26 de diciembre de 2016

La salvación de los cristianos y y la salvación del mundo



La salvación de los cristianos y y la salvación del mundo

SAN Ignacio de Loyola, que describió en el librito de los 
ejercicios el camino de su conversión del servicio del mundo al 
servicio de Jesucristo, exige al que quiere seguir sus pasos, en el 
primer día de la segunda semana, que medite sobre el misterio 
fundamental de la encarnación de Dios. De acuerdo con la forma 
de sus meditaciones propone, ante todo, hacerse presente la 
situación que constituye el trasfondo de este acontecimiento. En el 
libro de los ejercicios se dice:

El primer preámbulo es traer la historia de la cosa que tengo de 
contemplar; que es aquí cómo las tres personas divinas miraban toda la 
planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo 
que todos descendían al infierno, se determina en la su eternidad, que la 
segunda persona se haga hombre, para salvar al género humano, y así 
venida la plenitud de los tiempos, enviando al ángel san Gabriel a 
Nuestra Señora.

Ignacio ve ante sí un mundo irredento, entregado a la eterna 
condenación. El pensamiento de que todos los hombres anteriores 
a Cristo y todos los que, después de él, permanecen al margen de 
la fe de la Iglesia, sufren este destino, fue lo que más le impulsó a 
consagrarse con tanto ardor a la predicación del evangelio. 

Podemos deducir la importancia de este pensamiento tan 
conmovedor como lúgubre del hecho de que aparece dos veces 
en la misma meditación. Dos veces exige al ejercitante que 
contemple el mundo con los ojos de Dios para ver cómo todos los 
hombres, hasta la encarnación de Cristo, descendían al infierno 

4. La angustia que puede producir esta idea, y el impulso a servir a 
los hombres ligados a ella, se encuentra también en la obra del 
gran misionero jesuita Francisco Javier. Este hizo los ejercicios 
bajo la dirección de su padre espiritual y, conmovido por tales 
experiencias, marchó a anunciar la palabra de Dios a todo el 
mundo y a salvar de la condenación eterna al mayor número 
posible

 5.Si intentamos repetir hoy la meditación de Ignacio, 
reconoceremos pronto que no podemos admitir plenamente estas 
ideas. Todo lo que creemos de Dios y lo que sabemos del hombre 
nos impide aceptar que fuera de la Iglesia no hay salvación, y que 
todos los hombres anteriores a Cristo se hayan condenado. No 
somos capaces ni estamos dispuestos a pensar que nuestro 
vecino, que es una persona excelente y, en muchas cosas, mejor 
que nosotros, se vaya a condenar por el sólo hecho de no ser 
católico. No estamos dispuestos a pensar que los hombres de 
Asia, África o cualquier otro sitio, deben sufrir la pena eterna sólo 
porque su pasaporte no indica: «católico». De hecho, antes y 
después de Ignacio, los teólogos se han preguntado muchas 
veces cómo es posible que los hombres, aun sin saberlo, 
pertenezcan en cierto modo a la Iglesia y a Cristo y, por tanto, 
puedan salvarse. Incluso hoy se elaboran reflexiones con gran 
sagacidad.

Pero si somos honrados, debemos conceder que éste no es 
nuestro problema. Lo que nos preocupa no es si los otros pueden 
salvarse y cómo. Estamos convencidos de que Dios puede 
hacerlo, con nuestra teoría o sin ella, con nuestra sagacidad o sin 
ella, y de que no necesita que le ayudemos con nuestros 
pensamientos. El problema que en realidad nos acucia no es cómo 
consigue Dios que los otros se salven.


Lo que nos preocupa es más bien por qué hemos de ser 
precisamente nosotros los que debamos practicar la fe cristiana; 
por qué se nos exige que llevemos, día tras día, el peso del dogma 
y la moral cristianos, cuando hay tantos otros caminos que 
conducen al cielo y a la salvación. Nos encontramos, pues, 
partiendo desde un punto diferente, ante la misma pregunta que 
dirigíamos ayer a Dios y con la que terminábamos: ¿cuál es, 
propiamente, la realidad cristiana que supera el puro moralismo? 
¿En qué consiste eso específico del cristianismo que no sólo lo 
justifica, sino que nos fuerza a ser cristianos y a vivir como tales? 
Vimos claramente que no existe una respuesta que solucione el 
problema con la claridad inequívoca e irrefutable del dato científico 
o matemático. El «sí» al ocultamiento de Dios es una parte 
esencial de ese movimiento del espíritu que llamamos fe.


Aún es necesaria otra reflexión previa. Si nos planteamos el 
problema acerca del fundamento y sentido de nuestra existencia 
cristiana tal como lo hicieron antes de nosotros, nos sentiremos 
equivocadamente envidiosos de la vida más sencilla y cómoda de 
los otros que «también» van al cielo. Nos pareceremos demasiado 
a los obreros de la primera hora de los que habla la parábola de 
los viñadores (/Mt/20/01-16). Estos no comprendieron para qué se 
habían esforzado durante todo el día, al ver que el sueldo de un 
denario podía ganarse también de forma mucho más sencilla. 

Pero, ¿de dónde deducían ellos que es mucho más cómodo estar 
sin trabajo que trabajar? Y, ¿por qué sólo les agradaba su salario 
con la condición de que a los otros les fuese peor que a ellos? Mas 
la parábola no era para los trabajadores de entonces, sino para 
nosotros. Pues al plantearnos estas preguntas sobre nuestro 
cristianismo, actuamos igual que aquellos obreros. Damos por 
supuesto que la falta de trabajo espiritual —una vida sin fe ni 
oración— es más cómoda que el servicio espiritual. Y, ¿de dónde 
sacamos esto? Nos fijamos en el esfuerzo cotidiano que exige el 
cristianismo y olvidamos que la fe no es sólo un peso que nos 
oprime, sino también una luz que nos instruye, que nos marca un 
camino y nos da un sentido. Sólo vemos en la Iglesia las 
ordenaciones exteriores que coartan nuestra libertad y pasamos 
por alto que es una patria que nos acoge en la vida y en la 
muerte. Sólo vemos nuestra propia carga y olvidamos que los otros 
también tienen la suya, aunque no la conozcamos. Y, sobre todo: 
¿qué actitud tan mezquina es ésa de no considerar retribuido el 
servicio cristiano porque sin él también se puede alcanzar el 
denario de la salvación? Por lo visto, queremos ser pagados no 
sólo con nuestra salvación sino, ante todo, con la condenación de 
los otros —igual que los obreros de la primera hora—. Esto es muy 
humano; pero la parábola del Señor nos indica claramente que, al 
mismo tiempo, es tremendamente anticristiano. El que ve la 
condenación de los otros como condición para servir a Cristo sólo 
podrá al final retirarse murmurando porque esta forma de salario 
contradice a la bondad de Dios.

Cristificación del hombre 
Encarnación de Dios
Así, pues, nuestro problema no puede ser por qué Dios permite 
que los «otros» se salven. Esa es cuestión suya, no nuestra. Lo 
que sí podemos y debemos hacer es, con todas las limitaciones, 
naturalmente, a que nos han conducido las anteriores reflexiones, 
intentar repensar diariamente lo que significa el que seamos 
cristianos: por qué Dios nos ha llamado a nosotros. En definitiva, 
es sólo otra forma de preguntarse sobre el sentido de la 
encarnación de Dios: ¿para qué ha venido al mundo si no lo ha 
cambiado, si no lo ha transformado en un mundo salvo?
Iniciamos antes un primer intento de respuesta. La fuerza de 
Cristo, decíamos, supera en riqueza y amplitud a la distribución del 
mundo en un período de salvación y otro de condenación. No sólo 
alcanza (¡qué raro sería eso!) a los que han existido después de 
él, sino a la totalidad, dando a todos libertad de entregarse. De 
hecho, los padres de la Iglesia no conocieron la expresión tan 
corriente de «época de transición», de mitad de los tiempos, en la 
que Cristo vino; ellos hablan de que Cristo vino al final de los 
tiempos. Lo que quiere decir que él es la meta y el sentido de todo 
6.
En nuestra imagen actual del mundo podemos quizás 
representarnos este hecho de forma nueva. Hoy no concebimos al 
mundo como un depósito inmóvil y perfectamente ordenado, en el 
que cada objeto tiene desde el principio su puesto determinado, 
sin que nada creado pueda cambiar de lugar. El mundo nos 
aparece, más bien, como un inmenso y único movimiento de 
evolución, como una sinfonía del ser que se desarrolla en el 
tiempo paso a paso.
Si, en cuanto nos es posible como hombres, intentamos 
comprender esta sinfonía evolutiva en sus subidas y descensos, 
en su riqueza y privación, podremos captar un punto que nos 
aparece como una transición decisiva de esta sinfonía cósmica, 
con el que comienza un tema completamente nuevo y, sin 
embargo, siempre anhelado: me refiero al momento en que, por 
primera vez, surge el espíritu en el mundo, en el que por primera 
vez brota la conciencia que no es un simple objeto, como las otras 
cosas, sino que es capaz de pensar en sí misma y en el mundo, 
capaz de contemplar lo eterno, a Dios. Todo lo precedente recibió, 
a partir de este hecho, del nacimiento del espíritu, un nuevo 
sentido. Todo lo precedente aparece ahora como preparación de 
este paso, y el espíritu lo toma a su servicio, dándole una 
significación nueva que antes no tenía por sí mismo. No obstante, 
si sólo hubiese existido el espíritu humano, el movimiento del 
cosmos hubiese sido, en definitiva, una trágica carrera hacia el 
vacío, porque todos sabemos que el hombre solo es incapaz de 
dar un sentido satisfactorio al mundo y a sí mismo.

ENC/SENTIDO-HT: Pero si contemplamos el mundo con la fe, 
sabemos que existe aún un segundo momento de transición: el 
instante en el que Dios se hizo hombre, en el que no sólo se dio el 
paso de la naturaleza al espíritu, sino el paso de creador a 
criatura. Aquel instante en el que, en un lugar, Dios y mundo se 
unificaron. El sentido de toda la historia posterior no puede ser, en 
el fondo, más que atraer todo el mundo a esta unificación, dándole 
a partir de ella el sentido pleno de ser uno con su creador. «Dios 
se ha hecho hombre para que los hombres fuesen dioses», dijo el 
santo obispo Atanasio de Alejandría. Podemos decir que aquí se 
nos muestra el auténtico sentido de la historia. En el paso del 
mundo a Dios, todo lo anterior y todo lo siguiente recibe su sentido 
como orientación del gran movimiento cósmico hacia la 
divinización, hacia la vuelta a aquél del que ha salido.

CR/QUE-ES: Si nos paramos a reflexionar y nos fijamos en 
nosotros mismos, resulta claro que lo que al principio sólo nos 
parecía una especulación original sobre el mundo y las cosas, 
contiene un programa muy personal para nosotros mismos. Pues 
la inmensa posibilidad del hombre consiste en seguir esta línea, 
tomando parte en el sentido del universo, o resistirse a ella, 
llevando su vida hacia el absurdo. Pero ser cristianos no significa 
otra cosa que decir «sí» a este movimiento y ponerse a sus 
órdenes. Hacerse cristiano no es asegurarse un premio individual; 
no es conseguirse una entrada privada para poseer un asiento en 
el cielo, de forma que, mirando a los otros, podamos decir: «tengo 
lo que los otros no tienen; a mí me reservan una salvación que los 
otros no poseen». Hacerse cristiano no es algo que se nos 
concede para que nosotros, los individuos particulares, nos lo 
guardemos, despreocupándonos de los que están vacíos. No: en 
cierto sentido, no se es cristiano para uno mismo, sino para la 
totalidad, para los otros, para todos. El movimiento de 
cristianización, que comienza en el bautismo y se debe 
perfeccionar en toda nuestra vida, significa la disposición de 
realizar en la historia lo que Dios quiera de nosotros. 
Seguramente, no siempre podemos comprender por qué he de ser 
yo el que lleve a cabo este servicio. Esto iría contra el misterio de 
la historia, basado en el hecho impenetrable de la libertad del 
hombre y de la libertad de Dios. Bástenos saber por la fe que 
nosotros, mientras nos hacemos cristianos, nos ponemos en 
disposición de servir a todos. Hacerse cristiano no significa, pues, 
conseguir algo para uno mismo; significa, por el contrario, salir del 
egoísmo que sólo piensa en sí mismo, y caminar hacia la nueva 
forma de existencia del que vive para los demás.

El sentido de la historia de la salvación
HTSV/SENTIDO: En este conjunto deberíamos entender todo lo 
referente a la historia de la salvación cristiana. Sólo en él podemos 
captar el sentido de la sagrada Escritura. Fijémonos en el Antiguo 
Testamento, en la elección de Israel: Dios no tomó a Israel para 
preocuparse solamente de este pueblo, despreciando a todos los 
otros. Lo tomó para que realizase un servicio. Y lo mismo ocurre 
cuando contemplamos a Cristo y a la Iglesia. Repito que no se 
trata de que unos sean amados y otros olvidados por Dios, sino de 
que todos son para todos. El misterio de Israel y el de la Iglesia 
implican esta misma enseñanza: Dios sólo quiere venir a los 
hombres por medio de los hombres. No deja caer su mirada 
verticalmente sobre los particulares como si la fe y la religión 
hubiesen de realizarse sólo entre él y el individuo. Más bien quiere 
edificar el sentido de la historia a través de nuestro servicio al 
prójimo y con el prójimo. Ser cristiano significa, pues, siempre y 
ante todo, liberarse del egoísmo del que sólo vive para sí mismo, e 
incorporarse en la gran orientación fundamental del existir para 
los otros.

Todas las grandes imágenes de la sagrada Escritura lo indican 
en el fondo. La imagen de la pascua, que se completa en el 
misterio neotestamentario de la muerte y resurrección; la imagen 
del éxodo, de la salida de lo corriente y de lo propio, que comienza 
con Abrahán y es ley fundamental de toda la historia sagrada, 
quieren expresar este movimiento básico de autoliberación del 
puro existir para sí mismo. Cristo lo dijo de forma más profunda en 
la ley del grano de trigo, que muestra, al mismo tiempo, que este 
principio fundamental no sólo rige toda la historia, sino también 
toda la creación de Dios.

En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en la 
tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto (Jn 12, 24).

Cristo cumplió en su muerte y resurrección esta ley del grano de 
trigo. En la eucaristía, pan de Dios, se ha convertido realmente en 
el fruto «centuplicado» del que aún vivimos. Pero en este misterio 
de la eucaristía, en el que es verdadera y plenamente «el que 
existe para nosotros», nos exige, día a día, el cumplimiento de esta 
ley que es la expresión definitiva de la esencia del verdadero amor. 

Pues, en el fondo, el amor no puede significar otra cosa que el 
apartarnos de las miras estrechas y egoístas y, saliendo de 
nosotros mismos, comenzar a existir para los demás. En definitiva, 
el movimiento fundamental del cristianismo no es otro que el simple 
movimiento fundamental del amor, en el que participamos del amor 
creador del mismo Dios.

Si decimos, pues, que el sentido del servicio cristiano, el sentido 
de nuestra fe, no se puede determinar a partir de una creencia 
individual, sino del hecho de que ocupamos un puesto insustituible 
en el todo y con relación al todo; si es verdad que no somos 
cristianos para nosotros mismos, sino porque Dios quiere y 
necesita nuestro servicio en la magnitud de la historia, tampoco 
podemos caer en el error de creer que el individuo es solamente 
una ruedecilla en la gran maquinaria del cosmos. Aunque es 
verdad que Dios no quiere puramente al individuo, sino a todos en 
armonía y ayuda mutua, también es verdad que conoce y ama a 
cada particular como tal. Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo del 
Hombre, en el que se realizó el paso decisivo de la historia 
universal hacia la unificación de la criatura y Dios, era un individuo 
concreto, nacido de una madre humana. Vivió su vida particular, 
arrostró su propio destino y murió su muerte. El escándalo y la 
grandeza del mensaje cristiano sigue siendo que el destino de toda 
la historia, nuestro destino, depende de un individuo: de Jesús de 
Nazaret.

En su figura quedan patentes ambas cosas: que vivimos unos 
de otros y para otros, y que Dios, sin embargo, conoce y ama de 
forma inconmovible a cada particular. Pienso que ambas cosas 
deben impresionarnos profundamente. Por una parte, debemos 
apropiarnos la interpretación del cristianismo como existencia para 
los demás. Pero debemos vivir no menos de esta gran seguridad y 
alegría de que Dios me ama a mí, a este hombre; que ama a 
cualquiera que tiene un rostro humano, por irreconocible y 
profanado que esté dicho rostro. Y cuando decimos, «Dios me 
amas», no sólo debemos sentir la responsabilidad, el peligro de 
hacernos indignos de ese amor, sino que debemos aceptar ese 
amor y esa gracia en toda su plenitud y pureza. Dicha afirmación 
implica también que Dios es perdonador y bondadoso. Es posible 
que en la predicación eclesiástica hayamos neutralizado en 
exceso, con una falsa angustia pedagógico-moral, las grandes 
parábolas del perdón: la del acreedor al que se le perdona una 
deuda de millones; la del pastor que busca a la oveja perdida y la 
de la mujer que se alegra más de la dracma perdida y encontrada 
que de todas las otras que no había perdido. La osadía de estas 
parábolas no es mayor que la osadía de los hechos de Jesús 
cuando toma entre sus amigos más íntimos al publicado Leví y a la 
prostituta Magdalena. En el atrevimiento de este testimonio se 
expresan dos ideas fundamentales: queda claro que el verdadero 
creyente no puede abusar de la seguridad del perdón divino como 
si fuese un título de libertad para entregarse al desenfreno, igual 
que el amante no abusa de la fidelidad del amor del otro, sino que 
se siente obligado a ser lo más digno posible de ese amor. Pero 
esta disposición a la que nos impulsa la fe en el amor no descansa 
en el miedo, sino en la plena y alegre seguridad de que Dios 
verdaderamente —y no sólo con frases piadosas— es más grande 
que nuestro corazón (1 Jn 3, 20).

Quizás merezca la pena, antes de acabar, reflexionar de nuevo 
sobre cómo debería presentarse hoy la meditación de san Ignacio 
si quisiéramos proponerla en nuestro momento histórico. Lo 
fundamental permanece: los hombres no pueden dar por sí 
mismos un sentido a su historia. Si se les dejase solos, la historia 
humana correría hacia el vacío, hacia el nihilismo, hacia el 
absurdo. Nadie ha comprendido esto más profundamente que los 
poetas de nuestro tiempo, que viven y sienten la soledad del 
hombre abandonado, que describen el aburrimiento y la vanidad 
como los sentimientos fundamentales de este hombre que se 
convierte en un infierno para sí mismo y para los otros.

También sabemos que Cristo ha dado un sentido al universo; 
que, en el paso de creador a criatura, el movimiento hacia el vacío 
se ha convertido en movimiento hacia la plenitud, con eterno 
sentido. Mas, superando a Ignacio, aceptaremos hoy que la 
misericordia de Dios, manifestada en Cristo, es suficientemente 
rica para todos. Tan rica, que nos obliga a ser instrumentos de su 
compasión y bondad. Para esto somos cristianos. Que Dios nos 
ayude a serlo verdaderamente. 


Benedicto XVI

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