29 de julio de 2022

Clica en la imagen para rezar los MISTERIOS DOLOROSOS

 


¡Oh Sagrado Corazón, Potestad Sublime!



 ¡Oh Sagrado Corazón, Potestad Sublime!


Fiesta de San Pedro y San Pablo


Meditación: Oh Jesús, Mí Buen Pastor, que nos buscas como a ovejas en la tierra desierta, que nos cuidas y nos proteges, y Tu cayado levantas para evitar que el maligno hiera a Tus corderitos. Señor, que me buscas en la noche oscura y me libras de toda amargura. Amando siento Tu Presencia, y todo lo demás desaparece; es Tu Gran Poder el que me marca el camino y me guía como a un niño. Esa Luz dorada que de Ti se desprende, y cual luciérnagas hermosas, como estrellas fugaces veo las luces de Tus Angeles. Entonces siento que Tú, Mi Dios, todo eres, todo puedes, pues eres el Rey. Señor, que a pesar de mi pequeñez a mi casa vienes, para llevarme a Ti.


Jaculatoria: ¡Enamorándome de Ti, mi Amado Jesús!

¡Oh Amadísimo, Oh Piadosísimo Sagrado Corazón de Jesús!, dame Tu Luz, enciende en mí el ardor del Amor, que sos Vos, y haz que cada Latido sea guardado en el Sagrario, para que yo pueda rescatarlo al buscarlo en el Pan Sagrado, y de este modo vivas en mí y te pueda decir siempre si. Amén.


Florecilla: Comulguemos agradeciendo a Jesús por todas las gracias que derrama a través de Su Sagrado Corazón.


Oración: Diez Padre Nuestros, un Ave María y un Gloria.



Santa Marta 29 de Julio

 



Santa Marta 29 de Julio

 

En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado "estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios" (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

 Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de "ama”; "dueña". En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de "Marta y María" (martah wemariah).

 Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

 Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

 Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada". En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

 Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: "No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto... Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

 Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

 Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro". Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará". Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).

 Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. "Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano". Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

 El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!". Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá" (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida".

 Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él" (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa "ama de casa" a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

 A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que "Jesús amaba a Marta" (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

 En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.


 LUIS ARNALDICH, O. F. M.

Adàn y Eva 29 de Julio

 



Adàn y Eva 29 de Julio

 

A primera vista puede parecer sorprendente que el calendario cristiano recuerde entre los santos» a Adán y Eva. Sabemos de sobra que sus nombres no responden a personajes históricos, cronológicamente datables. Son para el libro del Génesis, el prototipo del ser humano, imagen de Dios, diversificado e igual en dignidad. Pero ellos son el paradigma primero de lo humano.


ADÁN, O EL BUSCADOR BUSCADO

Nacido del barro de la tierra y del aliento de Dios, Adán es el hombre, todo hombre, que por los caminos del mundo continúa buscando entre el barro y el viento. Adán es hijo de la materia y del espíritu. Lugar de encuentro o de lucha entre el polvo y el soplo. Adán es el hombre de la quietud enfangada y de la inquietud un poco ventolera (Gn 2, 7).


Adán es el hombre que, sin buscarlo, se encuentra un oasis en medio del desierto (Gn 2, 9). Adán es el hombre encargado de guardar y cultivar el mundo, con su trabajo y su responsabilidad. Lo suyo es la colaboración con la tarea creadora de Dios (Gn 2, 15). Su verdadera tentación es la de constituirse en norma de su propia actuación, ajeno a la voz de Dios, como si la desobediencia a su plan lograra hacerlo más humano (Gn 2, 17).

Adán es el hombre de la soledad y la nostalgia. Siempre camina buscando un lugar donde pueda estar solo, donde nadie lo moleste, donde pueda encontrarse al fin con sus pensamientos más acariciados. Pero apenas lo ha encontrado se revuelve inquieto en la añoranza de la compañía más querida. Ni las cosas ni los animales son una compañía adecuada para él (Gn 2, 18). Ser hombre era una empresa demasiado hermosa para vivirla en el egoísmo y la mudez. Dios era demasiado rico para poder ser reflejado por un ser monosexuado: si reflejaba su justicia, ¿dónde quedaría reflejada su ternura? No habría verdadera creación si no hubiera sido posible el encuentro con la mujer, si no hubiera nacido el amor (Gn 2, 22-24).

Creado para la armonía, Adán es el hombre del hambre nunca saciada a pesar de los mil árboles que pueblan su jardín. Su pecado no es su malicia, sino su infantil ingenuidad. Su falta de realismo, humilde y enraizado en la verdad. Su ciego optimismo que vende jardines palpables por frutas de sabor dudoso (Gn 3, 3).

Había sido pensado para ser como Dios. Pero habrá de descubrir que no basta una fruta para lograrlo. Cuando un día Dios se haga hombre, mostrará a los hombres el camino que los lleva a ser definitivamente dioses. Ese camino no pasará ya por la banalidad que pretende convertir las piedras en panes. Ese camino pasa por otro árbol abierto a los vientos en forma de cruz (Gn 3, 5).

Adán es el hombre que se encuentra a sí mismo desnudo. El que es capaz de convertir a la persona amada en cómplice. El que ha de sufrir el acoso de las cosas que debían ser su ayuda. El que se esconde de un Dios que sale a su encuentro, un Dios que es Padre que ama y al que hemos hecho Juez al que se teme (Gn 3, 7-8).

Su hoy transcurre en el hallazgo de la hostilidad, precisamente manifiesta en la sexualidad y en el trabajo, que deberían constituir los pilares de su capacidad de cercanía y creatividad. Pero su futuro está marcado por el signo cálido y estimulante de una esperanza, que se basa en las promesas de Dios. Adán es fundamentalmente el ser de la esperanza (Gn 3, 13-19).


EVA, O EL ENCUENTRO HUMANO


Eva es el primero de los nombres que la humanidad ha impuesto a un ser humano. La primera llamada. La primera que hace posible el diálogo interpersonal. Con ella amaneció el «nosotros». Con ella empieza la interpelación y el halago, el reproche y la caricia, la discusión y el acuerdo. Con su llegada, la palabra se hizo escucha. La palabra fue palabra. Eva es la mujer y la convivencia, la curiosidad y el riesgo, la caída y la esperanza, la maternidad y la muerte. En una palabra, la vida.

Una antigua tradición, llena de colorido y profundidad a la vez, sitúa a Adán en un jardín. Un paraíso, pero vivido en soledad. El varón no tiene ante sí un «tú» que responda a sus gestos y murmullos. El relato imagina a Dios pensando en voz alta, decidiendo crear un ser que sea para el hombre compañía. Un sueño profundo. Una costilla hábilmente trabajada. Y he aquí la mujer, hecha presencia y asombro ante el despertar del hombre: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada "varona" porque del varón ha sido tomada» (Gn 2, 23).

El texto hebreo juega con la palabra para darle a la mujer una denominación semejante y paralela a la que ha dado al varón. No se subraya con ello el dominio del varón, sino la complementariedad. Hay entre ellos una igualdad de origen –ambos participan de la misma textura–, una igualdad de dignidad –ambos tienen un nombre semejante–, e igualdad de destino –ambos serán una misma carne, es decir, una existencia compartida–. Ha sido creada en el sueño del hombre, porque el sueño es el momento privilegiado en que los hombres reciben los oráculos de Dios y descubren la orientación de su propio caminar. La mujer nace en el sueño del hombre: ella es revelación de un «tú» que siempre parece trascenderse a sí mismo.

«Deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn 2, 24). La familia de elección vincula con lazos más fuertes que la familia de origen.

«Estaban ambos desnudos, pero no se avergonzaban uno de otro» (Gn 2, 25). Nada de lo que había hecho Dios era impuro o deshonesto. A lo largo del tiempo habrá que recordar la bondad primera de todo lo creado. El jardín, la mujer y la palabra. Todo era bueno. Todo era un paraíso.

Pero el relato bíblico introduce un paréntesis para la tentación. Un frutal en medio de frutales. Espléndido y prohibido por el Señor de la existencia. Un reptil que serpea por el jardín. Una serpiente que habla, como en toda fábula que se precie. El relato se sitúa más allá de la anécdota y la historia para recordar que la libertad humana ha optado por el camino que la alejaba de Dios y de lo mejor de sí misma. Por tomar una fruta se pierde el frutal. Y hasta el jardín entero.

Eva, seducida y seductora. En ella, la humanidad se abandona a la molicie de la fatalidad y el desaliento. El pecado no es «ser-más», sino aceptar resignados el «ser-menos».

Los llamados a ser buscadores de Dios, han de ser por Dios buscados entre la espesura del follaje. El varón, que a la mujer descubriera con asombro, se vuelve ahora acusador. El paisaje del jardín se convierte en cardedal. El mundo era armonía y es aullido. Y, sin embargo, el juicio de Dios es siempre salvación. Sus oráculos anuncian un futuro de paz reconquistada:

Enemistad pondré entre ti y la mujer,

y entre tu linaje y su linaje:

él te pisará la cabeza,

mientras acechas tú su calcañar (Gn 3, 15).

No todo se ha perdido. En lontananza amanece el triunfo de lo humano. No era un pecado el endiosarse, que Dios mismo desea glorificar a los hombres. El pecado estaba en el desdén y en el desprecio al proyecto de Dios, en la sordera ante su voz y el coqueteo con todo lo inhumano de esta tierra.

Y sin embargo, sólo entonces la mujer es llamada por su nombre. «El hombre llamó Eva a su mujer, por ser ella la madre de todos los vivientes» (Gn 3, 30). Con ella, la vida continúa Y se derrama, violenta y complicada. Pero en medio de la muerte, mil veces repetida, brilla el nombre de Eva y de la vida. Aún hay esperanza. Aún cabe la hermandad entre los hombres, engarzados al fin por ese nombre de Eva que es la vida y quien la alienta.

Andando el tiempo, otra tradición bíblica celebra la creación en términos de imagen: «Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó» (Gn 1, 27). Iconalidad doble y compartida. Como si sólo en el encuentro y el coloquio se entregase Dios hecho reflejo.

Ella era el primer nombre elegido por los hombres. Y, sin embargo, apenas se la recuerda a lo largo de los siglos. Sólo una plegaria ardiente la evoca, junto al lecho nupcial en casa de Ragüel: «Tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él» (Tb 8, 6). Hay para ella otro recuerdo implícito en el libro escrito por Jesús, el hijo de Sirá: «Por la mujer fue el comienzo del pecado, y por causa de ella morimos todos» (Si 25, 24).

Y, sin embargo, Eva es la niña del mundo y su esperanza. Asombro, palabra y confianza. Curiosidad y vida. Maternidad y llanto. Encuentro y desengaño. Eva es la vida. La humana peripecia desvalida. El rubor de la inocencia y su ruptura. El amor balbuciente y quebradizo. La humana convivencia, tan difícil. La atención distraída ante las voces que llegan de lo alto.

Sólo después de miles de años de camino y experiencia religiosa, los creyentes podrían exclamar: ¡Feliz culpa la de Adán! ¡Feliz culpa la de Eva! En ellos celebramos el origen del camino humano. Y a ellos retorna el río de la salvación que brota de Jesucristo. La reflexión de los padres y las representaciones artísticas evocan la figura de Cristo que baja a los abismos para liberar a Adán y Eva de su largo cautiverio.

Eva es el descanso y la fatiga, el parto y la poesía, el encuentro y los silencios. Y con todo, es difícil no decirlo con las palabras de Mark Twain: «Dondequiera que ella estaba, allí era el paraíso».


JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS

Olaf de Noruega 29 de julio

 



 


Olaf de Noruega 29 de julio

mártir

 Autor: P. Felipe Santos


Etimológicamente significa “legado de los antepasados”. Viene de la lengua alemana.

Tanto para la persona más carente de conocimientos, como para la persona más erudita, la fe sigue siendo una muy humilde confianza en Cristo, en el Espíritu Santo. ES en primer lugar en el corazón, esto es, en las profundidades de uno mismo, donde se recibe la llamada del Evangelio.

Olaf nació en el 995 y murió en 1030.

Era hijo del rey noruego Herald Greske. Cuando era todavía muy joven le permitió que fuera a unirse a los Vikingos.

En una de esas incursiones que hacen las tropas, se encontró con Ricardo de Normandía y Ethelred II que luchaban contra los daneses.

Más adelante,, en 1016, se autonombró gobernador de Noruega.

Olaf había sido bautizado recientemente y lo educaron en una profunda fe cristiana.

Olf Tryggesson, antes que él, empleó gran fuerza y maestría para destruir el paganismo e imponer el cristianismo dentro de las fronteras de su país.

Esta medida logró mucha expansión en toda la nación y, sin embargo, estaban descontentos de sus órdenes.

Esto favoreció la astucia y la política del rey Canuto. Perdió su reino y no pudo conquistarlo otra vez.

La batalla de Stikkestad fue para él el m omento final, ya que encontró la muerte en un Fiordo.

Igual que le ocurrió a san Erico en Suecia, Olaf Haraldson se convirtió en el defensor del cristianismo y murió mártir en una batalla.

Olaf es el símbolo dela independencia de Noruega. Sus reliquias están en una urna de cristal en la catedral. Es centro de peregrinaciones.

¡Felicidades a quien lleve este nombre!

Beato Urbano II 29 de Julio

 



 Beato Urbano II 29 de Julio

(† 1099)

 

El Beato Urbano II (1040-1099) es, indudablemente, uno de los papas más insignes de la Edad Media, cuyo mérito principal consiste, aparte de la santidad de su vida, en haber hecho progresar notablemente y llevado adelante la reforma eclesiástica, ampliamente emprendida por San Gregorio VII (1073-1085). El resultado brillante de sus esfuerzos aparece bien de manifiesto en los grandes sínodos de Piacenza y de Clermont, de 1095, y en la primera Cruzada, iniciada en este último concilio (1095-1099).

 Nacido de una familia noble en la diócesis de Soissons, en 1040, llamábase Eudes u Otón; tuvo por maestro en Reims al fundador de los cartujos, San Bruno: fue allí mismo canónigo, y el año 1073 entró en el monasterio de Cluny, donde se apropió plenamente el espíritu de la reforma cluniacense, entonces en su apogeo. De esta manera se modeló su carácter suave y humilde, pero al mismo tiempo entusiasta y emprendedor. Por esto llegó fácilmente a la convicción de que el espíritu de la reforma cluniacense, que iba penetrando en todos los sectores de la Iglesia, era el destinado por Dios para realizar la transformación a que aspiraban los hombres de más elevado criterio eclesiástico. Por esto, ya desde el principio de la gran campaña reformadora emprendida por Gregorio VII, Otón fue uno de sus más decididos partidarios.

 Estaba entonces al frente de la abadía de Cluny el gran reformador San Hugón, a cuya propuesta Gregorio VII elevó en 1078 al monje Otón al obispado de Ostia. Bien pronto pudo éste dar claras pruebas de sus extraordinarias cualidades de gobierno, pues, enviado por el Papa como legado a Alemania, supo allí defender victoriosamente los derechos de la Iglesia frente a las arbitrariedades del emperador Enrique IV. Al volver de esta legación acababa de morir Gregorio VII.

 La situación de la Iglesia era en extremo delicada. Al desaparecer el gran Papa, personificación de la reforma eclesiástica, dejaba tras sí un ejército de hombres eminentes, discípulos o admiradores de sus ideas. Frente a ellos estaban sus adversarios, entre los cuales se hallaban el violento Enrique IV y el antipapa puesto por él, Clemente III. En estas circunstancias fue elegido el papa Víctor III (1086-1087), antiguo abad de Montecasino, gran amigo de las letras, pero indeciso, reconciliador y poco partidario de las medidas violentas. Pero muerto inesperadamente al año de su pontificado, fue elegido entonces nuestro Otón de Ostia, quien tomó el nombre de Urbano II.

 Era, indudablemente, el hombre más a propósito, el hombre providencial en aquellas circunstancias. Dotado de las más eximias virtudes cristianas, era un amante y entusiasta decidido de la reforma eclesiástica, de que ya había dado muestras suficientes. Precisamente por esto su elección fue considerada por todos como el mayor triunfo de las ideas gregorianas, y rápidamente recobraron todo su influjo los elementos partidarios de la reforma eclesiástica. Así lo entendieron también Enrique IV, el antipapa Clemente III y todos los adversarios de la reforma, los cuales se aprestaron a la lucha más encarnizada.

 Ya desde el principio quiso el nuevo Papa dar muestras inequívocas de su verdadera posición. En diferentes cartas, dirigidas a los obispos alemanes y franceses, escritas en los primeros meses de su pontificado, expresó claramente su decisión de renovar en todos los frentes la campaña de reforma gregoriana. Así lo manifestó en el concilio Romano de la cuaresma de 1089, y, sobre todo, así lo proclamó en el concilio de Melfi, de septiembre del mismo año, en el que se renovaron las disposiciones contra la simonía, contra el concubinato y contra la investidura laica, y que constituye el programa que Urbano II se proponía realizar en su gobierno.

 Mas, por otra parte, con su carácter más flexible y diplomático con su espíritu de longanimidad y mansedumbre, siguió un camino diverso del que se había seguido anteriormente, y con él obtuvo mejores resultados. Inflexible en los principios y genuino representante de la reforma gregoriana, sabía acomodarse a las circunstancias, procurando sacar de ellas el mayor partido posible. Símbolo de su modo de proceder son Felipe I de Francia, vicioso y afeminado, pero hombre en el fondo de buena voluntad, y Enrique IV de Alemania, bien conocido por sus veleidades y mala fe. Del primero procuró sacar lo que pudo con concesiones y paternales amonestaciones. Con el segundo ni siquiera lo intentó, manteniendo frente a él los principios de reforma y alentando siempre a los partidarios de la misma.

 Con clara visión sobre la necesidad de intensificar el ambiente general de reforma fomentó e impulsó los trabajos de los apologistas. Movidos por este impulso pontificio, muchos y acreditados escritores lanzaron al público importantes obras, que contribuyeron eficazmente a que ganaran terreno y se afianzaran las ideas de reforma. Así Gebhardo de Salzburgo compuso una carta, dirigida a Hermann de Metz, típico representante de la oposición a la reforma, en la que defiende con valiente argumentación la justicia del Papa. Bernardo de Constanza dirigió a Enrique IV un tratado, en el que establece como base la expresión de San Mateo (18, 17): "El que rehusa escuchar a la Iglesia sea para ti como un pagano y un publicano"; y poco después publicó una verdadera apologética de la reforma. Otro escritor insigne, Anselmo de Lucca, redactó una obra contra Guiberto, es decir, el antipapa Clemente III. Indudablemente este movimiento literario, impulsado por Urbano II, fue un arma poderosa y eficaz para la realización de la reforma.

 Así, pues, mientras con prudentes concesiones y convenios ventajosos para la Iglesia Urbano II logró robustecer su influjo en Francia, España, Inglaterra y otros territorios, en Alemania siguió la lucha abierta y decidida con Enrique IV. En Francia mantuvo con energía la santidad del matrimonio cristiano frente al divorcio realizado por el rey al separarse de la reina Berta, llegando en 1094 a excomulgarlo; mas, por otra parte, en la cuestión de la investidura laica, por la que los príncipes defendían su derecho de nombramiento de los obispos, llegó a un acuerdo, que fue luego la base de la solución final y definitiva: el rey renunciaba a la investidura con anillo y báculo, dejando a los eclesiásticos la elección canónica; pero se reservaba la aprobación de la elección, que iba acompañada de la investidura de las insignias temporales. También en Inglaterra tuvo que mantenerse enérgico Urbano II frente al rey Guillermo, quien, a la muerte de Lanfranco, no quería reconocer ni a Urbano Il ni al antipapa Clemente III; pero al fin se llegó a una especie de reconciliación.

 El resultado fue un robustecimiento extraordinario del prestigio pontificio y de la reforma eclesiástica por él defendida. El espíritu religioso aumentaba en todas partes. Los cluniacenses se hallaban en el apogeo de su influjo y por su medio la reforma penetraba en todos los medios sociales. El estado eclesiástico iba ganando extraordinariamente, por lo cual se formaban en muchas ciudades grupos de canónigos regulares, de los cuales el mejor exponente fueron los premonstratenses, fundados poco después.

 Es cierto que, durante casi todo su pontificado, Urbano II se vio obligado a vivir fuera de Roma, pues Enrique IV mantenía allí al antipapa Clemente III. Pero, esto no obstante, desplegó una actividad extraordinaria y fue constantemente ganando terreno. En una serie de sínodos, celebrados en el sur de Italia, renovó las prescripciones reformadoras, proclamadas al principio de su gobierno. Pero donde apareció más claramente el éxito y la significación del pontificado de Urbano II fue en los dos grandes concilios de Piacenza y de Clermont, celebrados en 1095.

 En el gran concilio de Piacenza, celebrado en el mes de marzo ante más de cuatro mil clérigos y treinta mil laicos reunidos, proclamó de nuevo los principios fundamentales de reforma. Pero en este concilio presentáronse los embajadores del emperador bizantino, en demanda de socorro frente a la opresión de los cristianos en Oriente. Así, pues, Urbano II trató de mover al mundo occidental a enviar al Oriente el auxilio necesario para defender los Santos Lugares. Fue el principio de las Cruzadas; mas, como se trataba de un asunto de tanta trascendencia, se determinó dar la respuesta definitiva en otro concilio, que se celebraría en Clermont.

 Efectivamente, dedicáronse inmediatamente gran número de predicadores del temple de Pedro de Amiéns, llamado también Pedro el Ermitaño, a predicar la Cruzada en todo el centro de Europa. Urbano II, con su elocuencia extraordinaria y el fervor que le comunicaba su espíritu ardiente y entusiasta, contribuyó eficazmente a mover a gran número de príncipes y caballeros de la más elevada nobleza. El resultado fue el gran concilio de Clermont, de noviembre de 1095, en el que, en presencia de catorce arzobispos, doscientos cincuenta obispos, cuatrocientos abades y un número extraordinario de eclesiásticos, de príncipes y caballeros cristianos, se proclamaron de nuevo los principios de reforma y la Tregua de Dios. Después de esto, a las ardientes palabras que dirigió Urbano II, en las que describió con los más vivos colores la necesidad de prestar auxilio a los cristianos de Oriente y rescatar los Santos Lugares, respondieron todos con el grito de Dios Lo quiere, que fue en adelante el santo y seña de los cruzados. De este modo se organizó inmediatamente la primera Cruzada, cuyo principal impulsor fue, indudablemente, el papa Urbano Il.

 Después de tan gloriosos acontecimientos, mientras Godofredo de Bouillón, Balduino y los demás héroes de la primera Cruzada realizaban tan gloriosa empresa, Urbano II continuaba su intensa actividad reformadora. En las Navidades de 1096 pudo, finalmente, entrar en Roma, donde celebró una gran asamblea o sínodo en Letrán. En enero de 1097 celebró otro importante concilio en Roma; otro de gran trascendencia en Bari, en octubre de 1088; pero el de más significación de estos últimos años fue el de la Pascua, celebrado en Roma en 1099, donde, en presencia de ciento cincuenta obispos, proclamó de nuevo los principios de reforma y la prohibición de la investidura laica.

 Poco después, en julio del mismo año 1099, moría el santo papa Urbano II, sin conocer todavía la noticia del gran triunfo final de la primera Cruzada, con la toma de Jerusalén, ocurrida quince días antes.

 En realidad, el Beato Urbano Il fue digno sucesor en la Sede Pontificia de San Gregorio VII y digno representante de los intereses de la Iglesia en la campaña iniciada de la más completa renovación eclesiástica. En ella tuvo más éxito que su predecesor, logrando transformar en franco triunfo y en resultados positivos la labor iniciada por sus predecesores. Esta impresión de avance y de triunfo aparece plenamente confirmada y enaltecida con el principio de una de las más sublimes epopeyas de la Iglesia y de la Edad Media cristiana, que son las Cruzadas, y con el éxito final de la primera, que es la conquista de Tierra Santa y la formación del reino de Jerusalén con que termina este glorioso pontificado. Por eso la memoria de Urbano II va inseparablemente unida a la primera Cruzada, la única plenamente victoriosa.


 BERNARDINO LLORCA, S. I.

Santa Marta y sus hermanos María y Lázaro, amigos de Jesus 29 de julio

 


 Santa Marta y sus hermanos María y Lázaro, amigos de Jesus 29 de julio


Lázaro, amigo de Jesús


SANTA MARTA

 En la pendiente oriental del monte Olivete, y a una distancia aproximadamente de un kilómetro de su cúspide, yace una aldea típicamente árabe llamada El-Azariyeh, que acaso tenga relación con el Lazarion, nombre que se daba a la población cristiana bizantina construida a unos 200 ó 300 metros del emplazamiento del villorrio de Betania de que habla el Evangelio. Dice San Juan que el poblado "estaba cerca de Jerusalén, como unos quince estadios" (11, 18), o sea, a unos tres kilómetros (exactamente: 2.775 m.), en el supuesto de seguir el camino recto que conduce a Betania a través de Getsemaní, la cima del monte Olivete y Betfagé. Más largo es el trayecto por la carretera de Jerusalén a Jericó y Transjordania, que roza el poblado de Betania.

 Por su proximidad muchos judíos de Jerusalén iban frecuentemente a Betania, y el mismo Jesucristo se retiraba allí al atardecer, una vez terminado su magisterio diurno en el Templo, buscando en el hogar de una familia amiga el calor que un corazón humano comprensivo podía proporcionar al peregrino divino que no disponía de una piedra donde reclinar su cabeza. Componían la familia los tres hermanos: Marta, María y Lázaro. No parece que vivieran sus padres, ni que alguno de los mencionados hermanos estuviera ligado en matrimonio o lo hubiera contraído en un tiempo. Era Marta la mayor de la hermandad y hacía ella las veces de ama de casa. Esto último significa su nombre en lengua hebraica, martah, que no aparece en el Antiguo Testamento, pero se halla en la literatura talmúdica bajo la forma femenina con el significado de "ama”; "dueña". En uno de los muchos sepulcros judío-cristianos del siglo I descubiertos en el paraje llamado Dominus Flevit, en la vertiente occidental del Olivete, han aparecido juntos los nombres de "Marta y María" (martah wemariah).

 Una santa amistad unía la familia con el divino Redentor. Marta, como ama de casa, era la encargada de recibir y atender a los huéspedes. El santo Evangelio señala algunos de sus encuentros con Jesús. La primera vez que Marta salta al terreno de la historia fue con ocasión de hospedar a Jesús en su viaje a Jerusalén siguiendo el camino de Jericó. Al llegar a Betania decidió detenerse en casa de sus amigos. La noticia de la llegada del Maestro puso en revuelo a la piadosa familia, que le acogía con sincero y devoto afecto. Como ama de casa salió Marta a su encuentro e introdujo a Jesús en ella.

 Como de costumbre, al poco de entrar empezó Jesús a hablar, quedando todos los presentes, incluso los apóstoles que le acompañaban, pendientes de sus labios. Marta pudo gozar unos momentos de beatífico reposo escuchando al Maestro, pero su condición de "ama de casa" la forzaba a tener que abandonar la compañía del Maestro divino para dedicarse a los trabajos conducentes a asegurarle un hospedaje digno. Trataba Marta de armonizar su actividad con sus ansias de escuchar al Maestro, pero, dado el volumen de trabajo, comprendió que se le escapaba la oportunidad de poder oír las palabras de Jesús. Con envidia contemplaba a su hermana María, abstraída totalmente de toda preocupación material, atenta a las palabras de Cristo. En su ir y venir echó Marta sus cálculos de que, si María le ayudara en sus quehaceres, más pronto quedaría libre para escuchar tranquilamente a Jesús. Dada la íntima confianza con que la familia trataba a Jesús, se atrevió Marta a proponerle lo que había premeditado en su interior, diciéndole: "Señor, ¿no te da enfado que mi hermana me deje a mi sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude" (Lc. 10, 40). No eran sus palabras un reproche para su hermana, sino una angustiosa llamada al bondadoso Jesús para que sugiriera a María la idea de que, con el trabajo aunado de las dos, tendría Marta más tiempo libre para dedicarlo también a la contemplación.

 Comprendió Jesús que las palabras de Marta estaban dictadas por el ardiente anhelo que tenía de escucharle, Por eso le contestó con otras que tenían más de lección para los presentes y para las generaciones venideras que de reprensión para la hacendosa hermana: "Marta, Marta, tú te acongojas y conturbas por muchas cosas, cuando de pocas hay necesidad; en rigor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada". En efecto, dado el inestimable privilegio dispensado a la familia de tener a Jesús como huésped, lo principal era escucharle, pasando a segundo término las preocupaciones por el alimento material.

 Cuando Jesús se dignó entrar en casa de Marta no pretendía que se le dispensara a Él y a sus discípulos una recepción fastuosa o que se les preparase un exquisito banquete. El divino Maestro tenía un manjar que los hombres no conocían (lo. 4,32), y quería que todos pospusieran el alimento material a la comida espiritual. Cristo había dicho: "No, os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto... Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt. 6, 31-33). Jesús entró en casa de sus amigos de Betania con el fin de saciar el hambre espiritual que sentían sus moradores, por lo cual no convenía que desviaran su atención a otras cosas secundarias, aunque tuvieran como finalidad exclusiva el servicio de Cristo y su móvil fuera el amor hacia Él.

 Puestos a enjuiciar la actitud de las dos hermanas conforme a la jerarquía de los valores espirituales, cabe decir que la ocupación de María es en sí más perfecta que la de Marta. De suyo es más noble vagar en la contemplación de las cosas divinas que andar entre ollas y pucheros. ¿De lo dicho se deduce que debemos ser todos unos contemplativos, abismándonos en el estudio de las cosas de Dios, olvidados del mundo que nos rodea? No; Jesús, dice San Agustín, no reprende a Marta; sólo señala diferencia de ministerios. Hay vocaciones a un estado superior de contemplación. Que no digan los activos que los que contemplan no trabajan: trabajan mejor que ellos si contemplan mejor. De aquí la importancia suma que a la vida contemplativa dio siempre la Iglesia. Pero, cuando debe prevalecer la acción, entonces la misma Iglesia es la que orienta la actividad de sus hijos en este sentido. Este criterio ha hecho que surgieran en el campo de la Iglesia, en días de lucha con el enemigo, esta pléyade de hombres, de instituciones, que tienen por lema unir la acción a la contemplación (GOMÁ).

 Otro encuentro más sensacional tuvo Marta con Cristo en su misma casa de Betania. Se hallaba Jesús al otro lado del Jordán cuando una cruel enfermedad se apoderó de Lázaro. Desde el primer momento sus dos hermanas, Marta y María, pensaron que el mejor médico era su amigo Jesús, dueño de las enfermedades y de la muerte. De ahí que le mandaran un recado con las palabras: "Señor, el que amas está enfermo". Bien conocía Cristo la gravedad del mal que aquejaba a Lázaro y su desenlace, pero tardó en ir para dar lugar a un ruidoso milagro. Cuando fue "se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro". Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, le salió al encuentro, en tanto que María se quedó sentada en casa. Transida de dolor y abrigando al mismo tiempo gran confianza en su corazón, se atrevió Marta a decirle: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo otorgará". Díjole Jesús: "Resucitará tu hermano". Marta le contestó: "Sé que resucitará en la resurrección en el último día". Viendo Jesús el dolor que embargaba a Marta, quiso disipar cualquier sombra de duda que pudiera atormentar el corazón de aquella laboriosa ama de casa diciéndole: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?". Respondió Marta: "Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo" (lo. 11, 20-27).

 Apenas oyó Marta las palabras esperanzadoras de Jesús, le dejó y corrió a casa para anunciar en secreto a su hermana María que el Maestro estaba allí y la llamaba. De repente se levantó María y corrió también al encuentro de Jesús. "Así que María llegó donde Jesús estaba, viéndole, se echó a sus pies, diciendo: "Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto m¡ hermano". Las lágrimas de las dos hermanas y sus gritos de dolor contagiaron a la muchedumbre allí presente, que lloraba con ellas la desaparición del hermano querido.

 El mismo Jesús, ante aquel espectáculo, "se conmovió hondamente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?". Mientras se dirigían todos presurosos al sepulcro de Lázaro, las lágrimas asomaron en los ojos de Jesús, resbalando silenciosamente sobre sus divinas mejillas, lo que hizo exclamar a muchos de los judíos presentes: "¡Cómo le amaba!". Rodeado de las hermanas y demás comitiva Jesús llegó al monumento, que era una cueva tapada con una piedra. Dijo Jesús: "Quitad la piedra", a lo que contestó Marta, acaso para evitar que un cuadro espeluznante se ofreciera a su vista: "Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días". Jesús atajó toda duda diciendo: "¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?". Pocos momentos después, Lázaro salía del sepulcro, "ligados con faja pies y manos y el rostro envuelto en un sudario" (lo. 11,32-44). Jesús había premiado con un extraordinario milagro la fe de una familia amiga que le amaba entrañablemente.

 En este episodio evangélico aparece Jesús como el sincero amigo, el huésped agradecido, el compasivo consolador, el sencillo bienhechor, el delicado compañero. ¡Oh, dichosos una y mil veces los que, como Lázaro, Marta y María, le tienen y tratan como amigo! Dichosos los que oyen y entienden las palabras: "Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás, Aun cuando muera, vivirá" (VILARIÑO). A Marta debemos el que Cristo pronunciara estas palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida".

 Todavía el Evangelio nos ha conservado otro recuerdo de la solícita hermana de Lázaro. "Seis días antes de la Pascua vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dispusieron allí una cena; y Marta servía, y Lázaro era de los que estaban en la mesa con Él" (lo. 12, 1-2). Como siempre, también el Evangelio nos presenta en este pasaje a Marta sirviendo a Jesús, ejerciendo amorosamente con Él los deberes que le imponía su condición de "ama de casa". También en este pasaje evangélico María demuestra su amor por Cristo con el modo que le es peculiar. Mientras Marta servía la cena su hermana "ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos" (lo. 12, 3). De nuevo las dos hermanas son el prototipo de las dos vidas, activa y contemplativa.

 A partir de este hecho desaparece Marta del marco de la historia para entrar en el campo de la leyenda. Ningún documento antiguo nos informa sobre su comportamiento durante los días de la pasión de Cristo y del tiempo que siguió a su resurrección hasta la ascensión a los cielos; pero todo induce a creer que la hacendosa "ama de casa" a quien amaba Cristo, sintiera vivísimamente su pasión y muerte, aunque lo manifestara de manera menos espectacular que su hermana María. Cabe también suponer que vio al divino Maestro resucitado. Llena de méritos y madura para el cielo, murió a una edad que desconocemos, yendo a ocupar un sitio de honor en las mansiones de la casa del Padre celestial. en premio de su total devoción y entrega al servicio de Cristo. Muy probablemente murió y fue sepultada en Betania, donde se enseñaba su sepulcro en el siglo IV. Una leyenda, con muy poco fundamento histórico, asegura que en el año 1187 se descubrió su sepulcro en Tarascón (Francia), dando pie con ello a otra leyenda del traslado de toda la familia a Francia y de su afincamiento en Tarascón, con la consiguiente actividad apostólica corroborada con portentosos milagros.

 A causa de su familiaridad con Cristo, y por decir el Evangelio que "Jesús amaba a Marta" (lo. 11, 5), su culto penetró muy pronto en la liturgia, variando extraordinariamente el día de su conmemoración. En Roma se le dedicó una iglesia por sugerencia de San Ignacio de Loyola.

 En 1528 los familiares pontificios formaron una hermandad, y, con el permiso del papa Paulo III, edificaron una iglesia en honor de Santa Marta, junto al Vaticano. En el curso de los años fueron muchos los institutos religiosos femeninos que escogieron a Marta como protectora. Es considerada la Santa como patrona del ramo de hostelería por razón de haberse mostrado ella diligentísima en el servicio del huésped divino, Jesucristo. Siempre ha gozado Marta de muchas simpatías a causa de ser ella diligente, cariñosa y condescendiente hasta tolerar el exceso de fatiga que le ocasionaba el carácter diferente de su hermana María. En el desenvolvimiento de sus quehaceres ella mira siempre las cosas por el lado práctico. El Salvador la amaba extraordinariamente porque, si María se muestra insaciable en recibir de Él el alimento espiritual, Marta, en cambio, se comporta como una tierna madre, tanto para Él como para los discípulos. los cuales eran considerados en Betania como personas de casa. Tienen los hosteleros en Marta un modelo que imitar. A todos nos enseña la Santa que debemos tratar a nuestros hermanos con la misma solicitud con que ella atendía a Cristo y a sus apóstoles.

 LUIS ARNALDICH, O. F. M.