2 de mayo de 2021

San Atanasio de Alejandría 2 de Mayo

 


SAN ATANASIO 2 de mayo

(†  373)

  Los santos vienen a perpetuar y a reproducir, hasta cierto punto, la santidad de Cristo, que se actualiza en un espacio y tiempo determinados. Algunos de ellos, los patriarcas fundadores de los grandes institutos religiosos, abren un camino, una modalidad ascética o fórmula accidental nueva para que los diversos temperamentos humanos tengan dónde localizar libremente su vocación al servicio divino. Aunque la santidad tenga siempre una proyección histórica y un gran peso social, hay también santos a los que Dios asigna una misión histórica ante una gran necesidad social o ante una crisis singularmente difícil. Tal es, sin duda, el caso de Atanasio de Alejandría; prototipo de la fortaleza cristiana, su vida sintetiza la lucha heroica mantenida por la ortodoxia frente a la vigorosa reacción doctrinal del paganismo antiguo asumida por la herejía de Arrio; fortaleza inflexible y dinámica ante el error, suscitada por el Señor para librar a su Iglesia de un trance peligroso. Durante los sesenta años que median desde la paz de Constantino hasta que Teodosio establece el cristianismo católico como religión del Imperio, el atleta alejandrino es el más visible protagonista de la historia de la Iglesia.

 El Edicto de Milán vino a reconocer que el cristianismo era la base ética y moral de un mundo nuevo que nacía en las entrañas mismas del Imperio romano, llenando el vacío moral de esta gran Institución, tan rica de cultura humana y de esplendor material, pero no liquidaba las doctrinas ni las costumbres paganas, que continuaban adheridas tanto al sentido de las multitudes como a la convicción de los filósofos y a las necesidades de la administración pública. Constantino, a pesar de su fe cristiana, mantiene el título de pontífice supremo y continúa siendo, como todos los emperadores, jefe de los colegios sacerdotales, a fin de salvar las apariencias y la realidad sociológica del sentimiento popular; los administradores de las provincias fiscalizan y dirigen el culto a los ídolos y a los dioses; el clima popular en la ciudad y en las aldeas es pagano y el sentimiento religioso polarizará durante dos tercios de siglo en las formas tradicionales de la idolatría: la adivinación, las artes mágicas y las más extrañas supersticiones.

 El pensamiento tradicional de los filósofos romanos ante los valores sorprendentes del cristianismo, que seducía a las almas rectas, intentará una síntesis de todas las especulaciones religiosas, incluyendo el propio Evangelio, y reclamará un cristianismo menos acerado y más fácil; por otra parte, ante el prestigio social y el esplendoroso porvenir de la Iglesia, acuden a ella, con su peso muerto, multitud de personas que reciben el bautismo, ya por cálculo o con esperanzas de medro personal, ya arrastrados por la moda, que ha impuesto la nueva y maravillosa doctrina en los ambientes más sensibles y modernos.

 Es lógico que este clima histórico reclamara la fórmula de un cristianismo rebajado que contemporizara con los principios y con las costumbres paganas del Imperio. Arrio fue el genial intérprete de este momento: vio el fondo de la cuestión y trató de reducir a Cristo, el Verbo del Padre, a la categoría del demiurgo o semidiós, criatura elevada y perfecta, pero simple criatura. Primero, el propio heresiarca, y después de su trágica muerte, sus secuaces, lucharon en perfecto concubinato, utilizando los más poderosos recursos: la filosofía griega con el prestigio de su claridad, de su belleza y de su amor a la vida: la inexperiencia o la astucia de los monarcas bizantinos, que pretendían, a base de protección, asumir la dirección de la Iglesia; el grave problema político de las relaciones entre Roma y Bizancio, entre Oriente y Occidente, En esta coyuntura frente a Arrio, sus componendas doctrinales y sus obispos cortesanos se irguió Atanasio con su sincero realismo evangélico y su innumerable cortejo de monjes y anacoretas del desierto.

 Al estallar el conflicto arriano, Atanasio era un joven diácono de veintitrés años, endeble, pequeño de talla y pálido rostro. Arrio tenía la madurez de sus sesenta años, de exterior imponente, de prócer estatura, gran dialéctico, maestro, acreditado en explicar las Santas Escrituras. Nacido en Libia y adscrito al clero en Alejandría, había pretendido ocupar aquella gloriosa sede episcopal y llevaba la amargura de esta insatisfacción; era, según ocurre en tantas ocasiones, austero y soberbio, sabio, obstinado y dominador. Había sido nombrado párroco de una demarcación de la ciudad, la de Borcal.

 Pretendía el sabio párroco y maestro de Escritura que el Verbo encarnado no era absolutamente igual al Padre, sino la primera y más maravillosa de las criaturas que salieron de la mente y del poder de Dios. Entre el Ser Supremo, sin principio, sólo eterno, sólo bueno, solitario en su eternidad, y la naturaleza creada, finita y manchada, está el Verbo encarnado, Hijo de Dios, pero, aunque creador del mundo, Hijo de Dios por adopción, pues difiere en absoluto de la sustancia del Padre. Establecidos tales principios, el misterio de la Encarnación y el de la Redención quedaban eliminados y alterada esencialmente toda la teología de la Trinidad y de Cristo, se abría otra vez el insondable abismo pagano entre el hombre débil y manchado y la divinidad inaccesible; suprimida la majestad divina de la Víctima del Calvario, los espíritus paganizantes y livianos ya no sentían la responsabilidad del pecado y el rigor de la justicia divina, pues, según la nueva doctrina, Cristo nos redimía sólo con la influencia de su doctrina y de sus ejemplos.

 A la familia y la infancia de Atanasio, la antigüedad, avara de noticias ciertas, la ha envuelto en bellas leyendas que, como ocurre casi siempre, son fieles intérpretes de la historia: sus padres fueron, sin duda, cristianos. Se cuenta que, siendo todavía niño, un día en que jugando remedaba las ceremonias del culto cristiano, instruyó y predicó al público infantil que jugaba con él y llevó tan adelante la imitación de los mayores y el realismo de su futura vocación que bautizó a varios niños paganos, siendo reconocida luego la validez de tal bautismo. El patriarca San Alejandro descubrió en el adolescente condiciones extraordinarias, le hizo clérigo, dirigió su formación intelectual y le ordenó de lector en su propia catedral, y más tarde le hizo su diácono y, en consecuencia, su secretario, según las costumbres de entonces: en calidad de tal ya fue el alma, en 320, del concilio provincial de Alejandría, en que los obispos de Egipto y Libia condenaron por primera vez a Arrio. Atanasio conoció bien el ambiente intelectual de Alejandría, frecuentó a los sabios maestros filósofos y teólogos de la famosa escuela donde acababa de apagarse la voz del gran Orígenes. El Señor, cuando asigna a sus santos una gran misión histórica, les prepara con el temperamento personal, con las condiciones oportunas y les sumerge en el ambiente apropiado para su mejor formación. La juventud de Atanasio primero, y luego toda su vida heroica de luchador contra el neopaganismo teológico y práctico de Arrio, se movió entre dos polos: el desierto egipcio, foco de santidad heroica y de ascetismo tradicional, y la escuela alejandrina, primer centro intelectual organizado por la Iglesia, centro de doctrina ortodoxa, pero cuna asimismo de varios desvaríos heréticos.

 Es seguro que la amistad de Atanasio con el gran San Antonio nació de sus largas estancias en el desierto, donde el patriarca de los anacoretas le descubrió, sin duda, el gran riesgo de las tentaciones del mundo pagano y el peligro de admitir componendas prácticas con las costumbres y las ideas paganas. Los desiertos de Egipto eran entonces el escenario de un fenómeno singular: las almas generosas formadas en el clima del martirio, al hacerse cómoda y fácil la práctica del cristianismo, se iban al desierto para sufrir el martirio de su renuncia y de sus mortificaciones, para vivir en la contemplación de Dios, unos ideales místicos basados, no en los ensueños idealistas de los filósofos, sino en la dura ascética de los consejos evangélicos: allí se fraguó el alma abrasada de Atanasio y allí se encendió el celo del buen pastor que da su vida para librar a su rebaño del asalto del lobo.

 A los veinticinco años publica su Discurso contra los gentiles: en él se encuentra ya toda la lucidez, la agudeza y la profundidad de una mente superdotada, pero allí aparece también la combatividad ardiente de un hombre destinado por Dios a una lucha sin descanso. En este libro, el Santo desenmascara el paganismo en sus manifestaciones más groseras, en su esfuerzo para humanizar a los dioses para así poder divinizar las propias pasiones y los desórdenes de la aristocracia pagana, que tenía su base social en la esclavitud. Demuestra que la adoración de Júpiter, Mercurio, Neptuno o Venus es la adoración de las fuerzas viejas, brutales, coactivas, de la naturaleza o el esfuerzo para aureolar de gloria el orgullo y la voluptuosidad humanas. Pero donde dirige sus tiros el atleta es contra el neoplatonismo de las escuelas alejandrinas. La filosofía neoplatónica reconoce a un Dios supremo. Pero ¿qué representa un demiurgo o mediador entre Dios y el mundo? ¿Qué son estos platónicos poderes colocados por los filósofos entre la naturaleza y la divinidad sino formas de la idolatría, menos groseras que las de los griegos, pero tan corruptoras y no menos irracionales?

 Instado por su diácono, el obispo Alejandro, después de exhortar a Arrio para disuadirle, reúne un concilio en Alejandría que excomulga al hereje y condena sus doctrinas. Herido en su orgullo, Arrio despliega una actividad enorme viajando y escribiendo: gana para su causa a muchos obispos de Palestina y Asia, entre ellos a Eusebio de Nicomedia, cuya influencia pesaba mucho en la corte imperial, y distribuye copiosa abundancia de folletos, cartas, memoriales y versos. Es entonces cuando el papa Silvestre y el emperador Constantino envían a Alejandría al prestigioso obispo de Córdoba, Osio, para recoger una información adecuada; Osio se da cuenta de la gravedad del movimiento herético y él mismo, según parece, insinuó a Constantino la idea de reunir un concilio. Fue el de Nicea, el primero de los concilios ecuménicos y uno de los más importantes de la historia, en cuyas sesiones preparatorias el diácono Atanasio dio la medida de su sagacidad, de su elocuencia y sus dotes de polemista y de dialéctico; sus intervenciones tuvieron un peso considerable en las decisiones del concilio, que condenó a Arrio, quien tuvo que emprender el camino del destierro mientras sus cómplices y partidarios, que firmaron las conclusiones y el símbolo del Concilio, ante las perspectivas de excomunión, esperaban la oportunidad para mixtificar o anular la doctrina de Nicea.

 Poco después del concilio murió Alejandro, el santo obispo de Alejandría. Antes de morir había rogado a los obispos de su provincia eclesiástica que le dieran por sucesor a Atanasio; en efecto, fue designado el enérgico y piadoso diácono, que intentó huir impulsado por su humildad, para no ser obispo, pero el pueblo cristiano de Alejandría le forzó aclamando su elección: "Ese es un hombre seguro, he aquí un asceta, un verdadero obispo". Así Atanasio fue exaltado a la dignidad de patriarca de aquella gloriosa sede y primado de todo Egipto. Después de haber escrito su primera y emocionante carta pastoral con motivo de la Pascua de 328, quiso girar una visita a la porción más escogida de su rebaño: los anacoretas penitentes y los monjes contemplativos del desierto de Egipto y Libia; cuando regresó, hondamente edificado y consolado por la santidad de aquellos solitarios, ya había estallado la tempestad en la capital de su patriarcado: el sector arriano había planteado la invalidez de su elección episcopal con el pretexto de haber sido realizada por la presión popular; por su parte, Eusebio de Nicomedia, el obispo palaciego, había arrancado de Constantino una carta imperativa ordenando a Atanasio que levantara la excomunión y recibiera a todos los arrianos que se le presentaran, amenazándole con el destierro.

 Atanasio escribe, defendiéndose, un largo memorial que es atendido por el emperador, pero he aquí que el partido de los herejes melecianos, movilizado por Eusebio, comienza una campaña de calumnias inverosímiles, pero siempre dramáticas y extrañas: que había obligado en beneficio propio a sus fieles a pagar un impuesto sobre el lino, que el delegado y amigo de Atanasio, Macario, al reprender a un sacerdote sacrílego, había derribado un altar, roto un cáliz y quemado los libros sagrados. Atanasio decide hacer un viaje a Constantinopla, donde habla con el emperador, que se convence de su inocencia; pero de vuelta a Alejandría ya le han preparado otra serie de extrañas y graves calumnias: que ha mandado asesinar al obispo de Hiprale Arsenio, de cuya presunta muerte exhiben una mano cortada; pero he aquí que el obispo Arsenio, que había sido recluido en un monasterio, es descubierto por Atanasio y presentado a sus propios acusadores; insisten los difamadores escribiendo al emperador que Atanasio ha prohibido a los fieles la entrega de trigo que, debía de ser enviada a Constantinopla y, por fin, dan dinero a una mujerzuela para que diga que el santo obispo la ha violentado. Inmediatamente, y antes que se pudiera aclarar tal alud de calumnias, se reúne un concilio en Tiro, ciudad costera de Palestina, donde llevan la voz cantante los arrianos y semiarrianos. La asamblea depone a Atanasio y el emperador, impresionado, le destierra a Tréveris, en la Francia de entonces —año 336—, de donde volverá cuatro años más tarde cuando muere Constantino, pues su hijo y sucesor en Occidente, Constantino el joven, levanta el destierro a Atanasio. Pero los mismos enemigos de Atanasio, que se habían reunido en Tiro, se reúnen en Antioquía, revalidan la deposición del Santo y consagran a un tal Gregorio como obispo de Alejandría. Este seudopatriarca entra en la ciudad a mano armada rodeado con gran lujo de soldados, y Atanasio tiene que desterrarse por segunda vez; entonces, se dirige a Roma. El papa Julio I recibe con gran afecto al defensor de la fe de Nicea, que llega a la Ciudad Eterna en 342, fatigado, a los cuarenta y siete años de su edad, y cuando llevaba catorce al frente de la iglesia alejandrina. Reúne el Papa en Roma un concilio que aprueba tanto la doctrina como la vida de la lumbrera de Oriente: No pudo, sin embargo, Atanasio restituirse a su sede hasta que se convocó cinco años después otro concilio en Sárdica —342—, Allí se ordenó la restitución del patriarca a su ciudad; el emperador Constante aprobó los acuerdos de Sárdica mientras la facción arriana, en el paroxismo de su furor, reunida tumultuosamente en Filípolis, excomulgaba a los obispos de Sárdica y al propio papa Julio I por haber comunicado con San Atanasio. Este, sin embargo, durante una corta temporada, pudo estar al frente de su diócesis una vez expulsado el usurpador Gregorio. Pero he aquí que, a la muerte de Constante, los arrianos, que habían afianzado sus posiciones y aumentado en número, pudieron apoyarse en la influencia de la corte de Bizancio, pues el nuevo emperador Constancio no recataba su adhesión a la secta. Otros conciliábulos, los de Arlés, Aquileya y Milán, donde se condenan y, en consecuencia, son desterrados, los grandes defensores de la doctrina de Nicea; Osio, Eusebio de Vercelli, Lucífero de Callas, Dionisio de Milán y el propio papa Liberio. Es éste el momento del apogeo del arrianismo: el mundo, según observará San Jerónimo, parece gemir bajo su yugo. Atanasio tiene que huir, pues el emperador impone al hereje Jorge de Capadocia como obispo de Alejandría; el refugio para Atanasio esta vez será el desierto y la compañía de los religiosos que tanto le admiran y le veneran: en este lapso de tiempo escribe el Santo varias de sus obras más notables.

  Al morir Constancio, sube al trono imperial Juliano el Apóstata, hombre de temperamento atormentado y complejo, que se asigna en vano la misión de restablecer el paganismo en la vida social y religiosa del Imperio. Para demostrar su indiferencia ante la lucha entre católicos y arrianos, llama de su destierro a todos los condenados por su antecesor. Vuelve a su sede Atanasio en febrero del 362 sin dificultad, pues el usurpador Jorge de Capadocia había muerto en un motín popular, y el pueblo recibe triunfalmente a su pastor legítimo. De todo el Egipto llegaron gentes a la capital: las calles por donde pasaba el ilustre perseguido, montado en un asno como el Señor en Jerusalén, eran rociadas con perfumes y toda la ciudad fue engalanada e iluminada por la noche.

De febrero a octubre, la actividad y el celo de Atanasio fueron asombrosos: sospechaba el Santo que todavía a sus sesenta y siete años le esperaba otro destierro: el más corto, pero el más terrible, porque lo que se intentaba era en esta ocasión quitarle la vida. A los dos meses de estar en su sede ya había reunido un concilio en Alejandría: la torpe política de Juliano, que favorecía a los arrianos más exaltados y paganizantes, abrió los ojos a los semiarrianos, los cuales, aprovechando las decisiones del concilio, que facilitaba su retorno a la verdad, fueron admitidos a la comunión católica en gran número. La simpatía despertada por la virtud y la sabiduría de Atanasio suscitaba entre los gentiles copiosas conversiones, cuya noticia irritó profundamente a Juliano: "Proscribe al miserable Atanasio —escribió al prefecto de Egipto—, que, reinando yo, se ha atrevido a bautizar a mujeres griegas de rango distinguido". El edicto del quinto y último destierro se fijó en las calles de Alejandría el 23 de octubre del mismo año 362. Atanasio se dio cuenta que se cernía sobre la Iglesia una persecución sangrienta y que él podía ser la primera víctima. Decidió huir para el bien de su pueblo, escapó aquella misma noche remontando en una barca las aguas del Nilo vestido de pescador, antes de que fueran a prenderle; los esbirros le siguieron por el río y, al notar el Santo que le iban a dar alcance, dio un viraje a la barca; los perseguidores le preguntan si había visto a Atanasio, y él y sus acompañantes contestan: "Por ahí mismo ha pasado". Escondido en las afueras de la ciudad, decidió dirigirse otra vez al desierto, Los monjes a millares, con sus abades al frente, salieron a recibirle tremolando ramas de árboles y cantando himnos de gozo.

 La muerte de Juliano devolvió a Alejandría su venerado obispo, pero el emperador Valente, influido por Eudoxio, patriarca intruso de Constantinopla, con el pretexto de velar por la paz pública, dio un decreto de destierro para todos los obispos depuestos por Constancio y restablecidos por Juliano. Atanasio estaba incluido en el número. Tuvo que esconderse todavía el campeón de la fe ortodoxa, pero el pueblo, soliviantado ante la injusticia, reclamó la presencia de su obispo: las fuerzas imperiales de seguridad tuvieron que retirarse ante el temor de una temible sedición popular. Atanasio, en este año de 365, el septuagésimo de su edad, tenía ya demasiada grandeza para ser perseguido o protegido por el Imperio. Gobernó tranquilo su iglesia durante ocho años más, los necesarios para vislumbrar la derrota casi definitiva de la herejía. Murió el 2 de mayo del 373. El martirologio romano, con su sobria elegancia, anuncia la muerte del confesor y doctor de la Iglesia, celebérrimo en santidad y doctrina, en cuya persecución se había conjurado todo el orbe. El, sin embargo, defendió la fe católica desde el tiempo de Constantino hasta Valente contra emperadores, presidentes y un sinnúmero de obispos arrianos; acosado de los malos, insidiosamente anduvo prófugo por todo el orbe hasta no restarle en la tierra lugar seguro donde esconderse. Finalmente, vuelto a su iglesia después de tantos trabajos y tantas coronas de paciencia, muere en su lecho, a los cuarenta y seis años de sacerdocio, imperando Valentiniano (Valente) —no es de extrañar que la historia le haya reservado el título de "Grande”. 

 


Atanasio, San


Autor: P. Ángel Amo

Archimadrid


Obispo y Doctor de la Iglesia

Atanasio nació en Alejandría de Egipto en el año 295, y es la figura más dramática y desconcertante de la rica galería de los Padres de la Iglesia. Tozudo defensor de la ortodoxia durante la gran crisis arriana, inmediatamente después del concilio de Nicea, pagó su heroica resistencia a la herejía con cinco destierros decretados por los emperadores Constantino, Constancio, Julián y Valente. Arrio, un sacerdote salido del seno mismo de la Iglesia de Alejandría, negando la igualdad substancial entre el Padre y el Hijo, amenazaba atacar el corazón mismo del cristianismo. En efecto, si Cristo no es Hijo de Dios, y él mismo no es Dios, ¿a qué queda reducida la redención de la humanidad?

En un mundo que se despertó improvisamente arriano, según la célebre frase de San Jerónimo, quedaba todavía en pie un gran luchador, Atanasio, que a los 33 años fue elevado a la prestigiosa sede episcopal de Alejandría. Tenía el temple del luchador y cuando había que presenter batalla a los adversarios era el primero en partir lanza en ristre: "Yo me alegro de tener que defenderme" escribió en su Apologia por la fuga. Atanasio tenía valentía hasta para vender, pero sabiendo con quién tenía que habérselas (entre las acusaciones de sus calumniadores estaba la de que él había asesinado al obispo Arsenio, que después apareció vivo y sano), no esperaba en casa a que vinieran a amarrarlo. A veces sus fugas fueron sensacionales. El mismo nos habla de ellas con brío.

Pasó sus últimos dos destierros en el desierto, en compañía de sus amigos monjes, esos simpáticos anárquicos de la vida cristiana, que aunque rehuyendo de las normales estructuras de la organización social y eclesiástica, se encontraban bien en compañía de un obispo autoritario e intransigente como Atanasio. Para ellos escribió el batallador obispo de Alejandría una grande obra, la "Historia de los arrianos", dedicada a los monjes, de la que nos quedan pocas páginas, pero suficientes para revelarnos abiertamente el temperamento de Atanasio: sabe que habla a hombres que no entienden las metáforas, y entonces llama al pan pan y al vino vino: se burla del emperador, llamándolo con apodos irrespetuosos, y se burla también de los adversarios; pero habla con entusiasmo de las verdades que le interesan, para arrancar a los fieles de las garras de los falsos pastores.

Durante las numerosas e involuntarias peregrinaciones llegó a Occidente, a Roma y Tréveris en donde hizo conocer el monaquismo egipcio, como estado de vida organizado de modo muy original en el desierto, presentando al monje ideal en la sugestiva figura de un anacoreta, San Antonio, de quien escribió la célebre Vida, que se puede considerar como una especie de manifiesto del monaquismo. Murió en el año 373.


 


 

1 de mayo de 2021

Santo Evangelio 1 de Mayo 2021

  


Texto del Evangelio (Jn 14,7-14):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.

»Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

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«Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí»

P. Jacques PHILIPPE

(Cordes sur Ciel, Francia)

Hoy, estamos invitados a reconocer en Jesús al Padre que se nos revela. Felipe expresa una intuición muy justa: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Ver al Padre es descubrir a Dios como origen, como vida que brota, como generosidad, como don que constantemente renueva cada cosa. ¿Qué más necesitamos? Procedemos de Dios, y cada hombre, aunque no sea consciente, lleva el profundo deseo de volver a Dios, de reencontrar la casa paterna y permanecer allí para siempre. Allí se encuentran todos los bienes que podamos desear: la vida, la luz, el amor, la paz… San Ignacio de Antioquía, que fue mártir al principio del siglo segundo, decía: «Hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: ‘¡Ven al Padre!’».

Jesús nos hace entrever la tan profunda intimidad recíproca que existe entre Él y el Padre. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11). Lo que Jesús dice y hace encuentra su fuente en el Padre, y el Padre se expresa plenamente en Jesús. Todo lo que el Padre desea decirnos se encuentra en las palabras y los actos del Hijo. Todo lo que Él quiere cumplir a favor nuestro lo cumple por su Hijo. Creer en el Hijo nos permite tener «acceso al Padre» (Ef 2,18).

La fe humilde y fiel en Jesús, la elección de seguirle y obedecerle día tras día, nos pone en contacto misterioso pero real con el mismo misterio de Dios, y nos hace beneficiarios de todas las riquezas de su benevolencia y misericordia. Esta fe permite al Padre llevar adelante, a través de nosotros, la obra de la gracia que empezó en su Hijo: «El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago» (Jn 14,12).

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«Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré»

Rev. D. Iñaki BALLBÉ i Turu

(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy, cuarto Sábado de Pascua, la Iglesia nos invita a considerar la importancia que tiene, para un cristiano, conocer cada vez más a Cristo. ¿Con qué herramientas contamos para hacerlo? Con diversas y, todas ellas, fundamentales: la lectura atenta y meditada del Evangelio; nuestra respuesta personal en la oración, esforzándonos para que sea un verdadero diálogo de amor, no un mero monólogo introspectivo, y el afán renovado diariamente por descubrir a Cristo en nuestro prójimo más inmediato: un familiar, un amigo, un vecino que quizá necesita de nuestra atención, de nuestro consejo, de nuestra amistad.

«Señor, muéstranos al Padre», pide Felipe (Jn 14,8). Una buena petición para que la repitamos durante todo este sábado. —Señor, muéstrame tu rostro. Y podemos preguntarnos: ¿cómo es mi comportamiento? Los otros, ¿pueden ver en mí el reflejo de Cristo? ¿En qué cosa pequeña podría luchar hoy? A los cristianos nos es necesario descubrir lo que hay de divino en nuestra tarea diaria, la huella de Dios en lo que nos rodea. En el trabajo, en nuestra vida de relación con los otros. Y también si estamos enfermos: la falta de salud es un buen momento para identificarnos con Cristo que sufre. Como dijo santa Teresa de Jesús, «si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada».

El Señor en el Evangelio nos asegura: «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13). —Dios es mi Padre, que vela por mí como un Padre amoroso: no quiere para mí nada malo. Todo lo que pasa —todo lo que me pasa— es en bien de mi santificación. Aunque, con los ojos humanos, no lo entendamos. Aunque no lo entendamos nunca. Aquello —lo que sea— Dios lo permite. Fiémonos de Él de la misma manera que se fió María.


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Fiesta de la Santisima Trinidad 1 de Junio

 



Fiesta de la Santisima Trinidad 1 de Junio

 Puede extrañar que se haya instituido una fiesta específica en honor de la Santísima Trinidad. Hay peligro de que esta fiesta parezca una abstracción. En efecto, la teología latina presenta la Trinidad de un modo bastante metafísico, precisando los conceptos de Persona y Naturaleza. Tres personas distintas con una personalidad completa, pero una sola naturaleza divina. Por muchos esfuerzos que se haga, esto sigue siendo muy abstracto. Pues bien, la liturgia, lo mismo la latina que la oriental, no cesa de mostrar la actividad de las Tres Personas divinas en la obra de la salvación y la reconstrucción del mundo. Pero la teología griega tiene la prerrogativa de exponer de una manera vital lo que es la Trinidad.

De tal modo ama el Padre al mundo que, para salvarlo, envía a su Hijo que da su vida por nosotros, resucita, sube al cielo y envía al Espíritu. El Padre traza en nosotros la imagen de su Hijo, de manera que al vernos, ve en nosotros a su propio Hijo. Esta visión de la Trinidad, denominada "económica", nos permite situar mejor la Trinidad y situarnos mejor nosotros con respecto a ella, haciendo que entendamos mejor cómo el bautismo y toda nuestra actividad cristiana nos insertan en esta Trinidad que no es una mera abstracción.

La misma prerrogativa tiene la liturgia: mostrarnos la actividad de las Personas divinas. Tanto la liturgia sacramental como la eucológica, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, hacen hincapié en la actividad de la Trinidad o en nuestra alabanza en su honor. Así lo hacen las doxologías, como el Gloria Patri..., algunos himnos antiguos tales como el Gloria in excelsis, el Te Deum, etc. Aunque en el siglo IX encontramos iglesias dedicadas a la Trinidad, como en el caso del monasterio de san Benito de Aniano, aunque se tiene un oficio debido a Esteban, obispo de Lieja (+920), que compuso un oficio votivo en honor de la Trinidad, nada encontramos acerca de la institución de una fiesta. Sin embargo, en el año 1030 encontramos establecida una fiesta de la Trinidad, el primer domingo después de Pentecostés, que no tarda en extenderse. El que conozcamos el hecho mejor que sus orígenes, se debe a la oposición con que tropieza, hasta llegar a oponerse a dicha fiesta el propio Papa Alejandro II (+1181). A pesar de todo, la fiesta sigue celebrándose y gusta cada vez más a los fieles, tanto que el Papa Juan XXII la aprueba en 1334 y extiende su celebración a la Iglesia universal, quedando fijada en el domingo después de Pentecostés.

Cabría pensar que, al cerrar con Pentecostés ]as solemnidades pascuales con la celebración del envío del Espíritu, se ha querido sintetizar la obra de las Tres Personas divinas después de haber venido celebrando su actividad de modo particular. Sin embargo, no todas las iglesias mantuvieron la fecha indicada, celebrando algunas de ellas esta fiesta el último domingo después de Pentecostés.

Hay que reconocer que una celebración de este género sólo podría tener cierto éxito en el momento en que se acentuaban la vida de la liturgia y la pérdida del sentido bíblico. Pues un estrecho contacto con la Escritura proclamada en Iglesia y con la liturgia, toda ella impregnada de la Trinidad y que a cada momento expresa la actividad de las Tres Personas, no habría provocado el deseo de una celebración que, por otro lado, no podía por menos de resultar grata a la mentalidad teológica de la época en que dicha celebración se universalizó. Sin embargo esta fiesta puede atraer nuestra atención durante todo el año sobre la Trinidad operante en toda celebración.

ADRIEN NOCENT


San Jeremias, Profeta 1 de Mayo

 


San Jeremias, Profeta 1 de Mayo


"Tú me sedujiste, ¡oh Yahvé, y yo me dejé seducir. Tú eres el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que hablo tengo que gritar: "¡Ruina, devastación!". Y aunque me dije: "No volveré a hablar en su nombre", su palabra hierve dentro de mi como fuego abrasador”.

 Si la historia de la humanidad es la historia de Dios entre los hombres, el forcejeo del cielo con la tierra, de Yahvé con Jacob, indiscutiblemente, Jeremías dibuja su colosal figura en las cumbres más altas. Los judíos del tiempo de Jesús dirán del Maestro: "Es Jeremías, que ha resucitado".

 Hijo de Helcías sacerdote, ya desde niño le sedujo Yahvé. Las auras de Jerusalén conservaban aún su perfume de incienso al llegar a Anatot, la ciudad del profeta, a una hora de Sión, y, mientras él crecía, el Señor iba realizando uno de los significados del nombre Jeremías: "Yahvé eleva", o "elevación de Yahvé". Le seducía entonces por sí mismo: por su infinita majestad, por la belleza de su Ley. "Teth. Bueno es el Señor para los que esperan de Él, para el alma que le busca", recordará en medio del llanto, en una de sus lamentaciones. Pero es que pronto le sedujo también para aceptar sobre sus hombros la misión de profeta. Como hiciera Moisés, él protesta muy bien "que no es experto en el hablar, que es todavía un niño". Pero Yahvé tiene palabras convincentes: "Antes que te formara yo en las entrañas maternas te conocí..., te consagré y te designé para profeta de naciones". Tiende la mano, toca su boca y le da poder de hierro y bronce sobre pueblos y reinos, "para arrancar, arruinar y asolar; para levantar, edificar y plantar".

 Más de una vez los labios del profeta apaleado, encepado, medio muerto, recordaron a Dios con angustiosa queja y tremenda fuerza lírica mejor que la de Job, el contraste excesivo entre la dura realidad y tan bellas palabras.: "¡Maldito sea el día en que nací! ¿Por qué no me mató Yahvé en el seno de mi madre y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna en sus entrañas?"

 Cuesta al hombre de hoy, con veinte siglos de Revelación, sopesar bien la santidad allá en el siglo séptimo antes que el Verbo se humanara. No es lo mismo adorar y acatar al Señor dentro de un marco de siete sacramentos, de comunión frecuente, inmolación incruenta, vida interior, magisterio ordinario e infalible y serenidad de culto, que ante balsas de sangre de reses desolladas en honor del Dios de los ejércitos, blasfemos apedreados, pitonisas, colegios de "hijos de profetas" y nabís, profesionales de lo religioso, que se aprestaban a la "inspiración" al compás de tambores, flautas y arpas, gesticulando y bailoteando como fuera de sí, y sobreexcitando a los demás con oscuras palabras y frenéticos hurras, como vemos aún hoy entre ciertos derviches. Y ello en medio de cultos idolátricos de los pueblos vecinos y de los mismos yaveístas.

 A pesar de sus fuertes protestas momentáneas, Jeremías acepta con la mayor fidelidad, materialmente incluso, el yugo del Señor, del que se considera un simple pobre. “Pobre de Yahvé." No un romántico de la pobreza como tal, sino un siervo de Dios, un sometido a la divinidad con rendimiento pleno y absoluta confianza. La novedad impresionante de este profeta, de familia más bien acomodada, es el amor y el deseo de un Israel cualitativo —“el Israel de Dios"—: la nación en que Yahvé tendrá su ley escrita no en piedra solamente, sino en los corazones. Por algo Jeremías, que, como Amós, Oseas y Ezequiel, no hizo probablemente ni un milagro, es tenido por muchos santos Padres, principalmente San Jerónimo, por una esplendorosa figura de Jesús. Jesús nace en Belén, y es cerca de Belén donde comienza Jeremías su misión de profeta. Como Jesús, ha de luchar contra los sacerdotes que contradicen su predicación y quieren suprimirle, en un procedimiento tumultuario, al imputarle por sus profecías la intención de destruir el Templo. Como al Mesías, se le lleva a un tribunal civil para acusarle de subversión política, sin aludir al tema religioso, y él se comporta allí serena y dignamente. Nadie como él ha dibujado al futuro hijo pródigo, cuando invita a Efraím, el hijo amado y desviado, a que se plante piedras miliarias y se coloque hitos y considere las calzadas y los caminos de la perdición, para la hora del retorno. "Vuélvete, ¡oh virgen de Israel!, regresa a estas tus ciudades. ¿Hasta cuándo has de permanecer lejos, oh hija renegada?" Su vida íntima es también una pálida sombra de la del Redentor: célibe hasta la muerte, sabe de horas de oración y soledad como en Getsemaní; se le derrumba el alma previendo la ruina de la querida ciudad santa y vuelca el corazón intercediendo por sus enemigos.

 Dura misión la de un profeta: ser la boca de Yahvé en un pueblo vuelto casi siempre de espaldas a la Ley, gritar contra los cultos idolátricos y las infiltraciones de prácticas paganas, llenar de espíritu los ritos, desenmascarar vicios, venalidades, opresiones, a la par que instruir sobre la verdadera naturaleza del Altísimo y sus misteriosos atributos, y, sobre todo, preparar las pupilas oscuras para la luz creadora de los tiempos mesiánicos renovadores de la faz del mundo. Sin innovar ni revolucionar, restaurar, restablecer y tutelar los permanentes intereses de Yahvé en la religión, en la moral, e incluso en la política de un pueblo teocrático... La misión del profeta de los trenos fue dura entre las duras. Él no sólo anunció, sino que presenció las tremendas ruinas de Sión, así como las tres deportaciones de su pueblo. Corrió a sus pies, a ríos, la sangre de los suyos, y sobre las murallas a punto de ceder, el hambre de las madres se sació cerca de él en la carne caliente de los hijos. En su ciudad natal le quisieron matar. El rey Joaquín hizo quemar los rollos de sus terribles vaticinios. Fue encerrado en cisterna para hacerle morir. Ninguno de los reyes que él viera entronizar atendió sus consejos. En el pleito político de asirios derrotados, egipcios aliados y medos vencedores, él predicaba lealtad a la dominadora Babilonia, y no alianzas con los faraones ni con los restos de la vieja Asur. Y nadie le escuchaba. Sin embargo, cuando el representante del rey Nabucodonosor, sabiendo su fidelidad, le ofreció un puesto honroso en Babilonia, él prefirió quedarse a llorar la ignominia junto a las ruinas de Sión, con los pobres deshechos de su pueblo. La paz no era su sino. ¿Cómo, si no, habría tenido el mundo, en el tesoro inmenso de las Lamentaciones, el cálido torrente de palabras y lágrimas que inundará y traducirá magistralmente hasta el fin de los siglos el humano dolor?

 También ante la esfinge precursor de Jesús, si su primera intervención profética tuvo lugar junto a Belén, fue su última en Egipto. Luego ya un gran silencio ahoga la voz de hierro y bronce del más potente oráculo de Yahvé, que Tertuliano y San Jerónimo, siguiendo una leyenda que recoge igualmente el Calendario Romano, dicen muerto a pedradas en los muros de Tafnis. Isaías, el primero de los cuatro profetas llamados mayores por el volumen de su obra, acabó su ministerio hacia el año 702. Probablemente Jeremías comenzó el suyo hacia el 614, y durante cuarenta años —los veintitrés primeros de palabra tan sólo, y después, inaugurando esta modalidad, por escrito también—, fue en medio de Judá "como una flecha de excepción", fúlgida y recta, en el carcaj de Yahvé. También comienza en él lo que podríamos llamar “literatura de las confesiones" al describir el dramatismo de la íntima lucha del profeta con Dios.

 Después de haber vivido, agonizando, en una de las épocas más importantes y convulsas de la historia de Oriente y la más dolorosa de Judá, Yahvé sedujo a Jeremías con la corona del descanso eterno. Sólo entonces el pueblo amó, de veras a su gran profeta. Él había cantado, con la garganta rota de dolor, el paso hacia el exilio, a nueve kilómetros de Sión, de los judíos aherrojados: “Se oye una voz en Rama... Mucho gemido y mucho llanto. Raquel llora a sus hijos y no se quiere consolar, porque no están." Judá lloró al profeta de sus llantos; pero el coloso tampoco estaba ya.


 MIGUEL MELENDRES

San José Obrero 1 de Mayo

 


San José Obrero 1 de Mayo


"El 1 de mayo de 1955—escribe un testigo presencial— Roma era un hervidero de gente sencilla y morena, con mirada abierta y espontánea. Aquí y allá, en los bares y vías que acercan al Vaticano, grupos de hombres, mujeres y niños, mezclados en alegre algarabía, despachaban el leve bagaje de sus mochilas y apuraban unas tazas de rico café. En su derredor parecía soplar un aire nuevo, sin estrenar. Hasta tal punto que el semblante de la Ciudad Eterna, acostumbrado a todos los acontecimientos y a todas las extravagancias de todos los pueblos de la tierra, parecía asombrado ante aquella avalancha nueva de cuerpos duros y curtidos y de almas ingenuas, que desbordaban todo lo previsto."

 Se diría que había un presentimiento. Cuando aquellos grupos confluyeron en una de las grandes plazas romanas y a lo largo de las amplias márgenes del Tíber e iniciaron su marcha hacia el Vaticano, flotaba algo en el ambiente. La vía de la Conciliación se estremecía con un eco nuevo, el de las rotundas voces de los obreros del mundo, que, al compás de bravos himnos, y bajo sus guiones y pancartas, representando a todos sus hermanos del mundo, avanzaban al encuentro del Papa.

 Era una riada inmensa de vida, de calor, de entusiasmo. Bajo el crepitar de los camiones, cargados de trabajadores, que con sus instrumentos de trabajo avanzaban hacia la plaza de San Pedro, corría una multitud alegre y sencilla, gritando hermosas consignas: "¡Viva Cristo Trabajador! ¡Vivan todos los trabajadores! ¡Viva el Papa!". Aquellos doscientos mil hombres superaban el viejo latido de odio y de muerte, cambiándolo por otro de resurrección y de vida.

 Oigamos de nuevo al mismo cronista: "Con espíritu nuevo y conciencia clara de la nobleza trabajadora la inmensa muchedumbre fue llenando, en creciente oleaje, la monumental plaza de San Pedro. Las fontanas se transformaron en racimos humanos y sobre la enardecida concentración el obelisco neroniano parecía un dedo luminoso que apuntaba tercamente la ruta de los luceros, la única capaz de redimir al doliente mundo del trabajo. A los pies mismos de la basílica se detenía el oleaje humano y bajo el balcón central de la iglesia más monumental del cristianismo se levantaba el rojo estrado papal. Pronto apareció en él la blanca figura del Vicario de Cristo mientras la plaza entera vibraba en un ensordecedor griterío y un continuo agitar de pañuelos y pancartas. Las fontanas parecían abrir sus bocas para gritar, el obelisco se estiraba más y más hacia el cielo y la majestuosa columnata de Bernini tenía un movimiento de gozo y de gloria. Todo se movía en torno al Cristo en la tierra, y por las cornisas y capiteles —como bandada de palomas al viento— iban saltando los gritos de paz, trabajo y amor.

 "De la inmensa plaza se fueron destacando pequeños grupos de obreros, portadores de mil obsequios calientes que el mundo del trabajo ofrecía al Papa. Los vimos subir las gradas del estrado y arrodillarse, con sus manos llenas y toscas, ante el Cristo visible en la tierra. Algunos, con serenidad, decían una frase densamente aprendida. Otros, vencidos por el momento grandioso, lo olvidaban todo e improvisaban ricas espontaneidades, O no hacían más que mirar al Papa, cara a cara, y llorar. La plaza seguía gritando por su descomunal boca de doscientos cuarenta metros de anchura y volando en alas de los doscientos mil corazones de obreros. Sólo cuando el Papa se levantó quedó muda y sobrecogida, como un desierto silencioso. Sobre el silencio palpitante vibró la voz del papa Pío XII.

 “¡Cuántas veces Nos hemos afirmado y explicado el amor de la Iglesia hacia los obreros! Sin embargo, se propaga difusamente la atroz calumnia de que "la Iglesia es la aliada del capitalismo contra los trabajadores". Ella, madre y maestra de todos, ha tenido siempre particular solicitud por los hijos que se encuentran en condiciones más difíciles, y también, de hecho, ha contribuido poderosamente a la consecución de los apreciables progresos obtenidos por varias categorías de trabajadores. Nos mismo, en el radiomensaje natalicio de 1942, decíamos: "Movida siempre por motivos religiosos, la Iglesia condenó los diversos sistemas del socialismo marxista y los condena también hoy, siendo deber y derecho suyo permanente preservar a los hombres de las corrientes e influjo que ponen en peligro su salvación eterna".

 "Pero la Iglesia no puede ignorar o dejar de ver que el obrero, al esforzarse por mejorar su propia condición, se encuentra frente a una organización que, lejos de ser conforme a la naturaleza, contrasta con el orden de Dios y con el fin que ÉI ha señalado a los fieles terrenales. Por falsos, condenables y peligrosos que hayan sido y sean los caminos que se han seguido, ¿quién y, sobre todo, qué sacerdote o cristiano podrá hacerse el sordo al grito que se levanta del profundo y que en el mundo de Dios justo pide justicia y espíritu de hermandad?"

 Sin embargo, la fiesta, con toda su hermosura, hubiera podido quedar como una más entre las muchas que se han celebrado en la magnífica plaza de San Pedro y el discurso como uno de tantos entre los pronunciados por el papa Pío XII. No fue así. Por boca del Sumo Pontífice la Iglesia se aprestó a hacer con la fiesta del 1 de mayo lo que tantas veces había hecho, en los siglos de su historia, con las fiestas paganas o sensuales: cristianizarlas.

 El 1 de mayo había nacido en el calendario, de las festividades bajo el signo del odio. Desde mediados del siglo XIX esa fecha se identificaba en la memoria y en la imaginación de muchos con los bulevares y las avenidas de las grandes ciudades llenas de multitudes con los puños crispados. Era un día de paro total en que el mundo de los proletarios recordaba a la sociedad burguesa hasta qué punto había quedado a merced del odio de los explotados. Y esa fiesta, la fiesta del odio, de la venganza social, de la lucha de clases, iba a transformarse por completo en una fiesta litúrgica, solemnísima, del máximo rango (doble de primera clase), con su hermoso oficio propio y su misa también propia.

 El Papa lo anunció con toda solemnidad: "Aquí, en este día 1 de mayo, que el mundo del trabajo se ha adjudicado como fiesta propia, Nos, Vicario de Jesucristo, queremos afirmar de nuevo solemnemente este deber y compromiso, con la intención de que todos reconozcan la dignidad del trabajo y que ella inspire la vida social y las leyes fundadas sobre la equitativa repartición de derechos y de deberes”.

 "Tomado en este sentido por los obreros cristianos el 1 de mayo, recibiendo así, en cierto modo, su consagración cristiana, lejos de ser fomento de discordias, de odios y de violencias, es y será una invitación constante a la sociedad moderna a completar lo que aún falta a la paz social. Fiesta cristiana, por tanto; es decir, día de júbilo para el triunfo concreto y progresivo de los ideales cristianos de la gran familia del trabajo. A fin de que os quede grabado este significado... nos place anunciaros nuestra determinación de instituir, como de hecho lo hacemos, la fiesta litúrgica de San José Obrero, señalando para ella precisamente el día Uno de Mayo. ¿Os agrada. amados obreros, este nuestro don? Estamos seguros que sí porque el humilde obrero de Nazaret no sólo encarna, delante de Dios y de la Iglesia, la dignidad del obrero manual, sino que es también el próvido guardia de vosotros y de vuestras familias".

 Y desde aquella tarde serena y gozosa el 1 de mayo entraba en el calendario católico bajo la advocación de San José Obrero.

 Los liturgistas pondrán, ciertamente, una vez más, su nota de escrúpulo ante esta fiesta de tipo ideológico, recordando que el ciclo litúrgico es esencialmente conmemoración de acontecimientos, no de ideas. Sin embargo, aunque en la línea de una exquisita pureza litúrgica pueda caber la discusión, no hay lugar a ella desde el punto de vista pastoral. Una fiesta, inserta en una fecha ya consagrada como exaltación del trabajo, resulta pedagógicamente admirable, en orden a llevar de una manera gráfica, plástica, colorida y vital un manojo de ideas a las muchedumbres de hoy.

 Plástica, colorida y vital resulta la idea de la dignidad del trabajo cuando la encontramos, no al través de unos párrafos oratorios, sino encarnada en la sublime sencillez de la vida del mismo padre putativo de Jesucristo. Él había dicho ya en el Antiguo Testamento: “Mis caminos no son vuestros caminos y mis pensamientos no son vuestros pensamientos". Cualquiera de nosotros, consultado, hubiera sido de opinión de que era preferible que Jesucristo, puesto a traer al mundo el mensaje de una ideología que forzosamente habría de chocar con el mundo de entonces, hubiera nacido rodeado de lo que solemos llamar un prestigio social: de familia ilustre, sin angustias económicas, en alguna ciudad, como la antigua Roma, que resultase crucial en la marcha de los tiempos.

 Pero no fue así. Antes al contrario. Jesucristo elige para sí, para su Madre bendita, para San José, un ambiente de auténtica pobreza. Entendámonos: no un ambiente de pobreza más o menos convencional, de vida sencilla pero al margen de preocupaciones económicas, sino la áspera realidad de tener que ganarse el pan trabajando, de tener que disipar los tenues ahorrillos en el destierro, de tener que sufrir muchas veces la amargura de no poder disponer ni siquiera de lo necesario.

 Desde los Evangelios apócrifos, con su muchedumbre de milagros adornando la niñez de Jesucristo, hasta el mismo San Ignacio poniendo, con encantadora ternura, la figura de una criadita que acompañe al matrimonio camino de Belén, los cristianos nos hemos rebelado muchas veces contra ese designio de la Divina Providencia que se nos antojaba excesivo. Cuando hemos querido imaginar a la Santísima Virgen le hemos dado siempre trabajos que traían consigo un halo de poesía:

La Virgen lava pañales

y los tiende en el romero...

 Pero lo cierto es que la Virgen habría de lavar más de una vez las humildes escaleras de la casita y barrer el pobre taller, y preparar la frugal comida. Y, junto a ella, también a San José habría de corresponderle su parte en las consecuencias de tanta pobreza.

 Sabemos que fue carpintero. Alguno de los Padres apostólicos, San Justino, llegó a ver toscos arados romanos trabajados en el taller de Nazaret por el Patriarca San José y el mismo Jesús. Fuera de esto, todo lo demás son conjeturas. Pero conjeturas hechas a base de certeza, si cabe hablar paradójicamente, pues, por mucho que queramos forzar nuestra imaginación, siempre resultará que fue difícil y dura la vida de un pobre carpintero de pueblo, que a su condición de tal ha añadido las tristes consecuencias de haber vivido algún tiempo en el destierro.

 Porque si algunos ahorros hubo, si algo pudo llegar a valer aquel tallercito, ciertamente que todo hizo falta cuando, como consecuencia de la persecución de Herodes, la Sagrada Familia hubo de marchar a Egipto. Dura la vida allí. Dura también la vida a la vuelta.

 En este ambiente vivió Jesucristo. Y éste es el modelo que hoy se propone a todos los cristianos. Para que cada cual aprenda la lección que le corresponde.

 Quiere la Iglesia que la fiesta de San José Obrero sirva, como dice la sexta lección del oficio, para despertar y aumentar en los obreros la fe en el Evangelio y la admiración y el amor por Jesucristo; sirva para despertar en los que gobiernan la atención hacia aquellos que sufren, y el deseo de poner en práctica las cosas que pueden conducir a un recto orden en la sociedad humana; sirva para corregir en la sociedad los falsos criterios mundanos que en tantas ocasiones llegan a penetrarla por completo.

 Insistamos en esta triple idea.

 Como consecuencia de la profunda revolución que supuso el maquinismo surgió, a mediados del siglo XIX, una nueva clase social; el proletariado. No puede decirse que esta clase social se haya apartado de la Iglesia. En realidad, estuvo en la mayor parte de los países, salvemos excepciones tan gloriosas como Irlanda, totalmente al margen de ella. Sometida a unas condiciones infrahumanas de vida, a una jornada agotadora de trabajo, a una situación económica aflictiva, hubo forzosamente de abrirse a ideologías paganas y materialistas. Gestos tan nobles como la magistral encíclica del papa León XIII Rerum Novarum cayeron en el vacío. Una sociedad que se llamaba cristiana desoyó por completo tales llamamientos. Entonces surgió poderoso, amenazador, el auge del marxismo, y posteriormente el arraigo del comunismo en esas masas, y su triunfo político en algunas naciones.

 A tal situación se trata de oponer, más que una ideología, un símbolo: el de San José Obrero. Late en él toda una concepción de la vida, y del papel del trabajo en ella. Diríamos que toda una teología del trabajo. Como dice el responsorio de sexta y de nona: "El verbo de Dios, por quien han sido hechas todas las cosas se ha dignado trabajar por sus propias manos... ¡Oh inmensa dignidad del trabajo que Cristo santificó!" Es más: en ese mismo trabajo resplandece una ley divina, establecida por el Creador de todas las cosas, según recuerda la oración de la misa.

 Pero la fiesta no es sólo una predicación de la dignidad del trabajo y un recuerdo de que ese trabajo ha sido compartido por el hijo de Dios y por San José. Es también un aldabonazo en la conciencia de quienes gobiernan. A ellos se les recuerda cuáles son sus obligaciones en relación con los pobres y con los humildes. Dice así el papa Pío XII: "La acción de las fuerzas cristianas en la vida pública mira, ciertamente, a que se promueva la promulgación de buenas leyes y la formación de instituciones adaptadas a los tiempos, pero también más aún significa el destierro de frases huecas y de palabras engañosas, y el sentirse la generalidad de los hombres apoyados y sostenidos en sus legítimas exigencias y esperanzas. Es necesario formar una opinión pública que, sin buscar el escándalo, señale con franqueza y valor las personas y las circunstancias que no se conforman con las leyes e instituciones justas o que deslealmente ocultan la realidad. Para lograr que un ciudadano cualquiera ejerza su influjo no basta ponerle en la mano la papeleta del voto u otros medios semejantes. Si desea asociarse a las clases dirigentes, si quiere, para el bien de todos, poner alguna vez remedio a la falta de ideas provechosas o vencer el egoísmo invasor, debe poseer personalmente las necesarias energías internas y la ferviente voluntad de contribuir a infundir una sana moral en todo el orden público".

 No se trata de algo puramente retórico. Hay detrás de todo esto auténticas tragedias. Como, en esta misma fiesta, decía el papa Juan XXIII en 1959: "A diario llega a nosotros el grito doloroso de tantos hijos nuestros que piden pan para sí y para sus seres queridos, buscan trabajo, solicitan empleo seguro... A ellos, por tanto, debe dirigirse la común solicitud, y confiamos en que, con oportunas medidas y con solícito cuidado, se resuelvan las dificultades encontrándoles la debida y necesaria fuente de sustento y de serenidad familiar".

 Desgraciadamente, se hace necesario también una tercera actuación de esta fiesta, no sólo sobre los trabajadores y los dirigentes, sino sobre la misma sociedad. El Evangelio de la fiesta nos recuerda el desdén con que las gentes contemporáneas de Jesucristo comentaban, al oír su predicación, que se trataba del hijo de un carpintero. Después de veinte siglos de cristianismo todavía queda mucho de aquél, y estamos lejos de apreciar en nuestra vida corriente y normal la sublime dignidad del hombre, aunque sea de condición humilde y tenga que trabajar con sus manos. Nos escandaliza encontrar en la historia épocas en que este trabajo era, en ambientes que se decían cristianos, algo deshonroso, que podía incluso, si se encontraba en los antepasados, impedir el acceso a algunas Ordenes religiosas. Pero no nos costaría mucho encontrar idénticos criterios mundanos, paganos, construidos de espaldas al verdadero cristianismo, en nuestra misma sociedad de hoy. Hay mucho que reformar. Para que los puestos de dirección se den a quien se lo merezca, y no por razón de nacimiento o influencia; para que nuestras clases sociales sean permeables, y sea, por consiguiente, fácil el paso de unas a otras; para que se superen añejos prejuicios raciales o sociales; para que en todas partes, en las Asociaciones católicas, en los colegios, en el trabajo, en la amistad..., todos nos sintamos verdaderamente hermanos.

 Este es el triple fruto que la Iglesia se propone obtener con la institución de la fiesta de San José Obrero.

 Ningún colofón final mejor que reproducir aquí la hermosa oración con que el papa Juan XXIII terminaba su alocución en esta fiesta el año 1959.

 " ¡Oh glorioso San José, que velaste tu incomparable y real dignidad de guardián de Jesús y de la Virgen María bajo la humilde apariencia de artesano, y con tu trabajo sustentaste sus vidas, protege con amable poder a los hijos que te están especialmente confiados!

 "Tú conoces sus angustias y sus sufrimientos porque tú mismo los probaste al lado de Jesús y de su Madre. No permitas que, oprimidos por tantas preocupaciones, olviden el fin para el que fueron creados por Dios; no dejes que los gérmenes de la desconfianza se adueñen de sus almas inmortales. Recuerda a todos los trabajadores que en los campos, en las oficinas, en las minas, en los laboratorios de la ciencia no están solos para trabajar, gozar y servir, sino que junto a ellos está Jesús con María, Madre suya y nuestra, para sostenerlos, para enjugar el sudor, para mitigar sus fatigas. Enséñales a hacer del trabajo, como hiciste tú, un instrumento altísimo de santificación".


 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA