1 de marzo de 2022

Santo Evangelio 1 de Marzo 2022

  


Texto del Evangelio (Mc 10,28-31):

 En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».



«Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna»


Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga


Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?

La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.

Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre...” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?


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San Alvino, Obispo 1 de Marzo

 



San Alvino, Obispo 1 de Marzo

(470-550)


Hay trece santos con el nombre de Albino. Ocho fueron obispos. Tres se conmemoran el 1 de marzo: el legendario protomártir inglés, a quien se le cambió el nombre de Albano en Albino para distinguirlo del homónimo mártir de Maguncia; y los obispos de Vercelli y de Angers, casi contemporáneos. E1 quinto sucesor de San Eusebio, fundador de la diócesis de Vercelli, fue consagrado obispo en el 452, en un período histórico muy tormentoso en Italia.

El nuevo obispo reconstruyó la iglesia metropolitana, sobre las ruinas de la pequeña basílica que San Eusebio había construido sobre la tumba del mártir San Teofrasto, y que el emperador Teodosio había hecho ampliar. Para la solemne celebración del rito Albino esperaba la visita de algún obispo importante. La espera fue premiada con el paso de San Germán, obispo de Auxerre, que se dirigía a Ravena. Como no podía esperar, el santo obispo prometió que asistiría al rito, cuando regresara.

San Germán murió durante su estadía en Ravena, y a Vercelli regresó solamente su cadáver. Cuando colocaron el féretro en el centro de la basílica, todas las velas se encendieron simultáneamente. El hecho, más prodigioso porque en los días anteriores ninguno había podido encenderlas, fue interpretado como el cumplimiento de la promesa que San Germán había hecho a San Albino. Del obispo de Vercelli no sabemos sino que su culto es muy antiguo.

San Albino (Aubin), obispo de Angers, es uno de los santos más populares de la Edad Media, sobre todo en el norte de Europa. Nació en Vannes (Francia) hacia el año 496, de noble familia, y para poder entrar en la abadía de Tincillac tuvo que renunciar al título nobiliario y a la rica herencia. Pero aunque deseaba el escondimiento, la fama de sus virtudes humanas y religiosas lo colocaron constantemente en lugar sobresaliente. En el 504 fue elegido abad, cargo que ocupó durante 25 años, hasta cuando por obediencia tuvo que aceptar el nombramiento como obispo de Angers en el 529.

Con celo pastoral y prudente firmeza gobernó su diócesis, obteniendo más hostilidad que aplausos. Pero para el buen obispo le era suficiente la aprobación de otro santo, su amigo San Cesario. Murió el lo. de marzo del 550. Seis años después, por su fama de santidad se le dedicó una iglesia en Angers, en cuya cripta reposan sus restos.

Fuente: Mercaba org.

El Santo Angel Custorio del Reino 1 de Marzo

  


El Santo Angel Custorio del Reino 1 de Marzo


Conocer bien las necesidades, calcular bien las fuerzas disponibles, precisar bien las metas, he ahí algunas obligadas resoluciones en el plan de acción para la renovación total en el campo católico. Pero en estos tiempos, más que nunca, hace falta tener presente que nuestras armas o recursos son, sobre todo, los espirituales y que, entre ellos, hay que contar con la protección de los ángeles. Por algo la Iglesia reza constantemente: "Tú, príncipe de la celestial milicia, relega al infierno con divino imperio a Satanás y a los demás espíritus malignos que, en su intento de perder a las almas, recorren la tierra". Sí, que "no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires".

Los ángeles buenos son innumerables. Millones de millones. Y el Creador de ellos les dictó instrucciones detalladísimas respecto a nosotros. Y así como la Iglesia a cada nación accede gustosa a darle algún santo patrono, así también Dios a cada una le señala su correspondiente ángel custodio. De manera que, entre todos aquellos seres a quienes puede llamárseles vicegerentes supremos del Señor, los unos son visibles, invisibles los otros. Visibles: en el orden y esfera religiosa, el Romano Pontífice; en el orden y esfera secular, el Jefe de cada Estado. Invisibles: en la esfera y orden eclesiástico, un hombre —San José, universal patrono— y un ángel —San Miguel, protector de la Iglesia como antes lo había sido del pueblo hebreo—; en la esfera y orden nacionales, un hombre —Santiago para España— y un ángel —el Ángel Custodio de la Patria".

Cuando subía España la penosa cuesta del siglo más desgraciado de su historia, obtuvo como compatrono a su ángel tutelar, en honor del cual le fueron aprobados por la Santa Sede oficio y misa propios con rito doble de segunda clase y octava, señalando la fiesta para el primero de octubre. Transcurrieron los años y se dio al olvido aquella concesión que, sin embargo, parecía ser tan providencial. Pero nuevamente un gran siervo de Dios, el sacerdote tortosino Manuel Domingo y Sol, destacado apóstol de la devoción general a los ángeles, promovió también ardorosamente la de aquel a quien llamaba con cariño sin límites "su" Santo Ángel de España. "Nadie, decía, me estima bastante a mi Ángel de España, a pesar de su patronato. Es una incuria incomprensible el olvido en que le tenemos. ¿Cómo no hemos de redoblar nuestras oraciones a él hoy que nuestra España se encuentra agitada y combatida por las sectas del infierno, que tratan de arrebatarle el tesoro de su fe y empobrecerla y humillarla? Las circunstancias críticas de España reclaman acudir a él".

Desde 1880, al menos, hasta 1909, año en que voló al cielo, se desvivió en múltiples formas para atraer la atención de España hacia el olvidado protector. Fue este entusiasmo, en el celoso sacerdote, efecto natural de su ardiente devoción a los ángeles y de su profundo patriotismo. Después de perseverantes pesquisas pudo al fin conseguir una estampa del Santo Ángel del Reino editada en Valencia en 1837. No le satisfizo cuando la hubo visto y entonces ideó otra que resultó preciosa, diseñada bajo su inspiración por el dibujante barcelonés Paciano Ros y reproducida en fototipia por los talleres, también barceloneses, Thomas Y Compañía. En lo alto del firmamento, un corazón envuelto en llamas, rodeado de esta inscripción: "¡Reinaré en España!" Debajo, la Purísima, con Santiago y Santa Teresa a sus lados. En el centro inferior, ya en tamaño grande, fina y bellamente dibujado, el Santo Ángel, lleno de majestad, una espada en la diestra y el mapa de España delicadamente protegido con la mano izquierda. En, el fondo, revolviéndose y pretendiendo erguirse, dos monstruos infernales. Finalmente, aquel texto del salmo 33: "Enviará el Señor su ángel alrededor de los que le temen y los librará". Y esta invocación: "Virgen Inmaculada, Santiago Apóstol, Santa Teresa de Jesús y Santo Ángel, patronos de España, conservadnos la fe y defendednos de los enemigos de nuestra patria". Imprimió, por lo pronto 85.000 estampas en diversos tamaños y 90.000 hojas de propaganda de esta devoción. Más tarde costeó otras cien mil estampas y hojas volanderas.

El 6 de mayo de 1896 le autorizó su prelado para establecer en la diócesis una piadosa liga de oraciones al Santo Ángel del Reino. Dos días después, en los varios periódicos de Tortosa y en revistas de distintas capitales publicó ampliamente el proyecto. Escribió asimismo a todos los seminarios de España invitándoles a que fundasen otros tantos centros diocesanos para extender dicha unión. De más de doce sitios le contestaron enseguida aceptando encantados y los señores obispos indulgenciaron la inscripción. Simultáneamente hizo prender el fuego en los alumnos del Colegio de San José de Roma fundado por él hacía cuatro años. Y así lo atestiguan varios prelados que habían seguido allí sus estudios. Uno de ellos escribe: "De ti, amado padre, aprendí a venerar, a amar al Santo Ángel Custodio de España. En el Pontificio Colegio Español de San José de Roma, con fervor piadoso y con patriótico ardimiento, inculcabas a todos los alumnos esta santa devoción. Por tu amor salgo a propagarla. Mejor que antes en la tierra puedes ahora desde el cielo lograr que se extienda y arraigue". Estas palabras constituyen la "dedicatoria" de la sustanciosa y bellísima "novena" —todo un tratado de Ángelología— que en honor del Santo Ángel Custodio de España publicó en 1917 el Dr. D. Leopoldo Eijo y Garay, más tarde Excmo. Patriarca-Obispo de Madrid-Alcalá. Tal joya de novena fue reeditada el año 1936 en Vitoria por la Dirección General de la Obra Pontificia de la Santa Infancia. ¿No cabría pensar que la difusión de esa novena precisamente aquellos años pudo ser parte para la asombrosa victoria de quienes, en los humano, éramos impotentes ante los formidables enemigos de la guerra... y de la posguerra?

En 1920 el Santo Ángel Tutelar de España tenía ya un espléndido altar en la parroquia de San José de Madrid. Fue inaugurado el 13 de mayo de ese año, con asistencia de la Real Familia en pleno. Y aquel mismo día quedó también establecida, a propuesta de Su Majestad D. Alfonso XIII, la "Asociación Nacional del Santo Ángel Custodio del Reino". Alma de todo ello fue otro hijo espiritual de don Manuel Domingo y Sol: el sacerdote don Luís Íñigo, quien, como testamentario de aquél en todo lo concerniente al Santo Ángel, logró ver puesta en marcha la asociación en cuarenta provincias de España. Él fue quien una vez nos dijo: "En mi última entrevista con don Manuel, me hizo prometerle que no abandonaría el asunto del Santo Ángel mientras yo viviese. La primera parte de mi propósito está conseguida, pues en toda España se conoce y se practica la devoción al Santo Ángel. Ahora quisiera que se fomentase entre los niños esta devoción y que, en un día determinado, los niños y niñas de los colegios asistiesen a una fiesta en la que desfilasen ante la imagen del Santo Ángel y depositasen a sus pies una flor y diesen un beso a la bandera española".

Copiosa correspondencia se cruzó también entre el siervo de Dios y su joven amigo sobre otra iniciativa del primero: la de erigir en el Cerro de los Ángeles, próximo a Madrid, un monumento al Santo Ángel de España. No es posible expresar en pocas líneas todas las reservas de entusiasmo que el insigne apóstol dedicó a este proyecto. La tarde del 21 de abril de 1902 fue personalmente al Cerro de Getafe, entonó una salve a Nuestra Señora de los Ángeles en la iglesia y después, con íntima ilusión, se puso a planear y discurrir, pareciéndole todo cosa facilísima en punto a ejecución. Las enfermedades y las atenciones a sus muchas empresas le impidieron luego caminar deprisa, pero hasta tres meses antes de morir siguió escribiendo a unos y otros sobre el acariciado anhelo. Entre otros encargos hizo éste: "Que la hermandad deje aquí un recuerdo a su abogado". Se refiere a la Hermandad de Sacerdotes Operarios del Corazón de Jesús, en cuyas constituciones, redactadas por él, nombra varias veces al Santo Ángel de España, elegido para la misma como abogado especial.

Se pregunta uno ahora: ¿no sería deseable que, dentro de la más perfecta armonía arquitectónica, ese deseo de un santo quedase al fin plasmado entre las edificaciones que hoy ocupan el sagrado lugar, centro geográfico de la Península?

Cuando solamente existía allí la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la mente de don Manuel Domingo y Sol relacionaba con dicha iglesia el soñado monumento. Ahora en cambio, ante el nuevo carácter que han revestido aquellas alturas, él, si viviese, revisaría sin duda su concepción primera, para estudiar en qué sitio preciso parecía mejor instalarlo. El no haberlo realizado medio siglo atrás puede hoy ser un bien, para que resulte posible planearlo de un modo definitivo, Una vez colocado allí el Santo Ángel del Reino, se atraería fácilmente las miradas y los corazones de toda España. Podría al mismo tiempo inspirarles a los católicos extranjeros que pasan por Madrid la magnífica idea de difundir en sus naciones la devoción al respectivo ángel tutelar de ellas.

Pocos años después de haber fallecido don Manuel Domingo y Sol, el ángel de Portugal en 1916 se apareció varias veces a los privilegiados niños de Fátima. Por conducto de ellos pidió a la humanidad oración, penitencia, reparación eucarística, recurso confiadísimo al Inmaculado Corazón de María. ¡Qué gozo ver así confirmada la designación, por parte de Dios, de ángeles custodios de las naciones! Harto bien lo sabía el apostólico varón tantas veces citado, quien hablaba de los ángeles. Como si los estuviera viendo y escribía de ellos, por ejemplo: "Hay que poner en contacto, a los ángeles de España y de Portugal. Diríase que, reñidos los españoles y los portugueses —vecinos del entresuelo y del principal—, no se cuidan para nada los unos de los otros". Ese propósito de poner en contacto a los dos celestiales confidentes y amigos suyos apuntaba en último término a su elevado plan de promover a fondo el intercambio cultural y apostólico de una y otra nación hermanas. Y así le confiaba también sus empresas de celo al Santo Ángel Custodio de Francia cuando la cruzaba muchas veces en sus viajes a Roma.

¿Qué hacer entonces para aprovechar tan útil ejemplo de santo patriotismo? Ante todo, naturalmente, ahondar en la fe de que, como dice San Pablo, "todos los ángeles son gestores de Dios, puestos al servicio de quienes hemos de lograr salvarnos". Después, recordar que la custodia de los ángeles es una admirable aplicación de la providencia divina; tener presente que en todas nuestras buenas obras intervienen los ángeles. Felicitarnos, además, de que, como advierte San Bernardo, los ángeles reúnan en sí tres magníficas dotes que siempre deseamos y exigimos en los supremos gobernantes: lealtad a toda prueba, prudencia exquisita y un poder inmenso. También son luz para las almas; su vigor nos contagia; saben, quieren y pueden defender nuestros intereses materiales. ¿Caben disposiciones más deseables en el ángel tutelar de una patria?

Lo que falta ahora es que esa patria se ejercite generosamente en aquellas virtudes en que los ángeles se complacen tanto: sumisión fiel y disciplinada a las órdenes del Altísimo; pureza e integridad cristianas; singularísima predilección por toda clase de obras consagradas a la educación e instrucción de los niños. Muy bien se ha preguntado: "¿Quién sabe si las calamidades que muchas veces llueven sobre los pueblos son la venganza de los ángeles por el abandono en que se deja a los niños, por los escándalos que se dan a los niños, por el daño que se causa a los ángeles de la tierra corrompiéndoles el corazón y la inteligencia? Espanta pensar cuán terribles deben de ser las órdenes del santo ángel de una nación a los demás ángeles, para vengar... tantos crímenes como se cometen contra los niños, aun antes de que nazcan. Quienes aman a los niños con amor cordial práctico se atraen la complacencia de los ángeles y, sobre todo, del santo ángel tutelar de la patria".

Ojalá todas las editoriales, todos los publicistas católicos, todas las familias fervorosas inunden hoy a España otra vez con estampas del Santo Ángel del Reino y con impresos explicativos de la excelsa misión que le está confiada en el plan divino. ¡Quién viera en todos los hogares, junto a la imagen del ángel individual de la guarda, venerada también la del Santo Ángel de la Nación! ¡Y quién viera que el amor a Él no sólo penetraba en las casas, sino que se adueñaba de las madres españolas y que éstas, con sus palabras, chispas de fuego del corazón, con miradas que son ráfagas de luz del entendimiento, con besos, insuperables para imprimir hondamente en el alma las ideas y afectos, grababan en las de sus hijitos, a la vez que la devoción al ángel de la guarda y al del Reino, el amor a la Iglesia y a la patria! ¡Quién pudiera lograr que simultáneamente esa devoción privada se transformase en pública y que en los templos se levantasen altares dedicados al príncipe de la milicia celestial guardiana de España, y que nuestras juventudes se congregasen en torno a esas imágenes para enardecerse en amor a la patria española y católica, a fin de estar dispuestas a derramar por ella la sangre cuantas veces fuera necesario!

Si para organizarlo todo ello se infundía vida nueva a la Asociación Nacional del Santo Ángel del Reino, mejor aún. Finalidad suya sería propagar por todas las diócesis la devoción al mismo. Fomentar en todos los españoles la santa virtud del patriotismo. Obtener del Corazón divino de Jesús por intercesión del Ángel del Reino el engrandecimiento espiritual y temporal de España. Que, al fin y al cabo, ese Corazón amabilísimo, fusilado un primer viernes de mes en su imagen, pero entronizado otra vez allí mismo en el centro de la Península, él es quien ha confiado al Ángel del Reino el mando supremo de las fuerzas angélicas encargadas de la defensa individual y social de los españoles.

"¿Con cuántas divisiones militares cuenta el Vaticano?", preguntó un día Stalin. ¿Con qué posibilidades en tierra mar y aire, con qué superproducción de armas nucleares —preguntamos nosotros—, con qué seguridades de defensa y victoria cuenta una nación como la nuestra, no opulenta ni mucho menos, en estos años explosivos de la historia del mundo?

Respuesta primerísima: por lo pronto, con aquellas armas que un ángel dejó ver a Judas Macabeo. Y después, sobre todo, con el arma de aquella fe invencible que habló así por tantos labios y que jamás dejará de hablar: "Nuestro Dios, al que servimos, puede librarnos del horno encendido. Y si no quisiere, sábete, rey, que no adoraremos a los falsos dioses ni inclinaremos la cabeza ante la estatua que has levantado."

BUENAVENTURA PUJOL


San Rosendo, Obispo y Abad 1 de Marzo († 977)

  


San Rosendo, Obispo y Abad 1 de Marzo

(† 977)


 ..."Y dicen que el obispo imberbe —dieciocho abriles— modificó las armas de sus ascendientes, quitando los adornos a la "cruz deaurata" y cambiando el alfa y omega por un compás y un espejo"...

"¿Por qué —le preguntarían hoy los reyes de armas—, ¿por qué ese cambio en su escudo?"

A diez siglos de distancia, y con la historia en la mano, me atrevo a responder yo, sin temor a herir la humildad del hijo de don Gutierre:

Prefiero la cruz sin los tres globitos que remataban sus brazos, porque el nuevo prelado quería implantar la bandera de la auténtica "cruz" de Cristo —de la cruz sin falsear— en su diócesis y en todos sus dominios. Quiso que esa "cruz" sencilla siguiese siendo de oro, porque veía en el "oro" de la cruz de sus mayores el oro de ley, de las vidas crucificadas. Exigió en el escudo un "compás", porque opinaba que, para crucificarse con Cristo, debía añadir al símbolo de la Redención el compás de la vida, sometida en todo momento a una regla. Mandó que, paralelo al compás, hubiese un "espejo", porque, puesto por Dios sobre el candelero de la cátedra episcopal, se creía obligado a ser espejo para todos: lo mismo para los nobles, que para los plebeyos y para los esclavos...

Según eso, el escudo de armas de San Rosendo es su mejor retrato; no sólo porque en él resaltan los tres rasgos más característicos de su vida privada: su crucifixión en la cruz del deber, su santificación en el molde de un plan o regla de vida, y su constante e intachable ejemplaridad; sino también, porque, además, en él se sintetiza toda su labor social y apostólica, esa labor que cifró: en emplear y recomendar el empleo de las riquezas —oro— en el servicio del Crucificado —cruz—, levantándole iglesias y monasterios; en poner orden —compás— en las familias y en los pueblos de aquella época tan agitada; y en exigir la limpieza de corazón —espejo— a los eclesiásticos y a los fieles de aquella edad de hierro del cristianismo.

Estudiemos, pues, ese su escudo, hecho vida por él mismo en su peregrinar hacia Dios durante setenta años, y descubriremos la figura del patriarca de los monjes del noroeste de España.

Los portugueses, con don Rodrigo de Acuña a la cabeza, tratan de hacerle nacer por casualidad en Portugal, a unas cuatro leguas de Oporto.

Los gallegos y la tradición quieren que haya abierto sus ojos a la luz en Salas, pueblo de la provincia de Orense.

Respeto la opinión del arzobispo de Lisboa, don Rodrigo, y la de los cronistas que copiaron de él. Pero me quedo con la tradición. En primer lugar, porque no me merece crédito un cronista que, siendo oriundo de Galicia, se constituye en defensor infatigable de la Casa de Braganza y se presenta como un enemigo declarado de los gallegos. En segundo lugar, porque la lógica de los hechos así lo exige: Santa Ilduara era oriunda de Puertomarín (Lugo); de ordinario vivía en las posesiones que su esposo don Gutierre tenía en la cuenca del Arnoya (Orense); cuando en 907 Alfonso III emprendió la marcha contra Coimbra, llevando consigo al conde don Gutierre, que era uno de sus principales caudillos, ¿vamos a creer que don Gutierre iba a consentir que su esposa, doña llduara, subiese, en estado, por la Vía Romana de Astorga a Braga, las montañas del Jurés, Santa Eufemia Y Porteladome —tres leguas de cuestas empinadas y de despeñaderos peligrosísimos— y recorriese, entre soldados y carros de guerra, las otras catorce leguas que separan a Porteladome de Oporto? ¿No parece más humano que la dejase con sus familiares en Puertomarín o en alguno de los pazos que poseía entre las actuales villas de Ginzo, Bande y Allariz? Opino con la tradición que la dejó en un pazo a orillas del río Salas.

La tradición reza como sigue:

"No era estéril la condesa. Pero se le morían los hijos, recién nacidos. Una vez que el conde don Gutierre se fue en la expedición de don Alfonso III contra Coimbra, vino Ilduara, su esposa, a orar a este valle. Estando aquí, una mañana, subió a la ermita de San Salvador, sola y descalza, y llorando. Llegó fatigadísima. Así y todo, se puso enseguida en oración. Muy devota de San Miguel, se postró lo primero ante su altar. Allí permaneció largo rato. De pronto, oyó una voz que le decía: "Alégrate, Ilduara, que tu oración ha sido atendida. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo que será grande delante de Dios y de los hombres". Y sucedió así como el arcángel le profetizó. Santa llduara, para agradecérselo, mandó construirle una iglesia en aquellos contornos. Al terminarla, le nació el niño, Pensaba bautizarle en San Salvador. Pero, al subir unos carreteros al monte con la pila bautismal de la parroquia, se les rompió el carro. Fueron a buscar otro. Y, mientras tanto, San Miguel se llevó la pila a su ermita. Entendió la condesa que, con aquella faena, el ángel quería indicar su deseo de que fuese bautizado el niño en la nueva iglesia; y así lo ordenó a los suyos. Le pusieron por nombre Rosendo. Sucedió todo esto a finales del siglo nono o a principios del diez".

Como todas las tradiciones, la de San Rosendo llegó a nosotros envuelta en las gasas de la leyenda. La bola de nieve, al dar vueltas y vueltas, a través de los siglos, falseó algunos hechos y ocultó otros. Por ejemplo: hoy, a la luz de los documentos históricos, es insostenible el mayorazgo de San Rosendo, pues el mayor de los hijos logrados de don Gutierre y de Santa Ilduara consta que fue Munio, el que asistió el 27 de septiembre de 911 a la junta de prelados y magnates convocada por Ordoño II en Aliobro (Portugal) y el que fue padre de don Arias, sucesor de su tío San Rosendo en la mitra mindoniense. A la luz de esos mismos documentos históricos tampoco se puede sostener ninguna enmarcación exacta del pazo en que nació el Santo. Así y todo, la tradición es verídica en lo sustancial del relato: que el nacimiento fue anunciado por San Miguel y que el bautismo revistió mucha solemnidad.

El nacimiento tuvo lugar el 26 de noviembre del 907. El bautismo, a los pocos días. En él actuó de bautizante Sabarico, tío del recién nacido. Con tal ocasión la nobleza felicitó a los condes. Todos los colonos hicieron fiesta. Los esclavos, que recibieron la libertad aquel día, saltaron de gozo. Hubo regocijo general.

Don Gutierre, en acción de gracias, sin dejar sus cargos, se dedicó en adelante a fundar monasterios y reconstruir iglesias. Hábil gobernante y cristiano piadoso, transfundió a su hijo el rico legado de su carácter robusto.

Doña Ilduara, por su parte, fue dotando las iglesias y monasterios que su marido construía, con fincas, con vestiduras, con vasos sagrados. Noble y desprendida, fervorosa y santa, mereció el premio que le profetizara el mensajero celestial: "un hijo grande delante de Dios y de los hombres".

Rosendo, vencida la cuesta de la infancia, pasó a Mondoñedo con su tío paterno, Sabarico II. En los claustros de la iglesia episcopal aprendió los latines e hizo sus primeras escaramuzas por la sagrada Biblia. De sus años allí dicen los biógrafos: "Juventud con peso de anciano; palabras dulces y eficaces; nada de infantilismos ni de vanidades del mundo; amigo de la soledad y de la oración; aplicado en sus estudios, modesto y grave aunque sin desabrimientos; alegre y feliz, pero sin ligerezas; de rostro agradable; de estatura mediana"... Cuando uno se encuentra en los cronicones con fichas escolares como la precedente, siente la tentación de preguntar: ¿no serán elogios de relleno? En el caso del hijo de Santa Ilduara la negativa nos la dan los reyes, los prelados y los nobles que le asocian desde sus doce años a su gobierno, y a sus decisiones, y a sus escrituras; el 18 de mayo de 919 ya suscribe en la corte de los reyes de León, con los prelados y con los magnates, el diploma que su tío Ordoño II concede a aquella iglesia.

No sabemos cuánto tiempo ni en qué año, pero parece indiscutible que pasó una buena temporada en algún monasterio benedictino, que pudo ser muy bien el de San Salvador y Santa Cruz de Puertomarín. En él estudio letras y ciencias. En él saboreó la Sagrada Escritura y leyó a los Santos Padres. En él dicen algunos que fue abad durante unos meses. En él quizá le sorprendieron los que le llevaban la mitra episcopal. En él, al menos, se retiró para medir sus fuerzas antes de dar el sí. En él, sin duda, oró a Dios de esta manera:

"Señor, cuando en mi casa paterna yo crecía entre el relinchar de los caballos y los gritos de los hombres de guerra, Tú me arrancaste de aquel ambiente. Cuando, después, pasé unos años con mi tío, en Mondoñedo, entre clérigos y cortesanos, Tú me trajiste a este remanso de paz... Soy feliz con mis estudios y con mis rezos. Me encanta la soledad y el olor a tojo. ¿Por qué te acordaste ahora de mí? Déjame saborear la cruz desnuda de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. Déjame vestir el hábito de San Benito..."

Y allí, en la confusión de su mente y en lo encontrado de sus sentimientos, tuvo la revelación de que hablan todos sus biógrafos: de que su cruz era la mitra.

Hacia Mondoñedo, por el camino, las espinas de los tojos pinchaban sus pies delicados. Pero el oro de sus flores llenaba, al mismo tiempo, su alma ambiciosa. Cruz-oro, trabajo-mérito, apostolado-santidad, dolor-cielo. Ese era el programa que gritaban a sus oídos los espinosos tojales que florecían en oro en aquel invierno del 925, cuando él contaba apenas dieciocho años.

Mondoñedo —tierra verde, regada como el paraíso terrenal por cuatro ríos— le recibió con los brazos en cruz. Lo mismo el clero que el pueblo yacían sepultados en el marasmo consiguiente a la pérdida irreparable de su pastor Sabarico II; y lo mismo los nobles que los plebeyos y que los esclavos vivían en continuas y enconadas luchas: estaban en la cruz de la orfandad y en la cruz de las desavenencias. En circunstancias tan críticas necesitaban el santo que les enseñase a sacar gusto a su cruz, entusiasmándoles con la cruz de Cristo; el sabio que enfocara y centrara sus vidas desordenadas, calmando los ánimos perturbados e insatisfechos; el guerrero que humillara de una vez a los perturbadores de la paz. Todo eso esperaban del descendiente de los Arias. Todo eso prometía y hacía esperar el peso, y el saber, y la nobleza de Rosendo.

Sentado en la silla de su tío, lo primero que pidió a Dios fue la paz.

Para conseguirla, empezó por reconstruir, ayudado de sus padres, los monasterios e iglesias que lo necesitaban. Con ello serenó y conquistó a los abades de toda Galicia, la nobleza eclesiástica de entonces.

Emparentado por línea paterna y materna con reyes y condes —la nobleza civil de aquellos tiempos— se granjeó enseguida su amistad reconciliando a unos, dirimiendo las contiendas de otros, aconsejando a sus parientes los reyes de León...

De profundos sentimientos humanitarios, sufría horrorosamente ante los abusos con la esclavitud. Eso le llevó a trabajar por su abolición, empezando por dar él paulatinamente libertad a sus esclavos; y siguiendo por recomendar lo mismo a los nobles y señores. Con eso se convirtió en el padre de todos los libertos. Con eso centró en si todas las esperanzas de todos los que aspiraban a la libertad. Y con ese calmó los ánimos de todos los oprimidos.

Esa triple actividad del hijo de Santa llduara: en el orden monacal, en el orden militar y político y en el orden social, refleja el carácter singular, por lo multiforme, de su episcopado en Mondoñedo.

Lo segundo que pidió San Rosendo al Señor desde la silla de su tío fue la gracia de retornar a la vida ordenada del claustro.

"Y sucedió que, hallándose una vez en oración en el monasterio de Caaveiro, le reveló el Señor que era su voluntad que fundase un gran monasterio en el lugar de Villar, en tierra de Bubal, a orillas del Sorica o Sorga, afluente del Arnoya. Esta revelación debió tenerla hacia el año 934; por ella comprendió San Rosendo que el nuevo monasterio había de ser su lugar de descanso."

El primer paso que dio fue asegurar la posesión del solar, consiguiendo que su hermano Fruela y su prima Jimena cediesen todos sus derechos sobre la finca de Villar a favor del futuro monasterio.

Asegurada la posesión, en aquel valle de la provincia de Orense, "donde los vientos eran apacibles, los bosques bienolientes, el riachuelo suave y la soledad mucha", se oyó por primera vez el martillo y tableteo de los que preparaban andamiajes. A los pocos días, el repiqueteo desacompasado de los canteros hizo pensar en el próximo repique de las campanas y en la salmodia rítmica de los futuros monjes.

Ocho años. Donaciones de ricos y de pobres. Sobre todo, de Santa Ilduara. Idas y venidas del obispo de Mindoni. Entusiasmo en todos. Expectación.

Y el 25 de septiembre del año 942 —domingo— San Rosendo vio coronados sus anhelos. Recibió el abrazo fraternal y de felicitación de once obispos —los de los reinos de Galicia y León—. Le besaron afectuosamente la mano veinticuatro condes. Le reverenciaron como a padre y pastor larga serie de abades, presbíteros, diáconos, monjes. Y oyó los aplausos de la muchedumbre, entusiasmada ante la grandiosidad del monasterio y la solemnidad del acto.

Consagrada la iglesia y firmada la escritura de dotación, en la que nos dejó un perfecto retrato de su alma, entregó el báculo de Celanova (que así se llamó desde entonces Villar) al monje Franquila, abad que había sido de Ribas del Sil. Y Celanova fue en adelante el blanco de las miradas de todos los fieles, el espejo de todos los monasterios de Galicia, y la heredera casi forzosa de todos los familiares del Santo y de muchos condes y reyes del noroeste de la Península.

El fundador de Celanova se volvió a su Mondoñedo. Allí siguió apagando rencores, satisfaciendo avaricias, pacificando matrimonios, sofocando conspiraciones, serenando ánimos... De vez en cuando se le recrudecía la tentación de Puertomarín:

—Los nobles creen. Los demás, también. Pero las pasiones, que los siglos legaron a unos y a otros, no se calman con un soplo. ¿Qué habré hecho yo para que el Señor me condene a esta lucha y a este destierro? ¡Si mi mundo es el claustro!...

Otras veces recordaba la visión de Caaveiro:

—Señor, ya está terminada la Celanova. ¿Ha llegado la hora de irme?

Y un día cayó en la tentación de renunciar a la sede mindoniense. Y otro, se arrodilló ante San Franquila, abad de su monasterio, y le habló así:

—Padre, el hábito y un rincón.

Y otro, le vieron los monjes como uno de tantos, rezando y estudiando, y trabajando...

Fue feliz, lejos de los negocios y de los nobles y de las responsabilidades de la mitra. Sólo tres personas turbaron su paz: el ángel de su guarda, su madre y el rey. El ángel de su guarda porque bajaba al coro a rezar con él y le alumbraba con sus alas de luz, y le obligaba a profetizar el futuro, y le infundía compasión para que curara a los enfermos y resucitara a los muertos... Su madre porque cada día le llegaba con una nueva donación y porque, después de asegurar detrás de sí una espléndida estela de santidad, murió como los justos en su monasterio de Vilanova —a cuatro kilómetros de Celanova— el 20 de diciembre del 948. El rey Ordoño III porque le sorprendió con la orden siguiente:

"Ordoño rey, al padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre y terrenos adyacentes hasta la mar, de suerte que todos concurran allí a obedecerte en las cosas de nuestro servicio y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955."

Es ésta otra faceta de la vida de San Rosendo. La patria le arrancó de la paz de su celda. Por la patria, monje se trocó en gobernador. Y por la patria sus labios, que sabían bendecir y salmodiar, ahora dieron órdenes y refrenaron abusos; sus manos, que habían empuñado el báculo y consagrado iglesias, ahora sujetaron las riendas de un caballo de guerra y blandieron la espada.

Durante su gobierno cruzaron los moros el Mondego y llegaron hasta el Miño, como una ola de sangre y de terror. Enterado nuestro héroe, les salió al paso. Y les obligó a retornar, maltrechos, a sus reales.

Poco después —en 968— tuvo lugar la invasión de los normandos. Un año entero de robos, de incendios, de profanaciones, de raptos... de horror. San Rosendo, mientras reunió y armó a sus tropas, dejó que se cebara la furia y la avaricia de los invasores. Cuando vio que, cargados de despojos, intentaban embarcar para sus tierras, lanzó contra ellos al conde don Gonzalo. Y los hijos de Odín, impetuosos como su dios Thor, se encontraron con que habían agotado el furor salvaje de las valkirias y con que les arrollaba la venganza más que justa de los indígenas. Borrachos de triunfos y de botines, se habían creído inatacables. Pero la realidad fue que, en virtud de la táctica y estrategia militar de San Rosendo y del valor del conde Gonzalo, las olas vieron expirar a todos y cada uno al filo de la espada, y el mar acogió en su seno a sus naves vacías. Al día siguiente, los techos de paja de las cabañas normandas de Foz, Cervo, Villaronte y Ribadeo no echaban humo. San Rosendo, desde lo alto de la Agrela —acantilado cuyos pies lamen las olas cantábricas— respiró paz y satisfacción y agradecimiento popular. Y bendijo las aguas que tragaron a sus enemigos, y las aldeas e iglesias destruidas y a todas las familias afectadas por el horror de la invasión.

Y una riada de tranquilidad y de prosperidad inundó a toda Galicia.

Mientras tanto, su libertador, normalizadas todas las actividades industriales y agrícolas, pensó en retirarse de nuevo a las órdenes de San Manilán, el sucesor de San Franquila en Celanova.

En esto, hacia el año 970, quedó vacante la sede compostelana. Todos le señalaron a él con el dedo. Pero su humildad y la esperanza de volver a Celanova le obligaron a negarse. Sólo a instancias de los nobles y de la infanta doña Elvira, tutora del rey don Ramiro III, aceptó la administración provisional dé la diócesis del apóstol. Se cuidó, empero, muy mucho de firmar: "Apostolicae Cathedrae et Sedis Iriensis Rudesindus Episcopus commissus". Temía que diesen por hecho que aceptaba la propiedad.

Poco tiempo rigió la diócesis del apóstol. Aun así, en ese breve tiempo, reformó, la disciplina de varios monasterios, revisó, para evitar complicaciones, las escrituras de dotación de las diversas iglesias, asistió a un concilio en León, acompañado de San Pedro de Mezonzo, y contagió dinamismo apostólico a los monjes y a los clérigos.

Hacia el 974 cayó definitivamente en la tentación de encerrarse en Celanova.

Allí pasó sus últimos años, entregado a la oración y a la predicación. Y a la edificación de los monjes con el ejemplo. El diácono Egilano, en una donación que hizo a Celanova, le retrata en este período de su vida con estas palabras: "A vos, egregio obispo, señor Rosendo, padre santísimo, verdadero maestro, que enseñáis a vuestros súbditos con la palabra y con las obras..."

Allí se rodeó de un buen grupo de monjes con grandes valores humanos y les dio su impronta de piedad y amor a la cruz, su impronta de disciplina monacal y su impronta de ejemplaridad para todos. Con otras palabras: allí perpetuó el simbolismo de su escudo de armas.

Y allí apagó sus días el 1 de marzo del 977, después de haber reflejado en su testamento su fe, su saber escriturístico, su humildad, su amor a la Orden benedictina, su predilección por Celanova y su deseo de vivir por toda la eternidad como había vivido todos los días de su azaroso peregrinar por la tierra: "bajo la providencia de Dios".

Los monjes que cerraron sus ojos, conservaron sus restos mortales como el mayor y mejor de los tesoros del monasterio.  


CESÁREO GIL

28 de febrero de 2022

Santo Evangelio 28 de Febrero 2022

  


Texto del Evangelio (Mc 10,17-27):

 Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».



«Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (...); luego, ven y sígueme»


P. Joaquim PETIT Llimona, L.C.

Hoy, la liturgia nos presenta un evangelio ante el cual es difícil permanecer indiferente si se afronta con sinceridad de corazón.

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de aquel joven que se acercó a Jesucristo para hacerle una pregunta: «Maestro bueno: ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Por lo que nos refiere san Marcos, está claro que en ese corazón había necesidad de algo más, pues es fácil suponer que —como buen israelita— conocía muy bien lo que la Ley decía al respecto, pero en su interior había una inquietud, una necesidad de ir más allá y, por eso, interpela a Jesús.

En nuestra vida cristiana tenemos que aprender a superar esa visión que reduce la fe a una cuestión de mero cumplimiento. Nuestra fe es mucho más. Es una adhesión de corazón a Alguien, que es Dios. Cuando ponemos el corazón en algo, ponemos también la vida y, en el caso de la fe, superamos entonces el conformismo que parece hoy atenazar la existencia de tantos creyentes. Quien ama no se conforma con dar cualquier cosa. Quien ama busca una relación personal, cercana, aprovecha los detalles y sabe descubrir en todo una ocasión para crecer en el amor. Quien ama se da.

En realidad, la respuesta de Jesús a la pregunta del joven es una puerta abierta a esa donación total por amor: «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (…); luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No es un dejar porque sí; es un dejar que es darse y es un darse que es expresión genuina del amor. Abramos, pues, nuestro corazón a ese amor-donación. Vivamos nuestra relación con Dios en esa clave. Orar, servir, trabajar, superarse, sacrificarse... todo son caminos de donación y, por tanto, caminos de amor. Que el Señor encuentre en nosotros no sólo un corazón sincero, sino también un corazón generoso y abierto a las exigencias del amor. Porque —en palabras de san Juan Pablo II— «el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales».