2 de abril de 2018

Oración al Corazón de Jesús


Encomio de Cristo



ENCOMIO DE CRISTO

Entendedlo, queridos hermanos: el misterio pascual es algo a la vez nuevo y antiguo, eterno y temporal, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal.

Antiguo según la ley, pero nuevo según la Palabra encarnada; temporal en la figura, eterno en la gracia; corruptible en cuanto a la inmolación del cordero, incorruptible en la vida del Señor; mortal por su sepultura bajo tierra, inmortal por su resurrección de entre los muertos.

La ley, en efecto, es antigua, pero la Palabra es nueva; la figura es temporal, la gracia es eterna; el cordero es corruptible, pero incorruptible es el Señor, que fue inmolado como un cordero y resucitó como Dios.

Dice la Escritura: Era como cordero llevado al matadero, y sin embargo no era ningún cordero; era como oveja muda, y sin embargo no era ninguna oveja. La figura ha pasado y ha llegado la realidad: en lugar del cordero está Dios, y en lugar de la oveja está un hombre, y en este hombre está Cristo, que lo abarca todo.

Por tanto, la inmolación del cordero, la celebración de la Pascua y el texto de la ley tenían como objetivo final a Cristo Jesús, pues todo cuanto acontecía en la antigua ley se realizaba en vistas a él, y mucho más en la nueva ley.

La ley, en efecto, se ha convertido en Palabra, y de antigua se ha convertido en nueva (y una y otra han salido de Sión y de Jerusalén); el precepto se ha convertido en gracia, la figura en realidad, el cordero en el Hijo, la oveja en un hombre y este hombre en Dios.

El Señor, siendo Dios, se revistió de naturaleza humana, sufrió por nosotros, que estábamos sujetos al dolor, fue atado por nosotros, que estábamos cautivos, fue condenado por nosotros, que éramos culpables, fue sepultado por nosotros, que estábamos bajo el poder del sepulcro, resucitó de entre los muertos y clamó con voz potente: «¿Quién me condenará? Que se me acerque. Yo he librado a los que estaban condenados, he dado la vida a los que estaban muertos, he resucitado a los que estaban en el sepulcro. ¿Quién pleiteará contra mí? Yo soy Cristo -dice-, el que he destruido la muerte, el que he triunfado del enemigo, el que he pisoteado el infierno, el que he atado al fuerte y he arrebatado al hombre hasta lo más alto de los cielos: yo, que soy el mismo Cristo.

Venid, pues, los hombres de todas las naciones, que os habéis hecho iguales en el pecado, y recibid el perdón de los pecados. Yo soy vuestro perdón, yo la Pascua de salvación, yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestra purificación, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Yo soy quien os hago subir hasta lo alto de los cielos, yo soy quien os resucitaré y os mostraré el Padre que está en los cielos, yo soy quien os resucitaré con el poder de mi diestra.»

De la Homilía de Melitón de Sardes, obispo, Sobre la Pascua
(Núms. 2-7. 100-103: SC 123, 60-64. 120-122)

1 de abril de 2018

Santo Evangelio 1 de abril 2018



Día litúrgico: Domingo de Pascua (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.


«Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó»

Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo de Urgell 
(Lleida, España)

Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.

Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.

“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.


«Vigilia pascual·A (Mt 28,1-10): No está aquí, ha resucitado»

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)

Hoy, en el Evangelio de la Vigilia pascual, late un gran dinamismo: dos mujeres corren hacia el sepulcro, un terremoto, un ángel hace rodar la piedra, unos guardas asustados caen como muertos. Y Jesús, vivo y resucitado, se hace compañero de camino de aquellas mujeres…

La mujeres son las primeras en experimentar la resurrección de Jesús, y esto sólo viendo el sepulcro vacío y al ángel que les anuncia: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho…» (Mt 28,5-6). Son también las primeras en dar testimonio de su experiencia: «Id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado’» (Mt 28,7).

Enseguida creen. Pero su fe es una mezcla de miedo y de alegría. Sentían miedo por las palabras del ángel, con un anuncio que va más allá de las expectativas humanas. Y alegría por la certeza de la resurrección del Señor, porque las Escrituras se habían cumplido, por el inmenso privilegio de la primicia pascual que han recibido. La fe, pues, aún produciendo una gran alegría interior, no excluye el miedo.

Se van a anunciar aquella experiencia del Resucitado, que han hecho sin haberlo visto. Jesús les premia esta fe y se les aparece mientras van por el camino.

El centro de toda la experiencia de fe no es en primer lugar una doctrina ni unos dogmas. Es la persona de Jesús. La fe de las dos mujeres del Evangelio de hoy está centrada en Él, en su persona y en nada más. ¡Lo han experimentado vivo y van a anunciarlo vivo!

Otra mujer, santa Clara, escribía a santa Inés de Praga que debía centrarse en Jesús resucitado: «Observad, considerad i contemplad a Jesucristo (…). Si sufrís con Él, reinaréis también con Él; si con Él lloráis, con Él gozaréis; si morís con Él en la cruz de la tribulación, poseeréis con Él las eternas moradas».

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Oración al Corazón de Jesús


Creer en la Resurrección es creer en el triunfo de la Vida sobre la muerte


CREER EN LA RESURRECCIÓN ES CREER EN EL TRIUNFO DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE

Por Gabriel González del Estal

1.- Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. En tiempos pasados, en España resultaba sociológicamente fácil creer en la resurrección. La mayoría de los españoles eran, de hecho, cristianos practicantes. Se trataba, sin duda, de una fe heredada, más o menos consciente y sincera, pero, en cualquier caso, real. Hoy las cosas ya no son así. La resurrección de Cristo y, consiguientemente, la fe en nuestra propia resurrección es una afirmación que les resulta a muchos difícil de entender e imposible de comprobar. La sociedad en la que hoy vivimos se parece mucho al sepulcro vacío en el que apóstoles buscaban a Cristo. Todo esto no lo decimos para animar o disculpar a los muchos agnósticos o indiferentes que andan por ahí sueltos. Todo lo contrario. Nosotros creemos que la fe y la esperanza en la resurrección es hoy tan importante para la humanidad como lo fue en tiempos pasados. La fe en la resurrección es, de hecho, una creencia consoladora que da, al que la posee, una fuerza interior profunda para superar con éxito los muchos momentos negros de crisis y dolor que tiene la vida. Creer en la resurrección es creer en la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, es encontrar un sentido último a muchas realidades que, sin fe en la resurrección, nos parecerían absurdas, injustas y sin sentido. Muchas personas pierden su miedo a la muerte gracias a su fe en la resurrección.

2.- Me refiero a Jesús de Nazaret que, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. San Pedro les dice a los judíos que Jesús de Nazaret pasó por la vida haciendo el bien y que lo hizo porque estaba ungido con la fuerza del Espíritu Santo. Para San Pedro la prueba más convincente de que Jesús hizo el bien fue que curó a los oprimidos por el diablo. Seguramente que San Pedro nos diría también hoy a nosotros que el mejor fruto de nuestra fe en la resurrección es que pasemos por la vida haciendo el bien. Y que hagamos el bien ungidos por la fuerza del Espíritu Santo, porque sólo así seremos capaces de hacer el bien a todos, especialmente a aquellas personas que se encuentren más agobiadas y oprimidas. A una persona que hace siempre el bien es fácil creerla, sobre todo cuando hace el bien a aquellas personas que no podrán nunca corresponderle, a los últimos y a los más despreciados de la sociedad.

3.- Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Exactamente lo contrario de lo que solemos hacer casi siempre nosotros. Nos pasamos la vida aspirando a tener un poco más de dinero, una mejor vivienda, un mejor coche... Sí, claro, también deseamos los bienes de arriba, pero no parece que tengamos mucha prisa en conseguirlos. Y, sin embargo, los bienes de arriba son los valores del espíritu, los que nos hacen verdaderamente más humanos y más cristianos. Es cierto que tenemos la obligación de ocuparnos de los bienes de la tierra, pero debemos hacerlo procurando que estos bienes de la tierra estén siempre subordinados y al servicio de los valores del espíritu. Podemos vivir humana y cristianamente bien con algunos bienes terrenos menos, pero no podemos ser buenos cristianos, buenos seguidores de Jesús de Nazaret, si no damos preferencia a los valores del espíritu, frente a los bienes de la tierra.

4.- Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Merece la pena pensar en este dato. Los discípulos de Jesús habían vivido con él muchas horas, bastantes meses y algunos años, y, sin embargo, no habían creído que, después de muerto, fuera a resucitar. Sólo lo creyeron cuando entraron en el sepulcro y vieron que no estaba allí. En principio, este dato no era tan importante; podían haber robado el cuerpo o simplemente podían haberlo hecho desaparecer antes de enterrarlo. ¿Qué fue lo que realmente les pasó a Pedro y Juan cuando entraron al sepulcro y lo vieron vacío? Yo creo que se les encendió de golpe la luz del espíritu, que se encontraron espiritualmente con el Cristo resucitado. Esto les produjo tal conmoción interior, tal certeza, que a partir de ese momento estuvieron dispuestos a dar la vida, si fuera necesario, para testimoniar su fe. Y es que sólo un encuentro espiritual con Dios, un encuentro vital y profundo, puede ser el fundamento de nuestra fe cristiana. La fe cristiana, antes que una doctrina o un dogma, es un encuentro con el Tú divino que nos acoge y nos transforma. Esto fue lo que les ocurrió a Juan y a Pedro; esto mismo sigue siendo necesario hoy para cada uno de nosotros.