2 de enero de 2020

Santo Evangelio 2 Enero 2020



Día litúrgico: 2 de Enero (Feria del tiempo de Navidad)


Texto del Evangelio (Jn 1,19-28): Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.


«En medio de vosotros está uno (…) que viene detrás de mí»

Mons. Romà CASANOVA i Casanova Obispo de Vic
(Barcelona, España)

Hoy, en el Evangelio de la liturgia eucarística, leemos el testimonio de Juan el Bautista. El texto que precede a estas palabras del Evangelio según san Juan es el prólogo en el que se afirma con claridad: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14). Aquello que en el prólogo —a modo de gran obertura— se anuncia, ahora en el Evangelio, paso a paso, se manifiesta. El misterio del Verbo encarnado es misterio de salvación para la humanidad: «La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1,17). La salvación nos viene por Jesucristo, y la fe es la respuesta a la manifestación de Cristo.

El misterio de la salvación en Cristo está siempre acompañado por el testimonio. Jesucristo mismo es el «Amén, el Testigo fiel y veraz» (Ap 3,14). Juan Bautista es quien da testimonio, con su misión y mirada de profeta: «En medio de vosotros está uno (…) que viene detrás de mí» (Jn 1,26-27). Y los Apóstoles así entienden la misión: «A este Jesús, Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32).

La Iglesia toda ella, y por tanto todos sus miembros, tenemos la misión de ser testigos. El testimonio que nosotros traemos al mundo tiene un nombre. El Evangelio es el mismo Jesucristo. Él es la “Buena Nueva”. Y la proclamación del Evangelio a lo largo de todo el mundo hay que entenderla también en clave de testimonio que une inseparablemente el anuncio y la vida. Es conveniente recordar aquellas palabras del papa Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha mejor a quienes dan testimonio que a quienes enseñan (…), o, si escuchan a quienes enseñan, es porque dan testimonio».

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La confianza de San José en Dios nos abrió las puertas de la Navidad



LA CONFIANZA DE SAN JOSÉ EN DIOS NOS ABRIÓ LAS PUERTAS DE LA NAVIDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- José, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Cada vez que leemos este relato evangélico, según san Mateo, nos admiramos de la conducta de san José y de la inmensa confianza que tenía en Dios. Porque confiaba en la inmensa bondad de Dios, y en la total inocencia de su mujer, María, fue capaz de decidir en contra de la ley judaica, que mandaba apedrear a las adúlteras. Dios, por supuesto, no le defraudó. Esto debe hacernos pensar a nosotros, en este cuarto domingo de Adviento, en la necesidad que tenemos nosotros, los cristianos, de confiar siempre en Dios, aunque a veces nos parezca imposible que lo que le pedimos a Dios se cumpla. Nuestra confianza en Dios, cuando le pedimos algo, no nos libra, por supuesto, de poner de nuestra parte todo lo que podamos para que se realicen nuestros deseos. A Dios rogando y con el mazo dando. Nuestra confianza en Dios, que siempre debe ser ilimitada, no nos exime nunca de hacer todo lo que podamos para que la voluntad de Dios se cumpla. Para esto también es necesario que actuemos siempre con total sinceridad y buena voluntad. No dejemos de hacer nunca un buen examen de conciencia, para descubrir la voluntad de Dios. Por naturaleza somos egoístas y es fácil que creamos siempre que la voluntad de Dios coincide con nuestra voluntad. Una madre, por ejemplo, siempre tenderá a creer que Dios siempre le concederá a sus hijos todo lo que ella le pide, porque cree que es lo mejor para ellos. Sólo Dios conoce el presente y el futuro de las personas, cosa que nosotros ignoramos. Nosotros, ni siquiera podemos estar seguros de que lo mejor para las personas que queremos es lo que creemos nosotros. Sólo Dios ve el corazón y sólo él sabe dónde está la bondad o la maldad de todas las personas, cosa que nosotros no sabemos. En fin, confiemos siempre en Dios, como hizo san José, aunque a veces no veamos motivos suficientes para creer que lo mejor puede ser algo muy distinto de lo que nosotros quisiéramos que ocurriera.

2.- En aquellos días el Señor le habló a Ajaz y le dijo: Pide un signo al Señor, tu Dios. Respondió Ajaz: No lo pido, no quiero tentar al Señor. Entonces dijo Isaías: el Señor, por su cuenta os dará un signo. Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. La exégesis bíblica nos dice que la virgen a la que se refiere el profeta Isaías en este texto no es la Virgen María, ni el niño que dio a luz no fue Jesús de Nazaret. Pero este texto, tan citado, del profeta Isaías, nos puede servir a nosotros para alegrarnos del nacimiento del niño Jesús, en el que Dios se encarnó, que nació en el portal de Belén, y que vino para salvarnos de todos nuestros pecados. Alegrémonos y demos gracias a Dios, en este cuarto domingo de Adviento, porque Dios viene en esta Navidad en la forma de un niño, pobre y humilde. Hagamos hoy nosotros el propósito de ser en nuestra vida humildes y pobres en el espíritu, estando siempre dispuestos a ofrecernos a Dios, para ayudar y salvar al prójimo de sus males, en la medida en que nosotros mejor podamos. Que nuestra familia y todas las personas con las que convivamos vean en nosotros personas humildes y generosas, con ganas de ayudar, como humildes discípulos del niño que viene esta Navidad a salvarnos a todos.

3.- Por Jesús hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles; entre ellos os encontráis también vosotros, llamados por Jesucristo. Según san Pablo, si la Iglesia de Jesús no es misionera no es Iglesia de Jesús. Todos nosotros podemos y debemos sentirnos misioneros ante las demás personas con las que convivimos, dando ejemplo de vida cristiana, sencilla, alegre, humilde y generosa, en nuestra vida diaria y, de un modo especial, en los días de esta Navidad.

Jaculatoria