1 de marzo de 2017

Santo Evangelio 1 de Abril 2017


Día litúrgico: Sábado IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 7,40-53): En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?». 

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos». 

Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?». Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». Y se volvieron cada uno a su casa.


«Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre»
Abbé Fernand ARÉVALO 
(Bruxelles, Bélgica)



Hoy el Evangelio nos presenta las diferentes reacciones que producían las palabras de nuestro Señor. No nos ofrece este texto de Juan ninguna palabra del Maestro, pero sí las consecuencias de lo que Él decía. Unos pensaban que era un profeta; otros decían «Éste es el Cristo» (Jn 7,41).

Verdaderamente, Jesucristo es ese “signo de contradicción” que Simeón había anunciado a María (cf. Lc 2,34). Jesús no dejaba indiferentes a quienes le escuchaban, hasta el punto de que en esta ocasión y en muchas otras «se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él» (Jn 7,43). La respuesta de los guardias, que pretendían detener al Señor, centra la cuestión y nos muestra la fuerza de las palabras de Cristo: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46). Es como decir: sus palabras son diferentes; no son palabras huecas, llenas de soberbia y falsedad. El es “la Verdad” y su modo de decir refleja este hecho.

Y si esto sucedía con relación a sus oyentes, con mayor razón sus obras provocaban muchas veces el asombro, la admiración; y, también, la crítica, la murmuración, el odio... Jesucristo hablaba el “lenguaje de la caridad”: sus obras y sus palabras manifestaban el profundo amor que sentía hacía todos los hombres, especialmente hacia los más necesitados.

Hoy como entonces, los cristianos somos —hemos de ser— “signo de contradicción”, porque hablamos y actuamos no como los demás. Nosotros, imitando y siguiendo a Jesucristo, hemos de emplear igualmente “el lenguaje de la caridad y del cariño”, lenguaje necesario que, en definitiva, todos son capaces de comprender. Como escribió el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est, «el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa (...). Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».

Santo Evangelio 1 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles de Ceniza

Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».


«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos»
Pbro. D. Luis A. GALA Rodríguez 
(Campeche, México)


Hoy comenzamos nuestro itinerario hacia la Pascua, y el Evangelio nos recuerda los deberes fundamentales del cristiano, no sólo como preparación hacia un tiempo litúrgico, sino en preparación hacia la Pascua Eterna: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1). La justicia de la que habla Jesús consiste en vivir conforme a los principios evangélicos, sin olvidar que «si vuestra justicia no supera la justicia de los doctores de la ley y de los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20). 

La justicia nos lleva al amor, manifestado en la limosna y en obras de misericordia: «Cuando hagas limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). No es que se deban ocultar las obras buenas, sino que no debe pensarse en la alabanza humana al hacerlas, ni desear algún otro bien. En otras palabras, debo dar limosna de tal modo que ni yo tenga la sensación de estar haciendo una cosa buena que merece una recompensa por parte de Dios y elogio por parte de los hombres. 

Benedicto XVI insistía en que socorrer a los necesitados es un deber de justicia, aun antes que un acto de caridad: «La caridad va más allá de la justicia (…), pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es "suyo", lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar». No debemos olvidar que no somos propietarios absolutos de los bienes que poseemos, sino administradores. Cristo nos ha enseñado que la auténtica caridad es aquella que no se limita a "dar" la limosna, sino que lleva a "darse" uno mismo, a ofrecerse a Dios como culto espiritual (cf. Rom 12,1). Ése sería el verdadero gesto de justicia y caridad cristiana, «y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4).

Clica en la imágen para rezar a JESÚS SACRAMENTADO


Empieza la Cuaresma con un ritual abierto a todos -incluso no bautizados- y lleno de simbolismo


Empieza la Cuaresma con un ritual abierto a todos -incluso no bautizados- y lleno de simbolismo

10 claves del Miércoles de Ceniza: ¿Cuándo me la limpio? ¿Qué es el ayuno? ¿Y si no soy cristiano?

10 claves del Miércoles de Ceniza: ¿Cuándo me la limpio? ¿Qué es el ayuno? ¿Y si no soy cristiano?
La imposición de la ceniza es el rito que inicia la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza

10 claves del Miércoles de Ceniza: ¿Cuándo me la limpio? ¿Qué es el ayuno? ¿Y si no soy cristiano?

Miércoles de Ceniza: se inicia la Cuaresma. Es una fecha especial, con una poderosa simbología: en cualquier parroquia impondrán la ceniza a quien acuda a los oficios de este día. Las iglesias se llenan casi como en domingo y tanto en España como en Hispanoamérica acude mucha gente que normalmente no va a misa, gente que acude solo cuatro o cinco veces al año.  

La gente se pone en fila y acude hacia el altar. El sacerdote o diácono, a veces un laico, les pone ceniza en la frente. Antropológicamente, muchas personas, incluso poco religiosas, intuyen que es una oportunidad de empezar de nuevo, con una idea muy realista, incluso contracultural: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.


1.- ¿Por qué se impone la ceniza?
La ceniza es un símbolo descrito en el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia:

“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

2.- ¿La imposición de la ceniza es un ritual  “oficial”?
El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. En este se explica que al término de la Misa, se bendice e impone la ceniza hecha de los ramos de olivo bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior. Algunos detalles sobre el tipo de ceniza dependen de distintos países y costumbres.


3.- ¿Cómo nació el ritual?
 Los cristianos de la Antigüedad se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo. La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años después de Cristo y a partir del siglo XI la Iglesia de Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.

4. ¿Qué simbolizan las cenizas?
La palabra ceniza, que proviene del latín "cinis": expresa la muerte, la caducidad, la humildad y la penitencia. La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin. Se recuerda la lectura del libro de Génesis: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gn 2,7); "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

5.- ¿Cómo se hace la ceniza?
Se queman los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso. Muchos conversos al catolicismo suelen comentar que al conocer este origen se asombran y dicen: “vaya, aquí está todo conectado”. Efectivamente, con los ramos del año anterior se crea la ceniza que inicia este camino cuaresmal.


6.- ¿Quién impone la ceniza y cuándo?
Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Polvo eres y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio».  Si no hay sacerdote la impartición de cenizas puede realizarse sin Misa, pero se recomienda celebrar al menos una liturgia de la palabra. Atención: cualquier laico cristiano puede imponerla, pero sólo el sacerdote o el diácono puede bendecirla. 

7.- ¿Quién se puede imponer la ceniza?
Una razón de que este rito sea tan popular en todo el mundo es que cualquiera puede recibirlo, incluso los no católicos ni cristianos. En Asia acuden a recibirlo budistas, hindúes, taoístas... El Catecismo (1670 ss.) lo define como un sacramental: los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella». Aunque mucha gente aprovecha el Miércoles Santo para confesarse, y es recomendable, no hay necesidad tampoco de confesarse o estar en gracia para recibir la ceniza.



8.- ¿Es pecado no ir a misa el Miércoles de Ceniza?
 No: el Miércoles de Ceniza no es día de precepto, ir a misa este día tan especial no es obligatorio. Eso hace más hermoso ver que el templo se llena de gente con conciencia de que Dios quiere hacer algo en sus vidas.

9.- ¿Cuánto mantengo la ceniza en la frente?
Lo que se quiera, no hay un tiempo determinado. Algunos se la quitan en cuanto salen de la iglesia. Otros la llevan puesta con orgullo todo el día. No hay ninguna obligación. Para muchos es un gesto de humildad mantenerla y puede ser que se arriesguen a comentarios desagradables de otras personas. Para otros es un elemento simpático y hasta alegre, que encaja con lo que pedía Jesús: "Cuando ayunéis no pongáis caras tristes, estad alegres".

10.- ¿Cómo funciona el ayuno y la abstinencia en Miércoles de Ceniza?
El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo es obligatorio el ayuno para los católicos mayores de 18 años y menores de 60 (excepto enfermos, embarazadas y otros casos similares). Fuera de esos límites es opcional. Ayuno significa que los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez en todo el día. 

Además, desde los 14 años, hay que abstenerse de comer carne (de mamífero o ave) este Miércoles y los viernes de Cuaresma. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario. Como curiosidad, en los lugares donde hay costumbre de comer caimán u otros reptiles la Iglesia explica que esta carne (y la de los peces) sí se puede comer.

Fuente: Religión en Libertad

Convertíos




CONVERTÍOS

Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos del Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.

Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que le hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero ellos, haciendo penitencia de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de Dios.

Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo, hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló también de la conversión, avalando sus palabras con juramento: Por mi vida -dice el Señor-, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta, añadiendo además aquellas palabras tan conocidas: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como la grana y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: "Padre", os escucharé como a mí pueblo santo que sois.»

Queriendo, pues, que todos los que él ama se beneficien de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente.

Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad, e, implorando humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia, abandonando las obras vanas, las riñas y la envidia, cosas que llevan a la muerte. Seamos, pues, hermanos, humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia y altanería, toda insensatez, y pongamos por obra lo que está escrito, pues dice el Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza, quien se gloríe, que se gloríe en el Señor, buscándolo a él y obrando el derecho y la justicia, recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús, con las que enseña la equidad y la bondad.

En efecto, él dijo: Sed misericordiosos y alcanzaréis misericordia; perdonad y seréis perdonados; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad y se os dará; no juzguéis y no seréis juzgados; en la medida en que seáis benignos, experimentaréis la benignidad; con la medida con que midáis se os medirá a vosotros.

Ajustemos nuestra conducta a estos mandatos y así, obedeciendo a sus palabras, comportémonos siempre con toda humildad. Dice, en efecto, la palabra de Dios: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

De este modo, imitando las obras de tantos otros, grandes e ilustres, corramos de nuevo hacia la meta que se nos ha propuesto desde el principio y que es la paz; no perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece.


De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

Sentido del pecado y remordimiento



Sentido del pecado y remordimiento

Es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios. 


Por: P. Dr. Miguel Ángel Fuentes | Fuente: I.V.E. 


«Al dirigir nuestra mirada ahora al mundo contemporáneo, debemos constatar que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente... Es preciso hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado, que pone al hombre contra su Creador...

A mediados del siglo pasado, Manzoni nos dejó una fina descripción psicológica del problema del pecado en su caracterización del Ignominato, el "Caballero sin Nombre" de I promessi sposi, esa hermosa novela en que el gran autor italiano recrea una vieja historia del siglo XVI: "Hacía ya algún tiempo que sus fechorías le causaban, si no remordimientos, al menos cierta desazón importuna. Las muchas que conservaba aglomeradas en su memoria, más bien que en su conciencia, se le presentaban vivamente al cometer una nueva maldad, pareciéndole harto incómodo su recuerdo, y abrumándolo su excesivo número, como si cada una agravase sobre su corazón el peso de las anteriores.

Empezaba ya a sentir otra vez aquella repugnancia que experimentó al cometer los primeros delitos, y que vencida después, había dejado de importunarlo por espacio de muchos años. Pero si en los primeros tiempos la idea de un porvenir indefinido y de una vida larga y vigorosa llenaban su ánimo de una confianza irreflexiva, ahora por el contrario, la consideración de lo futuro era la que le presentaba más desagradable lo pasado. ¡Envejecer!... ¡Morir!... ¿Y luego? ¡Cosa admirable! La imagen de la muerte, que en un peligro inmediato, delante de un enemigo, aumentaba el ánimo de aquel hombre, añadiendo el valor a la ira, la misma imagen ofreciéndosele durante el silencio de la noche, en la seguridad de su castillo, le causaba una extraordinaria consternación, porque no era un riesgo que provenía de otro hombre también mortal, ni una muerte que pudiera repelerse con mejores armas y brazos más vigorosos, sino que venía por sí sola, estaba dentro de sí mismo, y aun cuando tal vez se hallase lejana, se acercaba por momentos paso a paso: y cuanto más se esforzaba la imaginación por alejarla, se aproximaba más y más cada día. En los primeros años, los ejemplares sobrado frecuentes, y el espectáculo incesante, digámoslo así, de violencias, venganzas y asesinatos, inspirándole una atroz emulación, le servían al mismo tiempo de disculpa, y aun de autoridad para adormecer los clamores de su conciencia; pero ahora se despertaba en él de cuando en cuando la idea confusa, aunque terrible, de un juicio individual y de una razón independiente del ejemplo.

Por otra parte, el haberse distinguido de la turba de los malhechores, siendo solo en su especie, excitaba en su espíritu la idea de un espantoso aislamiento.

Representábase también la idea de Dios, aquel Dios de quien desde tiempo muy antiguo no pensaba ni en negar ni en reconocer, ocupado únicamente en vivir como si no existiera. Y ahora en ciertas ocasiones de abatimiento, sin causa de terror conocido, sin fundamento, le parecía que en su interior le gritaba: Yo existo.

En el fervor juvenil de sus pasiones, la ley que había oído anunciar a nombre de ese mismo Dios, la hubiera juzgado aborrecible; pero ahora, cuando la memoria se la recordaba, su razón la admitía, a pesar suyo, como cosa practicable y aun obligatoria. Sin embargo, lejos de traslucir ni en obras ni en palabras algo de esta nueva inquietud, la ocultaba cuidadosamente, y disfrazándola con las apariencias de una más intensa y profunda ferocidad, trataba por este medio de ocultársela a sí mismo o de disiparla. Envidiando (ya que no le era dado aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin remordimientos, y sin más cuidado que el de su feliz éxito, hacía los mayores esfuerzos a fin de que volviesen, y de robustecer de nuevo aquella antigua voluntad resuelta, orgullosa, imperturbable, persuadiéndose a sí mismo que era todavía el hombre de entonces" .

Encontramos en este relato lo que llamamos sentido del pecado, conciencia obtusa, remordimiento de las faltas pasadas, angustia moral, etc. Quiero considerar algunos aspectos de estos temas.

El sentido del pecado es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios los actos que se oponen a la ley moral; el sentimiento de culpabilidad es el pesar por ser los autores de tal transgresión; se presenta a menudo como remordimiento de conciencia.

La conciencia es un juicio de la razón por el que aplicamos nuestro conocimiento moral a los actos particulares; nos acompaña a lo largo de todo nuestro obrar propiamente humano. Ordinariamente actúa antes de que obremos (conciencia "antecedente") mostrándonos la bondad o malicia de los actos que se nos presentan como posibles de realizar (es decir, la moralidad de nuestros planes, proyectos, tentaciones, deseos) y consecuentemente juzga que debemos realizar tal o cual porque es obligatorio para nosotros, o que debemos abstenernos de tal otro porque pesa una prohibición sobre él, etc. Luego sigue actuando mientras obramos (conciencia "concomitante"); aquí actúa como testigo de nuestro buen o mal proceder según que estemos actuando a favor o en contra de nuestros juicios de conciencia.
Finalmente la conciencia sigue actuando después de realizados los actos (conciencia "consiguiente") tranquilizándonos y aprobándonos si hemos obrado bien; reprendiéndonos si hemos actuado mal.


1. El sentido del pecado

El "sentido del pecado" es la sensibilidad ante el pecado, es decir, la adecuada y delicada percepción del pecado y se sitúa en los tres momentos de la conciencia. El sentimiento de culpabilidad se sitúa en la conciencia concomitante (cuando la conciencia nos reprocha lo que estamos realizando) y sobre todo en la conciencia consiguiente (como tormento por el mal que hemos cometido); en menor grado se verifica en la conciencia antecedente, mientras estamos analizando la posibilidad de realizar acciones que nuestra conciencia nos reprocha.

Tanto el sentido del pecado como el sentido de la culpabilidad admiten diversos grados, según el tipo de conciencia:

1º Hay personas que tienen una percepción clara del pecado, de su gravedad, de sus consecuencias; y, consecuentemente, tienen un sentimiento normal, realista, de su responsabilidad y culpabilidad.

2º Otros parecen ciegos ante la realidad del pecado; consecuentemente parecen insensibles ante sus faltas y crímenes. Se habla generalmente de conciencia "cauterizada", y suele darse en quienes se han habituado y se aferran pertinazmente a sus pecados.

3º Algunos, por el contrario, sufren con una conciencia escrupulosa y angustiada, tal vez por faltas que no existen o al menos por pecados que no tienen la gravedad que ellos les asignan.

4º Finalmente, otros tienen lo que se llama una conciencia "farisaica", que se turba ante actos objetivamente insignificantes, pero se hacen los ciegos ante sus propios grandes crímenes. Así los fariseos del Evangelio que se escandalizaron porque Jesucristo transgredía el descanso sabático para curar enfermos, pero fueron insensibles al juicio inicuo y cargado de injusticias al que ellos mismos sometieron al Señor.

En la génesis de las diversas modalidades de conciencia y de sentido de culpabilidad, juegan como importantes factores (aunque no sean totalmente condicionantes) la civilización en que se vive, la educación recibida, la religión que se profesa, los hábitos buenos o malos contraídos voluntariamente.

El sentido del pecado manifiesta en cierta medida nuestro "sentido de la realidad", porque expresa que vemos las cosas tal como son, y en este caso, los actos deformes como deformes. Guarda cierta analogía con el sentido del humor; nos causa hilaridad lo que resulta extravagante o fuera de lugar, lo ridículo; esto supone que tenemos ciertos parámetros de la realidad, comparados con los cuales tal o cual cosa resulta desproporcionada; una nariz demasiado grande o demasiado chica nos causa gracia, porque al mirar el tamaño de una cara, espontáneamente nos damos cuenta de las dimensiones que tendría que tener una nariz para que resulte armónica en ella. Análogamente, el sentido del pecado se da en quien es capaz de percibir que una acción desfigura la norma moral (no ya estética, como en el caso del humor) a cuya medida debería corresponder. Así, cuando una persona normal percibe la "injusticia" con la que está tratando a un inocente al que le castiga sin que haya cometido delito alguno, percibe antes cómo y cuál debería ser el acto con que debería realmente tratarlo.

Se dice, incluso, que esta conciencia moral tiene una base fisiológica (hablan por eso de "conciencia biológica"). Según esto, nuestro cuerpo responde con cierto "bienestar" cuando es usado según sus fines propios, mientras que produce una depresión incluso biológica cuando es usado contra su propia naturaleza; por ejemplo, cuando se practica la anticoncepción, o en los intentos de suicidio, y especialmente en el aborto.

Ahora bien, como la conciencia moral se limita a manifestar una norma moral que es superior a ella (por lo que se trata de algo subordinado y relativo) resulta ser el portavoz de esa norma (la ley natural y la ley positiva conocida por nosotros) y de su autor. Como el autor de la ley natural y de la ley divina positiva es Dios, la conciencia es la voz de Dios: "La conciencia, dice el Concilio Vaticano II, es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella". John Henry Newman, escribía al Duque de Norfolk en una célebre carta: "La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo".

Sin embargo, lo que caracteriza al hombre moderno es la pérdida del sentido del pecado, como decía el Papa Pío XII: "El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado". Juan Pablo II ha escrito en la Exhortación Reconciliatio et poenitentia que el hombre contemporáneo vive "bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia". ¿Cuál es la causa? Esta hay que buscarla en la pérdida del sentido de Dios, es decir, "la progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios". Perdido el sentido de Dios, la sensibilidad ante la ofensa de Dios se amortigua y pierde –valga la redundancia del término– "sentido". Las responsabilidades de este oscurecimiento pesan tanto sobre las ideologías reinantes en el mundo intelectual de los últimos siglos (psicologismo, sociologismo, historicismo ético, antropologismo cultural, etc.) cuanto a verdaderas desviaciones dentro del campo eclesial como ha sido, dice el Papa Juan Pablo II, el combatir la exageración de ver pecado en todo con la exageración de no verlo en ninguna parte, el predicar un amor de Dios incompatible con el castigo por el pecado, el hablar de un respeto por la conciencia que suprimiría el deber de decir la verdad, el ofuscar el sentido y el valor del sacramento de la confesión o darle sólo un significado comunitario, el negar que cada uno pueda conocer en el fondo su realidad pecadora, como afirma, por ejemplo, Rahner: "Jamás sabemos con última seguridad si somos realmente pecadores".

Hay que ver en todo esto una auténtica cadena que amenaza con atenazar al hombre: la violación sistemática de la ley moral amortigua la percepción de Dios (autor de la ley moral); la disminución del sentido de Dios apaga el sentido del pecado y por causa de esto las violaciones se hacen cada vez más crueles e insensibles. "Cuando se pierde el sentido de Dios, dice el Papa, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado... La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida". Y más adelante: "Una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado... En realidad, viviendo ‘como si Dios no existiera’, el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser".

Explica el Papa: "El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo... La sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza... La procreación se convierte en el enemigo a evitar en la práctica de la sexualidad... Las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano... Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil". Por eso el Papa ha advertido seriamente contra esta tendencia: "El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre".

Esta pérdida del sentido del pecado engendra lo que hoy se denomina "cultura de la muerte". "Lamentablemente, dice el Papa con palabras duras, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la carta a los Romanos; está formada de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia (Ro 1,18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de Él, se ofuscaron en sus razonamientos de modo que su insensato corazón se entenebreció (1,21); jactándose de sabios se volvieron estúpidos (1,22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y no solamente las practican sino que aprueban a los que las cometen (1,32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,22-23), llama al mal bien y al bien mal (Is 5,20), camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral".

En otro documento ha escrito: "La pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista... Pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria".

Sin embargo, "no se puede eliminar complemente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, [así] tampoco se borra jamás completamente el sentido del pecado". Si no se puede borrar totalmente el sentido de Dios, entonces éste se hace presente de otra manera: el hombre puede sentirse huérfano de un Dios que no percibe por sus pecados; o bien mirará a Dios como el enemigo de su conciencia pecadora, es decir, pasa a tener un "sentido amenazador" de la Justicia divina.


2. El sentimiento de culpabilidad y el remordimiento de la conciencia

El sentimiento de culpabilidad consiste en la conciencia de que ha sido quebrado el orden moral y de que nosotros somos los responsables de tal quebrantamiento; el remordimiento es el pesar y la angustia que acompañan ordinariamente tal conciencia y recuerdo. A él se refiere el torturado Macbeth de Shakespeare, cuando dice que "nuestros actos son lecciones sanguinarias que, una vez aprendidas, vuelven a atormentar a quien las ha inventado. Y una justicia imperturbable acerca a nuestros labios, una vez y otra, la mezcla emponzoñada de nuestro propio cáliz". Puede presentarse como dolor, como intranquilidad o como angustia por lo sucedido; no tanto por las consecuencias que pueden seguirse sino por el hecho mismo de cuanto ha sucedido y que no debía suceder y no hubiera sucedido a no ser porque con nuestros actos libres lo hemos realizado. El remordimiento o sentimiento de culpabilidad es una realidad a la que toda persona se enfrenta. El signo más claro de esta verdad es el hecho de que han tenido que buscarle una explicación incluso quienes no creen en el pecado, ni en la validez de las normas morales, ni en Dios; como Freud, Marx, todas las escuelas filosóficas y psicoanalistas ateas, etc.

Si hemos dicho antes que la conciencia es la voz de Dios, entonces debemos añadir que también el remordimiento es, de algún modo, un llamamiento de Dios al pecador, una gracia iluminativa; cuya privación en las conciencias, que se llaman cauterizadas (las que dicen no sentir remordimiento) es ya un temible castigo. "En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal –enseñaba San Ignacio en el Libro de sus Ejercicios– ... el buen espíritu usa... punzándoles y remordiéndoles las conciencias por la sindéresis de la razón". Este llamamiento de Dios tiene algo de trágico pero también mucho de misericordioso, como se manifiesta en algunos episodios bíblicos. Caín después de matar a Abel exclama: Grande e insoportable es mi pecado (Gn 4,3-16); Judas grita su pecado diciendo: Pequé entregando sangre inocente (Mt 27,3-10). "No hay cosa que más apesgue [agobie] el alma –predica San Juan de Ávila– que tener un pecado en el ánima, agravada la conciencia con remordimiento, y con sentimiento, que te digas tú a ti mismo, viéndote perdido por el pecado: ¡Oh pecador! Malo vas, infierno tienes, perdido te has; justicia tiene Dios, que te condenará por lo que has hecho contra Él. ¿Cómo te puedes sufrir a ti mismo? ¿Cómo cabes en ti? ¿Cómo no revientas?".

Sin embargo, no en todos los que son agitados por el remordimiento éste se desarrolla de la misma manera. En algunos es el primer paso para el arrepentimiento que concluye en la conversión. Tal es el remordimiento fructuoso que Jesús nos describe en la parábola del "hijo pródigo" (Lc 15,11-32). Para otros es motivo de desesperación que puede terminar incluso en el suicidio; ya señalaba Newman: "El remordimiento no es arrepentimiento". El remordimiento no acompañado de la humildad afirma la voluntad del pecador en el orgullo del pecado, por lo que resulta estéril, más aún, agrava la situación. Pero en quien reconoce humildemente su propia responsabilidad, el remordimiento es el primer paso para la contrición.

El sentimiento de culpabilidad puede ser, pues, proporcionado al acto del pecado (sentimiento "justo") o desproporcionado al acto. El sentimiento normal de culpabilidad brota únicamente del pecado personal y ayuda al sujeto a ser perfectamente consciente de su pecado y a dolerse de su acción; de modo consecuente, le ayuda a arrepentirse (pasado), purificarse mediante la confesión (presente) y enmendarse y cambiar de vida si es necesario (futuro). Al ser normal desaparece de suyo al extinguirse la culpa con el perdón sacramental, aunque puede perdurar el dolor intenso de la ofensa hecha a Dios. Puede sentirse la culpa real y normal, aun angustiosamente, cuando el amor a Dios es grande y lo fue también la falta; pero, obtenido el perdón, la posible angustia de la culpa tiende a desaparecer.

El segundo caso es un sentimiento anormal. Como anormal admite dos variantes. La primera es el sentimiento exagerado de culpabilidad; éste puede proceder de una falta real cuyo remordimiento perdura largamente después de haber sido perdonado el pecado, o también de faltas inexistentes. Se trata de un remordimiento amargo, que hunde muchas veces a la persona en estados auténticamente depresivos. En realidad, podemos encontrar aquí lo que algunos llaman "hipermoralismo", es decir, la exacerbación de los sentimientos morales del deber, de la culpabilidad y del remordimiento; y el "dismoralismo", o sea, la exacerbación más aguda que la anterior pero transportada a una zona no ética (es una conciencia de la culpabilidad o del deber con ocasión de hechos que de suyo carecen de carácter moral; es el caso típico de los escrúpulos enfermizos).

Encontramos rasgos de sentimientos enfermizos en gran parte de la literatura contemporánea afectada de cierto morbo existencialista. Ejemplos tenemos en Kafka para quien el hombre es prisionero de sus pecados, o en Graham Green quien, dominado por una verdadera obsesión por el mal, hace proclamar a uno de sus personajes que no hay inocentes ni siquiera entre los niños. Jean Guitton ha hecho notar a este respecto que así como hacia 1880 una encuesta sobre este tema entre los literatos podría haberse resumido en la fórmula "incluso los culpables son inocentes", en torno a la mitad del siglo XX, en cambio, el resultado sería: "hasta los inocentes son culpables". Este sentimiento, especialmente si se trata de pecados no perdonados por la confesión sacramental, si no procede de un natural enfermizo, al menos puede causar un estado enfermizo. Estas personas se sienten perseguidas por la ansiedad, viven en constante tensión y pueden llegar a experimentar una especie de locura persecutoria. Shakespear bosquejó la silueta de este sentimiento en la figura de Lady Macbeth atormentada en sueños por sus crímenes y por sus manos ensangrentadas: "La mancha sigue aquí –exclama entre sueños y sonambulismo mirando sus manos–. ¡Aléjate, mancha maldita! ¡Fuera, he dicho!... ¡Cómo! ¿Es que nunca van a estar limpias estas manos?... ¡Hasta aquí llega el hedor de sangre! ¡Todos los aromas de Arabia no podrían perfumar mis manos!". El gran dramaturgo pone en boca de su galeno: "Más que de médico, de sacerdote está necesitada". El mismo Macbeth, viendo la turbación que va llevando a su esposa a la locura, increpa al médico: "¡Cúrala [de sus visiones nocturnas]! ¿Es que no puedes aliviar a un espíritu enfermo, arrancar los pesares arraigados en la memoria, borrar las inquietudes grabadas en el cerebro y, con dulce antídoto de olvido, vaciar el pecho de materia peligrosa que pesa sobre el corazón?".

A veces toma la forma patológica de angustia existencial. Un ejemplo de esta personalidad la hallamos en las descripciones que de Lutero dan algunos de sus íntimos. Melanchton, por ejemplo, cuenta que el Reformador frecuentemente era víctima de "ataques angustiosos". "Él mismo –dice su compañero de la Protesta– me ha contado, y muchas personas saben, que estos terrores le sobrecogían muy a menudo, cuando pensaba en la cólera de Dios o cuando recordaba ejemplos patentes de su justicia vengadora y ello con tal violencia que poníase a punto de morir". Una vez, al oír en el coro del convento la lectura del evangelio del poseso, cayó convulsivamente gritando: "¡Yo no soy! ¡Yo no soy [poseso]!". Parece que tuvo frecuentes angustias por causa de la predestinación y una verdadera "manía del diablo" u obsesión diabólica.

El segundo caso es el del sentimiento de culpabilidad demasiado débil, el que se encuentra en personas de espíritu obtuso; y como tal puede considerarse, dice Bless, "como fenómeno de degeneración" (de hecho se verifica en muchos psicópatas criminales que toman una actitud de indiferencia cínica ante sus actos). Esta actitud se relaciona mucho con las personalidades psicóticas que presentan precisamente una frialdad afectiva muy típica. Son más o menos insensibles al dolor ajeno y aun al propio. El caso extremo es el perverso, quien carece de conmiseración y puede llegar a causar daño sólo para divertirse. "Hay personas que sin salirse de los parámetros de la normalidad, acusan una estructura de la personalidad en la que despuntan tendencias psicóticas, por ejemplo, ésta de la insensibilidad. Gente dura, sin vibración afectiva social (subrayamos ‘afectiva’ porque pueden ser superficialmente extrovertidos, sociables y divertidos). Dicho déficit afectivo influye, por supuesto, en la esfera moral".

En este campo podemos encontrarnos con diversas desviaciones éticas como el "amoralismo", que consiste en la carencia de sentimientos morales de culpabilidad, deber y remordimiento; el "hipomoralismo", que es algo semejante al amoralismo, pero en tono rebajado; y el "inmoralismo", que añade al amoralismo cierto egocentrismo exacerbado que puede conducir a acciones delictivas e incluso al crimen.

Este sentimiento es hoy "culturalmente masivo", propio de una "cultura de la muerte". Ésta, por lógica interna y para mantenerse, necesita crear una conciencia común que se ajuste a sus principios, y tal es la conciencia "cauterizada". Esta conciencia se manifiesta y se alimenta en la sistemática violación de la ley moral respecto de los valores más fundamentales y sagrados, como, por ejemplo, la vida humana en sus estadios más inocentes y desamparados. Hay que tener en cuenta que se da una interacción entre factores psicológicos y morales: "lo que debe haberse producido en la generalidad de los casos de cegueras y sorderas [morales] es un proceso interactivo de factores psicológicos y morales. Una conciencia encallecida en el mal ya no percibe el bien".

Aquí puede verificarse el efecto feed-back o "rulos de retro-alimentación", es decir: ante el horror natural que causa el cometer un grave delito, la conciencia trata de buscar justificativos o atenuantes para realizarlo; esta amortiguación del sentido moral que es resultado del esfuerzo psicológico por silenciar la voz de la conciencia va creando una psicología dura, que va progresivamente insensibilizándose, la cual va tornando al sujeto potencialmente capaz de cometer delitos cada vez más graves. Tiene mucho que iluminar aquí la doctrina de los hábitos, aplicada al terreno del hábito malo o vicio: los vicios corrompen en cierta medida la disposición de la voluntad respecto de su fin, haciéndole tender connaturalmente a los fines malos; esta tendencia hacia los fines viciosos es la base a partir de la cual el sujeto elabora sus juicios electivos, proponiendo como máximamente elegible (es decir, bueno y conveniente para él) tal fin que, en realidad, es un mal con apariencias de bien. Los vicios, por tanto, terminan "condicionando" en cierta medida nuestros juicios apreciativos sobre la realidad. Esto no es más que la confirmación del dicho popular: "vive como piensas o terminarás pensando como vives".

Así como, según dijimos antes, no puede perderse totalmente el sentido de Dios, tampoco se borra totalmente el sentimiento de culpabilidad. Pero surgirán inevitablemente quienes traten de explicarlo de alguna manera que permita eludir la responsabilidad de los actos realizados.

Freud, por ejemplo, lo reduce a un impulso interior inconsciente, puramente natural, cuyo origen confiesa desconocer; para él se trata de un miedo, una simple fobia sin contenido moral alguno y sin fundamento bien conocido. Para Sartre, el sentido de culpa es efecto de la mirada reprochadora de los demás sobre nuestros actos, confundiendo así el sentimiento de culpa con la vergüenza de verse descubiertos por el prójimo. Lutero consideraba que era una mala pasada de esa "mala bestia" que es nuestra conciencia, enemiga implacable que se esfuerza por convencernos de pecado; para Marx es una alienación de la sociedad capitalista y para Nietzsche se trata de una enfermedad que nos contagia la sociedad por lo cual exige del "superhombre" creado por su imaginación el mantenerse al margen de toda moral, de toda regla, de todo escrúpulo y de toda sensibilidad ante el mal causado por sus propias acciones. Podríamos seguir la lista. Todos ellos tienen en común el querer diluir la realidad del pecado y solucionar los remordimientos con una "explicación-terapéutica" ya apelen al historicismo, a la sociología, al psicoanálisis o al antropocentrismo cultural. A la postre obtienen idénticos resultados: sólo han conseguido crear un monstruo insensible ante el dolor ajeno, resentido y endurecido en sus vicios, apático ante su destino eterno, explotador de la debilidad ajena... en fin, creaturas de barro a las que han convencido de ser "semidioses paganos" y que, como tales hacen su historia marcados por la tragedia de la profunda amargura y desesperación causada por el fracaso de los principios amorales que profesan... ¡Y pensar que una lágrima bien derramada puede purificar tanta miseria!


3. El sentido del perdón

La sana conciencia de la transgresión y el remordimiento posterior no serían una gracia de Dios si no llevaran a experimentar el misterio del perdón divino. Sin duda... es grande el misterio de la piedad, dice San Pablo (1 Tim 3,15). Hay dos expresiones de San Juan que deben complementarse entre sí para que nuestra visión del pecado no reste tullida. La primera dice: Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1,8); la segunda es cuanto el mismo Apóstol añade a continuación: Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1,9). Más adelante él mismo dice: Si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón (1 Jn 3,20).

El verdadero sentido del pecado, así como el sano remordimiento, deben llevarnos a reconocer nuestro pecado y a reconocernos pecadores (responsables de nuestros delitos); como exclama David: Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí; cometí la maldad que aborreces (Sl 51,5ss). Jesús hace decir al hijo pródigo arrepentido: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lc 15,18.21).

Cuando el remordimiento viene de Dios, junto con él, Dios muestra el remedio, es decir la vía para borrar el pecado que lo causa. El remordimiento sano, aun pudiendo llegar a la angustia, no va contra la esperanza (esperanza informe); el pecador sabe qué tiene que hacer para acabar con su estado y tormento. Sólo cuando rechaza esta luz sobrenatural se cierra totalmente sobre sí mismo. Pero Dios es infinitamente poderoso para borrar todos los pecados de los hombres y ofrece su perdón: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán (Is 1,18). Por boca de Ezequiel dice Dios: ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado –oráculo del Señor Yahveh– y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,23). Y más adelante lo repite nuevamente: Diles: Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? (Ez 33,11).

El sentimiento de culpa equilibrado es el que pasa de la autocondenación por el mal cometido al arrepentimiento y del arrepentimiento al pedido sincero de perdón; es decir, el remordimiento auténtico es el que termina destruyendo el pecado y salvando al pecador.

En definitiva, podemos redondear lo dicho con las palabras del Santo Padre: "Restablecer el sentido justo del pecado, ha dicho Juan Pablo II, es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de la razón y de la fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre".




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