2 de noviembre de 2016

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

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Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         ¿Por qué la Iglesia conmemora a los Fieles Difuntos? Porque la Iglesia es Madre y, como Madre que es, quiere que todos sus hijos alcancen el Reino de los cielos. Para entender un poco esta solicitud de la Iglesia, debemos recordar qué es lo que sucede en el momento de la muerte en las almas que están en gracia, en las que están en pecado mortal, y en las que están en gracia pero con pecados veniales no confesados.

         Cuando el alma muere en gracia, su alma se encuentra ya, desde la tierra, participando de la vida de Dios, lo cual quiere decir que, al momento de morir, el alma vive en el Amor de Dios y por lo tanto no hay nada que la separe de este Amor, con lo cual ingresa directamente en el Reino de los cielos.

         Cuando el alma muere en pecado mortal, no tiene en sí la gracia de Dios y por lo tanto no tiene ni su vida ni su Amor; por lo tanto, al morir, y al no haber ya oportunidad alguna de arrepentimiento, comprueba por sí misma que el único lugar al que puede ir, para siempre, es el Infierno, que es el lugar adonde van los que “libremente deciden morir en pecado mortal”, tal como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212).

         Por último, cuando el alma muere en estado de gracia pero con pecados veniales –enojos, impaciencias, mentiras leves, etc., los cuales al no haber sido confesados llevan consigo la pena que les corresponde-, va dicha alma al Purgatorio, en donde las penas de esos pecados veniales son purgadas o purificadas en las llamas del Divino Amor, permaneciendo el alma allí hasta que esas penas sean debidamente eliminadas del alma. En otras palabras, el pecado venial es falta de amor a Dios en algo no grave, es decir, una falta leve en el amor a Dios –el pecado mortal es una falta grave a este amor divino-: en el Purgatorio, el alma “purga” o “se purifica” de esta falta, al crecer, a cada momento que pasa en el Purgatorio, en el amor a Dios, ese mismo amor para con el cual, en la tierra, se mostró distante, fría o tibia, porque no hizo suficiente oración, ni ayunos, ni penitencias, ni obras de caridad. 

Al verse a la luz de Dios, el alma se da cuenta de que está en gracia pero que, al mismo tiempo, no posee un amor perfecto a Dios a causa, precisamente, de las faltas veniales que tuvo en la vida terrena –por ejemplo, una falta de perdón, o un enojo, o incapacidad de pedir perdón-; entonces, el alma misma pide, para sí misma, la purificación en el Amor, y eso es el Purgatorio. No está en estado de gracia santificante perfecto, como el alma del bienaventurado que ingresa directamente al cielo; tampoco está en estado de pecado mortal, como el que libremente decidió apartarse de Dios y por eso tampoco le corresponde el Infierno. Pero sí se ve, con perfección –porque se contempla a la luz de Dios, como hemos dicho-, que su amor a Dios es muy imperfecto, tal como lo era en la tierra –por ejemplo, prefería su propia impaciencia, antes que crecer en la humildad y en la mansedumbre del Cordero-, y es así que el alma misma pide, para sí misma, y con toda justicia, ser conducida al Purgatorio, de manera de crecer en el amor a Dios hasta el grado perfecto que le permita ingresar al Reino de los cielos.

Es para estos Fieles Difuntos, que murieron en amistad y en gracia de Dios, pero que necesitan que su amor a Dios se purifique y se haga perfecto, para los cuales la Iglesia destina todo un día, para que nosotros, que somos parte de la Iglesia Militante, abreviemos su Purgatorio con oraciones, sacrificios, misas y rosarios ofrecidos, penitencias.

         Es decir, con sus oraciones, la Iglesia Militante ayuda a que el tiempo que las almas pasan en el Purgatorio se abrevie, y es para esto para lo que la Iglesia destina todo un día, para conmemorar a los difuntos que murieron en gracia pero con pecados veniales, para rezar por ellos y así acortar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio. Y si el alma del difunto ya está en el Cielo, las oraciones, sacrificios, penitencias y ayunos que se ofrecen en sufragio por estas almas, se aplican a otras almas que sí lo necesitan, por lo que las oraciones por las Almas del Purgatorio nunca están de más. Por sí mismas, estas Benditas Almas del Purgatorio no pueden realizar obras meritorias que acorten su estancia allí, pero sí lo podemos hacer nosotros, miembros de la Iglesia Militante, y es para eso que la Iglesia dispone la Conmemoración de los Fieles Difuntos: para que, extrayendo del tesoro de gracias del Sacrificio Redentor de Cristo en la Cruz, ganemos indulgencias para las Almas del Purgatorio[1]. 



[1] ¿Cómo ganar indulgencias para estas Benditas Almas del Purgatorio? Visitando piadosamente una Iglesia u oratorio el Día de los Fieles Difuntos y rezando un Padrenuestro y un Credo, aunque también se puede hacer esta visita, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la Solemnidad de Todos los Santos. La otra forma es, desde el 1 al 8 de noviembre, visitar piadosamente un cementerio (aunque sea mentalmente) y rezar pidiendo por los difuntos. Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta cumplir tres condiciones: Confesión sacramental; Comunión Eucarística; Oración por las intenciones del Papa. Rezar por los Fieles Difuntos es una preciosísima obra de caridad, encomendada encarecidamente por el Amor Divino; es una muestra de amor sobrenatural el rezar por quien ha fallecido y necesita del alivio del ardor de las llamas del Purgatorio (recordemos que la intensidad del dolor es similar a la del Infierno, pero con la esencial diferencia de que en el Purgatorio el sufrimiento es gozoso, por así decirlo, porque se tiene pleno conocimiento de que finalizará algún día, y ese día será el inicio de la Eterna Bienaventuranza). Quienes oren por las Benditas Almas del Purgatorio, a la par de acortar el tiempo de purificación de los Fieles Difuntos, acortan al mismo tiempo su propio Purgatorio, porque la obra de misericordia consiste en que, con nuestras oraciones y buenas obras, les alcanzamos la Sangre de Jesucristo, que de esa manera apaga las llamas ardientes del Purgatorio y les concede alivio, lo cual será aplicado también para nosotros, en caso de necesitarlo, desde el día de nuestra muerte, es decir, si vamos al Purgatorio.

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