2 de noviembre de 2021

Santo Evangelio 2 de Noviembre 2021

 


Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43):

 Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».



«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»


Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM

(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio evoca el hecho más fundamental del cristiano: la muerte y resurrección de Jesús. Hagamos nuestra, hoy, la plegaria del Buen Ladrón: «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). «La Iglesia no ruega por los santos como ruega por los difuntos, que duermen en el Señor, sino que se encomienda a las oraciones de aquéllos y ruega por éstos», decía san Agustín en un Sermón. Una vez al año, por lo menos, los cristianos nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida y sobre el sentido de nuestra muerte y resurrección. Es el día de la conmemoración de los fieles difuntos, de la que san Agustín nos ha mostrado su distinción respecto a la fiesta de Todos los Santos.

Los sufrimientos de la Humanidad son los mismos que los de la Iglesia y, sin duda, tienen en común que todo sufrimiento humano es de algún modo privación de vida. Por eso, la muerte de un ser querido nos produce un dolor tan indescriptible que ni tan sólo la fe puede aliviarlo. Así, los hombres siempre han querido honrar a los difuntos. La memoria, en efecto, es un modo de hacer que los ausentes estén presentes, de perpetuar su vida. Pero sus mecanismos psicológicos y sociales amortiguan los recuerdos con el tiempo. Y si eso puede humanamente llevar a la angustia, cristianamente, gracias a la resurrección, tenemos paz. La ventaja de creer en ella es que nos permite confiar en que, a pesar del olvido, volveremos a encontrarlos en la otra vida.

Una segunda ventaja de creer es que, al recordar a los difuntos, oramos por ellos. Lo hacemos desde nuestro interior, en la intimidad con Dios, y cada vez que oramos juntos, en la Eucaristía, no estamos solos ante el misterio de la muerte y de la vida, sino que lo compartimos como miembros del Cuerpo de Cristo. Más aún: al ver la cruz, suspendida entre el cielo y la tierra, sabemos que se establece una comunión entre nosotros y nuestros difuntos. Por eso, san Francisco proclamó agradecido: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal».

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Dia de todos los fieles difuntos 2 de Noviembre



 Dia de todos los fieles difuntos 2 de Noviembre


Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?

De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.

El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

Sin querer se nos ha metido una mentalidad pagana al hablar de la muerte. Miramos sólo un aspecto terrorífico y macabro, la corrupción del sepulcro, el abandono de todos, la soledad de la tumba. Resaltamos la parte negativa, el "somos polvo y ceniza del pagano Horacio, hasta el punto de que el propio cardenal Portocarrero pensase que el mejor epitafio para su lápida fuese esta frase, que, bien medida, no sería del todo ortodoxa: Hic iacet, pulvis, cinis et nihil: "Aquí yace polvo, ceniza y nada".

A las concepciones paganas del Renacimiento se unió el espíritu morboso del romanticismo y la poca imaginación de los agentes de pompas fúnebres y entre todos han llenado los cementerios, cuando no las iglesias, de calaveras y tibias entrelazadas, esqueletos con guadañas, cítaras y columnas rotas...

Esa iconografía es ridícula, y tiene muy poco de cristiana; podrá admitirse para los animales, cuya alma es caduca y sus cuerpos no esperan la resurrección, pero nunca para los fieles que viven anclados en el artículo del credo que dice: "Espero la resurrección de los muertos".

El cristiano "no se muere", en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que "muere", es decir, entrega su alma al Creador". Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

La Iglesia tiene un rito para que mueran los cristianos, como tiene un rito para el bautismo, para la celebración de la misa, para la ordenación de los sacerdotes y para que contraigan matrimonio los esposos.

Toda la liturgia de la muerte tiende a dar al moribundo una parte activa: profesa su fe en el rito emocionante que nos ha conservado el "Manual Toledano" para antes de recibir el viático; ofrece sus sentidos para la unción, recibe la sagrada Eucaristía como viático o provisión para el viaje a la eternidad; coge con sus dedos el cirio encendido, símbolo de la luz de la fe que se le entregó al ser bautizado; besa el crucifijo, contesta a las oraciones y cierra su vida pronunciando por tres veces el nombre de Jesús. .

En los mismos ritos de la mortaja, de la vela funeraria, del oficio de difuntos, de la misa de cuerpo presente, de la conducción a la sepultura y del enterramiento, el difunto sigue siendo el personaje central de la acción litúrgica; se le inciensa, se le rocía de agua bendita, se le nombra expresamente en las oraciones, se le alumbra con cirios, se le transporta procesionalmente... 

Toda la celebración funeraria tiene un sentido comunitario. En ella actúa el párroco o su representante en nombre de la comunidad parroquial y miembros de la misma acompañan a los familiares en Aquel trance de dolor. Es una idea falsa y burguesa querer apartar al sacerdote de la cabecera del moribundo, con pretexto de respetar la intimidad del paciente y la de sus deudos. Es la Iglesia quien se hace presente en circunstancias tan destacadas para acompañar con sus piadosas oraciones el tránsito del fiel del tiempo a la eternidad

Toda la liturgia de la defunción tiene un color bautismal, que quiere decir tanto como pascual. La profesión de fe, que entre nosotros suele renovarse al tiempo del viático, recuerda las interrogaciones que preceden al bautismo. La entrega de un cirio encendido, el lavado del cadáver, la mortaja con un hábito religioso, aun en los seglares, o por lo menos con un vestido digno y como de etiqueta... evocan muchas ceremonias del rito bautismal.

Según San Pablo en su carta a los Romanos el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua. Consepultados con Cristo (anegados en el agua bautismal, muertos al pecado), conresucitados con Él (naciendo por el bautismo a la vida de la gracia, como Cristo salió triunfante del sepulcro).

Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dió en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de "celebración pascual" que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este "tránsito" o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados "graduales".

Otro dato consolador que nos revela la liturgia de los agonizantes es que el cristiano no muere solo, sino que muere con Cristo. El acto por el cual se acaba su vida terrena coincide con el momento en que entra en la vida definitiva con Cristo, como oveja que es llevada al redil de la gloria. Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.

El sacerdote o una persona capaz lee al moribundo la pasión según San Juan, no tanto para confortarle cuanto para asociarle y configurarle con la muerte el Señor. Nótese la frase tan antigua y tan cristiana de "morir en el Señor", que ya San Juan recoge en su Apocalipsis: "Dichosos los difuntos que mueren en el Señor" (Apoc. 14.13).

Cuando el moribundo, ayudado de sus familiares que se lo presentan, besa repetidamente el crucifijo, pronunciando si puede el nombre de Jesús o haciéndolo por él los asistentes, más que encomendarse a los méritos de su Redentor lo que hace es configurarse con su Salvador que murió por él, rescatándole del pecado y de la muerte eterna. Ahora besando el crucifijo la muerte del cristiano se anega en la de Cristo y el Padre celestial acogerá con piedad aquella alma, que en el bautismo recibió el sello de cristiana y definitivamente, por la muerte, quedará agregada a su Señor.

Prosiguiendo todavía diremos que el cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Esta le ha dado todos los sacramentos, le ha fortalecido con el "socorro del viaje" que es el viático; le ha restaurado con la santa unción, borrando de su alma las reliquias del pecado, le ha perdonado todas las culpas y reatos con la indulgencia plenaria otorgada en nombre del Sumo Pontífice y además, en aquel instante supremo, le encomienda y entrega oficialmente a la otra Iglesia, a la del cielo.

Es fuertemente impresionante el acto de la entrega de la Iglesia militante ala triunfante, que se formula en los textos de la "recomendación del alma".

Antes de efectuar esta entrega la Iglesia reza la "letanía de los santos". Tales letanías sólo se rezan en los instantes de suprema necesidad, cuando la situación requiere invocar el poder intercesor de todos los santos, a los que en este caso se hace además testigos y valedores.

Entonces la Iglesia de la tierra ordena al alma que abandone este mundo: "Sal, alma cristiana, de este mundo en nombre de Dios, Padre omnipotente, que te crió: en nombre de Jesucristo, que te redimió, etc."

Después se realiza solemnemente la entrega:

"Te encomiendo (o entrego), hermano carísimo, a Dios omnipotente... Cuando tu alma se separe del cuerpo, sálganle al encuentro las espléndidas jerarquías de los ángeles, venga a encontrarte el senado de los apóstoles.. Benigno y placentero se te manifieste el rostro de Jesucristo..."

Y en el instante mismo de expirar se canta o reza el Subvenite "Bajad, santos de Dios: salid a su paso, ángeles del Señor, para recoger su alma y presentarla en la presencia del Altísimo".

Más que una deprecación o recomendación en que se implora piedad, tenemos un "acto jurídico", en que la Iglesia temporal, que engendró a aquella alma por el bautismo, la alimentó con los sacramentos y la fortaleció con los demás auxilios, la entrega ahora solemnemente a la Iglesia eterna. El sarmiento que la muerte corta de la cepa terrestre- es trasplantado, por mano de la Iglesia, a la viña de la gloria para que dé frutos de vida eterna.

Esto puede hacerlo la Iglesia porque cuenta con la inmensidad de los méritos de Cristo y de sus Santos, de cuyo inagotable tesoro se aprovecha para perdonar al moribundo con la bendición papal y hacerle participar de los frutos de vida que sus obras no podrían alcanzar.

Porque el difunto murió "con el sello de la fe", según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman "cementerios", palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Gran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna. 

Necesitamos afianzarnos en la virtud teologal de la esperanza sobre todo ahora en que nos rodea un clima de angustia. La muerte aterra a muchos porque interiormente tiene una mentalidad pagana.

La muerte no es una "pérdida irreparable", el cementerio no es la "última morada'. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: "No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús mueió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él... Consolaos, pues, con tales pensamientos" (1 Thess. 4,12-13.17).

Mas queda siempre la inseguridad del más allá, el querer comprender la "vida del siglo futuro".

"A Dios no le-ha visto nadie -declara, rotundamente San Juan-, solamente el Unigénito de Dios nos ha hecho conocer lo que conoció en el seno del Padre" (lo. 1,18). Lo mismo nos ocurre con el mundo de ultratumba; pero la Sagrada Escritura, la liturgia y los símbolos del primitivo cristianismo pueden hacernos entrever lo que será el objeto de la esperanza cristiana, que es el cielo.

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

A través de un posible purgatorio, es cierto, pero con un fin seguro en Dios, en la gloria del Padre.

El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos. Todos sus compañeros "puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer" y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, "porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección" (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica. Era costumbre ofrecer por los fallecidos el sacrificium pretii nostri, "el sacrificio de nuestra redención", o como se le llama en otra parte, sacrificium pro dormitione, "sacrificio por los que durmieron". La memoria o recuerdo de los difuntos en la santa misa es común a todas las liturgias desde el siglo III. Además de las misas dichas por ellos, siempre se les recordaba en la gran plegaria posconsecratoria, mencionándolos en los dísticos. Estando presente entonces Cristo sobre el altar en estado de víctima "representa para ellos un gran alivio y ayuda la oración que se hace durante aquel santo y tremendo sacrificio" (San Cirilo de Jerusalén).

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: "Allí siempre estaremos con el Señor". En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica "están en el Señor".

Pero la Edad Media comenzó a pensar en el riesgo del juicio, en el instante en que el alma comparece ante el tribunal divino para ser juzgada. Y esta patética situación se refleja en los textos litúrgicos, tales cómo el Absolve Domine, en el Libera me Domine, y sobre todo en el Dies Irae. Este último, el más dramático de todos, alterna las estrofas llenas de cárdenos resplandores con los versos que son preces dulcísimas.

Tú que a María absolviste 

y al ladrón oíste, 

también a mí esperanza diste.

Sin embargo, el Dies Irae no fue en su origen una pieza funeraria, sino una secuencia para el primer domingo de Adviento, en que la liturgia conmemora el juicio final. La acomodación, no demasiado feliz, de las dos últimas estrofas la hizo servir para la misa de difuntos. 

Conviene no olvidar en todo caso el carácter contenido y lleno de moderación de la liturgia aun en aquellos textos, como el ofertorio de la misa de difuntos, tan repletos de conceptos, en contraste con la exageración en que fácilmente caen los autores piadosos al hablar del purgatorio.

El concilio Tridentino, en la sesión XXV (Denz. 983), definió la existencia del purgatorio "y que las almas allí detenidas podían ser auxiliadas con los sufragios de los fieles, en especial con el aceptable sacrificio del altar".

El santo sínodo quería que se predicase a los fieles la auténtica doctrina sobre el purgatorio, pero sin descender a cuestiones difíciles, que no favorecen a la piedad popular. Precisamente lo contrario que han hecho muchos . "meses de ánimas" y libros equivalentes, basados en revelaciones particulares a menudo ridículas, absurdas o caprichosas.

Nuestra mentalidad pide otra cosa. ¡Cuánto mejor alimentarnos de la Escritura y de la liturgia!

Cuando la muerte de Santa Mónica, una vez que pudieron hacer acallar en su llanto al niño Adeodato, Evodio tomó el libro de los Salmos y comenzó a recitar el salmo 100, al que todos los de la casa coreaban respondiendo: "Tu misericordia y tu juicio cantaré".

En la Sagrada Escritura, en los Salmos, base de todo rezo, hemos de encontrar los cristianos actuales las fórmulas para orar por nuestros difuntos, y en los textos bíblico-litúrgicos las bellas metáforas que nos hagan presentir el premio que Dios reserva a sus fieles.

Una como cadena de bellísimas imágenes nos describen las antífonas Subvenite e In paradisum. Hoy, día de los difuntos, deben ayudarnos a presentir la felicidad de que gozan los que nos precedieron en el signo de la fe. Helas aquí numeradas:

El paraíso.

La ciudad santa de Jerusalén.

El cortejo de los ángeles y los santos.

El seno de Abraham.

El descanso eterno.

La luz eterna.

La paz.

El refrigerio.

La imagen del "paraíso" aparece en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último de los libros de la Biblia.

El paraíso es un jardín oriental, un edén, un huerto de delicias, regado con aguas abundantes, lleno de vegetacion y frutos, en contraste con el desierto de los alrededores.

El paraíso, en una posterior concepción bíblica es la morada de Dios, el asiento de la sabiduría. Adán hablaba con Yahvé a la brisa del atardecer, como un amigo habla con un amigo. Así el paraíso es un concepto rico de felicidad, con todo lo que el hombre puede apetecer junto con la posesión de Dios. Cuando el buen ladrón pide a Cristo que se acuerde de él, Jesús le dice: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", como resumiendo la dicha suma.

En el primitivo paraíso, perdido por el pecado de los primeros padres, un ángel con espada de fuego impedía al hombre la vuelta a él: mas los ángeles conducen al alma del difunto al nuevo paraíso, según la liturgia.

"Jerusalén" es la ciudad santa, llena de la presencia de Dios, en cuyo templo se complace en recibir culto; la ciudad que encendía de gozo a los israelitas, como canta el salmo 121.

Mejor todavía que aquella Jerusalén, tan capaz de hacer la felicidad del piadoso israelita, es la nueva Jerusalén que San Juan vio ataviada como novia, la ciudad que ya no necesita de templo, porque será iluminada con la gloria de Dios.

Esta Jerusalén es la "patria del paraíso", como se dice en una oración funeraria, hacia la que todos caminamos, dado que somos peregrinos y forasteros, según explica San Pablo.

La liturgia menciona él "cortejo de los ángeles y los santos". La felicidad propia se acrece con la grata compañía de tan altos personajes que hacen cortejo honroso al alma que se salva.

En la parábola del rico epulón encontramos a Lázaro en el seno de Abraham. Esto nos hace ver otro aspecto de la felicidad eterna, la intimidad afectuosa con el más grande de los patriarcas y padre de los creyentes. Intimidad que podemos transportarla al mismo Dios, a la manera como San Juan en la última cena se recostó en el seno de Cristo.

Después de un trabajo fatigante el simple descanso es una gran dicha. A nuestros difuntos les deseamos el "descanso eterno", sin la vuelta a los trabajos de la tierra. Descanso que no debe concebirse como un aburrimiento, sino como el ocio fecundo en la gloria del Padre. Bien pudo decir San Juan: "Bienaventurados los que mueren en el Señor, pues descansarán de todos sus afanes y trabajos" (Apoc. 1 4,16) .

"Dios es luz, y en sí no existen tinieblas", dice San Juan; por eso deseamos a nuestros difuntos "la luz eterna", la claridad inextinguible en el foco divino, para "ver la luz en su luz", como dice el salmo. Porque los cristianos hemos sido transportados de las tinieblas (pecados) a la luz (región de la gloria).

"Lucha es la vida del hombre sobre la tierra", decía Job. Milicia, intranquilidad, desasosiego. La bienaventuranza será la "paz", el reino de la paz, el sueño de la paz .. Metáforas todas para expresar el sosiego bonancible del paraíso.

Por último, los textos litúrgicos hablan del "refrigerio", tan apetecido de quienes viven en países abrasados, como era la región donde se difundió el primitivo cristianismo. El lugar del "refrigerio, de la luz y de la paz" se dice, resumiendo los gozos inefables del cielo, en el memento de los difuntos.

Para acelerar tales bienes a los que pudieran estar detenidos en el purgatorio nació la piadosa idea de la "conmemoración de los fieles difuntos". San Odilón, abad de Cluny, determinó ,hacia el año 1000 que en todos sus monasterios, dado que el día 1 de noviembre se celebraba la fiesta de Todos los Santos, el día 2 se tuviera un recuerdo de todos los difuntos. De los monasterios cluniacenses la idea se fue extendiendo poco a poco a la Iglesia universal.

Las tres misas nacieron en España. En el convento de los dominicos de Valencia, los religiosos no podían satisfacer a todos los encargos de misas que recibían para el 2 de noviembre. Entonces tomaron la costumbre de que cada religioso celebrase dos o tres. El ordinario toleró dicha práctica, que posteriormente extendió a España y Portugal, y en 1748 fue sancionada por Benedicto XIV. La costumbre española pasó a la Iglesia universal por concesión de Benedicto XV en 1915, quien ya venía preparado para la misma desde su estancia en la Nunciatura de Madrid. Teniendo en cuenta los muertos de la Gran Guerra y las desamortizaciones del siglo XIX, que habían aventado los fondos de las fundaciones de misas por los difuntos, con lo cual no se levantaban las cargas de tan piadosos legados, el Papa concedió que cada sacerdote pudiera celebrar tres misas, la primera a su particular intención, la segunda según la mente del Papa, y la tercera por las ánimas benditas. De esta manera el 2 de noviembre se equipara a la santa Natividad del Señor, siendo como la fiesta natalicia de las almas del purgatorio.

Si al rico tesoro de las tres misas se añade la indulgencia plenaria toties quoties del jubileo por los difuntos, verdaderamente que se hace patente la generosidad de la santa Madre Iglesia para con aquellos hijos suyos que, habiendo dejado la fase terrena, no alcanzaron todavía la gloria del cielo y ella hace cuanto puede para abreviarles el tiempo de la purificación.


CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

 


1 de noviembre de 2021

Santo Evangelio 1 de Noviembre 2021

 


Texto del Evangelio (Mt 5,1-12a):

 En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».



«Alegraos y regocijaos»


+ Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida

(Lleida, España)

Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.


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Conmemoración de todos los santos 1 de noviembre

 



Conmemoración de todos los santos 1 de noviembre

 

El otoño litúrgico avanza, tiernamente ungido de melancolía, por el paisaje desolado de noviembre. Ya no hay verdor, ni golondrinas, ni rosas. Bajo un cielo absoluto, la tierra levanta los árboles desnudos, como a esqueletos descarnados, para una danza con la muerte; y gime, cuando el labrador le hunde, sin piedad, el arado, en una maravillosa geometría de sementeras y de surcos. Yo no sé, cómo los vendimiadores tienen alientos para cantar al amor pagano un madrigal de racimos, ahora que la naturaleza pena, ante la venida de las nieves, que han de sepultarle, como en el mármol frío de una tumba.

Caminamos por este otoño espiritual con miedo, con fatiga, con nostalgia. El ciclo de Pentecostés, en su largura, nos alejó de los gozos pascuales del Resucitado, cuando prometían al alma las eternas primaveras de Cristo. Y ahora todo se hace incierto, breve como el día, penitencial, sin luz. Los evangelios de estos domingos escriben sobre nuestro corazón, con aquella misma misteriosa mano que helaba la risa sacrílega, en la cena de Baltasar. Es tiempo de rendir cuentas, porque el reino de Dios es semejante a aquel rey que puso en juicio las contabilidades de sus siervos. No se puede servir a Dios y al César sino dando a cada uno lo que le corresponde, porque al entrar en ese festín de las bodas celestes, que es el reino, nuestras vestiduras deben resplandecer de virtudes y de merecimientos: estremece pensar cómo al invitado que se presenta con su túnica mal cosida y sucia, se le arroja a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes. Invitan a pensar estas domínicas de noviembre que cierran el ciclo litúrgico en el drama del apocalipsis de todas las cosas.

Pero aún tiene un respiro de gozo nuestro corazón con esta fiesta de Todos los Santos. Mirad al cielo, extremadamente limpio, en el punto de la amanecida de otoño. Aún arden las estrellas, innumerables como los descendientes prometidos al padre Abraham. ¿No serán esos pequeños mundos de luz los tronos de gloria para cada uno de todos los santos? Pues os diría que, en la hora del alba, palpitan tan vertiginosamente todas las estrellas, que parecen campanas de luz repicando su gloria, en homenaje del sol, que se alza sobre el horizonte jubiloso para engalanar de aureolas a todos los santos. Sí. En la liturgia, el sol es imagen augusta y reverberante de Jesucristo. La luna silenciosa, blanca y humilde, es la Virgen María, espejo claro donde se mira Dios complacido. Y las constelaciones de luceros, como infinitas, todos los santos de la celeste corte.

Vamos a gozar espiritualmente de este día entrañable... que ya descenderá el crepúsculo con la incertidumbre de sus tinieblas..., porque este Sol, Jesucristo, ha de volver al mundo, sobre un escabel de nubes, a juzgar a los vivos y a los muertos. cuando las aguas embravecidas de los mares caigan, como las del Diluvio, para anegar la tierra; y se bamboleen las constelaciones: y los hombres, secos de angustia, sin lágrimas en sus ojos dilatados, le vean llegar en vestiduras de juez. Aún es tiempo de poner un orden sacro en nuestras vidas y de ajustarlas al patrón de los santos.

La investigación especializada de la historia encuentra muy inciertos los orígenes de esta conmemoración litúrgica de la Iglesia. Hay que descender a ese "laberinto de Dios" que son las catacumbas de Roma, para encontrar, en sus minúsculos oratorios Ia presencia de un culto tributado a los apóstoles y a los mártires por las primitivas comunidades. Aquellos cristianos puros vivieron todas las dimensiones de la resurrección de Jesucristo, como un esquema luminoso de esperanza en la propia resurrección. Habían oído a San Pablo. Y sabían que el Cristo total del cielo se completaría con el número desconocido de todos los hombres que conquistaran la corona. Los mártires habían triunfado ya, rotos en las bocas de los leones, o iluminando, con las llamas de su carne encendida, las orgías de los césares. Eran ya un ejemplo, muy exigente, de vida, y una intercesión poderosa delante del Altísimo. Al concepto pagano de vida y muerte, opuso el cristianismo un sentido de trascendencia, que hacia estimar la misma carne como sacra envoltura del alma y templo del espíritu, según lo predicaba el Apóstol. Era nuestro cuerpo un hermano menor—consentido, rebelde, tenebroso—, pero que nos acompañaba, como contraste de prueba y santificación, por las andaduras del destierro. De ahí que la Iglesia prohibiese incinerar los cadáveres o arrojarlos, sin honra ni oraciones en los "puticuli" funerales, edificando, en las catacumbas los cementerios.

En el principio, se trató sólo de una liturgia funeral sin rango de culto verdadero. Pero muy pronto, los grandes nombres de los "atletas de Cristo" aparecieron en los lóculos mortuorios, orlados de emocionadas grafías. Inés, con sangre en sus vellones de dulce cordera, apacentada por el Pastor bueno; Cecilia, al brazo del ángel de su virginidad, que le cubre de azucenas y de rosas: Lucía recogiendo en un cáliz de oro los borbotones de la sangre de su garganta: Sebastián, traspasado de saetas, como en una crucifixión olímpica, y Lorenzo, ardiente de amor y de perdones, entre las brasas que le tuestan, para el banquete de su propia inmortalidad. Así, el sentido militante de la vida cristiana cobra un realismo de ejemplaridad que arrastra, con la luz de estos valientes triunfadores.

Entonces nace, primero, el culto martirial. Cada aniversario del natalicio para la patria del cielo, se celebraba, según atestigua el Líber Pontificalis, una misa sobre sus mismos sepulcros, orlados de flores y de perfumes, que iba, con frecuencia, acompañada por una "vigilia" nocturna de cánticos y de rezos, clausurando la ceremonia las "libaciones" o "comidas funerales" como un signo de fraternidad con los fieles necesitados. La adhesión fervorosa a determinados mártires, y la certeza de su poder celeste, introdujo la costumbre, entre los fieles, de preparar sus enterramientos junto a esos santos sepulcros, con lápidas donde se pide al mártir la intercesión para el tremendo juicio.

Pero hasta el siglo IV no aparece una liturgia colectiva consagrada a "todos los mártires". Por los Carmina de San Efrén y las Epistulae Syriacae de San Atanasio sabemos que las Iglesias orientales celebraban esta festividad el día 13 de mayo. San Juan Crisóstomo asigna para la Iglesia antioquense la octava de Pentecostés, fecha que aún respetan las comunidades de rito bizantino.

Esta liturgia martirial pasa de Oriente a Roma con el papa San Bonifacio IV—608-15—. Quiso el Pontífice conservar y desenvolver la obra reformadora litúrgica de San Gregorio el Grande. El Líber Pontificalis escribe en su elogio que "alcanzó, del emperador Focas, el templo que lleva por nombre "Panteón", e hizo de él la iglesia de "Santa María y de Todos los Mártires". El suceso es trascendente porque se trata del primer templo pagano consagrado al culto de la comunidad cristiana. fue construido el "Panteón" en honra de Júpiter, por Marco Vespasiano Agripa, el 25 a. de Jesucristo, como una dependencia más de las termas imperiales. Después se entronizaron a Marte y Venus, con un sinfín de otras deidades menores, que le definieron como "Templo de las Estatuas". Es de una suntuosa arquitectura circular, rica en granito, mármoles y oros, con un atrio impresionante por su grandeza y sencillaz. El papa Bonifacio recogió de las catacumbas, las sagradas reliquias de los mártires, que en veinticuatro carrozas fueron portadas procesionalmente con himnos triunfales, y expuestas, en fervor de multitud, a la veneración publica. Pero aún no puede hablarse de una fiesta de Todos los Santos. Se atribuyó a este Pontífice la instauración de la misma, incluso con la fecha del 1 de noviembre, como ahora la celebramos, pero Dom Quentin demostró, a principios de nuestro siglo, que se habían interpretado erróneamente algunos escritos de Beda el Venerable y de Rabano Mauro. Esta fiesta de Todos los Mártires quedó fijada por San Bonifacio, para el día 13 de mayo, ya que las témporas de Pentecostés—fecha heredada de Oriente— impedían, con su ayuno y vigilias penitenciales en San Pedro, el gozo y los esplendores del triunfo de los mártires

Pero cada vez se imponía más el anhelo de festejar a todos los santos: no sólo a los que dieron testimonio con su sangre, sino también a los confesores y doctores, a las vírgenes y a los anacoretas, que ya iban mencionados en el canon de la santa misa, con la fórmula: "los que duermen en el signo de la fe". El vandalismo de los iconoclastas precipitó el augusto acontecimiento. Gregorio III—731-74l—convoca un concilio el día 1 de noviembre del 731, y sobre la confesión de San Pedro Vaticano excomulga 'a todos los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa madre María, siempre Virgen inmaculada; de los apóstoles y de los santos'. Y, como una reparación de aquellas bárbaras mutilaciones de las santas esculturas, erige, en San Pedro, un oratorio a la memoria y culto de todos los santos, muertos por todo el orbe. Una comunidad benedictina celebraba diariamente la liturgia coral, con especiales conmemoraciones de todos los santos, cuyo natalicio honraban las iglesias particulares. Pero aún corren cerca de cien años más, hasta Gregorio IV —827-844—que la fija el día 1.° de noviembre, a instancias del emperador Ludovico Pio y de los obispos de las Galias. Finalmente Sixto IV enriquecía la festividad con una octava solemne y muy amplias indulgencias.

Penetremos ahora en la teología litúrgica de la fiesta. Desde luego, se apoya en la revelación de las Sagradas Escrituras, San Juan, en sus visiones de Patmos, nos dice: "Vi una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, revestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos. Clamaban, con grandes voces, diciendo: Salud a nuestro Dios, al que está sentado sobre el trono y el Cordero. Y todos los ángeles estaban, en pie, alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro videntes. Y cayeron sobre sus rostros y adoraron al Señor, clamando: Amén. Bendición, gloria, sabiduría, acciones de gracias, honor y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos, Amén".

En esa muchedumbre sanjuanista están todos los santos. No sólo los que la Iglesia canonizó, al catalogarles en su martirologio con un doble signo comunitario de intercesión y ejemplaridad, sino todos los justos, que mueren en gracia, y después de bruñidos en el crisol del purgatorio, acceden a la eterna beatitud de Dios: los santos anónimos, sin aureola, también.

San Pablo concibe el reino de Cristo en un horizonte escatológico: está en el mundo, pero no es de este mundo, según la respuesta misteriosa que Jesús diera a Pilato, en aquel acoso incierto de preguntas, la mañana del viernes, en el Pretorio. Dice a sus corresponsales de Corinto, en la primera carta: "Entonces será el fin, cuando Jesucristo entregue a su Dios y a su Padre el reino. Pero es necesario que Él impere en este mundo, hasta poner a todos sus adversarios como escabel de sus plantas". Para el Apóstol, el reino no es otra cosa que el "pleroma de Cristo': Jesús, como cabeza de todo el cuerpo místico, completado en ese número desconocido de miembros santos, que coincide con la gloriosa turba vista por San Juan en su Apocalipsis.

Pues aquí lo entrañable de la fiesta. Pensar, con toda ortodoxia, que asisten a esas adoraciones del Cordero gentes de nuestra sangre y apellidos, nuestros familiares, los que vivieron cerca de nosotros la misma problemática de los pequeños gozos, las mismas horas grises de ceniza y miserias que tejen el misterio de cada vida. ¡Cuántos afectuosos cuidados nos dispensará, desde su gloria, la que fue nuestra madre, la hermana, el esposo o el hijo que consagramos al Señor, muerto en la primera trinchera de la conquista de las almas!

Y después un espoleo agudo, penetrante, a nuestra condición de viadores—¡tantas veces lacios y vencidos!— para injertarnos una decisión, una temperatura de santidad. Nos agobia la "santidad extraordinaria", el ejerclcio de virtudes, en ese grado heroico que la Iglesia exige de sus santos canonizados para levantarles a la g]oria del Bernini. Leemos sus vidas maravillosas y sencillas. Nos arrebatan y nos asombran. Pero a la hora de imitarles, su psicología personal no casa con nuestro temperamento y nuestros contornos sociales de incertidumbre y angustia tampoco nos ayudan.

No fue así a los principios de la cristiandad. Pablo consagra en sus epístolas una manera de saludo para dirigirse a todos y cada uno de los fieles de las comunidades. Y les llama "santos": "A los santos de Corinto, de Efeso, de Roma'. Se vivía, entonces, el gran mandamiento de la caridad, en una tensión entera y fragante. Eran un corazón, un alma sólo, con todos los bienes materiales y espirituales comunes, unidos por el sacramento de la fracción del Pan. Podemos estimarles como santos de cuerpo entero. Y aunque la Iglesia no haya recogido sus nombres en el martirologio, les honra en este día, porque supieron moldear su existencia según la imagen de Jesucristo, en el cumplimiento exacto de los deberes de su profesión, en las humildes faenas diarias sin brillo, pero ungidas de la caridad y del amor.

¿Ha cambiado, con los tiempos, el módulo de la santidad cristiana? Guardini tiene una respuesta admirable y aguda. La paz de Constantino abrió, para la Iglesia, todas las calzadas imperiales de Roma. Una expansión como de milagro. Pero un grave peligro también. El cristianismo se hace religión oficial. Y aquellas células puras de las catacumbas se ven como asaltadas por una muchedumbre que sólo busca patentes para el forcejeo burocrático, o un camino seguro para el logro de dignidades de gobierno. ¡Y cómo se repite la historia impura en nuestro tiempo! Semejantes cristianos no viven, en su profundidad santlficadora, el código del reino de Dios, predicado por Jesús sobre la Montaña de las Bienaventuranzas, ni se sienten capaces de cargar con las pequeñas cruces domésticas para seguir a Jesucristo, porque su corazón está en la avaricia del oro, en las locuras de la carne, en el orgullo de la vida. Un gran viento helado apaga las lámparas de la fe, mientras la vida cristiana discurre sin gloria y sin pena. Pues, muy lógico que, en estas condiciones, la Iglesia exija de sus santos un comportamiento fuera de serie, virtudes extraordinarias, que les distinga de la plebe civil y espesa.

Entonces el Santo busca la soledad para una más sosegada conversación con su Dios, adelgazando la carne con flagelaciones y ayunos. Y se abren los desiertos, como palestras candentes, para los atletas del silencio. Semejante evasión del mundo puede considerarse egoísta. Pablo de Tebas huye de las persecuciones porque le falta la fortaleza del mártir para dar testimonio entre las bocas de los leones, en los circos. Pero Pablo y Antón, con todos los millares de solitarios que les siguen, se topan en la soledad con el demonio. Y éste es el bárbaro contraste de su santidad. ¡Qué diabluras tan estremecedoras! Pelean a brazo partido con la fiebre de la propia carne, con el zarandeo del demonio, que les turba toda oración, que les veja y les acogota, subiéndose sin respeto a las barbas venerables, mientras sus risas conmueven los infinitos arenales y soplan un siroco abrasador de infierno. Pues cuando triunfan de tan terrible adversario, bien merecen que la áureola de la santidad engalane sus ancianas frentes, amigadas y angélicas.

Otros combaten al demonio de la herejía, cuando la Iglesia desenvuelve los dogmas nuevos, contenidos en la revelación de las Escrituras; y se santifican, quemando la propia existencia en la contemplación y en el estudio: Agustín, Alberto Magno, Tomás de Aquino. Y las vírgenes abren el nardo de su alma para que embalsame de celestes perfumes la cloaca de nuestro mundo: Clara, la pobre de Asís; Matilde la Grande; Gertrudis de Helfta; y nuestra Teresa de Avila, peregrinando para edificarle al Esposo palomares de monjas, entre éxtasis y transverberaciones, trampas del maligno y febriles baldaduras de su pobre cuerpo. La Iglesia exige de sus santos, un resplandor en vida, que destaque e ilumine el chato discurrir espiritual de los fieles cristianos. Naturalmente. A las dictaduras del feudalismo, las Fraternidades mendicantes de Guzmán y Asís oponen el amor del Evangelio, hasta romper una lanza en defensa del hermano lobo. Y Loyola funde en el horno de sus "Ejercicios" un hombre verdadero, y distinto de aquel rebelde, carnal, orgulloso, que había engendrado la falsa reforma luterana. Así, las miserias espirituales y materiales de cada siglo encuentran en los santos de Dios medicina, y un ejemplo de acicate para elevar las vidas vulgares de los fieles cristianos.

Pero ved. Las convulsiones guerreras y revolucionarias de nuestro tiempo han metido a todo el hombre en un trance de crisis profunda. Lo comunitario prima sobre la individualidad, en el ámbito de la vida religiosa y civil. Apunto el hecho solamente, sin ánimo de especulaciones, sobre una filosofía de la historia. Entonces ¿tienen que proyectarse los cánones de la santificación sobre este hombre-masa? Se nos ha propuesto un esquema a nuestro alcance, con Teresa de Lisieux: una santidad pequeña, doméstica, asequible. Pero resulta que el corazón de la joven y humilde carmelita se dilata tanto, en profundidad y anchura. que cabe en él todo el Evangelio vivo, y la teología de San Pablo, la fortaleza de los mártires, el ansia misionera de Javier y una gran pasión por la cruz. ¿Quién posee un corazón de tan enormes latidos? Pero hay un instante clave en su vida, que se nos acerca tan graciosamente, que la podemos erigir como ejemplo de santificación para todos los individuos, estados. profesiones. Cuando, a los filos de su agonía, unas hermanitas comentan junto a su ventana, los apuros de la superiora para redactar la carta de elogio fúnebre de Teresa. Nada extraordinario y visible, hay en su existencia breve. Pero Teresa de Lisieux obra sencillamente todas las realidades de su vida, por amor a Dios y al prójimo. Y así es el toque y la aureola de su santidad que ha conmovido al mundo: y muy acorde con nuestra psicología moderna. En los campos, en el taller y en la fábrica—que también tramita la Iglesia procesos de canonización de "cargadores de puerto"—; en el mundo trepidante y anónimo de las oficinas mecanizadas; en el ejercicio de las profesiones libres; en la espiritualidad de los esposos, debe resplandecer este amor a Jesucristo, hecha práctica diaria, que ajuste nuestra vida entera de relación, y refleje un contorno suave de luz que guíe y consuele a nuestros hermanos. Así alcanzaremos ciertamente la corona para el gozo infinito del cielo. En el ofertorio de esta fiesta, el sacerdote implora, con la Sabiduría: ' Señor: las almas de los santos están ya en tu mano, y no las salpica el fermento de la muerte eterna. A los ojos del mundo, pareció que morían, pero ahora viven en tu paz". Aunque parezca increíble, este vivir y obrar por el amor de Dios suena, en nuestro tiempo, a locura, porque se sirve idolátricamente a la fuerza del odio, del rencor y de la envidia; y se adoran, con estudio refinado, los placeres de la venganza. Pues la paz del mundo no puede amanecer, si éstos santos anónimos, sin aureolas, no cambian con su ejemplo los rumbos satánicos de la sociedad.

Fiesta de Todos los Santos. Otoño. Recogimiento del alma, trascendida a dulces conversaciones con el cielo. Celebradla en lo íntimo de vuestro hogar, pensando en los santos familiares, junto a la misma mesa donde el padre y la madre nos partían el pan, la doctrina cristiana y el consejo; las flores, los cuadros, las costumbres que amaron; este lecho donde el dolor largo iba calladamente haciéndoles imagen viva de Jesucristo en su cruz... y ellos sonreían para no turbar nuestro gozo. Asomaos a la ventana, a los mismos pasajes que hicieron descanso, contemplación del Señor y alegría de sus almas. Y si las lágrimas os ciegan, ya vendrá desde lo alto una música callada, nunca oída, el salmo que todos los santos—nuestro padre, nuestra madre, la hermana, el esposo, el hijo—cantan al Cordero. Y entonces tendréis la gloria celeste dentro del corazón.


FERMIN YZURDIAGA LORCA