2 de junio de 2022

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San Marcelino y San Pedro Mártires 2 de junio

 


 

San Marcelino y San Pedro Mártires 2 de junio


El primero de estos dos santos mártires era un sacerdote muy estimado en Roma, y el segundo era un fervoroso cristiano que tenía el poder especial de expulsar demonios. Fueron llevados a prisión por los enemigos de la religión, pero en la cárcel se dedicaron a predicar con tal entusiasmo que lograron convertir al carcelero y a su mujer y a sus hijos, y a varios prisioneros que antes no eran creyentes. Disgustados por esto los gobernantes les decretaron pena de muerte.


A Marcelino y Pedro los llevaron a un bosque llamado "la selva negra", y allá los mataron cortándoles la cabeza y los sepultaron en el más profundo secreto, para que nadie supiera dónde estaban enterrados. Pero el verdugo, al ver lo santamente que habían muerto se convirtió al cristianismo y contó dónde estaban sepultados, y los cristianos fueron y sacaron los restos de los dos santos, y les dieron honrosa sepultura. Después el emperador Constantino construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.


Las crónicas antiguas narran que ante los restos de los santos Marcelino y Pedro, se obraron numerosos milagros. Y que las gentes repetían: "Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

Santos mártires de Lyon 2 de junio

  


Santos mártires de Lyon 2 de junio

(† 177)

Corría el año 177 de nuestra Era; y con él, a su postrimería, corrían los días de Marco Aurelio, emperador meditabundo. La inminencia de la celebridad anual que en Lyon, ciudad cabecera de la Galia, situada en la confluencia del Saona y del Ródano, se solemnizaba todos los años en las calendas del mes sextil (agosto), reunía en derredor del altar de Roma y de Augusto a los legados de las tres Galias. En esta famosa conmemoración, las jóvenes y aguerridas cristiandades de Lyon y de Viena del Delfinado sostuvieron una serie de luchas cruentísimas y triunfales. Lavaron sus estolas en la sangre del Cordero y volaron a los brazos de Cristo con alas plateadas de paloma. De los episodios de estas luchas nos queda una relación auténtica pormenorizada, salvada por Eusebio en el libro V de su Historia eclesiástica, que yo —spatiis exclusus iniquis— me veo forzado a resumir.

 Los siervos de Cristo que habitan Viena y Lyon, en la Galia, a sus hermanos del Asia y de la Frigia, que profesan la misma fe e idénticas esperanzas en la redención que nosotros, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Nuestro Señor.

 ... No tenemos palabras con que expresar en este mensaje la intensidad de la opresión y la saña de los gentiles contra los santos y los tormentos que los bienaventurados mártires soportaron. El Fuerte Armado descargó en nosotros toda la furia y el poder de su brazo. Se nos echó de nuestras casas, se nos privaron los baños, el foro y hasta la pública convivencia. Con todo, la gracia de Dios combatió contra ellos; alejó a los débiles; pero quedaron enhiestos y firmes los sólidos pilares de la fe, que demostraron que las tribulaciones temporales no merecen consideración ante la perspectiva de la gloria que en nosotros será revelada. La plebe frenética les infligió toda suerte de sevicias: escarnios, golpes, lapidaciones y cárcel indistinta; mientras no llegaba el gobernador...

 Fueron interrogados por este orden:

 Vetio Epagato, el más conspicuo de nuestros hermanos. Había llegado a la plenitud del amor de Dios y del prójimo, y hervía de Espíritu Santo. Varón representativo en nuestra comunidad, no se avino al expeditivo procedimiento y reclamó que se le oyera; la plebe aulló; el presidente se limitó a la pregunta escueta: "¿Eres cristiano?" Su respuesta fue afirmativa y tajante: "Soy cristiano". La pequeña grey fiel le calificó de paráclito de la cristiandad lionesa.

 ... En las detenciones en masa de fieles de ambas iglesias, que de día en día y con ritmo creciente íbanse haciendo, como la cizaña en el trigo, anduvieron mezclados con los santos algunos paganos que estaban al servicio de los nuestros; los cuales, caídos en la paranza de Satán, declararon que nosotros hacíamos cenas como las de Tiestes e incestos como los de Edipo. Entonces pareció tener realidad la palabra evangélica: Día vendrá cuando el que os diere muerte creerá haber rendido culto a Dios.

 ... Llegó el segundo interrogatorio de mártires, iniciado por Vetio Epagato. Abriólo el diácono de Viena (del Delfinado), Santo de nombre y de vida; siguió el de Maturo, simple neófito pero invencible púgil; continuó Atalo, originario de Pérgamo, columna y sostén de la cristiandad lionesa, y Blandina finalmente. En ella Cristo hizo gallardísimo alarde de que lo que es ruin y rahez, sin atractivo físico, desdeñable a los ojos de los hombres, se juzgó digno de gloria muy grande ante el acatamiento dé Dios. Todos nosotros recelábamos, y hasta su propia ama según la carne, que estaba con nosotros, mártires designados, que Blandina no pudiera dar testimonio de su fe, tanta era la flaqueza de su cuerpo. Para acabar con ella los verdugos se relevaban; a cada momento parecía que iba a quebrarse el tenue hilo de su vida; mas en la confesión se rejuvenecía y para ella constituía una insuflación de nueva vida decir: Soy cristiana; y nosotros no hacemos ningún mal. Y en diciéndolo parecía embellecerse.

 Santo, de Viena, se mantuvo firme como un risco marino en medio del oleaje, combatido de sal asidua. No se dignó decir su nombre, ni el de su nación, ni el de su ciudad, ni su condición de esclavo o libre, ni su grado eclesiástico. A todas las preguntas capciosas contestaba en latín paladino: Soy cristiano. A las más delicadas partes de su cuerpo aplicáronsele láminas de bronce al rojo. Santo perseveró inconmovible en su silencio y en su confesión. La fuente de agua paradisíaca que brotó del costado de Cristo le comunicaba refrigerio y reciedumbre. También la tortura para él era fuente de juventud.

 ... En gran ansiedad y congoja teníamos el caso de Biblis, dama conspicua de nuestra cristiandad, que en el primer asalto de terror había renegado. Creídos estábamos que Satanás la había ya engullido; mas el asalto segundo la despertó de su ceguera y de su momentánea embriaguez. Aquel dolor pasajero hízola pensar en la gehena de fuego; y con vehemencia echó en rostro a los calumniadores: ¿Cómo podéis pensar que esta gente coma carne de niños si les está mandado abstenerse de sangre de animales? Biblis abjuró de su abjuración y se sumó al grupo de los mártires.

 ... Satanás inspiró a los verdugos una nueva suerte de martirio exangüe: el encierro colectivo y promiscuo en noche perpetua de una zahurda más que plutónica, con ambos pies en un cepo, separados el uno del otro hasta el quinto agujero. En número muy grande, anónimamente, murieron de asfixia en aquellas tinieblas palpables, irrespirables; y sus almas volaron en canoros bandos, como alondras, al aire vivo del amanecer, allá, hacia la esfera que huye más del suelo...

 ... El bienaventurado Potino, a quien el Espíritu confiara el episcopado de Lyon, había ya colmado la rotación de nueve decenios. Era como un ángel que hubiese envejecido. Apenas respirar podía. Fue sacado de las tinieblas y arrastrado por la venerable melena al tribunal. El gobernador le preguntó cuál era el Dios de los cristianos. Respondió: Si tú lo merecieras le conocerías. Atado de manos y pies, por que no huyese, saturado de oprobios se le volvió a sepultar en la carcenal negrura y en el aire irrespirable. Dos días después, silenciosamente como un ave cautiva, dio suelta a su acérrimo espíritu aleluyante.

 En la tartera confusión de la mazmorra, en desconcertante promiscuidad, andaban mezclados los creyentes y los renegados a quienes la apostasía de nada les valiera. En este comedio iba a producirse una poderosa intervención de Dios y una inconmensurable misericordia de Jesús. Quienes tras el primer arresto habían renegado de su fe compartían los sufrimientos con los que la habían confesado. Aquellos permanecían detenidos por sospecha de las cenas de Tiestes y de los incestos de Edipo, y su castigo había de ser más fiero que el de los cristianos partícipes de sus cadenas. Roíales trágicamente la conciencia de su cobardía, al paso que los cristianos exultaban por la proximidad de su liberación y por beber el cáliz inebriante del martirio.

 ... Maturo, Santo, Atalo y Blandina fueron excarcelados; vencedores de la sevicia de los hombres, iban a encararse con la voracidad de las fieras. Este era el postrer y sensacional programa de los festivales olímpicos con que las tres Galias solemnizaban las calendas de agosto, en derredor del altar de Día Roma y de Augusto, en el cerco del anfiteatro.

 A Maturo y Santo sólo les faltaba la postrera fase del combate para merecer la corona incorruptible: sufrieron azotes, zarpazos y dentelladas de bestias, todos los crudelísimos antojos de una multitud delirante. Ambos se ofrecieron en espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. De Santo no se oyeron más palabras que las de su confesión: Soy cristiano. Maturo soportó toda la variedad de luchas que se veían en los gladiadores profesionales.

 Quedaba Atalo como olvidado. El populacho, que harto bien le conocía, le reclamó a gritos. Se le hizo dar la vuelta al ruedo, con un letrero infamante: ¡Atalo, cristiano! Enteróse el gobernador de su condición de ciudadano de Roma. Tuvo escrúpulos el melindroso gobernador; determinó que se le devolviera al báratro infernal del que se creía ya redimido, mientras consultaba con el emperador qué debía hacerse con ese delincuente honrado. Esta obligada demora no fue ni inútil ni estéril. En este lapso de tiempo la inconmensurable misericordia de Cristo tuvo una espléndida manifestación en la misma cárcel. Los vivos vivificaron a los muertos. Allí estuvo el dedo de Dios. Esta mudanza ocasionó un júbilo inenarrable de nuestra Madre Virginal. El milagro fue que quienes anteriormente renegaron de Cristo quisieron de nuevo medirse con el perseguidor; se reanimaron a nueva vida. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se enmiende y viva, les tornó sabroso y fácil el regreso a la casa del Padre de familia.

 En el ínterin llegó la orden del César: Decapitación para Atalo, ciudadano romano; para los restantes, la voracidad de las fieras. Cristo fue magníficamente glorificado por quienes le negaron; y su Iglesia les incorporó en el ejército de mártires que visten túnicas blancas. Mientras duró el interrogatorio individual Alejandro, de nación frigio y médico de profesión, avecindado de muchos años en la Galia lionesa, conocido y amado de todos por su amor a Dios, por su libertad de palabra, copiosamente dotado del carisma apostólico, de pie cerca del tribunal, exhortaba con señas a los interrogados que proclamasen su fe. Se le culpó de haber sido él quien promovió aquella retractación colectiva. Se le preguntó que quién era, respondió: Cristiano. Fue condenado a las bestias.

 Dios, que eligió lo más flaco de este mundo para confusión de lo más fuerte, había reservado para la lucha final a dos seres entecos. Blandina fue sacada al anfiteatro, llevando de la mano a Pontico, mozuelo en su primer bozo, de quince años escasos. Con refinadísima perversidad todos los días se les había sacado por que viesen los suplicios de sus hermanos en la fe. La plebe, ebria y sedienta de sangre, no se apiadó de la niñez del muchacho venerando ni respetó el augusto carácter de la mujer. Ambos recorrieron todo el ciclo de los tormentos. A Pontico infundíale bríos la muchacha. Pontico le precedió en la muerte y en la liberación. Libróse, como gamo, del cazador; como pájaro, del lazo del parancero.

 Quedaba Blandina, la última de todos, madre virgen y feliz de haber enviado al Rey de los siglos, inmortal e invisible, a muchos hijos victoriosos. Sobreabundaba de gozo como partícipe en un festín nupcial. Recorrió toda la cadena de los tormentos ya conocidos y superados. Se la brindó, por fin, a un toro furioso, que, como arista leve, la proyectaba hacia arriba, como en un ansia de vuelo y de cielo... Fue inmolada por fin.

 Los cadáveres de los mártires de Lyon, durante seis días, quedaron insepultos, en la gran inverecundia de la muerte, bajo las miradas de Dios y el estupor de los cielos. Incinerados al fin, llevó solemnemente al mar sus pavesas leves el Ródano sonoroso y raudo, fluviorum rex, majestuoso rey de los ríos de Francia.


LORENZO RIBER

1 de junio de 2022

Santo Evangelio 1 de Junio 2022

  


Texto del Evangelio (Jn 17,11b-19):

 En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.

»Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».



«Que tengan en sí mismos mi alegría colmada»


Fr. Thomas LANE

(Emmitsburg, Maryland, Estados Unidos)

Hoy vivimos en un mundo que no sabe cómo ser verdaderamente feliz con la felicidad de Jesús, un mundo que busca la felicidad de Jesús en todos los lugares equivocados y de la forma más equivocada posible. Buscar la felicidad sin Jesús sólo puede conducir a una infelicidad aún más profunda. Fijémonos en las telenovelas, en las que siempre se trata de alguien con problemas. Estas series de la TV nos muestran las miserias de una vida sin Dios.

Pero nosotros queremos vivir el día de hoy con la alegría de Jesús. Él ruega a su Padre en el Evangelio de hoy «y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada» (Jn 17,13). Notemos que Jesús quiere que en nosotros su alegría sea completa. Desea que nos colmemos de su alegría. Lo que no significa que no tengamos nuestra cruz, ya que «el mundo los ha odiado, porque no son del mundo» (Jn 17,14), pero Jesús espera de nosotros que vivamos con su alegría sin importar lo que el mundo pueda pensar de nosotros. La alegría de Jesús nos debe impregnar hasta lo más íntimo de nuestro ser, evitando que el estruendo superficial de un mundo sin Dios pueda penetrarnos.

Vivamos pues, hoy, con la alegría de Jesús. ¿Cómo podemos conseguir más y más de esta alegría del Señor Jesús? Obviamente, del propio Jesús. Jesucristo es el único que puede darnos la verdadera felicidad que falta en el mundo, como lo testimonian esas citadas series televisivas. Jesús dijo, «si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15,7). Dediquemos cada día, por tanto, un poco de nuestro tiempo a la oración con las palabras de Dios en las Escrituras; alimentémonos y consumamos las palabras de Jesús en la Sagrada Escritura; dejemos que sean nuestro alimento, para saciarnos con su alegría: «Al inicio del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida» (Benedicto XVI).


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San Justino 1 de Junio

 



San Justino 1 de Junio

(†  166)



San Justino, hombre de su tiempo, fue filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida humana, cada una de las cuales es suficiente para dignificarla si se realiza con plenitud, conciencia y autenticidad. San Justino cumplió con las tres. Como filósofo, amó la verdad y se entregó a su estudio; como santo, respondió con virtudes a la gracia suficiente, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida tanto o más pulcramente que con sus escritos, con ser éstos, en la opinión de algunos críticos, muy bellos. Su estilo literario es, a decir verdad, harto discutible; su estilo de vida es, sin lugar a dudas, admirable. Como mártir, confesó con valentía y serenidad, pero sin jactancia, su fe en Jesucristo, negándose a sacrificar a los ídolos.

 Había nacido en Flavia Neápolis, en los primeros años del siglo II. Flavia Neápolis es la moderna Naplusa, Nabulus o Nablus. El nombre se lo dio a la ciudad Flavio Vespasiano al apoderarse de ella el año 72. El nombre samaritano primitivo fue Siquem; estaba considerada corno uno de los puntos más fértiles y hermosos de la Palestina central. Ciudad ancha y fecunda, centro de heredades bíblicas, granero y fortaleza. Veinticinco mil habitantes cuenta. En el siglo II, cuando San Justino nace, se mezclan judíos de origen, resentidos y torvos, con colonos paganos, orgullosos, privilegiados y en expectativa.

 El nombre Justino, aunque de clara ascendencia samaritana, no engaña a los naturales. Denuncia el origen de la tierra, pero no supone ascendencia judía del linaje. Abuelo y padre de Justino fueron, a buen seguro, gentiles. Nuestro Santo parece tenerlo a gala, fundándose en la mejor disposición que muestran los paganos en abrazar la fe de Cristo y en la más firme voluntad para defenderla que la que demostraban los judíos.

 San Justino parece como un primer anuncio de San Agustín. Su itinerario intelectual es muy semejante, y representa entre los apologetas lo que San Agustín significará, con majestad, entre los Padres de la Iglesia.

 De la corteza de la lengua griega pasa, afilándola, al corazón de las ideas, sin que las bellezas literarias, que le cantan al oído, le encanten o detengan en la penetración de la verdad,

 Sigue en el estudio y en la persecución de la verdad el camino que le señala la sinceridad de la búsqueda. Lee y escucha a los estoicos, porque es el sosiego del alma lo que busca, y en ellos parece que podrá encontrarlo; pero no alcanza la paz consigo mismo porque algo más hondo le grita. Es el primer destello de Dios en el alma de Justino. Un Dios presentido y querido, que los estoicos no aciertan a escuchar. Después asistirá a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos, sin que la inteligencia de sus textos ofrezcan al corazón de Justino el fervor que el corazón le pide, y sin que el corazón entregue a la inteligencia la claridad y el amor que solicita.

 Lo que no consigue la ciencia de los sabios lo logrará el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Justino advierte en los mártires cristianos cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Al profundizar en las razones misteriosas que ordenan la formación de ejércitos de mártires y la sucesión de los tiranos en los primeros siglos del cristianismo convendrá no echar nunca en olvido la gracia santificadora de los tormentos, derramándose por todos los miembros de los que buscan la verdad por caminos de buena voluntad. La persecución de Adriano y la divinización de Antinoo pudieron abrir, en invitación sobrenatural, los portones del alma de Justino a la recepción de la gracia de la fe. "Cuanto más se nos persigue —dice en el Diálogo con Trifón— tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo."

 El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los cuarenta, la edad de la gracia natural del filósofo, que diría Platón, sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas. Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

 Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad —conviene repetirlo— ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En San Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural. Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo. Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. "He procurado —dice al prefecto Rústico-- adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones."

 Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Grande es, ciertamente, Sócrates —nos dice—; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso.

 San Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo. Tan fuerte es esta convicción en San Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

 La vida de San Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún: San Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para esta Europa lacerada.

 San Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, San Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo. Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en San Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

 San Justino está todo él, de cuerpo entero, en las llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente. Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Conservan hoy su validez intacta. Son los hechos —alega San Justino— los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros —dirá en los comienzos de la Apología— os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros —añadirá— matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia.

 En San Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe. El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La Eucaristía es el misterio en el que “no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos. El testimonio de San Justino sobre la Eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que nuestro Santo sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

 San Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que San Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio. Ante la doctrina expuesta por San Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo Divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

 No hubo en la gracia del martirio de San Justino necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del Antiguo Testamento no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva. Este convencimiento es el que permite al filósofo cristiano asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. La concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina. Es a las sentencias estoicas a las que San Justino obliga a descubrir sentidos que no pueden tener, no es a los dogmas cristianos a los que arrodillará ante la adivinación estoica o platónica. El panteísmo de los estoicos es algo que no cabe en la doctrina de San Justino. Todo aparece claro cuando leemos en San Justino que la fe es un don de Dios que se conquista con la plegaria humilde, y que es la oración la que nos descubre el significado y la inteligencia de las Sagradas Escrituras.

 El apostolado seglar —seglar fue nuestro Santo— tiene en San Justino un buen maestro. El santo patrono de los filósofos se presenta a su vez, y con los mismos títulos, como el santo abogado de los creyentes humildes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.


 ADOLFO MUÑOZ ALONSO