2 de septiembre de 2017

Señor, tú me llamaste



Himno: 

SEÑOR, TÚ QUE LLAMASTE

Señor, tú que llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén

Al crecer el amor, el alma se siente segura



Al crecer el amor, el alma se siente segura

No ignoramos que los corazones de vuestra caridad se nutren abundantemente cada día con las exhortaciones de las divinas Escrituras y con el alimento de la Palabra de Dios. Sin embargo, movidos por aquel deseo de caridad mutua en que arden nuestros corazones, debemos decir algo a vuestra caridad. Y ¿de qué hablaros, sino de la misma caridad?

La caridad es de esos temas de los que si uno quiere hablar no necesita elegir un determinado texto que le dé pie para tratar de él, ya que no hay página que no hable del amor. Testigo de ello es el Señor, como nos lo confirma el evangelio. Pues que habiéndole preguntado un letrado cuál es el mandamiento principal de la ley, respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser; y amarás al prójimo como a ti mismo. Y para que no sigas buscando en las páginas santas, añadió inmediatamente: Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Y si estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas, ¿cuánto más el evangelio?

En efecto, la caridad renueva al hombre; pues lo mismo que la codicia envejece al hombre, así la caridad lo rejuvenece. Por eso, gimiendo dice el salmista zarandeado por la codicia: Mis ojos envejecen por tantas contradicciones. Que la caridad pertenezca al hombre nuevo, lo indica el Señor cuando dice: Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros. Luego si el amor sostiene la ley y los profetas —y la ley y los profetas parecen condensar el antiguo Testamento—, ¿cómo no va a pertenecer al exclusivo dominio del amor el evangelio —que es clarísimamente denominado nuevo Testamento—, máxime cuando el Señor condensó su mandamiento en el solo «amaos unos a otros» Más aún: calificó de nuevo su mandamiento, vino para renovarnos, nos hizo hombres nuevos y nos prometió una nueva heredad: y ésta, eterna.

Pero ya entonces hubo hombres enamorados de Dios, que le amaron desinteresadamente y purificaron sus corazones con el casto deseo de verlo; hombres que, alzando el velo de las antiguas promesas, llegaron a intuir el futuro nuevo Testamento, y comprendieron que todo lo que en el antiguo Testamento fue mandado o prometido según la vieja condición, era figura del nuevo Testamento, figuras que, en los últimos tiempos, el Señor habría de llevar a su pleno cumplimiento. Lo dice taxativamente el Apóstol con estas palabras: Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienesnos ha tocado vivir en la última de las edades. Ocultamente, pues, se preanunciaba el nuevo Testamento y se preanunciaba en aquellas antiguas figuras.

Pero llegado el tiempo del nuevo Testamento, comenzó a ser abiertamente predicado el nuevo Testamento y a comentarse y explicarse aquellas figuras, demostrando cómo había de entenderse el nuevo Testamento, donde estaba prometido el antiguo. Moisés era, desde luego, predicador del antiguo Testamento; pero aun siendo predicador del antiguo, era intérprete del nuevo: al pueblo carnal le anunciaba el antiguo; él, que era espiritual, intuía el nuevo. En cambio, los apóstoles eran predicadores y ministros del nuevo Testamento, pero no en el sentido de que entonces no existiera, lo que más tarde habían de manifestar los apóstoles.

Luego, la caridad está presente tanto en uno como en otro Testamento: en el antiguo, la caridad está más velada y más evidente el temor; en el nuevo la caridad es más evidente, y menos el temor. Pues cuanto más crece la caridad, tanto más disminuye el temor. Porque al crecer la caridad, el alma se siente segura; y donde la seguridad es absoluta, desaparece el temor, como dice asimismo el apóstol Juan: El amor perfecto expulsa el temor.


San Agustín de Hipona, Sermón Mai 14 (1-2: PLS 2, 449-450)

1 de septiembre de 2017

Santo Evangelio 1 de septiembre 2017



Día litúrgico: Viernes XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».

«En verdad os digo que no os conozco»
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García 
(La Fuliola, Lleida, España)


Hoy, Viernes XXI del tiempo ordinario, el Señor nos recuerda en el Evangelio que hay que estar siempre vigilantes y preparados para encontrarnos con Él. A media noche, en cualquier momento, pueden llamar a la puerta e invitarnos a salir a recibir al Señor. La muerte no pide cita previa. De hecho, «no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Vigilar no significa vivir con miedo y angustia. Quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.

Y esta respuesta sólo la podemos dar nosotros, tú y yo. Nadie lo puede hacer en nuestro lugar. Esto es lo que significa la negativa de las vírgenes prudentes a ceder parte de su aceite para las lámparas apagadas de las vírgenes necias: «Es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis» (Mt 25,9). Así, nuestra respuesta a Dios es personal e intransferible.

No esperemos un “mañana” —que quizá no vendrá— para encender la lámpara de nuestro amor para el Esposo. Carpe diem! Hay que vivir en cada segundo de nuestra vida toda la pasión que un cristiano ha de sentir por su Señor. Es un dicho conocido, pero que no estará de más recordarlo de nuevo: «Vive cada día de tu vida como si fuese el primer día de tu existencia, como si fuese el único día de que disponemos, como si fuese el último día de nuestra vida». Una llamada realista a la necesaria y razonable conversión que hemos de llevar a término.

Que Dios nos conceda la gracia en su gran misericordia de que no tengamos que oír en la hora suprema: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12), es decir, «no habéis tenido ninguna relación ni trato conmigo». Tratemos al Señor en esta vida de manera que lleguemos a ser conocidos y amigos suyos en el tiempo y en la eternidad.

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En tus manos, Señor, pongo mi vida



Himno

En tus manos, Señor, pongo mi vida 

Fuente: Liturgia de las horas
   
En tus manos, Señor, pongo mi vida
con todas sus angustias y dolores;
que en ti florezcan frescos mis amores
y que halle, apoyo en ti mi fe caída.

Quiero ser como cera derretida
que modelen tus dedos creadores;
y morar para siempre sin temores
de tu costado en la sangrienta herida.

Vivir tu muerte y tus dolores grandes,
disfrutar tus delicias verdaderas
y seguir el camino por donde andes.

Dame, Señor, huir de mis quimeras
dame, Señor, que quiera lo, que mandes
para poder querer lo que tú quieras. 

Amén

Ojos abiertos



Ojos abiertos

   Yashoda es la madre de Krishna, la encarnación de Dios más popular, querida y venerada en la India. Ella lo cuidó mientras era niño, adolescente, joven, con todo el cariño de madre y de creyente. Creció Krishna y le llegó el momento de dejar su casa, su pueblo y a su madre para predicar, ayudar y redimir a su pueblo.

   Al despedirse, su madre le pidió una gracia:”Que siempre que cierre los ojos, te vea”. Krishna le contestó: “Te concedo una  gracia mejor: Que siempre que abras los ojos me veas (Carlos G. Valles).

   “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lc 24.5).
   Es imposible ver a Dios con los ojos cerrados, sino se mira con unos ojos resucitados, Con éstos se puede descubrir al Cristo que vive en cada persona y en cada acontecimiento.

   Cristo ha resucitado, venció la tiniebla, el pecado, la muerte. No hay lugar para el miedo ni para la tristeza. La vida ha triunfado y es posible que el amor y la paz florezcan en cada hogar y en la sociedad.

   Creo que Cristo ha resucitado, que vive en mí; no sólo pasa por mí, sino que habita en cada parte de mi ser. Él hace posible que yo sea una persona nueva, llena de esperanza, testigo de la resurrección, de la vida y de la victoria.

   “María Magdalena dijo a los discípulos que había visto al Señor (Jn 20.18). Quién ha experimentado la fuerza del Resucitado como María, no puede guardar esta experiencia para sí; siente la necesidad de comprometerse en la hermosa tarea de luchar contra una cultura de violencia y de muerte, de injusticia y de esclavitud; siente la necesidad de contagiar nuevos ideales, llenarlo todo de vida y de amor  para alentar lo que va naciendo y resucitar lo que va muriendo.

   “Sólo hay un medio para saber dónde se puede llegar; ponerse en camino y avanzar” (H.L. Bergson). Sólo hay un medio para resucitar: abrir los ojos y el corazón para encontrarse con el Resucitado. Él hace que surjan personas capaces de servir, compartir, unir, pacificar…


“Cuando el Señor resucita,
la  esperanza es una fiesta,
se hace joven, se hace niña.
canta y danza en hora buena.
Cuando el Señor resucita,
la paz es una paloma
que vuela en cruz por los cielos,
cubriéndonos con su sombra.
Cuando el Señor resucita,
se convierte el agua en vino,
y todos quedan borracho
del amor y del Espíritu.

(Rafael Prieto)
Padre Eusebio Gómez Navarro. O.C.D