20 de febrero de 2017

Todos estamos llamados a la perfección



TODOS ESTAMOS LLAMADOS A LA PERFECCIÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Si nos fijamos bien en el contexto en el que Jesús dice esta frase nos daremos cuenta de que la perfección de la que aquí habla Jesús es la perfección en el amor. El amor perfecto es amar a todos, porque Dios, nuestro padre celestial ama a todos y “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Sí, Jesús nos manda amar a todos, incluidos los enemigos, y a poner la mejilla izquierda cuando nos abofetean en la derecha. En esto, nos dice Jesús, consiste la perfección del amor, perfección a la que estamos llamados todos los discípulos de Jesús. ¿Es realmente posible esta perfección que Jesús nos pide? Sí, entendiendo bien lo que significa la palabra . No se trata de un amor afectivo y sensible, sino de un amor religioso, que consiste, resumiendo mucho, en querer hacer siempre el bien a los que nos ofenden y ultrajan. Es una verdad evidente y comprobable que una madre no siempre puede amar afectivamente a quien ha matado injusta y violentamente a su hijo. No le puede amar afectivamente, pero sí le puede amar religiosamente, es decir, puede desear de corazón el bien a su enemigo, y rezar por él para que se convierta y viva. Dios quiere que todas las personas se salven, que los pecadores se conviertan y vivan. Esto es lo que nosotros debemos querer para todos, incluidos nuestros enemigos, y esta es la perfección a la que Jesús nos llama. Una persona es moralmente perfecta, acabada y madura, cuando ha alcanzado la perfección a la que está llamada, la suya, de acuerdo con las posibilidades de su naturaleza. Nunca podremos alcanzar la perfección de Dios, porque la medida de Dios es infinita y nosotros somos finitos, pero siempre podremos alcanzar, con la gracia de Dios, nuestra propia perfección. A esta perfección, a la nuestra, es a la que debemos aspirar.

2.- Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo… No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás, ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. También en este libro, el Levítico, la santidad tiene una relación directa con el amor al prójimo. En el tiempo en que se escribió este libro, unos 1400 años antes de Cristo, ya regía la Ley del talión, una ley que prohibía la venganza desproporcionada, sólo podíamos castigar al que nos ofendía en la misma proporción y medida en la que habíamos sido ofendidos, nunca más. Y, además, en este tiempo la palabra prójimo se refería literalmente a la persona cercana, próxima a nosotros, esto es, a nuestros parientes y personas de nuestra misma etnia o religión. Amar al prójimo como a nosotros mismos era amar a los nuestros como a nosotros mismos. En eso consistía fundamentalmente la santidad humana. Jesús de Nazaret, como hemos visto en el evangelio de hoy, amplió el concepto de amor al prójimo, y, consecuentemente, el concepto de santidad, extendiendo este amor hasta los mismos enemigos. Para los discípulos de Jesús este texto del Levítico se queda corto y estrecho: no es que Jesús haya anulado la ley del talión, es que la ha ampliado y mejorado, como se puede ver con toda claridad en la parábola del Samaritano. El Dios de Jesús es siempre, como nos dice hoy el salmo 102, compasivo y misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.

3.- ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Cuando san Pablo habla aquí del templo de Dios a la comunidad de Corinto se refiere directamente a la misma comunidad cristiana de Corinto, a la asamblea reunida en el nombre de Jesús. No cualquier persona, o cualquier grupo, es templo de Dios, sino sólo aquellos en los que el Espíritu de Dios habita en ellos. El Espíritu de Dios es el Espíritu de Jesús, del Jesús crucificado, muerto y resucitado. Es “la sabiduría de la cruz”, frente a la cual la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Según la sabiduría de este mundo Pablo, Apolo, Cefas, eran distintos, pero según la sabiduría de Dios, la sabiduría de la cruz, los tres debían ser lo mismo, porque los tres hablaban no según su propia sabiduría, sino según la sabiduría de la cruz de Cristo. Que nuestra sabiduría y nuestro amor sean sabiduría de la cruz y así habitará en cada uno de nosotros y en nuestra propia comunidad cristiana el Espíritu de Dios. A esta perfección es a la que estamos llamados cada uno de nosotros.

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