12 de noviembre de 2017

Encendidas las lamparas de nuestras buenas obras

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ENCENDIDAS LAS LAMPARAS DE NUESTRAS BUENAS OBRAS

Por José María Martín OSA

1.- Dios quiere acompañarnos. Se nos presenta en la primera lectura la Sabiduría de Dios personificada en una joven que busca encontrarse con su amado.. "Fácilmente la ven los que la aman y la encuentran los que la buscan". No se comporta como una mujer que hace desaires. Al contrario, la Sabiduría se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan. El verdadero conocimiento de Dios no es el resultado de una laboriosa operación intelectual, es un don que se ofrece con generosidad a cuantos se disponen a recibirlo con un corazón abierto. "Se anticipa a darse a conocer a los que la desean. Quien temprano la busca, no se fatigará, pues a su puerta la hallará sentada". La Sabiduría de Dios madruga más que los que la desean. Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, se la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar tras de ella todo el día. Dios se presenta siempre al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos. Desgraciadamente, muchas veces nosotros los cristianos no somos capaces de imaginar que Dios esté sentado junto a nuestra puerta, esperando para regalarnos su amor. Dios nos ama gratuitamente y se ofrece constantemente para que nos llenemos de su vida. Acudamos a El para iluminar nuestra oscuridad y saciar nuestra sed de felicidad.

2.- Partícipes de la resurrección de Cristo. Hemos celebrado esta semana el recuerdo de nuestros difuntos. San Pablo nos recuerda hoy en la Carta a los Tesalonicenses que la esperanza en la resurrección se funda en el hecho de que Jesús ya ha resucitado. Cristo es "el primogénito de los muertos", el primer nacido o resucitado para la verdadera vida. Él es también nuestra cabeza, principio de unidad y solidaridad de todos los miembros para formar un mismo cuerpo. Si Cristo, la cabeza, ha resucitado, también resucitarán sus miembros. Describe la venida del Señor y la resurrección de los muertos con símbolos tomados de la literatura apocalíptica. Lo que importa es la afirmación de la vida sobre la muerte y la comunión de todos con el Señor que ha de volver. Como todos los fieles de su generación, espera que esta venida sea muy pronto. Pero esta creencia no se funda en ninguna palabra de Jesús, y lo único que puede decir Pablo en nombre del Señor es que "el día llegará como un ladrón en la noche". Sabemos que vendrá, pero no sabemos cuándo.

3.- Una llamada a nuestra responsabilidad. Los primeros cristianos han querido ver a la Iglesia-esposa en las diez vírgenes, tanto las prudentes como las necias, pues la Iglesia, antes que las bodas se celebren, está compuesta de buenos y pecadores. La parábola es una llamada a nuestra responsabilidad. Precisamente porque sabemos que el Padre nos invita a la gran fiesta, no tenemos que dejarnos perder la "sabiduría radiante" de la que nos habla la primera lectura de hoy. Las cinco jóvenes poco previsoras reciben una dura sentencia condenatoria sin haber hecho nada malo. Ni siquiera maltrataron a los criados, como el mayordomo infiel. Tropezamos aquí con el tema clásico de la omisión y la neutralidad. El teórico "no hacer nada malo" es también una manera de hacer el mal. Algo así como el negar auxilio en carretera. Es no dar de comer al hambriento, es no vestir al desnudo. La neutralidad no existe.

4.- ¿Por qué no prestan su aceite las sensatas a las necias?  El aceite y la lámpara encendida significan aquí algo personal e intransferible, que forma parte de la propia identidad, que está o no está en toda la biografía personal. ¿Qué significa tener aceite y tener lámparas encendidas? La liturgia sugiere una cierta identidad entre el aceite de la parábola y la Sabiduría. Quien la tiene, tiene la plenitud de la vida. Esta celebración de la Eucaristía de hoy tiene que ensanchar nuestro corazón y ahondar nuestro gozo de sabernos llamados al gran banquete de bodas: ya estamos en la casa de la novia con las lámparas encendidas, pero aún no ha llegado el novio. Entretanto la Eucaristía tiene que multiplicar y renovar, cada domingo, el aceite de nuestras lámparas, la verdadera sabiduría, que es Jesucristo. Y al mismo tiempo tiene que ser una llamada -que bien necesitamos- a la responsabilidad de nuestra vida cristiana. Recordemos otra palabra de Jesús: "Que así resplandezca vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre del cielo". Es así como tenemos que esperar al Señor: encendidas las lámparas de nuestras buenas obras.

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