29 de enero de 2017

Estos serían los bienaventurados de nuestro tiempo



Estos serían los bienaventurados de nuestro tiempo:

Las personas pobres de espíritu, que viven sencillamente y no corren angustiadas tras la riqueza, el poder y la gloria ni ponen el placer y el bienestar como metas supremas de la vida.

Las personas sufridas, no violentas, que tienen criterios cristianos y los mantienen, pero no los imponen a gritos ni con las armas porque saben que todos los seres humanos hemos nacido del mismo Padre Dios.

Las personas limpias de corazón y de mirada limpia que como no tienen doblez en sus vidas no creen que exista en la del prójimo. Que no se mueven por la envidia u orgullo. Y son fieles a su propia conciencia.

Las personas misericordiosas, dispuestas siempre a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, al juicio misericordioso.

Las personas que han llorado sin que las lágrimas hayan dejado rencores en su vida.

Las personas que tienen hambre y sed de justicia y que, por eso, no les gusta su mundo pero, como es el suyo, no lo odian sino que lo aman e intentan cambiarlo. Y trabajan voluntariamente por el bien de los demás.

¡Qué bien recoge el espíritu de las bienaventuranzas la hermosa oración de San Francisco de Asís!:

Señor,  haz de mí un instrumento de tu paz.

Donde  haya odio, que yo ponga amor.

Donde  haya ofensa, que yo ponga perdón.

Donde  haya discordia, que yo ponga unión.

Donde  haya error, que yo ponga verdad

Donde  haya duda, que yo ponga fe.

Donde  haya desesperanza, que yo ponga esperanza.

Donde  haya tiniebla, que yo ponga luz.

Donde  haya tristeza, que yo ponga alegría

Haz  que yo no busque tanto

El  ser consolado como el consolar,

El  ser comprendido como el comprender,

El  ser amado como el amar.

Porque  dando es como se recibe.

Olvidándose  de sí mismo

Es  como se encuentra a sí mismo.

Perdonando  es como se obtiene perdón.

Muriendo  es como se resucita para la vida eterna.

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