cristo es salvación para el que quiere, suplicio para el que la rehusa" (Serm. 31, lec.9, Brev. in fest. Pret. Sanguinis).
El pacto de paz y reconciliación tendrá su confirmación total en la vida eterna. "Entró Cristo en el cielo —dice Santo Tomás— y preparó el camino para que también nosotros entráramos por la virtud de su Sangre, que derramó en la tierra" (3 q.22 a.5).
"No os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo", advierte San Pablo (1 Cor. 6, 19.20). Glorificar a Dios en el propio cuerpo significa mantener limpia y radiante —por una vida intachable y una conducta auténticamente cristiana— a imagen soberana de Dios, impresa en nosotros por la creación, y la amable fisonomía de Cristo, grabada en nuestra alma por medio de los sacramentos. Si nos sentimos débiles, vayamos a la misa, sacrificio del Nuevo Testamento, y acerquémonos a la comunión para beber la Sangre que nos dará la vida (lo. 6, 54).
En esta hora de sangre para la humanidad sólo los rubíes de la Sangre de Cristo pueden salvarnos. Con Catalina de Siena. "os suplico, por el amor de Cristo crucificado, que recibáis el tesoro de la Sangre, que se os ha encomendado por la Esposa de Cristo", pues es sangre dulcísima y pacificadora, en la que "se apagan todos los odios y la guerra, y toda la soberbia del hombre se relaja".
Si para el mundo es ésta una hora de sangre, para el cristiano ha sonado la hora de la santidad. Lo exige la Sangre de Cristo. "Sed. Santos —amonestaba San Pedro a la primera generación cristiana—, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza del Santo que os ha llamado a la santidad... Conducíos con temor durante el tiempo de nuestra peregrinación en la tierra, sabiendo que no habéis sido rescatados con el valor de cosas perecederas, el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo, que es como de Cordero incontaminado e inmaculado" (1 Petr. 1, 15-18).
Roguemos al Dios omnipotente y eterno que, en este día, nos conceda la gracia de venerar, con sentida piedad, la Sangre de Cristo, precio de nuestra salvación, y que, por su virtud, seamos preservados en la tierra de los males de la vida presente, para que gocemos en el cielo del fruto sempiterno (Colecta de la festividad).
¡Acuérdate, Señor, de estos tus siervos, a los que con tu preciosa Sangre redimiste!
JUAN HERVÁS BENET